domingo, 8 de mayo de 2022

Capítulo 30. Mi intuición.

 


Tengo algunas actividades en el día a día que sigo haciendo,

y por las que siento un rechazo.

Siento una falta de coherencia entre lo que hago y quién soy en el mundo,

y lo que algo de mí, en mi interior, parece decirme.

Me pregunto a qué se refiere esa coherencia interna,

que está tan asociada a estar contento.

¿Qué dice mi corazón?

En tanto que ser humano, tengo una habilidad interior, aunque a veces despreciada,

para conocer, entender y percibir de manera clara e inmediata,

que no precisa de la intervención de la razón.

Puedo tomar decisiones sin necesidad de analizar ventajas ni inconvenientes,

comparar posibilidades ni evaluar el impacto,

mi corazón habla, no estoy paranoico.

Por ejemplo, hablamos de la intuición femenina o de alguien que juega y gana en bolsa por intuición,

escucho esa voz interna que me guía y me dice lo que voy a hacer.

Mi corazón no se calla ni debajo del agua,

vivir con mi intuición, me hace vivir puro y rápido,

popularmente lo entendemos como “presentimiento”, “corazonada” o “voz interna”,

es muy diferente de la razón, que usa la lógica y el análisis,

y que necesita tiempo para llegar a una decisión final.

En artes marciales, y en los deportes en general, la intuición es fundamental,

solo aparcando la capacidad de análisis y dando el protagonismo a la intuición,

es posible actuar suficientemente rápido y con coherencia,

lo contrario los convierte en deportes de sillón.

Mi intuición se caracteriza por dar respuestas rápidas y automáticas,

porque usa el contenido del inconsciente para evaluar y reaccionar frente a un estímulo o situación,

sin esperar la reacción racional o consciente,

me permite conocer de inmediato algún aspecto de la realidad que me rodea.

Se me manifiesta a través del cuerpo, con emociones o sentimientos,

mucho antes de que yo pueda describir lo que sucede en palabras.

El tipo de pensamiento que predomina en una persona con intuición es el pensamiento lateral,

soy creativo y flexible,

en la mayoría de los casos no puedo comprender ni explicar de dónde surgen mis conocimientos.

La característica más bella de la intuición es que, gracias a la neuroplasticidad cerebral,

es posible su aprendizaje a través de técnicas como la meditación;

en ese proceso de aprendizaje, el objetivo es identificar esa capacidad y empezar a creer en ella.

Como ser humano sé y conozco,

y la intuición es una capacidad más para el conocimiento,

que equilibro con otros tipos de conocimientos,

como el conocimiento sensitivo, el que proviene de los cinco sentidos,

y el racional, la capacidad de lógica y análisis.

Pero la pregunta es de dónde viene la intuición,

¿Es una pura asociación de experiencias pasadas del individuo?

¿Actúa en base a creencias y valores?

¿Es una entidad de fuera de este mundo que me habla?

¿Es como aprender a escuchar a mi sangre?

Históricamente, la intuición es anterior a la racionalidad en el hombre,

todavía no éramos capaces de relacionar dos ideas diferentes,

y ya escuchábamos esa voz que nos dotaba de sentido al mundo.

Platón y Aristóteles aceptan tanto el pensar intuitivo (nous o noesis),

como el pensar discursivo o dianoia (lógico racional).

Platón destaca el nous como superior,

y a la dianoia le adjudica un lugar secundario que sirve de ayuda para alcanzar al primero.

Aristóteles, por primera vez, recomienda considerar el equilibrio entre ambos,

la coherencia corazón y razón.

Más tarde, en el siglo XVIII,

ha sido objeto de estudio de los filósofos del racionalismo, empirismo y criticismo,

en la actualidad es estudiada por la psicología y la neurología.

Descartes entendía que comprendemos el mundo a través de nuestra capacidad deductiva,

es decir, primero establecemos axiomas, que son creencias básicas,

y segundo, construimos una demostración encadenando axiomas,

muy revolucionario para su época,

la intuición, según Descartes, unida al método deductivo,

sirve de criterio universal para establecer la plena evidencia,

para mi humilde opinión, los axiomas solo llegan a conocerse de un modo puramente intuitivo,

sin demostración posible,

es decir, que sin intuición no hay conocimiento posible.

Para Spinoza, la intuición intelectual denota un conocimiento superior, racional, de la Naturaleza,

conocimiento limpio no obscurecido por las pasiones,

Spinoza consideraba la intuición el “tercer grado” del conocimiento,

el más fidedigno e importante, que aprehende la esencia de las cosas,

su concepto de intuición es a veces mistificado,

a causa de que la intuición significa un conocimiento súbito, instantáneo,

de los fenómenos de la naturaleza,

el hallazgo inesperado de la solución para un determinado problema.

Plotino, San Agustín y después Santo Tomás aceptaron que,

además de existir esa intuición intelectual, otra intuición emotiva,

la que trata de captar el valor del objeto, lo que vale, si es bueno o malo, bello o feo, sublime...

Posteriormente Hume y Fichte introdujeron la intuición volitiva,

la que me permite saber lo que quiero, la que me guía en mi acción.

En el siglo XVIII, Kant describe la intuición intelectual como

aquella que permite conocer directamente realidades, fuera de la experiencia sensible,

capacidad que él rechaza,

considera que intuición es la capacidad que surge ante un objeto dado cuando afecta al espíritu,

sólo la sensibilidad produce intuición,

solamente confía en la intuición empírica y la intuición pura,

la intuición empírica es la que se relaciona con un objeto a través de las sensaciones o fenómenos,

es decir, nuestros sentidos,

no es completa porque los sentidos nos pueden engañar,

a veces, vemos una cuchara dentro de un vaso de agua como quebrada,

cuando en realidad es una sola pieza,

la intuición es pura cuando no pertenece a una sensación y cuando es “a priori”,

antes de que hayamos visto el objeto,

una forma pura de la sensibilidad.

Hacia 1840, el materialismo dialéctico ofrece otra aproximación diferente,

detrás de la intuición está la experiencia, los hechos,

los conocimientos adquiridos anteriormente que, acumulándose imperceptiblemente,

en un determinado grado, presentan “súbitamente” la solución de cualquier problema.

Abarcar intuitivamente la esencia de los fenómenos, hallar la solución de cualquier problema,

sólo es posible gracias a una gran experiencia en el pasado y a profundos conocimientos,

el materialismo dialéctico refuta, pues,

la intuición tratada como una forma especial, divina, innata del conocimiento.

En la tradición alemana idealista, Schelling o Hartman,

la intuición es una facultad especial de meditación interna,

un estado de inspiración en el que el hombre puede, según ellos,

conocer la verdad sin la actividad lógica de la conciencia,

la intuición interpretada de esta manera tiene el carácter de una facultad mística,

del conocimiento irracional.

Los idealistas entienden una facultad de contemplación espiritual,

un estado de revelación que permitiría al hombre conocer la verdad,

sin intervención de la actividad racional, lógica, de la conciencia,

así interpretada, reducen la intuición a una facultad mística, misteriosa, de conocimiento irracional.

Ya en el siglo XX, el francés Henri Bergson lo describe como:

“La simpatía intelectual mediante la que el ser se transporta al interior del objeto,

para coincidir en lo que tiene de único y, en consecuencia, de inexpresable”,

es el modo de conocimiento que capta la realidad verdadera, la interioridad, la duración,

la continuidad, lo que se mueve y hace.

La intuición es el método fundamental de la filosofía moderna,

solo se puede filosofar mediante la intuición,

aprendiendo de esa voz interna que nos habla sobre el mundo y sobre nosotros mismos,

se convierte en método,

desarrollado por los filósofos idealistas como Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer.

En la fenomenología de Husserl, a la razón le resulta imposible captar el sentido de la vida,

vivida desde la perspectiva humana, desde la duración,

y recurre a la vivencia directa de la misma, a la intuición,

entendida como posibilidad del espíritu humano de acceder al corazón mismo de las cosas.

Husserl se refiere a la «intuición eidética» como conocimiento directo de la esencia,

que no se apoya en los hechos;

al contrario, el conocimiento de éstos requiere el previo de la esencia,

pasando de aquéllos a éstas por medio de la «reducción fenomenológica o eidética».

El psiquiatra Karl Jaspers caracteriza la intuición,

en la actitud intuitiva se ve, se aprehende,

se vivencia el sentimiento gozoso de la plenitud y de lo sin-límite.

Entregándome, contemplo, esperando, aprehendo,

mi ver es vivenciado como experiencia “creativa” del crecer,

resulta claro que mi voluntad, mi finalidad, el consciente trazado de mis metas,

entorpece y estrecha,

“que el ser-dado es una habilidad y don de la propia naturaleza,

mucho más que el mérito del trazado de metas de la voluntad, disciplina y principios,

a no ser del principio de entregarse por de pronto sin cuestionamiento,

cuando el instinto dice que algo debe ser intuitivamente puesto de manifiesto.

La actitud intuitiva no es un veloz mirar hacia algo, sino un sumergirse,

no es corroborado nuevamente con una mirada lo que ya sabíamos,

sino que nos apropiamos de algo nuevo, pleno.”

(Psychologie der Weltanschauungen (PdW), München, Piper, 1985, p. 64-65.)

La instantaneidad y la inmediatez suponen la pareja de la intuición,

lo que intuyo es precisamente de una vez,

suelo tener la intuición de que sé, en un instante, algo determinado,

“se nos aclaró la película”,

“captamos que este lugar no es para nosotros”.

La fotografía capta de un solo golpe el instante,

en el que se retrata todo un conjunto complejo de cosas,

tal vez el rostro de una niña afgana en un campo de refugiados en Afganistán,

bajo las consecuencias de la desolación,

como en la foto de la niña Sharbat Gula, realizada por Steve Curry en 1984.

Lo que descubro mediante la intuición es, en general, algo nuevo,

y por eso no subsumible de inmediato bajo categorías racionales conocidas,

la intuición es inmediata e instantánea, es un sumergirse en el objeto,

perpetuando el instante.

El espacio tiene relevancia ontológica, como lo dice Heidegger en Ser y tiempo,

la racionalidad como actitud mantiene al objeto en una lejanía,

en cambio la actitud intuitiva lo “desaleja”, manteniéndolo en una cercanía,

casi lo incorpora al sujeto que lo conoce,

esa cercanía se percibe como ausencia de espacio y tiempo.

Lo que intuimos es incomunicable,

cualquier tipo de explicaciones no hacen sino rodearlo,

a la actitud intuitiva la caracteriza a su vez una receptividad,

ya que en ella estamos a la espera y entregados a que algo se nos revele.

La intuición permite aprehender cosas, fenómenos, situaciones y asuntos muy complejos,

de una vez, de un solo golpe, como si un rayo de luz nos atravesara,

esa captación de lo esencial, propia de la intuición, requiere de una pasividad,

de un estar entregado a que algo se me revele,

pero, agreguemos, una entrega tal sin esperar algo en concreto,

ya que entonces se daría el peligro de que, con mi expectativa e ilusión,

construyera algo que supuestamente se me está revelando.

Visto de esta forma, de lo que se trata, más que de una receptividad,

es lisa y llanamente de una pasividad,

ya que es ella la que mejor expresa una detención de la actividad,

por sobre todo racional, también emocional del sujeto.

La intuición, en alemán ‘Anschauung’,

es la capacidad que tiene la mente humana de ver unidad en la diversidad,

mientras que la lógica racional me lleva a dividir y separar,

la intuición parece borrar el tiempo y el espacio para verlo todo unido.

¿Quién, así descrita, no querría vivir siempre instalado en la intuición?

¿Quién se conformaría con la versión reducida que ofrece la mente racional?

Y es que el corazón intuitivo y la mente racional ven dos mundos radicalmente diferentes,

incoherentes, difícilmente reconciliables.

La racionalidad ve un mundo de limitaciones atrapado en el espacio y en el tiempo,

en el que el miedo reina y la acción viene motivada por el miedo a la escasez,

todo es invadido por la duda,

es un devenir donde todo cambia todo el tiempo,

y nada tiene esencia más allá de la continua transformación,

esto nos hace sufrir.

Muy diferente, la intuición me presenta una visión estable, eterna,

me muestra el instante y la comunicación profunda,

claridad y concisión,

la intuición solo ve unidad donde la racionalidad ve separación,

es la luz frente a la oscuridad.

La intuición se me muestra como una Voluntad con mayúsculas,

más allá de mi cuerpo y mi comprensión, que me habla, que me dicta, que me lleva de la mano,

y lo hace de forma amorosa.

Es una voz que me habla si aprendo a escucharla,

he descubierto que alrededor del corazón y aparato digestivo,

tengo un número de neuronas mayor de lo que pensaba,

tal vez venga de ese cerebro alternativo esa voz.

La intuición me ofrece una Visión con mayúsculas y un Conocimiento,

que metafóricamente entiendo como luz,

veo una luz envolver el mundo con amor,

y al miedo borrarse de todos los semblantes,

conforme los corazones se alzan y reclaman la luz como suya.

La intuición me es dada a priori, solo por haber nacido y estar vivo,

ahora es el momento de reclamarla,

es el momento de despertar y empezar a creer en ella,

cuando lo siento en mi interior,

florezco como un capullo que estaba esperando el sol,

el momento es ahora.

La intuición es mi timón,

la alarma que me pone en alerta,

cuando los días me atrapan en los quehaceres y mi atención se pierde en lo finito,

¡cuántas cosas detecto cuando me mantengo despierto!

Esa corazonada inerte latente... razón invisible… contiene verdad guardada,

es una idea brillante, constante, que la mente golpea,

esboza verdades,

es fuerza, pureza y franqueza,

nadie ni nada llega a nuestra puerta por casualidad,

leo tus ojos y veo amor y eternidad.



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