Vivo en un mundo de límites. Esto no se puede, aquello no es
posible. Me lo prohíben las leyes de la física, las leyes de los abogados, o
las normas y costumbres que nos han transmitido en la educación y en la familia.
La libertad es solo tal en tanto que no colisiona con la
libertad del prójimo, es una libertad limitada. Tiendo a amputarme trozos de mí
para no dañar al prójimo y tengo cicatrices en el cuerpo.
Vegeto en un mundo donde lo que está aquí está separado de
lo que está allí, y lo que sucede en el pasado está ordenado en una línea secuencial
que va desde el pasado al futuro. Lo que ocurre en un momento no ocurre en
otro, y yo no puedo ejercer ningún efecto en lo que ocurrió en el pasado o en
el futuro. Estoy limitado en la cuadrícula del espacio y del tiempo.
Me aprisionan también las leyes del volumen y de la masa, no
pueden ser transgredidas. Si una viga de hierro cae sobre una caja de vidrio no
podemos dudar del resultado esperado.
También estoy limitado por la relación causa y efecto que
reina en el lenguaje y la realidad. Según ella, existen consecuencias y no hay
resultado sin esfuerzo y dedicación previa. Así, solo hay sacrificio y es imposible el amor
incondicional, ese que nos merecemos sí o sí, por ser humanos, y no porque
tengamos que hacer méritos para recibirlo.
De forma parecida me limita la idea de opuesto, por la que
hay elementos excluyentes imposibles de coexistir que nos llevan a entender
nuestro mundo así. No entiendo la luz si no es un opuesto a la oscuridad, ni la
limpieza sin la suciedad.
Si yo gano, tú pierdes. Si tú ganas, yo pierdo. ¿No habría
un hueco para la cooperación y la colaboración, de forma que, si nosotros
ganamos, nosotros ganamos?
En su vertiente social, el límite es la herramienta reina. Necesitamos convivir sin conflicto. La
necesaria convergencia hace que se expulse todo outlier. Toda persona diferente,
con necesidades, capacidades o visiones diversas ha de encuadrarse en límites
prediseñados o ser medicada como disfuncional.
Sin embargo, mi intuición me dice que esto tiene ranuras por las que se cuela una realidad diferente, en la que no existen los límites y en la que la libertad no tiene excepciones. Veo sus manifestaciones. Hay testigos que me hablan de ello. Siento que es de verdad, como si hubiera un testigo que me certificase que de verdad existe. Siento mariposas en el estómago.
Veo que mi pensamiento tiene una implicación. El hecho de
que yo piense algo, trae de pronto la consecuencia de que algo en el mundo
cambia. No tiene sentido en ese mundo de limitaciones, pero no puedo negar el
fenómeno.
Yo percibo momentos en los que los problemas crecen y la
situación se llena de limitaciones hasta ser imposible la salida. Esto genera
una sensación de agobio y ansiedad, de dar vueltas siempre sobre el mismo eje y volver
continuamente al mismo punto. Esta es la razón por la que lo juegos de Escape
son tan populares. Sin embargo, hay una salida, que siempre está en un cambio de percepción, en otra
realidad diferente, en un nivel separado. Al crear esa realidad diferente se
produce el milagro de la solución.
Dar es lo mismo que recibir. Esto no tiene sentido en un
mundo en el que un vaso se cae siempre hacia abajo y nunca hacia arriba, pero doy
y recibo en un mismo acto.
Hoy me intereso por esos resquicios por los que se salen los
milagros, se rompen las leyes y desaparece el espacio y el tiempo. Esos momentos
son a la vez instante y eternidad, y lo más fascinante es que en ellos no cabe
el miedo. O de otra forma, el milagro es la liberación de los miedos.
Escalar una pared, conducir moto o vivir un momento sensual
son claros ejemplos donde no existe el miedo, no existen los límites. Esto le puede sonar muy contraintuitivo a quien cree en el peligro, pero la prueba es que existen los escaladores. También lo es un momento de luz mental cuando estoy esperando a que el semáforo
se ponga en verde. En ese momento de esbozada sonrisa no hay espacio ni tiempo
y también hay percepción verdadera.
Al pensar en esa realidad alternativa, sonrío.
Curiosamente, no existe tal cosa como medio milagro, ni
tampoco uno más difícil que otro. O se dan o no se dan, blanco o negro. O estoy
en el mundo de los límites o fuera de él.
Casi siempre proceden del amor. Siento esa fuerza que une
todo, ese todo que es uno, la naturaleza, ver al prójimo como mi hermano, ver a mi hermano como alguien intentando sanar igual que yo lo hago, es amor, y todo
lo que ahí sucede es un milagro.
Cuando sucede un milagro, siento que no he sido yo el que ha
ejecutado, sino más bien, algo se ha canalizado a través de mí, las musas me
han inspirado, a la griega usanza, alguien actúa a través de mí. Es decir, para hacer milagros, hay
primero que elegir dejarse guiar. Suelto, confío y me dejo llevar de su mano.
Todavía quedan atisbos
de resentimientos que me limitan, pero el milagro me permite ver a la otra
persona libre de su pasado, y así percibir que ha renacido. Sus errores se
encuentran en el pasado, y al percibirlo sin ellos lo libero. Y puesto que su
pasado es también el mío, comparto esa liberación.
Yo puedo hacer milagros, pero entendidos de una forma
natural, correctiva, sanadora y universal. Que sean correctivos significa que
son capaces de identificar el error, las creencias falsas que llevan a
comportamientos dementes y absurdos. Ahí veo la esencia. Al corregir las
creencias falsas, es posible sanar comportamientos, actitudes y personalidades.
El milagro es el remedio y la curación el resultado.
No hay nada que no se pueda lograr cuando desaparece el
miedo. Necesito concienciarme de que hay
un miedo asociado, y que exponerme prematuramente a un milagro podría
precipitarme al pánico. En algún lugar escondido, tengo la creencia de que los
milagros son algo temible.
Se puede decir que,
para obrar un milagro, es:
- primero necesario salirse del miedo,
- segundo, dejarse actuar por la musa inspiradora,
- tercero, romper las creencias falsas, y
- finalmente olvidarse del espacio y el tiempo, concentrándose en el ahora presente.
Romper las creencias falsas significa que mi
tarea como obrador de milagros es negar la negación de la verdad. Solo así, puedo
empezar a pensar con la mente milagrosa y a sanar la percepción errónea.
El Ego sigue
poniéndose en el camino. He construido mucho con mucha dedicación y sacrificio
que veo se desvanece como si nunca hubiera existido. Duele, me siento apegado a
ello, a la vez que siento que me estoy agarrando a una plantita sin raíces, que
jamás me podrá sostener como un árbol con metros de raíz.
El vehículo de los milagros es el mantra del perdón, porque los que han sido perdonados lo tienen todo. El mantra “te perdono” hecho rutina lleva a suspender el juicio y a entrar en mentalidad milagrosa. No es extraño que el mantra se practique repitiendo y repitiendo hasta 108 veces, e incluso en Nepal dejándolo escrito y hecho ondear con banderas. El mantra me lleva a percibir al otro como en la misma necesidad de sanación que yo, en el mismo camino hacia la luz, y así concibo que no haya nada que perdonar.
No puedo obrar milagros
sin creer en ellos. Y sin tener la confianza en que pueden cambiar no solo las
creencias sino las acciones y el mundo. Un milagro es capaz de curar una mente
dividida. Donde antes había una mente en la que yo soy yo y tú eres tú, y sufro
por ello, aparece una mente que se conecta.
Necesito los milagros en mi vida porque tengo necesidades. Yo puedo emitir cualquier petición de ayuda y que un milagro responda. Si no responde es porque la necesidad no era real sino adquirida, pero si responde es porque la necesidad era verdad.
No hay situación a la
que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas las situaciones el
mundo real es mío. En esta percepción, acepto que la sanación es posible, completa y radiante. El milagro enseña que he optado por la inocencia, la
libertad y la dicha.
Y más cuando es
compartido con mi hermano. El instante milagroso dura una eternidad.
Compartido, un instante es liberación que ofrezco y que recibo.
¿Debemos educar solamente en límites o también en milagros?
Autentico
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