Hoy he visto venados, zorros, ardillas y águilas,
y un gato grande que debía ser un lince,
absoluta paz y quietud.
Todo posee un logos, yo tengo un logos,
me refiero al logos estoico como principio activo que da la
vida al universo,
al mecanismo de salvación del Uno, para Plotino,
a través del logos yo me puedo comunicar con un animal, con
un perro,
le siento, me habla, nos comunicamos, nos conectamos,
una de las experiencias más satisfactorias que he tenido la
suerte de tener,
y también con un árbol o una roca,
el corazón me trae mareas de objetos invisibles,
se me activa el corazón, ahí reside el logos.
Cuando veo esa esencia de las sustancias, siento el poder de
los objetos,
tomo aire en mis pulmones,
eso es lo que literalmente significa la aisthesis griega,
ya tenía esta habilidad a los seis años,
hoy mi racionalidad se ha desarrollado tanto que lo opaca,
todo habla a pesar de su aparente silencio.
Hildegard von Bingen lo ve como el reflejo de los patrones
del cosmos,
para ella todo está presente, aunque escondido,
para mí sobre todo está en la naturaleza,
como en el desierto, es allí donde parecería estar menos
presente,
y en soledad, única posibilidad de llegar a este
conocimiento,
es en la naturaleza donde entro en contacto con lo más
profundo en mí.
Una vez liberado de las complejidades de mi vida diaria,
puedo entrar sin obstáculos en mi propia renovación y
detoxificación,
dice el carmelita McNamara que, sin periódicamente visitar
el desierto,
nadie podría cumplir su visión y su vocación,
y añade que empieza por una obvia decisión de sufrir,
para luego descubrir la sorpresa de encontrarse en armonía
con el universo.
Mi vida ordinaria me roba prudentemente la esencia,
me pide atención para otros negocios y vacía mi inventario.
En la naturaleza puedo vaciarme, así me dispongo a ser
llenado,
como Viktor Frankl, me pregunto cuál es el propósito de mi
vida,
qué luz me guía, a qué estrella seguir.
Tengo la esperanza de que la luz no me va a fallar,
que la estrella no se va a perder,
lo visible y lo invisible son lo mismo,
busco afilar las capacidades afiladas de mi percepción,
permitir que mi propósito se me haga consciente.
Necesito una llamada personal,
una razón para estar vivo, mi vida no es un accidente,
que mi vida tenga una profundidad suprema.
Mi vida es de madera,
busco el fuego que me despierte,
breves destellos de la naturaleza luminosa de las cosas,
sentimientos únicos,
coincidencias extrañas,
vueltas inexplicables de la rueda de la vida,
en esos momentos me encuentro a mí mismo.
Como dice Viktor Frankl,
no quiero ser el cuestionador, sino el cuestionado,
quiero tener preguntas sin contestar que se queden ahí.
Ayunar me da más que hambre y sed,
me coloca al lado de un fuego de alta intensidad,
encuentro maestros en cualquier parte,
todo tiene su inteligencia única y su alma,
todo se comunica,
contiene significado especial para mí, y para el camino de
mi vida.
Hay cosas que parecen inocuas al principio,
y más tarde expresan su significado.
Cada olor, cada forma, tiene una presencia,
es un misterio,
quiere establecer una relación conmigo,
requiere mi humildad y atención.
Quiero cultivar esta capacidad,
en un entrenamiento de por vida,
dejar que la naturaleza me libere el corazón como órgano de
percepción,
percibir los movimientos de la parte más profunda de mí,
aprender a esperar,
minuto a minuto, hora a hora, día a día,
la respuesta va a llegar,
el velo entre las cosas y yo se va a derretir,
la naturaleza es más bella de lo que palabras pueden
describir.
Nado entre las comunicaciones que me lanzan,
me voy haciendo más flexible y sensible,
la tierra, las piedras, los árboles, el aire, los pájaros,
me hablan, es poesía,
experiencia lo invisible detrás de las formas,
siento el significado en que están inmersas,
me permito lamentarme,
dejo que el hambre y la sed grite la pregunta,
como dos nuevos enamorados que se mueven,
empiezan y paran,
pasan y cejan.
El oráculo está en lo más obvio,
ver lo que está enfrente de mí es lo más difícil,
los susurros divinos nunca son mandatos.
Estos mensajes alimentan más que la comida,
me dan más energía que el azúcar,
más fuerza que la carne,
más cabeza que el vino.
Me enfrento con mi soledad,
estoy solo yo,
junto con el inconmensurable vasto universo alrededor de mí,
me siento con este sentimiento
y me permito bucear en él.
La solidad es la experiencia arquetípica del hombre,
el desierto dentro de mí,
no es un castigo ni una enfermedad,
es normal y usual,
es la flecha que apunta a donde debo ir.
Mi vida diaria no me da suficiente motivación
para encontrar mis fuentes,
ni el placer incomparable de beber de ellas.
Necesito comida nueva y mejor,
siento que no soy suficiente,
pero no es así,
es mi gran acto de intimidad,
poniendo en riesgo mi vulnerabilidad,
me siento amado por lo que soy,
recuerdo las oportunidades que la vida me ha dado,
y que parecían venir de ninguna parte,
las formas tan raras en las que el universo se abre a mí,
y me trae lo que yo necesito.
Otras veces nada de lo que hacía era correcto,
todo tenía la semilla del fracaso embebida,
tenían un mensaje que yo no quería oír,
en la posesión del mensaje estaba mi madurez.
El premio es la intimidad conmigo mismo,
vivo de dentro a fuera.
Lo que antes era vivir en la pretensión del amor,
ahora me sana,
haber tomado el riesgo de preguntarme por mi propósito
me ha hecho velar por la vida de mi alma,
no he obtenido prestigio, ni dinero ni amigos,
pero una frescura que nadie me puede destruir.

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