jueves, 23 de septiembre de 2021

Nos vemos, Héctor

 


Hola Héctor, te has ido hace dos días y ya te echo de menos. Gracias Ana María, tu compañera inseparable. Hace 25 años que nos conocemos, tú dabas tu clase de Tai Chi en la calle Floridablanca y yo pasaba ese sábado por la calle y os vi. Me uní a la clase que tú practicabas en silencio, hablamos después y llegamos a un acuerdo, yo aprendía Tai Chi de ti y tú montaña conmigo.

Ese pacto de caballeros mano a mano nos llevó a empezar a subir a la montaña y practicar en la cima, y el pacto siempre se ha mantenido vivo, tácito pero presente. Respirar en la Cruz de Abantos, las Machotas o en el Pico del Fraile ya nunca ha sido lo mismo.

Tu energía sigue fuerte, aunque tu cuerpo ya no esté. Te siento, te escucho, te entiendo, me llena igual la conversación. Han dejado huella nuestras conversaciones sobre el Tao, sobre la vida y sobre la Sanación. Te formaste en la Escuela Transpersonal de José María Doria, pero tu poder sanador ya lo traías de nacimiento. Eres todo amor, siempre con esa sonrisa expresiva y esa autenticidad profunda.

Me sigues hablando sobre el Ego y la arrogancia. Cada vez que alguien me contacta, me llama o incluso me ataca, te recuerdo diciendo que es una oportunidad que me da la vida para enfrentarme a algo y para sanar y crecer. La vida me trae esos regalos desde la mañana a la noche para que yo juegue.

Contigo aprendo que soy arrogante cuando desprecio un regalo y cuando decido poner mi tiempo y mi dedicación en otra persona o actividad, además porque acaba en frustración y vacío. Aprendo a visualizar lo que el destino tiene para mí, y a seguirlo a ciegas. Así nunca hay soledad, sino un mundo de hermanos y encuentros.

En el Tai Chi desarrollas la energía interna y se desvanece el Ego. Tienes que dejar de ser tú para poder ser. Si lo piensas con tu mente, es demasiado lento, ya es demasiado tarde. Permite que tus brazos, tu cuerpo y tu energía se muevan solos. Deja que el Universo haga su Voluntad.

Héctor, te comparto mi sensación de que me falta un apoyo. Tu energía está, pero sigo necesitando la conversación con voz y cuerpo. Tu energía me dice: “Manuel, recuerda que…”. Tú me aconsejas dejarme sentir, permitirme sentir la pérdida y el dolor y lo que venga. Y darle espacio a que aparezca lo real, que es toda la amistad que yo siento por ti.

Hemos jugado, hemos disfrutado y nos queda todavía un camino eterno, sin final. Como tú dices, “Be water, my friend!”.

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