Gelassenheit en
alemán, fairness en inglés. ¿Has sentido alguna vez algo emocionalmente pesado?
¿Te has notado en algún momento reaccionar frente a un comentario o acción de
otra persona? ¿Has experimentado sufrimiento como respuesta al comportamiento
de otro o de otros? ¿Hay algo alrededor tuyo que juzgas como negativo y te
molesta? ¿Te has descubierto reaccionando corporalmente como consecuencia de
algo?
¿Has sido
consciente de que reaccionar en contra del mundo es molesto? ¿Te ha hecho
sufrir? ¿Conoces el desasosiego? Kierkegaard lo llamaba angustia y lo describía
como un temor muy poco definido, parecido a estar al borde de un edificio o en
lo alto de un precipicio o acantilado al mar. En forma de vértigo, la persona
siente miedo a caer pero también un aterrorizante impulso a saltar al vacío.
Angustia o mareo de libertad, sentido como encogimiento de la base del
estómago.
En esas
situaciones, ¿has buscado desesperadamente paz y harmonía? ¿Has querido
convertir esa agitación, irritación, sufrimiento… en felicidad? ¿Has perseguido
un tipo de vida que te sea satisfactorio?
La capacidad para
lidiar con esas emociones que expresa tu cuerpo se llama ecuanimidad. Algunas
personas se cierran, se hacen insensibles, ignoran sus emociones, pero eso no
es ecuanimidad. Otras personas se dejan invadir frecuentemente por emociones,
unas veces negativas y otras positivas, eso tampoco es ecuanimidad. Cuando
estas personas toman decisiones, lo hacen siguiendo esa molestia, ese
sufrimiento y no desde el bien común. Deciden parcialmente, sin ecuanimidad.
Un día paseábamos
plácidamente con los dos niños por el parque de Buddha Monthon, al este de
Bangkok. Allí se respiraba algo que inspiraba a paz y tranquilidad. Siguió con
unas sesiones de mantras y un retiro de Vipassana, que significa
Conocimiento, ese tipo de conocimiento directo que uno tiene cuando experimenta
la vida directamente, sin libros ni maestros ni influencias. Se parecía mucho a
la experiencia cristiana que vivimos Eduardo Ruiz y yo en el Monasterio de
Santa María de Oseira en Galicia, o en el Valle de Qadisha con el Padre Dario
Escobar, el último eremita que con 81 años todavía vivía en la soledad de una
cueva horadada en la pared de piedra.
Según Goenka (*),
el Dharma,
la ley de la naturaleza de Siddartha Gotama, es un eficaz camino desde el sufrimiento
al nirvana, la paz y tranquilidad. En el Nirvana, ya no hay nada que te
hace reaccionar, ya nada te provoca ese desasosiego. Porque así lo sientes, pura
introspección, auto-observación, no porque nadie te lo ha dicho, ni siquiera
porque te lo ha dicho tu inteligencia.
El camino
necesita sentir la relación con el cuerpo y con la mente. Entrenamos el cuerpo
para que se mueva o vaya de un sitio a otro, la parte del cuerpo es fácil, aunque
sabemos que una parte del cuerpo nos es desconocida, el movimiento del corazón
o el metabolismo del hígado.
Por el contrario,
la mente es más difícil de entrenar, es una potente herramienta de conocimiento
pero más parecida a un caballo sin domar, que vagabundea sin control.
Ese conocer
ocurre en cuatro movimientos, la conciencia, la percepción, la sensación y la
reacción, el sankhara. La conciencia registra la ocurrencia de un fenómeno,
la percepción la clasifica y caracteriza, la sensación
reconoce los sentidos. Al final, la mente reacciona, le gusta o le disgusta, le
parece bien o le parece mal. Nos hace querer continuar si es agradable o parar
la experiencia si es desagradable. Esa tensión de la mente es lo que genera el
sufrimiento.
Muchas religiones
y filosofías asumen que existe un yo, una identidad, que era, es y será
invariable, permanente. Pero ese yo, esa identidad, va cambiando, no es igual
en el pasado que en el presente, aparece y se desvanece tomando formas
diferentes. Como decía Bruce Lee, es un flujo de agua que nunca se para en su
curso hacia el mar. La metáfora es parecida a la de Jorge Manrique en sus
coplas por la muerte de su padre. Heráclito de Efeso pasó a la historia por
entender la verdadera esencia de la vida como el cambio, el flujo, el fuego.
La vida es
entonces imperfecta e incompleta. Pero, según Buddha, nunca es aleatoria, sino
que hay una relación causa efecto detrás de cada fenómeno. El karma
es esa ley fundamental y universal de la existencia. La reacción de la mente es
la causa del sufrimiento humano. Por tanto, eliminando reaccionar, puede
desaparecer el desasosiego.
Vivimos en
situación de apego. Hay un deseo agradable y una aversión negativa, ambos son tanhá, son como la sed, constituyen un hábito mental
de insaciablemente querer lo que no es. Según lo consumimos, generamos la
necesidad de más. Es una adicción, es la fuente del desasosiego.
Hay otro apego
más fuerte todavía, el apego al ego y a lo mío, nos asociamos con él como si
fuera eterno.
Hay un apego bueno
y un apego a evitar. Los padres se apegan a sus hijos y los hijos a sus padres,
es necesario para la supervivencia de quien todavía no puede sostenerse solo
por sí mismo. Desapegarse no tiene por qué significar indiferencia. Puede
seguir habiendo responsabilidad, pero sin reacción. Si tu hijo adolescente no
es como tú esperabas que fuera, no reaccionar con dolor. Una mente equilibrada
buscaría otra forma de educar. Es la “indiferencia sagrada”, ni inacción ni
reacción, solo acción positiva de una mente equilibrada y un sujeto ecuánime.
El apego aparece
por nuestras reacciones mentales de atracción y repulsión ante las sensaciones
que recibimos. La reacción ocurre por ignorancia, porque no sabemos que estamos
reaccionando, porque no nos damos cuenta de la naturaleza impermanente de la
existencia. Por eso reaccionamos
ciegamente. Por eso las reacciones se intensifican y vivimos en el hábito mental
de reaccionar continuamente, el sanhkara.
Se produce una
cadena de causa y efecto, sensaciones que generan reacciones y reacciones que
generan otras reacciones, de forma que sufrimos continuamente. El karma
es esa ley de causa y efecto que gobierna la vida. Este círculo vicioso solo es
posible romperlo creando conciencia sobre la verdadera naturaleza de la
realidad. Y experimentando el yo. Eliminando la ignorancia como causa,
desaparece la reacción, y por tanto el capricho y la aversión, y por tanto el
ego.
Solo así puede
darse la reencarnación, el samsara. No es que una misma identidad, un mismo ego
se reencarne en sucesivos cuerpos. Es justo lo contrario, de la leche sale la
mantequilla, pero cuando es leche no es mantequilla. Ahora, solo la leche es
real, no lo es la mantequilla. De igual forma, las vidas pasadas y futuras no
son reales. Solo existe el presente, aquí y en este cuerpo. Solo si dejamos de
reaccionar, experimentamos la paz y la tranquilidad.
La voluntad de
justicia o el miedo al dolor son correctos, siempre y cuando no nos generen un
desequilibrio mental, una tensión. De forma equilibrada, a través del amor, es
posible conseguir muchas cosas, da los mejores resultados.
Querer objetos
materiales que nos hagan la vida más fácil no es malo, solo lo es si hay
obsesión, porque entonces duele. No conseguirlo no nos debe llevar a la
reacción sino a la sonrisa. Conseguirlo nos debe ayudar a disfrutar, pero
siempre sin generar apego.
Planificar el
futuro es bueno, pero siempre que no genere apego, reacción y dolor. La clave
es aprender a dejar que la naturaleza obre como mejor decida, sin antojo por
nada, sin antojo por la liberación.
El nirvana
final supone la desaparición del antojo de deseo, la aversión y la
ignorancia. Y por tanto de la miseria y
el sufrimiento.
Hace falta un
método claro y conciso que marque el
camino hacia la liberación del sufrimiento. Una práctica precisa que seguir, ya
probada exitosa por muchos otros en el pasado.
La práctica, el dharma,
empieza primero por el sila, la práctica moral, comportarse
sin hacer daño a nada ni a nadie. Es necesario porque nos evita toda agitación
y nos lleva a la calma, necesaria para vivir el cielo y no el infierno cada
día.
La práctica
continúa con el samadhi, la práctica de la concentración, el bhavana,
la meditación para el desarrollo mental. La meditación tiene dos objetivos,
-
primero
la tranquilidad y calma (samatha-bhavana): la práctica del pensamiento
“apropiado” no requiere la ausencia de pensamiento, pero sí la conciencia
sostenida sobre en qué se está pensando en cada momento. Junto con la conciencia
de la respiración, hace que el deseo y la aversión se calmen; y
-
segundo
la sabiduría e insight (vipassana-bhavana): la comprensión “apropiada” no
necesita pensar sobre la Verdad, pero sí ver las cosas tal como son, más allá
de cómo parecen ser.
Hay que penetrar
para experimentar la realidad última. Está bien escuchar la sabiduría de los
demás, muchas veces la tenemos internalizada en forma de ideologías, creencias
o religiones. Lo hacemos con gusto porque prometen futuros deliciosos, paraísos
y cielos. Pero es sabiduría prestada, no es propia.
Está bien también
entender intelectualmente la Verdad. Lo que entendemos como racional,
beneficioso y práctico nos satisface intelectualmente y lo consideramos Verdad,
pero no es sabiduría propia.
La sabiduría solo
emana de nuestra propia experiencia, de lo que vivimos, de lo que nos cambia la
vida. Aunque sepamos que el fuego quema, es necesario habernos quemado nosotros
mismos, solo así rompemos el condicionamiento de nuestro pensamiento, es decir,
el hecho de que el pensamiento venga de una reacción inconsciente a una
sensación desconocida. La experiencia de los demás nos debe inspirar y darnos
pautas, pero el trabajo final es solo nuestro. La experiencia de la realidad
real, directa y viva está solo en nosotros.
Vipassana es una
forma de ver, una observación de la realidad dentro de uno mismo. Se construye
mediante la atención plena en las sensaciones que percibimos en nuestro cuerpo.
Esta observación nos enseña el funcionamiento de nuestro cuerpo y de nuestra
mente.
El conocimiento
entra en nuestro cuerpo a través de las cinco puertas de los cinco sentidos.
También a través de la sexta puerta, la mente. Pensamientos, ideas,
imaginaciones, emociones, memorias, esperanzas y miedos entran por la puerta
para producir sensaciones.
En la vida común,
solo somos conscientes de las sensaciones más fuertes, pero la meditación nos
entrena para concienciarnos de cada pequeña sensación. Por eso se trabaja de
forma sistemática enfocar la atención en cada parte del cuerpo, una tras otra,
prestando atención a cada una por igual.
Meditar es
prestar atención a nuestra respiración. Poco a poco la respiración pasa de ser
pesada e irregular a ser ligera, fina y sutil. Al mismo tiempo, las sensaciones
son intensas, desagradables, incluso rescatando experiencias malas ya
olvidadas, haciéndolas de nuevo conscientes. Poco a poco, con esfuerzo
sostenido pero sin tensión, la mente reconquista su tranquilidad y foco. Las
sensaciones intensas se disuelven en otras más sutiles y uniformes, para
finalmente convertirse en meras vibraciones apareciendo y desapareciendo muy
rápidamente.
La realidad se
percibe como estrictamente cambiante e impermanente, anicca. Nuestra
naturaleza es efímera, un flujo constante. El yo y el mío dejan de tener
sentido. Al difuminarse el yo y el ego parece que el sufrimiento se calma.
La ecuanimidad es
observar sin reaccionar con una mente equilibrada. ¿Qué pasaría si en la postura nos duele un
tobillo? Sentir el dolor, odiar el dolor nos lleva a sentir mayor dolor. Verlo
desde fuera, como un médico que ve a su paciente, nos hace entenderlo de forma diferente,
conseguimos que el dolor no se haga dueño de nosotros. No nos hace sufrir
porque no nos apegamos a ella.
El camino hacia
la liberación de Siddharta Gotama es de conciencia y ecuanimidad. Es el
verdadero conocimiento, que viene de observar la realidad como es. Así dejamos
de reaccionar por cualquiera de las sensaciones que entran por las puertas de
la sensibilidad. Solo nos queda ir vaciando poco a poco ese almacén de
reacciones pasadas, de condicionamientos, para que también dejen de crear
sufrimiento.
(*) The Art of Living. S.N.Goenka, Pariyatti, 1987