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viernes, 9 de octubre de 2020

Ecuanimidad

Gelassenheit en alemán, fairness en inglés. ¿Has sentido alguna vez algo emocionalmente pesado? ¿Te has notado en algún momento reaccionar frente a un comentario o acción de otra persona? ¿Has experimentado sufrimiento como respuesta al comportamiento de otro o de otros? ¿Hay algo alrededor tuyo que juzgas como negativo y te molesta? ¿Te has descubierto reaccionando corporalmente como consecuencia de algo?

¿Has sido consciente de que reaccionar en contra del mundo es molesto? ¿Te ha hecho sufrir? ¿Conoces el desasosiego? Kierkegaard lo llamaba angustia y lo describía como un temor muy poco definido, parecido a estar al borde de un edificio o en lo alto de un precipicio o acantilado al mar. En forma de vértigo, la persona siente miedo a caer pero también un aterrorizante impulso a saltar al vacío. Angustia o mareo de libertad, sentido como encogimiento de la base del estómago.


En esas situaciones, ¿has buscado desesperadamente paz y harmonía? ¿Has querido convertir esa agitación, irritación, sufrimiento… en felicidad? ¿Has perseguido un tipo de vida que te sea satisfactorio?

La capacidad para lidiar con esas emociones que expresa tu cuerpo se llama ecuanimidad. Algunas personas se cierran, se hacen insensibles, ignoran sus emociones, pero eso no es ecuanimidad. Otras personas se dejan invadir frecuentemente por emociones, unas veces negativas y otras positivas, eso tampoco es ecuanimidad. Cuando estas personas toman decisiones, lo hacen siguiendo esa molestia, ese sufrimiento y no desde el bien común. Deciden parcialmente, sin ecuanimidad.

Un día paseábamos plácidamente con los dos niños por el parque de Buddha Monthon, al este de Bangkok. Allí se respiraba algo que inspiraba a paz y tranquilidad. Siguió con unas sesiones de mantras y un retiro de Vipassana, que significa Conocimiento, ese tipo de conocimiento directo que uno tiene cuando experimenta la vida directamente, sin libros ni maestros ni influencias. Se parecía mucho a la experiencia cristiana que vivimos Eduardo Ruiz y yo en el Monasterio de Santa María de Oseira en Galicia, o en el Valle de Qadisha con el Padre Dario Escobar, el último eremita que con 81 años todavía vivía en la soledad de una cueva horadada en la pared de piedra.

Según Goenka (*), el Dharma, la ley de la naturaleza de Siddartha Gotama, es un eficaz camino desde el sufrimiento al nirvana, la paz y tranquilidad. En el Nirvana, ya no hay nada que te hace reaccionar, ya nada te provoca ese desasosiego. Porque así lo sientes, pura introspección, auto-observación, no porque nadie te lo ha dicho, ni siquiera porque te lo ha dicho tu inteligencia.

El camino necesita sentir la relación con el cuerpo y con la mente. Entrenamos el cuerpo para que se mueva o vaya de un sitio a otro, la parte del cuerpo es fácil, aunque sabemos que una parte del cuerpo nos es desconocida, el movimiento del corazón o el metabolismo del hígado.

Por el contrario, la mente es más difícil de entrenar, es una potente herramienta de conocimiento pero más parecida a un caballo sin domar, que vagabundea sin control.

Ese conocer ocurre en cuatro movimientos, la conciencia, la percepción, la sensación y la reacción, el sankhara. La conciencia registra la ocurrencia de un fenómeno, la percepción la clasifica y caracteriza, la sensación reconoce los sentidos. Al final, la mente reacciona, le gusta o le disgusta, le parece bien o le parece mal. Nos hace querer continuar si es agradable o parar la experiencia si es desagradable. Esa tensión de la mente es lo que genera el sufrimiento.

Muchas religiones y filosofías asumen que existe un yo, una identidad, que era, es y será invariable, permanente. Pero ese yo, esa identidad, va cambiando, no es igual en el pasado que en el presente, aparece y se desvanece tomando formas diferentes. Como decía Bruce Lee, es un flujo de agua que nunca se para en su curso hacia el mar. La metáfora es parecida a la de Jorge Manrique en sus coplas por la muerte de su padre. Heráclito de Efeso pasó a la historia por entender la verdadera esencia de la vida como el cambio, el flujo, el fuego.

La vida es entonces imperfecta e incompleta. Pero, según Buddha, nunca es aleatoria, sino que hay una relación causa efecto detrás de cada fenómeno. El karma es esa ley fundamental y universal de la existencia. La reacción de la mente es la causa del sufrimiento humano. Por tanto, eliminando reaccionar, puede desaparecer el desasosiego.

Vivimos en situación de apego. Hay un deseo agradable y una aversión negativa, ambos son tanhá,  son como la sed, constituyen un hábito mental de insaciablemente querer lo que no es. Según lo consumimos, generamos la necesidad de más. Es una adicción, es la fuente del desasosiego.

Hay otro apego más fuerte todavía, el apego al ego y a lo mío, nos asociamos con él como si fuera eterno.

Hay un apego bueno y un apego a evitar. Los padres se apegan a sus hijos y los hijos a sus padres, es necesario para la supervivencia de quien todavía no puede sostenerse solo por sí mismo. Desapegarse no tiene por qué significar indiferencia. Puede seguir habiendo responsabilidad, pero sin reacción. Si tu hijo adolescente no es como tú esperabas que fuera, no reaccionar con dolor. Una mente equilibrada buscaría otra forma de educar. Es la “indiferencia sagrada”, ni inacción ni reacción, solo acción positiva de una mente equilibrada y un sujeto ecuánime.

El apego aparece por nuestras reacciones mentales de atracción y repulsión ante las sensaciones que recibimos. La reacción ocurre por ignorancia, porque no sabemos que estamos reaccionando, porque no nos damos cuenta de la naturaleza impermanente de la existencia.  Por eso reaccionamos ciegamente. Por eso las reacciones se intensifican y vivimos en el hábito mental de reaccionar continuamente, el sanhkara.

Se produce una cadena de causa y efecto, sensaciones que generan reacciones y reacciones que generan otras reacciones, de forma que sufrimos continuamente. El karma es esa ley de causa y efecto que gobierna la vida. Este círculo vicioso solo es posible romperlo creando conciencia sobre la verdadera naturaleza de la realidad. Y experimentando el yo. Eliminando la ignorancia como causa, desaparece la reacción, y por tanto el capricho y la aversión, y por tanto el ego.

Solo así puede darse la reencarnación, el samsara.  No es que una misma identidad, un mismo ego se reencarne en sucesivos cuerpos. Es justo lo contrario, de la leche sale la mantequilla, pero cuando es leche no es mantequilla. Ahora, solo la leche es real, no lo es la mantequilla. De igual forma, las vidas pasadas y futuras no son reales. Solo existe el presente, aquí y en este cuerpo. Solo si dejamos de reaccionar, experimentamos la paz y la tranquilidad.   

La voluntad de justicia o el miedo al dolor son correctos, siempre y cuando no nos generen un desequilibrio mental, una tensión. De forma equilibrada, a través del amor, es posible conseguir muchas cosas, da los mejores resultados. 

Querer objetos materiales que nos hagan la vida más fácil no es malo, solo lo es si hay obsesión, porque entonces duele. No conseguirlo no nos debe llevar a la reacción sino a la sonrisa. Conseguirlo nos debe ayudar a disfrutar, pero siempre sin generar apego.

Planificar el futuro es bueno, pero siempre que no genere apego, reacción y dolor. La clave es aprender a dejar que la naturaleza obre como mejor decida, sin antojo por nada, sin antojo por la liberación.

El nirvana final supone la desaparición del antojo de deseo, la aversión y la ignorancia.  Y por tanto de la miseria y el sufrimiento.

Hace falta un método claro y conciso  que marque el camino hacia la liberación del sufrimiento. Una práctica precisa que seguir, ya probada exitosa por muchos otros en el pasado.

La práctica, el dharma, empieza primero por el sila, la práctica moral, comportarse sin hacer daño a nada ni a nadie. Es necesario porque nos evita toda agitación y nos lleva a la calma, necesaria para vivir el cielo y no el infierno cada día.

La práctica continúa con el samadhi, la práctica de la concentración, el bhavana, la meditación para el desarrollo mental. La meditación tiene dos objetivos,

-        primero la tranquilidad y calma (samatha-bhavana): la práctica del pensamiento “apropiado” no requiere la ausencia de pensamiento, pero sí la conciencia sostenida sobre en qué se está pensando en cada momento. Junto con la conciencia de la respiración, hace que el deseo y la aversión se calmen; y

-        segundo la sabiduría e insight (vipassana-bhavana): la comprensión “apropiada” no necesita pensar sobre la Verdad, pero sí ver las cosas tal como son, más allá de cómo parecen ser.

Hay que penetrar para experimentar la realidad última. Está bien escuchar la sabiduría de los demás, muchas veces la tenemos internalizada en forma de ideologías, creencias o religiones. Lo hacemos con gusto porque prometen futuros deliciosos, paraísos y cielos. Pero es sabiduría prestada, no es propia.

Está bien también entender intelectualmente la Verdad. Lo que entendemos como racional, beneficioso y práctico nos satisface intelectualmente y lo consideramos Verdad, pero no es sabiduría propia.

La sabiduría solo emana de nuestra propia experiencia, de lo que vivimos, de lo que nos cambia la vida. Aunque sepamos que el fuego quema, es necesario habernos quemado nosotros mismos, solo así rompemos el condicionamiento de nuestro pensamiento, es decir, el hecho de que el pensamiento venga de una reacción inconsciente a una sensación desconocida. La experiencia de los demás nos debe inspirar y darnos pautas, pero el trabajo final es solo nuestro. La experiencia de la realidad real, directa y viva está solo en nosotros.

Vipassana es una forma de ver, una observación de la realidad dentro de uno mismo. Se construye mediante la atención plena en las sensaciones que percibimos en nuestro cuerpo. Esta observación nos enseña el funcionamiento de nuestro cuerpo y de nuestra mente.

El conocimiento entra en nuestro cuerpo a través de las cinco puertas de los cinco sentidos. También a través de la sexta puerta, la mente. Pensamientos, ideas, imaginaciones, emociones, memorias, esperanzas y miedos entran por la puerta para producir sensaciones.

En la vida común, solo somos conscientes de las sensaciones más fuertes, pero la meditación nos entrena para concienciarnos de cada pequeña sensación. Por eso se trabaja de forma sistemática enfocar la atención en cada parte del cuerpo, una tras otra, prestando atención a cada una por igual.

Meditar es prestar atención a nuestra respiración. Poco a poco la respiración pasa de ser pesada e irregular a ser ligera, fina y sutil. Al mismo tiempo, las sensaciones son intensas, desagradables, incluso rescatando experiencias malas ya olvidadas, haciéndolas de nuevo conscientes. Poco a poco, con esfuerzo sostenido pero sin tensión, la mente reconquista su tranquilidad y foco. Las sensaciones intensas se disuelven en otras más sutiles y uniformes, para finalmente convertirse en meras vibraciones apareciendo y desapareciendo muy rápidamente.

La realidad se percibe como estrictamente cambiante e impermanente, anicca. Nuestra naturaleza es efímera, un flujo constante. El yo y el mío dejan de tener sentido. Al difuminarse el yo y el ego parece que el sufrimiento se calma.

La ecuanimidad es observar sin reaccionar con una mente equilibrada.  ¿Qué pasaría si en la postura nos duele un tobillo? Sentir el dolor, odiar el dolor nos lleva a sentir mayor dolor. Verlo desde fuera, como un médico que ve a su paciente, nos hace entenderlo de forma diferente, conseguimos que el dolor no se haga dueño de nosotros. No nos hace sufrir porque no nos apegamos a ella.

El camino hacia la liberación de Siddharta Gotama es de conciencia y ecuanimidad. Es el verdadero conocimiento, que viene de observar la realidad como es. Así dejamos de reaccionar por cualquiera de las sensaciones que entran por las puertas de la sensibilidad. Solo nos queda ir vaciando poco a poco ese almacén de reacciones pasadas, de condicionamientos, para que también dejen de crear sufrimiento.

(*) The Art of Living. S.N.Goenka, Pariyatti, 1987