Me atrevo a escribir en primera persona,
buceo en mis intimidades en público sin escándalo,
robábamos higos en la infancia, descubríamos la noche furtivamente
en la adolescencia,
nos escapábamos en la juventud, me sobrealimento a pesar de
estar lleno,
voluptuosidades embriagadoras en mi alma vigorosa.
Intento mostrar lo que yo soy, creo y siento,
hay un yo que se expresa y pone sobre la mesa un sentir, un
percibir, un saber, un ser.
Me causa escozor y hasta controversia.
Cuando otros leen mi confesión auténtica, lo sienten repetido
en ellos mismos,
y si no lo repiten no desvelan el secreto.
El lector puede sentirse como intromiso en un mundo al que
no tiene acceso,
y como no lo percibe directamente puede no entenderlo,
sin embargo, le puede “llegar”, “mover”, “confrontar” o generarle
algo,
el texto es sólo un vehículo para decir, trascender, o
simplemente… ser.
El lector, al leer, es movido a verificar la confesión, a
leer dentro de sí mismo,
¿es esto verdad en mi propia experiencia?,
no quiere, viene a fisgar secretos ajenos por una puerta
entreabierta,
y acaba mirando a su propia conciencia.
En seguida, de lo que hay en mi interior emana lo que es el
todo,
de lo que yo soy aparece lo que somos todos.
Yo busco la verdad, y lo hago desde el hombre que soy, desde
la calle que experimento,
porque la verdad transforma la vida,
y lo hace, como decía María Zambrano, a través del amor,
tanto más apasionado cuanto más universal y fría es la
verdad,
cuanto más lejana y pura.
En algún momento de la Historia, la verdad se dispersó en la
relativización del todo,
y sustituimos la exigencia de la verdad por una exigencia de
sinceridad,
yo soy sincero.
Si tiene que ser un género literario, es el de Confesión,
con mayúsculas,
hablada, larga conversación,
viaje que se inicia en el yo padezco y puedo perderme,
como Job, soy queja y plañidos, soy palabra a viva voz.
Es novela porque es un relato,
aunque no nace de mi necesidad literaria,
sino de la necesidad que la vida tiene de expresarse,
no lleva como una novela a un tiempo imaginario,
no hay desván mágico ni linterna de luciérnagas,
se origina en la confusión y en la inmediatez temporal.
Es arte, busca desde el tiempo real del escritor y lector,
el artista crea una eternidad virtualmente real, la del
paraíso perdido,
es el tiempo que no puede ser expresado ni apresado,
es la unidad vital que ya no requiere expresión.
Es poesía y, por consiguiente, hechizo con instantes de
éxtasis.
Es filosofía, porque estudiar filosofía es volver a
filosofar, decía Kant,
comienzo en la duda para recobrarme,
la respuesta solo está en mí mismo.
En la Confesión, no borro mi condición de sujeto,
como sujeto me resisto a ser a medias y confuso,
sería narcisismo mostrar complacencia conmigo mismo,
no sería camino, sino grotesco y trágico pasillo de espejos.
Como hombre, nazco libre y dondequiera me encuentro
encadenado.
Hablo desde el tiempo que tengo, y busco otro tiempo,
huyo de mí para encontrar la chispa que me aclara y me
sostiene,
siento el peso de mi existencia y necesito que mi propia
vida se manifieste.
La existencia desnuda de mi dolor, mi angustia, la injusticia,
son de procedencia externa,
me suceden a mí como sujeto paciente, me llevan a pedir
razones,
muero porque no muero,
hasta que descubro mi interioridad.
Busco ser escuchado,
persigo abrir mis límites, traspasarlos y encontrar mi
unidad y mi integridad acabada,
espero una verdad más allá de la vida, una objetividad bajo
la que habitar,
la realidad suprema, de San Agustín el Africano,
mis sueños utópicos de volver a una realidad en la que
encajar,
recordar lo que desprendí como olvidado,
mi ignorancia no es más que olvido,
ya lo sabía de antemano,
la reminiscencia de Platón supone que mi alma humana ya
conocía la verdad,
antes de encarnarse en mi cuerpo,
y a través de la dialéctica, es posible recordar la verdad,
lo que llamo aprender no es más que recordar,
siento nostalgia de la realidad que presiento, que no tengo
ni se me muestra,
mi memoria es la fuente de este encuentro con mi realidad
total,
ya no hay recuerdo ni olvido, sólo presencia,
mi realidad está ahí, yo olvidado de ella, vuelto de
espaldas, disperso y confuso,
y sin embargo tengo que buscarla.
Mi forma de dirigirme a ella es ofrecerme con hambre,
para ser visto y recogido, para entrar en la luz.
El paraíso en la tierra es la vida, mi corazón inagotable,
acabado de nacer,
amar sin miedo,
mi corazón es un órgano de luz, la luz viva mediterránea,
no oigo con el oído sino con la conciencia,
como Juan Jacobo Rousseau decía, la luz entra en mi corazón
y se pierde en él como en un jardín,
lo siento en un beso que me marea.

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