martes, 2 de noviembre de 2021

Mi Maestro Interior

 

En este ensayo, intento reflejar el camino de mi vida. No hubiera sido posible sin la pauta generosa de mi Maestro Interior, esa energía intangible a quien doy la mano para dejarme guiar y que me lleva sin duda, sin miedo y sin pausa a lo largo de mi camino.

Tengo la certeza de que este camino de crecimiento, lo he conformado yo. Por supuesto que me han orientado lecturas luminosas, que he recibido consejos pertinentes por parte de mis profesores y maestros, y que he admirado el tesón de otros buscadores de sentido a cuyo lado he recorrido muchos trechos. Sin embargo, mi impresión es que he sido yo y solo yo quien ha caminado, guiado por mi intuición, mi Maestro Interior.

Siempre me ha costado un triunfo compartirlo. He experimentado que todo esto es muy difícil de entender en nuestra sociedad occidental, demasiado intelectualizada e invadida por las necesarias explicaciones lógicas.

Solo podemos evitar la generalizada presencia de la racionalidad si despertamos al Maestro Interior que cada uno de nosotros llevamos dentro y le dejamos hablar. Cuando no está tapado, mi Maestro Interior me hace mucho más sabio de lo que creo, y sé bien qué es lo que se espera de mí y qué debo hacer.

Mi Maestro Interior no me dice nada que no sepa ya, solo me recuerda lo que ya se, me pone ante la evidencia real para que sonría. Gracias a él, he descubierto que todo sin excepción es una aventura. Tener un hijo, cultivar una amistad, hacer un viaje… es una aventura. También dar un paseo, leer un cuento o cocinar es una aventura. Cualquier instante, aun el más gris, es una aventura ilimitada. En lo ordinario, también es posible encontrar la aproximación sustancial y milagrosa.  

Lo que siempre he evitado es la rutina. Siempre he buscado la creatividad y la capacidad para vislumbrar y rescatar el descubrimiento. Si no recuerdo el pasado, todo lo que miro es siempre nuevo y diferente. En mi vida, he buscado con obstinación participar de ese cambio continuo que llamamos «existencia», como única promesa sensata de felicidad.

Una vez, tuve la oportunidad de pasar unos años haciendo trabajo de cooperación en campos de refugiados. Sin entrar en contexto, son áreas limitadas donde viven familias durante décadas. Desde un punto de vista occidental, en extrema pobreza, sin agua potable, sin servicio de basuras, sin sistema de alcantarillado, sin permisos para trabajar y muchas veces con sistemas sanitarios y alimenticios insuficientes.

Una tarde de invierno, casi de noche, llegaba yo con muchas ganas a impartir mis clases de inglés a un grupo de niños de diversas edades. No estoy seguro de cuánto aprenderían ellos, pero sí tengo certeza de que yo aprendía mucho más de su idioma local, y por supuesto, de la vida.

Llegué al campo con mi coche BMW nuevo y mi móvil Nokia recién comprado. Allí se quedó el coche aparcado, con el móvil en el salpicadero, y accidentalmente con la puerta abierta. Las dos horas que yo estuve en el centro social con mis alumnos.

Cuando salí, lo que vi no era creíble a mis ojos. Dentro del habitáculo había niños, muchos niños, una increíble cantidad de niños. En ese momento no pensé en la tapicería de cuero blanca, pero si en mi móvil. Seguramente no estaría ya.   

Como occidental, en seguida hice la adecuada planificación económica. Con lo que yo había pagado por el móvil, una familia de refugiados en el campo podría sobrevivir muchos meses, incluso años. Incluidos hijos, padres, abuelos y algún primo. Mi mente me convenció de verlo como una donación, como cooperación, como un acto de caridad ante aquellas pobres personas.

Para ser honesto, me encantaba jugar con aquellos niños. Hablábamos, les subía a mi espalda, corríamos, jugábamos, tanto así que finalmente olvidé el móvil y la preocupación racional alrededor del desafortunado malentendido.

Más tarde, después de jugar y compartir un zumo con una de las familias dentro de su hogar, ocurrió algo que cambiaría para siempre mi sistema de comprensión de la vida. Se aproximó un niño a mí y puso en mi mano el antes ansiado móvil. Me dijo que su abuela nunca había visto uno y había ido a enseñárselo. Se me cayó toda mi educación a mis pies.

Me arrepentí de todos mis pensamientos dementes, y comprendí en una fracción de segundo que todos los seres humanos somos iguales, que es una oportunidad de crecimiento sentir que cualquiera se acerca a mí, y que tendría confianza en las guías de mi Maestro Interior.

Soy un avezado explorador de mi conciencia, y percibí con deleite todos esos cambios.  Pero no basta percibir, hay que observar lo que sucede dentro. He aprendido que cuanto más observo, más acepto. La observación y la contemplación son motores de cambio. Dos décadas más tarde, tomo nota de ellos para así compartir la transformación de mi biografía.

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