Hay veces que las distancias desaparecen y me siento uno con la naturaleza, con otra persona o incluso con la humanidad entera. ¿Qué tipo de sentimiento es ese?
En lugar de reconocer que mi yo acaba donde acaba mi piel,
parece que se extiende y lo hace hasta el infinito. Así, lo que es bueno para
mí y lo que es bueno para mi no-yo es lo mismo.
No existe separación, todos formamos parte de una misma
Entidad. Desde los presocráticos griegos sabemos que todo empezó en un momento
que no había espacio ni tiempo, un punto en el que no había diferencias, todo
era lo mismo, todos estábamos allí juntitos. El Big Bang hizo que ese punto se
expandiera y apareció el mundo, cada vez extendiéndose más en el espacio.
Desde entonces la vida ocurre a forma de dialéctica, dos
fuerzas opuestas que encuentran su equilibrio. Por un lado, la expansión del Universo
y creación del mundo. Por otro lado, la vuelta a casa, al encuentro en la
Unidad. Así, nuestra mente tiene dos capacidades, una que ve la diferencia, la
racionalidad, y otra que ve la unidad, la intuición.
Por eso, cuando alguien sufre, sufrimos todos. No es el
concepto de empatía, a través del cual yo puedo ponerme en los zapatos de otra
persona y sentir como él. Es otro concepto más extremo, por el cual yo soy la
otra persona, la otra persona es yo, y todos pertenecemos a una misma única
unidad.
De forma parecida, cuando yo tengo pensamientos, los tiene
el otro. Y cuando el otro tiene un pensamiento, lo tenemos todos. No es posible
hablar del pensamiento privado, sino que solo hay un pensamiento del que participamos
todos.
Cuando alguien está en paz y es feliz, esa felicidad también
repercute sobre la gran familia. Cuando alguien es amado, también los
beneficios repercuten potencialmente en todos nosotros. Maltrata al prójimo y
te estarás maltratando a ti mismo; ama al prójimo y te estarás amando a ti
mismo.
Como dice la sabiduría popular, “haz bien y no mires a
quien”, “los humanos y los árboles somos hijos de la misma tierra”, “no hagas a
los demás aquello que no quieras que te hagan a ti” o “trata al otro como tú quieres
ser tratado”.
En Filosofía, hablamos de Panteísmo como símbolo de una Gran
Madre en cuyo seno están contenidas todas las cosas, de la que todas las cosas
emanan y hacia la que retornan, en un ciclo eterno. Esto es también el Tao
chino.
La idea de emanar es de Aristóteles. El proceso de emanar de
las cosas produce la separación, lo que se denomina Dualidad del mundo. En esta
cultura, la especie humana queda completamente aislada de su matriz. Inventa un
mundo “objetivo” y material, que está fuera y es independiente del ser humano. Friedrich
Nietzsche lo describe como “¿Qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?
En esta Dualidad, hay diferenciación, la palabra
“naturaleza” significa “todo lo que el ser humano no es”, ““todo lo que no ha sido
creado por la mano del hombre”.
Todo esto es una quimera, una pretensión, pero no es posible.
Werner Heisenberg en 1925 afirmaba la imposibilidad de cualquier observador de
medir una partícula sin modificarla en el proceso de observación. Así la
mecánica cuántica rompe esa idea de mundo objetivo posible. Ya no es obvio que
exista una mesa enfrente de mi y con independencia de mí. El dualismo muere
cuando Erwin Schrödinger, fundador de la mecánica cuántica, enuncia: "El
sujeto y el objeto son uno solo.”
Desde el Romanticismo alemán, Fichte a Schelling, no se sostiene
una dualidad, sino un proceso participativo, esencialmente interdependiente,
entre el hombre y lo externo a él. La realidad no está separada, no es autónoma.
La forma no existe en sí misma, sino solo como información.
Un sistema, tanto un ser humano como un átomo, está constituidos por una
cantidad de información integrada. A mayor información, mayor complejidad del
sistema y mayor conciencia de éste. Rupert Sheldrake lo llama campos mórficos.
Volvemos al Ser del filósofo presocrático Parménides. En su
visión no-dual, el Ser es aquello que es, y no puede ser de otra forma. El Ser
es la vida, una, eterna, siempre presente, que está más allá de las formas de
vida que están sujetas al nacimiento y a la muerte.
Plotino lo llama Uno. Es indescriptible, la unidad, lo más
grande, hasta tal punto que a veces le denomina Dios, único, infinito. Es principio
y última realidad, la Unidad que funda la existencia de todas las cosas. Es
ilimitado, perfecto y no tiende a acabarse, por lo tanto, es una sola realidad.
Según (Eckhart Tolle, El poder del ahora, 1997), el Ser está
embebido en cada persona o cosa. Sólo se le puede conocer cuando la mente se acalla,
cuando estás presente, completa e intensamente en el Ahora. Trata de sentir lo
que significa ser. No estamos en el universo, somos universo.
La unión es una percepción sublime. Intuir esta unión es la
liberación de la oscuridad. Entrar en comunión viene asociado a entender la
dicha y la paz. La Unión es la reconciliación después de la separación. Da
miedo, pero es la única liberación. Es el amor.
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