miércoles, 24 de noviembre de 2021

El destino y el flow

Tengo que tomar una decisión respecto a mis hijos. Ha ocurrido algo y tengo que compartirlo con ellos. Tengo que cuidarles para que no sufran, pero también tengo que ser sincero y auténtico con ellos. Es un dilema. Tengo que acompañarlos en su digestión de la nueva situación, pero no quiero que sientan incertidumbre. ¿Tengo que esforzarme en hacerlo bien, o puedo confiar en su crecimiento como personas y capacidad de enfrentarse a las cosas con aprendizaje?

La película “Only you”, 1994, muestra el dilema de la libertad o el destino. La adolescente Faith recibe la información de que su destino es un hombre llamado Damon Bradley. A partir de ahí lo busca sin pausa. En un momento, en olvido, está a punto de casarse con la persona que socialmente es apropiada, sin embargo, el destino ataca en el momento justo, y Faith abandona las convenciones familiares y sociales para embarcarse en la exploración. Suena el teléfono y es el mismo Damon, tomando un vuelo a Venecia, una llamada, una señal, para que Faith persiga su rastro por toda Italia.

Me pregunto si nuestra vida está escrita, lo visualizo como si estuviera escrita en las estrellas, o si, por el contrario, está en mis manos construirla. ¿Existe ese libro gigante en la noche estrellada donde se dicta lo que me está ocurriendo? ¿Puedo relajarme y dejar de construir, confiando en que la construcción va a seguir sin mi liderazgo?

No dudo de mi libre albedrío. Yo puedo tomar decisiones y las tomo constantemente, yo construyo mi vida. Puedo incluso decidir en contra de ese libro. La pregunta es: ¿Existe ese libro?

Me visualizo como un niño que, desvalido, cede su mano a un gigante y se deja, despreocupado, llevar. Ya solo tengo que ocuparme de disfrutar de lo sublime del paisaje, confiando en que voy con quien y a donde tengo que ir.

Yo puedo construir estrategias y erigir edificios del “deber ser” kantiano, en los que las cosas sean como a mí me gustaría, y se desarrollasen como yo querría, pero al lado está la humilde realidad, la que existe sí o sí, la que no puedo cambiar. Ver la realidad y aceptarla como real, me permite “soltar”, “desapegarme”, “fluir”.

El río dirige su corriente hacia el mar. Yo puedo nadar en contra, pero solo voy a conseguir agotarme para seguir estando en el mismo sitio. ¿Qué tal tumbarse estilo muerto y dejar que la corriente me lleve?

La psicología positiva lo llama estado de flow o “be in the zone”. En este estado mental, en mi actividad del día a día me siento inmerso, enfocado y energético. Me siento involucrado y contento. Estoy absorbido en lo que hago. Desaparece el tiempo.

Me dejo en las manos de mi destino. Es como estar en el cielo. Es paz y certidumbre. Prefiero la certidumbre, aunque lleve un “flavour” oscuro, que la incertidumbre. La incertidumbre me mata. En estado de Flow, desaparece mi ansiedad y mis miedos. Ya no siento la oscuridad de mi depresión. Ya no siento la culpa de nada. Es liberador, se me sueltan los grilletes y las cadenas.

Ya no siento el dolor, se ha ido mi sufrimiento. No hay tristeza. Ya no puedo perder nada. Ha muerto la muerte. Dejo mi mano a ese gigante que me guíe. La realidad manda, yo acepto.

Quiero que este pensamiento esté siempre ahí conmigo. Quiero entrenar mi mente para que este pensamiento sea parte de mí. Que sea mi hábito para la resolución de problemas que se me presenten. Quiero vivir mi presente y confiar en mi gigante, hacerle mi maestro interior. Quiero paz. Amor.  

jueves, 11 de noviembre de 2021

La indefensión

Estamos viviendo una miríada de cambios profundos en la sociedad en la que vivimos. Uno de los más visuales es entender el siglo XX como un siglo de extrovertidos para extrovertidos, y el siglo XXI un siglo de introvertidos para introvertidos.

Yo estoy viviendo cambios profundos en mi vida. Uno de los más visuales es el cambio de extrovertido a más introvertido. Donde mi foco antes estaba en el exterior, creyendo sin dudar la existencia fehaciente de un mundo fuere de mí, ahora, por la pandemia o por la madurez, el foco empieza a mudar al mundo interior.

Ahí, la importancia básica es mi maestro interior, la experiencia dentro de uno mismo, sobre la creencia básica de que el mundo exterior es solo un conjunto de partículas y ondas electromagnéticas, y la realidad la construye la percepción del ser viviente. 

Esa percepción procesa los impulsos recibidos y los convierte en formas y emociones. Si yo veo algo, soy yo quien construyo la emoción de alegría, y ese algo sin la emoción que yo le pongo es nada.

Mis emociones parecen venir de fuera, sin embargo, son creadas por la percepción de la mente, en base a experiencias anteriores, proyecciones futuras, creencias sociales, valores educativos… De esta forma, toda emoción es una quimera, una invención, una construcción de la mente racional.

Por ejemplo, ayer mi mente decidió construir un ataque. Yo podía ver claro que una persona externa a mí me estaba atacando, y mi reacción era una incomoda posición de necesidad de defenderme, de devolver el ataque, de alejarme de esa persona, de bloqueo hacia su acción.

Mi posición de defensa era dolorosa. ¿Por qué esa persona sin razón aparente querría hacerme sentir molesto? ¿De dónde venía toda esa injusticia? ¿Por qué yo debía reatacar para mantener mi dignidad, mi Ego y mi autoestima?

Desde la perspectiva de un mundo interior, todo esto es muy diferente. Lo único evidente en esa situación es que yo estaba experimentando una emoción desagradable de ser atacado. No es fuera, es siempre de dentro, como decía mi amigo Héctor.

Era yo que estaba construyendo en mi mente el ataque, a pesar de percibirlo que venía desde fuera. Seguramente, yo construía ese ataque porque mi niño interior herido percibió alguna vez ataque durante el embarazo o la infancia, y mis neuronas quedaron así entrelazadas de forma que ya siempre repito esa sensación de ser atacado, cuando ya no existe ese ataque.

Los mastines españoles son perros grandes, cariñosos, leales a su dueño, de mirada amable y comportamiento juguetón. Sin embargo, la práctica en los pueblos es pegarles de pequeños, maltratarles y racionarles comida y agua. Estos perros maltratados mutan su comportamiento en bestias agresivas. Son capaces de percibir atacantes y reaccionar muy violentamente, destrozando cualquier víctima. Son muy peligrosos, hoy ilegal la práctica.

A través de mi niño interior maltratado, el tigre que llevo dentro me ataca cada cierto tiempo, y yo vivo una parte de mi existencia defendiéndome de mi tigre. Y agrediéndole de vuelta. Es agotador vivir en esa lucha incesante, en un círculo vicioso de culpa, víctima, percepción de ataque, defensa, ataque, culpa…

De pronto, tengo un momento en el que me siento culpable, y ello me parece insostenible, así que decido inconscientemente victimizarme y proyectar la carga sobre otra persona que esté cerca. No hay mejor defensa que un buen ataque. Y así, refuerzo la sensación de culpa, y convierto el momento en una rueda sin fin.

Sin embargo, desde mi maestro interior, se que nadie me ha atacado, y que solo en el convencimiento profundo de que el ataque que percibo ahora nunca existió, soy capaz de perdonar al prójimo. Perdonar en el sentido más básico de la palabra, significando convencido de que no ha existido ataque real.

Perdonando ese comportamiento y esa persona, se produce el milagro de hacer desaparecer el ataque. Es una experiencia intensa, en la que es posible pasar de un claro ataque a olvidar completamente la emoción. En un momento de ecuanimidad, dejo de reaccionar negativamente ante algo externo, una vez disuadido de que está solo en mis sueños, en mi imaginación.

Ayer percibí un ataque muy doloroso, al que pude quebrar la reacción emocional en mi mente. En relación causa efecto, ataque lleva a reacción emocional, y ésta es una casi ley, muy importante de romper.

Una vez reducido el enemigo, el ataque, apareció otra persona con armas contra mí. Según iba reduciendo, los enemigos iban creciendo. De uno en uno, como puestos en fila.

Como en una película de Bruce Lee, no tenía brazos ni piernas suficientes como para bloquear los sucesivos ataques recibidos. La sensación era más parecida a una película de ciencia ficción, incluso de miedo.

Muchas horas después, la tormenta fue convirtiéndose en cielo azul y paz. Después de la tormenta siempre escampa. La sensación era de dicha, felicidad y paz. El viaje a través de la sombra veía ya luz al final del túnel.

La paz resultante se llamaba indefensión. Ya no necesita defenderme de nada, porque ya no había nada que me estuviese atacando. Mi tigre se había echado a dormir agotado.

En mi paz, todas las personas a las que había conseguido perdonar, se me imaginaban hermosos. Nada podía yo valorar tanto ni tener en tanta estima. No había comparación con la pesadilla anterior. Los gigantes volvían a ser molinos, y esta vez soleados y bellos. Mi corazón cantaba de alegría. El mundo real era resplandeciente, puro y nuevo.

La cocina había quedado hecha un caos después de cocinar, pero el detergente y el proceso la habían retornado resplandeciente y bien oliente. La belleza brota conforme contemplo el mundo con los ojos del perdón. Las quimeras que había tergiversado mi percepción habían quedado, por lo menos temporalmente, eliminadas. Ya no me sentía anclado al pasado.

Perdonar no es otra cosa que recordar únicamente los pensamientos amorosos que di en el pasado, y aquellos que se me dieron a mí. Todo lo demás debe olvidarse. Al final, me llevaré solo eso, el karma, mis pensamientos amorosos y el impacto de mis acciones.

Traigo tenebrosas figuras de mi pasado. Las traigo y las oigo. Si las conservo es porque así lo elijo, no puedo entender de dónde llegaron ni cuál es su propósito, solo sé que representa el mal que creo que se me infligió. Las traigo solo para poder devolver mal por mal, con la esperanza de pensar que otro es culpable sin que ello me afecte a mí. Esas tenebrosas figuras hablan de venganza.

Es malvado, porque todo lo que me recuerda resentimientos pasados me atrae, y me parece que es amor. Por eso esas relaciones así formadas son más corporales que espirituales, porque en realidad, la relación no se entabla con la persona que parece, sino con otra que en el pasado generó los percibidos maltratos.

Esa relación no se forja con otra persona, sino precisamente para excluirla, pues la relación es con unos sueños inexistentes. En la unión con esas fantasías se goza de una dicha ininterrumpida. El perdón deja solamente los pensamientos amorosos, y con ello, transforma el pasado en presente.

En mi indefensión radica mi seguridad. En mi indefensión soy fuerte, y descubro lo que mis defensas ocultan. El propósito de todas mis defensas es impedir que reciba el regalo que para mí hay hoy.

Las Artes Marciales me han enseñado que la indefensión nunca puede ser atacada, porque reconoce una fuerza tan inmensa, que ante ella el ataque es absurdo, un juego tonto de un niño cansado, cuando tiene tanto sueño que ya ni se acuerda de lo que quiere.

Mahatma Gandhi, el fundador del movimiento de la no violencia decía “Existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir, pero ninguna por la cual esté dispuesto a matar”, y en esa frase se basa toda su filosofía.

Más allá de los sueños, reconozco que no necesito defensas, soy inexpugnable, el ataque no tiene sentido alguno. La indefensión me protege. En mi luz soy invulnerable.

A veces pienso que mostrarme indefenso es como estar en el hogar de mi infancia. En mi hay un niño interior que anda buscando la casa de su padre, sabiéndose un extraño fuera de ella. En ella, no se juzga, no se ataca y solo se ama incondicionalmente, sin tener que hacer méritos, solo por haber nacido en ella. Tan solo pide unos segundos de respiro, un intervalo en el que pueda volver a respirar el aire de la casa.

Ese niño necesita mi protección. Su vocecilla es una llamada de auxilio ahogada en los estridentes sonidos y destemplados ruidos del mundo.

Yo no le voy a fallar. Ese niño es mi indefensión, mi fortaleza. El confía en mí.

Él es un niño pequeño, y yo he podido aprender de él cuán fuerte es aquel que viene sin defensas, ofreciendo amor a sus enemigos. Acepto su indefensión a cambio de todas las armas bélicas que mi mente ha construido. Voy a volver a casa con él y gozar de paz por un rato.

Nos vamos a sentar a la mesa y voy a ponerle un plato a él simbólicamente.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Somos uno

 

Hay veces que las distancias desaparecen y me siento uno con la naturaleza, con otra persona o incluso con la humanidad entera. ¿Qué tipo de sentimiento es ese?

En lugar de reconocer que mi yo acaba donde acaba mi piel, parece que se extiende y lo hace hasta el infinito. Así, lo que es bueno para mí y lo que es bueno para mi no-yo es lo mismo.

No existe separación, todos formamos parte de una misma Entidad. Desde los presocráticos griegos sabemos que todo empezó en un momento que no había espacio ni tiempo, un punto en el que no había diferencias, todo era lo mismo, todos estábamos allí juntitos. El Big Bang hizo que ese punto se expandiera y apareció el mundo, cada vez extendiéndose más en el espacio.

Desde entonces la vida ocurre a forma de dialéctica, dos fuerzas opuestas que encuentran su equilibrio. Por un lado, la expansión del Universo y creación del mundo. Por otro lado, la vuelta a casa, al encuentro en la Unidad. Así, nuestra mente tiene dos capacidades, una que ve la diferencia, la racionalidad, y otra que ve la unidad, la intuición.

Por eso, cuando alguien sufre, sufrimos todos. No es el concepto de empatía, a través del cual yo puedo ponerme en los zapatos de otra persona y sentir como él. Es otro concepto más extremo, por el cual yo soy la otra persona, la otra persona es yo, y todos pertenecemos a una misma única unidad.

De forma parecida, cuando yo tengo pensamientos, los tiene el otro. Y cuando el otro tiene un pensamiento, lo tenemos todos. No es posible hablar del pensamiento privado, sino que solo hay un pensamiento del que participamos todos.

Cuando alguien está en paz y es feliz, esa felicidad también repercute sobre la gran familia. Cuando alguien es amado, también los beneficios repercuten potencialmente en todos nosotros. Maltrata al prójimo y te estarás maltratando a ti mismo; ama al prójimo y te estarás amando a ti mismo.

Como dice la sabiduría popular, “haz bien y no mires a quien”, “los humanos y los árboles somos hijos de la misma tierra”, “no hagas a los demás aquello que no quieras que te hagan a ti” o “trata al otro como tú quieres ser tratado”.

En Filosofía, hablamos de Panteísmo como símbolo de una Gran Madre en cuyo seno están contenidas todas las cosas, de la que todas las cosas emanan y hacia la que retornan, en un ciclo eterno. Esto es también el Tao chino.

La idea de emanar es de Aristóteles. El proceso de emanar de las cosas produce la separación, lo que se denomina Dualidad del mundo. En esta cultura, la especie humana queda completamente aislada de su matriz. Inventa un mundo “objetivo” y material, que está fuera y es independiente del ser humano. Friedrich Nietzsche lo describe como “¿Qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?

En esta Dualidad, hay diferenciación, la palabra “naturaleza” significa “todo lo que el ser humano no es”, ““todo lo que no ha sido creado por la mano del hombre”.

Todo esto es una quimera, una pretensión, pero no es posible. Werner Heisenberg en 1925 afirmaba la imposibilidad de cualquier observador de medir una partícula sin modificarla en el proceso de observación. Así la mecánica cuántica rompe esa idea de mundo objetivo posible. Ya no es obvio que exista una mesa enfrente de mi y con independencia de mí. El dualismo muere cuando Erwin Schrödinger, fundador de la mecánica cuántica, enuncia: "El sujeto y el objeto son uno solo.”

Desde el Romanticismo alemán, Fichte a Schelling, no se sostiene una dualidad, sino un proceso participativo, esencialmente interdependiente, entre el hombre y lo externo a él. La realidad no está separada, no es autónoma.

La forma no existe en sí misma, sino solo como información. Un sistema, tanto un ser humano como un átomo, está constituidos por una cantidad de información integrada. A mayor información, mayor complejidad del sistema y mayor conciencia de éste. Rupert Sheldrake lo llama campos mórficos.

Volvemos al Ser del filósofo presocrático Parménides. En su visión no-dual, el Ser es aquello que es, y no puede ser de otra forma. El Ser es la vida, una, eterna, siempre presente, que está más allá de las formas de vida que están sujetas al nacimiento y a la muerte.

Plotino lo llama Uno. Es indescriptible, la unidad, lo más grande, hasta tal punto que a veces le denomina Dios, único, infinito. Es principio y última realidad, la Unidad que funda la existencia de todas las cosas. Es ilimitado, perfecto y no tiende a acabarse, por lo tanto, es una sola realidad.

Según (Eckhart Tolle, El poder del ahora, 1997), el Ser está embebido en cada persona o cosa. Sólo se le puede conocer cuando la mente se acalla, cuando estás presente, completa e intensamente en el Ahora. Trata de sentir lo que significa ser. No estamos en el universo, somos universo.

La unión es una percepción sublime. Intuir esta unión es la liberación de la oscuridad. Entrar en comunión viene asociado a entender la dicha y la paz. La Unión es la reconciliación después de la separación. Da miedo, pero es la única liberación. Es el amor.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

La Pareja

Dicen los psicólogos que las relaciones de pareja sanas se apoyan en el respeto, en valorar al otro y respetar sus sentimientos, opiniones, amigos, actividades e intereses. La pareja establece de común acuerdo entre dos personas, basada en el interés y el afecto, y en cuidarse mutuamente.

Durante muchos años, creo que he tenido medias parejas. Con respeto, interés, afecto y cuidado mutuo. Me llenaban en ciertos o muchos aspectos, he vivido mucho, he aprendido mucho, he sonreído a la vida, pero no dejaban de estar impregnadas de ansiedad, desesperación, culpa y ataques.

Los ataques y la culpa van unidos. Lo que yo he vivido es “me siento culpable, te ataco a ti para traspasarte la culpa”. Ha sido por ambas partes, y de forma bastante inconsciente. En cosas nimias y en las grandes cosas. Este juego yo lo he visto en el lenguaje, con una violencia que nunca es física ni fácil de detectar, muchas veces coloreado con toques de humor, y disfrazado de confianza con solera por el tiempo común vivido y el desarrollo de costumbres comunes y fáciles.

En perspectiva, llego a una muy importante conclusión, veo que el ataque siempre ha ido hacia mi libertad, mi invulnerabilidad y mi capacidad de ver más allá. No solo molestaba que me gustase dormir con el aire fresco, renovado y frío, sino que lo que de verdad era atacado era aquello que me hacía erguir mi espalda, caminar sin mirar hacia atrás y decidir sin dudar.

En esos tipos de relaciones, es muy difícil liberarse y crecer. Pero es común normalizar esas formas de amar mezcladas con láminas de resentimiento. Confundimos el amor con los celos, con la sensación de propiedad y con la necesidad de cumplir ciertas necesidades físicas, psicológicas y sociales.

He visto a esa parte de resentimiento hacerse consciente, y parecía que iba a desaparecer en ese camino. Sin embargo, la mayoría de las veces se convertía en culpa, en mal sentimiento, cargo de conciencia, pero sin hacer por corregirlo.

La seguridad es un elemento crítico en una relación. Estas relaciones especiales crean la ilusión de seguridad, pero es doloroso buscar la seguridad allá donde no está.

Al mismo tiempo, otra característica de las medio relaciones es sentir empatía de forma errónea, es decir, sentir empatía no significa que debas unirte al sufrimiento de la otra persona, pues el sufrimiento es precisamente lo que debes negarte a comprender. Así, se justifican comportamientos inadmisibles. El triunfo de la debilidad no es lo que deseas ofrecerle, la verdadera empatía es aquella donde le permites que se valga de tu capacidad para ser fuerte y no débil. No trates de ser Su maestro, tú eres el estudiante, él o ella, el o la Maestro, permite que él o ella te ofrezca Su fortaleza.

Ya no quiero esto. He descubierto que el ingrediente de éxito en una pareja es la indefensión. Una relación es tal en tanto que uno no se defiende. Sin defenderse, esto no deja de impresionarme, se siente invulnerable, y al ser invulnerable tampoco tiene la necesidad de atacar, ni de sentirse culpable, ni de jugar al juego de la competitición ni de tener que convertirse en algo especial para ser digno de ser amado

Ahora creo mucho más en el amor inmutable incondicional y mucho menos en las relaciones que están sujetas a tantos cambios y variaciones. Porque si tanto cambian, es que están motivadas por los miedos, el miedo a quedarme solo, el miedo a necesitar ser especial a los ojos de la sociedad, el miedo a no ser suficiente para los requisitos de la educación… El amor y el miedo no van bien en la misma frase.

Además, no puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Esto me gusta, aquello quiero cambiarlo, es la actitud pueril de creer que el mundo debe ser de otra manera, pero como no lo es, me frustro y me salen emociones como la ira, la tristeza o el asco.

La verdadera relación de amor es aquella que se percibe como unión y no como separación. Se siente que se achica hasta desaparecer la distancia hasta el otro yo. Desaparecen los pensamientos privados, para hacerse públicos y compartidos.

En la unidad la comunicación es perfecta. No hay que decir las cosas para que se entiendan, porque si no se entienden de natural, tratar de convencer será el comienzo del siguiente juego ataque-culpa.

Vivir el instante, dejando al lado el pasado y el futuro es amor. En el instante se vive la eternidad, y allí no hay nada especial, no hay otras personas que sean diferentes, no hay nadie ni nada por lo que competir, no existe la quimera artificial de ganadores ni perdedores.

Al aparcar el pasado, allí se quedan también los valores, y sin valores, todas las personas somos iguales y semejantes. Solo entonces se puede empezar a escuchar al corazón.


martes, 2 de noviembre de 2021

Mi Maestro Interior

 

En este ensayo, intento reflejar el camino de mi vida. No hubiera sido posible sin la pauta generosa de mi Maestro Interior, esa energía intangible a quien doy la mano para dejarme guiar y que me lleva sin duda, sin miedo y sin pausa a lo largo de mi camino.

Tengo la certeza de que este camino de crecimiento, lo he conformado yo. Por supuesto que me han orientado lecturas luminosas, que he recibido consejos pertinentes por parte de mis profesores y maestros, y que he admirado el tesón de otros buscadores de sentido a cuyo lado he recorrido muchos trechos. Sin embargo, mi impresión es que he sido yo y solo yo quien ha caminado, guiado por mi intuición, mi Maestro Interior.

Siempre me ha costado un triunfo compartirlo. He experimentado que todo esto es muy difícil de entender en nuestra sociedad occidental, demasiado intelectualizada e invadida por las necesarias explicaciones lógicas.

Solo podemos evitar la generalizada presencia de la racionalidad si despertamos al Maestro Interior que cada uno de nosotros llevamos dentro y le dejamos hablar. Cuando no está tapado, mi Maestro Interior me hace mucho más sabio de lo que creo, y sé bien qué es lo que se espera de mí y qué debo hacer.

Mi Maestro Interior no me dice nada que no sepa ya, solo me recuerda lo que ya se, me pone ante la evidencia real para que sonría. Gracias a él, he descubierto que todo sin excepción es una aventura. Tener un hijo, cultivar una amistad, hacer un viaje… es una aventura. También dar un paseo, leer un cuento o cocinar es una aventura. Cualquier instante, aun el más gris, es una aventura ilimitada. En lo ordinario, también es posible encontrar la aproximación sustancial y milagrosa.  

Lo que siempre he evitado es la rutina. Siempre he buscado la creatividad y la capacidad para vislumbrar y rescatar el descubrimiento. Si no recuerdo el pasado, todo lo que miro es siempre nuevo y diferente. En mi vida, he buscado con obstinación participar de ese cambio continuo que llamamos «existencia», como única promesa sensata de felicidad.

Una vez, tuve la oportunidad de pasar unos años haciendo trabajo de cooperación en campos de refugiados. Sin entrar en contexto, son áreas limitadas donde viven familias durante décadas. Desde un punto de vista occidental, en extrema pobreza, sin agua potable, sin servicio de basuras, sin sistema de alcantarillado, sin permisos para trabajar y muchas veces con sistemas sanitarios y alimenticios insuficientes.

Una tarde de invierno, casi de noche, llegaba yo con muchas ganas a impartir mis clases de inglés a un grupo de niños de diversas edades. No estoy seguro de cuánto aprenderían ellos, pero sí tengo certeza de que yo aprendía mucho más de su idioma local, y por supuesto, de la vida.

Llegué al campo con mi coche BMW nuevo y mi móvil Nokia recién comprado. Allí se quedó el coche aparcado, con el móvil en el salpicadero, y accidentalmente con la puerta abierta. Las dos horas que yo estuve en el centro social con mis alumnos.

Cuando salí, lo que vi no era creíble a mis ojos. Dentro del habitáculo había niños, muchos niños, una increíble cantidad de niños. En ese momento no pensé en la tapicería de cuero blanca, pero si en mi móvil. Seguramente no estaría ya.   

Como occidental, en seguida hice la adecuada planificación económica. Con lo que yo había pagado por el móvil, una familia de refugiados en el campo podría sobrevivir muchos meses, incluso años. Incluidos hijos, padres, abuelos y algún primo. Mi mente me convenció de verlo como una donación, como cooperación, como un acto de caridad ante aquellas pobres personas.

Para ser honesto, me encantaba jugar con aquellos niños. Hablábamos, les subía a mi espalda, corríamos, jugábamos, tanto así que finalmente olvidé el móvil y la preocupación racional alrededor del desafortunado malentendido.

Más tarde, después de jugar y compartir un zumo con una de las familias dentro de su hogar, ocurrió algo que cambiaría para siempre mi sistema de comprensión de la vida. Se aproximó un niño a mí y puso en mi mano el antes ansiado móvil. Me dijo que su abuela nunca había visto uno y había ido a enseñárselo. Se me cayó toda mi educación a mis pies.

Me arrepentí de todos mis pensamientos dementes, y comprendí en una fracción de segundo que todos los seres humanos somos iguales, que es una oportunidad de crecimiento sentir que cualquiera se acerca a mí, y que tendría confianza en las guías de mi Maestro Interior.

Soy un avezado explorador de mi conciencia, y percibí con deleite todos esos cambios.  Pero no basta percibir, hay que observar lo que sucede dentro. He aprendido que cuanto más observo, más acepto. La observación y la contemplación son motores de cambio. Dos décadas más tarde, tomo nota de ellos para así compartir la transformación de mi biografía.