martes, 26 de octubre de 2021

Mi intuición

 

Tengo algunas actividades en el día a día que sigo haciendo, pero por las que siento un rechazo. Siento una falta de coherencia entre lo que hago y quién soy en el mundo, y lo que algo de mí parece decirme. Me pregunto a qué se refiere esa coherencia interna que está tan asociada a estar contento, incluso feliz.

¿Qué dice tu corazón? En tanto que seres humanos, tenemos una habilidad interior, aunque a veces despreciada, para conocer, entender y percibir de manera clara e inmediata, que no precisa de la intervención de la razón. Podemos tomar decisiones sin necesidad de analizar ventajas ni inconvenientes, comparar posibilidades y evaluar el impacto. El corazón habla. No estoy paranoico.

Por ejemplo, hablamos de la intuición femenina o de alguien que juega y gana en bolsa por intuición. Es escuchar esa voz interna que te guía y te dice lo que vas a hacer.

Mi corazón no se calla ni debajo del agua. Vivir con mi intuición, me hace vivir puro y rápido. Popularmente lo entendemos como “presentimiento”, “corazonada” o “voz interna”. Se diferencia de la razón que usa la lógica y el análisis, y que necesita tiempo para ver una decisión final.

En las artes marciales, y en los deportes en general, la intuición es fundamental, solo aparcando la capacidad de análisis y dando el protagonismo a la intuición, es posible actuar suficientemente rápido y con coherencia. Lo contrario los convierte en deportes de sillón.

La intuición se caracteriza por dar respuestas rápidas y automáticas, porque usa el contenido del inconsciente para evaluar y reaccionar frente a un estímulo o situación, sin esperar la reacción racional o consciente. Me permite conocer de inmediato algún aspecto de la realidad que me rodea.

Se me manifiesta a través del cuerpo, con emociones o sentimientos, mucho antes de que yo pueda describir lo que sucede en palabras.

El tipo de pensamiento que predomina en una persona con intuición es el pensamiento lateral, es creativo y flexible. En la mayoría de los casos no puedo comprender ni explicar de dónde surgen los conocimientos.

Su característica más bella es que, gracias a la neuroplasticidad cerebral, es posible su aprendizaje a través de técnicas como la meditación. En ese proceso de aprendizaje, el objetivo es identificar esa capacidad y empezar a creer en ella.

Como seres humanos sabemos y conocemos, y la intuición es una capacidad más para el conocimiento, que equilibramos con otros tipos de conocimientos como el conocimiento sensitivo, el que proviene de los cinco sentidos, y el racional, la capacidad de lógica y análisis.

Pero la pregunta es de dónde viene la intuición. ¿Es una pura asociación de experiencias pasadas del individuo? ¿Actúa en base a creencias y valores? ¿Es una entidad de fuera de este mundo que nos habla? ¿Es como aprender a escuchar a tu sangre?

Históricamente, la intuición es anterior a la racionalidad en el hombre. Todavía no éramos capaces de relacionar dos ideas diferentes y ya escuchábamos esa voz que nos dotaba de sentido al mundo.

Platón y Aristóteles aceptan tanto el pensar intuitivo (nous o noesis) como el pensar discursivo o dianoia (lógico racional). Platón destaca el nous como superior y a la dianoia le adjudica un lugar secundario que sirve de ayuda para alcanzar al primero. Aristóteles, por primera vez, recomienda considerar el equilibrio entre ambos.

Más tarde ha sido objeto de estudio de los filósofos del racionalismo, empirismo y criticismo, en el siglo XVIII. En la actualidad es estudiada por la psicología y la neurología.

Descartes entendía que comprendemos el mundo a través de nuestra capacidad deductiva, es decir, primero establecemos axiomas y segundo, construimos una demostración encadenando axiomas. Sin embargo, los axiomas solo llegan a conocerse de un modo puramente intuitivo, sin demostración posible. La intuición, según Descartes, unida al método deductivo, sirve de criterio universal para establecer la plena evidencia. Sin intuición no hay conocimiento posible.

En Spinoza, la intuición intelectual denota un conocimiento superior, racional, de la Naturaleza, conocimiento limpio no obscurecido por las pasiones. El concepto de intuición es a veces mistificado a causa de que la intuición significa un conocimiento súbito, instantáneo de los fenómenos de la naturaleza, el hallazgo inesperado de la solución para un determinado problema.

La intuición ocupa un destacado lugar en la filosofía de Spinoza, quien la consideraba como el “tercer grado” del conocimiento, el más fidedigno e importante, que aprehende la esencia de las cosas.

Además de esa intuición intelectual, hay otra intuición emotiva. Es la que trata de captar el valor del objeto, o sea lo que vale, si es bueno o malo, bello o feo, sublime. La intuición emotiva la desarrollaron Plotino, San Agustín y después Santo Tomás; posteriormente Hume y Fichte, uno de los más grandes representantes del método de la intuición volitiva.

Kant utiliza la palabra intuición en tres sentidos: intuición intelectual, intuición empírica e intuición pura. La intuición intelectual es aquella que permite conocer directamente ciertas realidades fuera de la experiencia sensible. Este tipo de intuición intelectual es rechazada por Kant, porque considera que la intuición aceptable es aquella que surge ante un objeto dado cuando afecta al espíritu. Para Kant, sólo la sensibilidad produce intuición.

La intuición empírica es la que se relaciona con un objeto a través de las sensaciones o fenómenos, es decir, nuestros sentidos. No es completa porque los sentidos nos pueden engañar. A veces, vemos una cuchara dentro de un vaso de agua como quebrada, cuando en realidad es una sola pieza.

La intuición es pura cuando no pertenece a una sensación y cuando es “a priori”, o sea una forma pura de la sensibilidad, sin objeto.

Hacia 1840, el materialismo dialéctico ofrece otra aproximación diferente, detrás de la intuición está la experiencia, los hechos, los conocimientos adquiridos anteriormente que, acumulándose imperceptiblemente, en un determinado grado presentan “súbitamente” la solución de cualquier problema. Abarcar intuitivamente la esencia de los fenómenos, hallar la solución de cualquier problema, sólo es posible gracias a una gran experiencia en el pasado y a profundos conocimientos. El materialismo dialéctico refuta, pues, la intuición tratada como una forma especial, divina, innata del conocimiento.

En la tradición alemana idealista, es una facultad especial de meditación interna, un estado de inspiración en el que el hombre puede, según ellos, conocer la verdad sin la actividad lógica de la conciencia. La intuición interpretada de esta manera tiene el carácter de una facultad mística, del conocimiento irracional (Schelling o Hartman).

Los idealistas entienden una facultad de contemplación espiritual, un estado de revelación que permitiría al hombre conocer la verdad sin intervención de la actividad racional, lógica, de la conciencia. Así interpretada, la intuición se reduce a una facultad mística, misteriosa, de conocimiento irracional.

Ya en el siglo XX, el francés Henri Bergson lo describe como: “La simpatía intelectual mediante la que el ser se transporta al interior del objeto para coincidir en lo que tiene de único y, en consecuencia, de inexpresable”. Para Bergson, es el modo de conocimiento que capta la realidad verdadera, la interioridad, la duración, la continuidad, lo que se mueve y hace.

La intuición es el método fundamental de la filosofía moderna. Solo se puede filosofar mediante la intuición, aprendiendo de esa voz interna que nos habla sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Como método, ha sido desarrollado por los filósofos idealistas como Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer.

En la fenomenología de Husserl, a la razón le resulta imposible captar el sentido de la vida, vivida desde la perspectiva humana, desde la duración, y recurre a la vivencia directa de la misma, a la intuición, entendida como posibilidad del espíritu humano de acceder al corazón mismo de las cosas.

Husserl se refiere a la «intuición eidética» como conocimiento directo de la esencia, que no se apoya en los hechos; al contrario, el conocimiento de éstos requiere el previo de la esencia, pasando de aquéllos a éstas por medio de la «reducción fenomenológica o eidética».

El psiquiatra Karl Jaspers caracteriza la intuición. En la actitud intuitiva se ve, se aprehende, se vivencia el sentimiento gozoso de la plenitud y de lo sin-límite.

Entregándose, se contempla, esperando, se aprehende, el ver es vivenciado como vivencia “creativa” del crecer. “Resulta claro que la voluntad, la finalidad, el consciente trazado de metas, entorpece y estrecha, que el ser-dado es una habilidad y don de la propia naturaleza, mucho más que el mérito del trazado de metas de la voluntad, disciplina y principios, a no ser del principio de entregarse por de pronto sin cuestionamiento, cuando el instinto dice que algo debe ser intuitivamente puesto de manifiesto” (PdW, p. 64-65) (Psychologie der Weltanschauungen (PdW), München, Piper, 1985.)

La actitud intuitiva no es un veloz mirar hacia algo, sino un sumergirse. No es corroborado nuevamente con una mirada lo que ya sabíamos, sino que nos apropiamos de algo nuevo, pleno (PdW, p. 65).

La instantaneidad y la inmediatez suponen la pareja de la intuición. Lo que intuimos es precisamente de una vez. Solemos tener la intuición de que sabemos en un instante algo determinado, como al decir que de una vez “se nos aclaró la película”, que “captamos que este lugar no es para nosotros”.

En el caso de la fotografía se capta de un solo golpe el instante en el que se retrata todo un conjunto complejo de cosas, tal vez el rostro de una niña afgana en un campo de refugiados en Afganistán, bajo las consecuencias de la desolación, como es la foto de la niña Sharbat Gula, realizada por Steve Curry en 1984.

Lo que descubrimos mediante la intuición es, en general, algo nuevo, y por eso no subsumible de inmediato bajo categorías racionales conocidas. La intuición es inmediata e instantánea, esto hay que entenderlo al modo de un sumergirse en el objeto, perpetuando el instante.

El espacio tiene relevancia ontológica, como lo dice Heidegger en Ser y tiempo. La racionalidad como actitud mantiene al objeto en una lejanía, en cambio la actitud intuitiva lo “desaleja”, manteniéndolo en una cercanía. Casi lo incorpora al sujeto que lo conoce. Esa cercanía se percibe como ausencia de espacio y tiempo.

Lo que intuimos es incomunicable. Cualquier tipo de explicaciones no hacen sino rodearlo. A la actitud intuitiva la caracteriza a su vez una receptividad, ya que en ella estamos a la espera y entregados a que algo se nos revele.

La intuición permite aprehender cosas, fenómenos, situaciones y asuntos muy complejos de una vez, de un solo golpe, como si un rayo de luz nos atravesara. Esa captación de lo esencial, propia de la intuición, requiere de una pasividad, de un estar entregado a que algo se me revele, pero agreguemos, una entrega tal sin esperar algo en concreto, ya que entonces se daría el peligro de que con nuestra expectativa e ilusión construyéramos algo que supuestamente se nos está revelando.

Visto de esta forma, de lo que se trata, más que de una receptividad, es lisa y llanamente de una pasividad, ya que es ella la que mejor expresa una detención de la actividad, por sobre todo racional, y agreguemos también, emocional, del sujeto, lo cual permite que lo otro, el fenómeno, se le revele en lo esencial a la intuición.

La intuición, en alemán ‘Anschauung’, es la capacidad de ver unidad que tiene la mente humana. Mientras que la lógica racional nos lleva a dividir y separar, la intuición parece borrar el tiempo para verlo unido.

¿Quién, así descrita, no querría vivir siempre instalado en la intuición? ¿Quién se conformaría con la versión reducida que ofrece la mente racional? Y es que el corazón intuitivo y la mente racional ven dos mundos radicalmente diferentes, incoherentes, difícilmente reconciliables.

La racionalidad ve un mundo de limitaciones atrapado en el espacio y en el tiempo, en el que el miedo reina y la acción viene motivada por el miedo a la escasez. Todo es invadido por la duda. Es un devenir donde todo cambia todo el tiempo y nada tiene esencia más allá de la continua transformación. Esto nos hace sufrir.

Muy diferente, la intuición nos presenta una visión estable, eterna, nos muestra el instante y la comunicación profunda. Claridad y concisión. La intuición solo ve unidad donde la racionalidad ve separación. Es la luz frente a la oscuridad.

La intuición se nos muestra como una Voluntad con mayúsculas más allá de nuestro cuerpo y nuestra comprensión, que nos habla, que nos dicta, que nos lleva de la mano por la vida. Y lo hace de forma amorosa.

Es una voz que habla si aprendemos a escucharla. Hemos descubierto que alrededor del corazón y aparato digestivo tenemos un número de neuronas mayor de lo que pensábamos, tal vez venga de ese cerebro alternativo esa voz.

La intuición nos ofrece una Visión con mayúsculas y un Conocimiento, que metafóricamente entendemos como luz.  En ella veo una luz envolver el mundo con amor, y al miedo borrarse de todos los semblantes conforme los corazones se alzan y reclaman la luz como suya.

La intuición nos es dada a priori, pero ahora es el momento de reclamarla. Es el momento de despertar y empezar a creer en ella. Cuando lo siento en mi interior, florezco como un capullo que estaba esperando el sol. El momento es ahora.

La intuición es mi timón, la alarma que me pone en alerta, cuando los días me atrapan en los quehaceres y mi atención se pierde en lo finito. ¡Cuántas cosas detectamos cuando nos mantenemos despiertos!

Esa corazonada inerte latente... razón invisible… contiene verdad guardada. Es una idea brillante, constante, que la mente golpea. Esboza verdades. Es fuerza, pureza y franqueza. Nadie ni nada llega a nuestra puerta por casualidad, leo tus ojos y veo amor y eternidad.

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