En este ensayo, intento reflejar el camino de mi vida. No hubiera sido posible sin la pauta generosa de mi Maestro Interior, esa energía intangible a quien doy la mano para dejarme guiar y que me lleva sin duda, sin miedo y sin pausa a lo largo de mi camino.
Tengo la certeza de que este camino de crecimiento, lo he conformado
yo. Por supuesto que me han orientado lecturas luminosas, que he recibido consejos
pertinentes por parte de mis profesores y maestros, y que he admirado el tesón
de otros buscadores de sentido a cuyo lado he recorrido muchos trechos. Sin
embargo, mi impresión es que he sido yo y solo yo quien ha caminado, guiado por
mi intuición, mi Maestro Interior.
Siempre me ha costado un triunfo compartirlo. He
experimentado que todo esto es muy difícil de entender en nuestra sociedad occidental,
demasiado intelectualizada e invadida por las necesarias explicaciones lógicas.
Solo podemos evitar la generalizada presencia de la
racionalidad si despertamos al Maestro Interior que cada uno de nosotros
llevamos dentro y le dejamos hablar. Cuando no está tapado, mi Maestro Interior
me hace mucho más sabio de lo que creo, y sé bien qué es lo que se espera de mí
y qué debo hacer.
Mi Maestro Interior no me dice nada que no sepa ya, solo me
recuerda lo que ya se, me pone ante la evidencia real para que sonría. Gracias
a él, he descubierto que todo sin excepción es una aventura. Tener un hijo,
cultivar una amistad, hacer un viaje… es una aventura. También dar un paseo,
leer un cuento o cocinar es una aventura. Cualquier instante, aun el más gris,
es una aventura ilimitada. En lo ordinario, también es posible encontrar la
aproximación sustancial y milagrosa.
Lo que siempre he evitado es la rutina. Siempre he buscado la
creatividad y la capacidad para vislumbrar y rescatar el descubrimiento. Si no recuerdo
el pasado, todo lo que miro es siempre nuevo y diferente. En mi vida, he
buscado con obstinación participar de ese cambio continuo que llamamos «existencia»,
como única promesa sensata de felicidad.
Una vez, tuve la oportunidad de pasar unos años haciendo
trabajo de cooperación en campos de refugiados. Sin entrar en contexto, son
áreas limitadas donde viven familias durante décadas. Desde un punto de vista
occidental, en extrema pobreza, sin agua potable, sin servicio de basuras, sin
sistema de alcantarillado, sin permisos para trabajar y muchas veces con
sistemas sanitarios y alimenticios insuficientes.
Una tarde de invierno, casi de noche, llegaba yo con muchas
ganas a impartir mis clases de inglés a un grupo de niños de diversas edades. No
estoy seguro de cuánto aprenderían ellos, pero sí tengo certeza de que yo
aprendía mucho más de su idioma local, y por supuesto, de la vida.
Llegué al campo con mi coche BMW nuevo y mi móvil Nokia recién
comprado. Allí se quedó el coche aparcado, con el móvil en el salpicadero, y
accidentalmente con la puerta abierta. Las dos horas que yo estuve en el centro
social con mis alumnos.
Cuando salí, lo que vi no era creíble a mis ojos. Dentro del
habitáculo había niños, muchos niños, una increíble cantidad de niños. En ese
momento no pensé en la tapicería de cuero blanca, pero si en mi móvil.
Seguramente no estaría ya.
Como occidental, en seguida hice la adecuada planificación
económica. Con lo que yo había pagado por el móvil, una familia de refugiados en
el campo podría sobrevivir muchos meses, incluso años. Incluidos hijos, padres,
abuelos y algún primo. Mi mente me convenció de verlo como una donación, como
cooperación, como un acto de caridad ante aquellas pobres personas.
Para ser honesto, me encantaba jugar con aquellos niños.
Hablábamos, les subía a mi espalda, corríamos, jugábamos, tanto así que
finalmente olvidé el móvil y la preocupación racional alrededor del
desafortunado malentendido.
Más tarde, después de jugar y compartir un zumo con una de
las familias dentro de su hogar, ocurrió algo que cambiaría para siempre mi
sistema de comprensión de la vida. Se aproximó un niño a mí y puso en mi mano
el antes ansiado móvil. Me dijo que su abuela nunca había visto uno y había ido
a enseñárselo. Se me cayó toda mi educación a mis pies.
Me arrepentí de todos mis pensamientos dementes, y comprendí
en una fracción de segundo que todos los seres humanos somos iguales, que es
una oportunidad de crecimiento sentir que cualquiera se acerca a mí, y que tendría
confianza en las guías de mi Maestro Interior.
Soy un avezado explorador de mi conciencia, y percibí con
deleite todos esos cambios. Pero no
basta percibir, hay que observar lo que sucede dentro. He aprendido que cuanto
más observo, más acepto. La observación y la contemplación son motores de
cambio. Dos décadas más tarde, tomo nota de ellos para así compartir la
transformación de mi biografía.
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