jueves, 23 de septiembre de 2021

La culpa

La culpa es una nube que no deja ver el sol. Solo en la liberación de la culpa, sin nube, aparece obvio y visible el sol y la verdad. Así finalmente hay una mente libre que no puede sufrir. Sufrimiento/culpa/liberación son las tres patas de la silla que sujetan la vida.

Para mí la culpa es la inductora de los miedos a las represalias y al abandono. Es más, sin culpa solo queda dicha, sin crueldad solo queda amor, sin dolor solo queda paz.

La pregunta es, si yo debo sentir culpa por haber tomado decisiones equivocadas. ¿O malintencionadas? ¿O ignorantes? Yo creo que los seres humanos somos impecables, y que es una blasfemia percibirnos como culpables.

Dice Helen Schucman que sólo tú puedes privarte a ti mismo de algo. Y yo entiendo que significa dejar de echar la culpa a algo que está fuera. Y evitar la tendencia de albergar a la culpa dentro, que tampoco es así. La culpa debe ser des-hecha, no recolocada en otra parte.

Además, si no te sintieses culpable no podrías atacar, pues la condenación es la raíz del ataque. Condenar es hacer un juicio sobre alguien que es indigno de amor y merecedor de castigo. Sin embargo, la paz y la culpabilidad son conceptos antitéticos.

El sentimiento de culpa es crucial, aunque la mayoría de las veces está soterrado en el fondo del inconsciente y no aparece.

Yo tengo ese sentimiento de culpa con mi madre. A ella la considero una persona sabia, con consciencia y experiencia, con amor. Interesantemente a mí me habla en clave, como si fuera el Buda de hace siglos hablando desde la puesta de sol. Me hace bien recibir su sabiduría, pero algunas veces por el contrario lo único que veo es una máscara.

Su máscara dice: “No nos dejemos adentrar en donde deberíamos adentrarnos y sanar lo que está esperando ser sanado”. “No hablemos de lo que tenemos que hablar”. “Mantengámonos en una distancia yo desde mi pedestal de gurú sabelotodo”. Un día me dijo una frase: “Parece que tú todavía no has creado consciencia sobre el daño que me has hecho durante muchos años, y el impacto tan negativo que eso tiene en mí”. “No veo ninguna señal de que hayas reflexionado y seas consciente de tantas faltas de consideración y respeto que se sucedieron durante tiempo y sus graves consecuencias para mí.  Tengo la sensación de que el alto grado de violencia emocional de tu entorno te ha hecho considerar que la ira y la agresividad, aparte de otros, en la convivencia son “normales”. Yo solo le contesté: “Mamá, somos uno con Dios. Y damos gracias. Vivamos en paz.”

Esto podía haberme enterrado en una capa de culpa por mucho tiempo. Pero sin embargo no ha sido así, por el contrario, es un regalo que la vida me ha hecho. El universo me ha traído la oportunidad de iluminar una zona antes oscura de mí. Me ha obsequiado con un trabajo de niño interior, en forma de meditación, ha abierto algunas puertas de mi inconsciente que estaban cerradas; puertas que yo no había descubierto y me ha permitido sentir.

Y en ese sentir, se sana. Ahí la veo como una persona, somos todos uno, ni inferior ni superior, hace lo que puede, sobrevive como puede, busca su salvación como puede. En ese proceso se perdona sinceramente.

Es interesante que ella tiene que decir esa frase para que yo me ponga y nota que ahí hay algo, que me lleve a meditar, para que yo busque, para que yo me haga consciente y tenga conversaciones interesantes conmigo mismo cuando tenía 5 años.

La vida me regala estas oportunidades, donde al principio parece que el día empieza mal, pero que, sin embargo, es al contrario, empieza el día bien. Empieza el día con un juguete nuevo.

Veo la igualdad en ella, independientemente de lo que su personaje esté manifestando, y me trae la conexión que entre ella y yo hay, ese cordón umbilical que nunca se ha cortado del todo. No hay inferioridad ni superioridad. Simplemente no me creo la frase, sino que trabajo yo mismo en mi meditación. Una de esas conversaciones conmigo mismo con 5 años ha sido especialmente bonita.

Eran las 5 de la mañana y yo estaba sin dormir, dándole vueltas no estaba claro a qué, pero sin poder dormir. Claramente había algo por lo que no me dormía. Se me ocurrió hacer algo. Me coloqué en un lado de la cama, en el lado en que yo habitualmente habito, y tenía 5 años. Ahí se canalizaba perfectamente mi niño de 5 años con sus cosas, con su madre, su entorno, hablando en alto en medio de la noche. Me cambié al otro lado de la cama, y le hablé como adulto. Fue una conversación con varios cambios.

Tenía que ver con la culpa: “siéntete culpable, latígate, conciénciate de tus faltas, mereces tu castigo”. Soy culpable, he hecho las cosas mal. Sin embargo, no podía aceptarlo, yo había hecho bien, lo que había podido, soy invulnerable. Había una sensación muy fuerte de dolor, pero también de no, yo no soy culpable, no, yo no he hecho nada malo a ti, si sufres lo haces por ti, pero no porque yo haya hecho nada erróneo. Sentí muy fuerte el no aceptar su mensaje.

Me daba cuenta de que, en otras ocasiones, en otras conversaciones con mi madre, yo me hago humilde y adopto mi culpa. No es pose, sino que de verdad lo siento. Digo falsamente humilde porque esa no es verdadera humildad. Con ello, ella se apacigua, se calma y deja de atacar. Pero esta vez, sentí algo profundo de no, ya no voy a volver a hacerlo.

No tenía sentido decírselo a ella. No siento que sea la conversación que quiero tener con ella sino conmigo mismo. Me doy cuenta de que por mucho que quiera separarme de mis padres, de todo el mundo, pero sobre todo de mis padres, son los dos entes más difíciles de separación posible. Esto es así, desgraciadamente y afortunadamente, es así. Estamos conectados sí o sí. Es fundamental estar a bien, hacer las paces, quitar los conflictos y las diferencias.

A veces, he sido humilde y he hecho lo que ella quería, y con eso la he hecho feliz. Pero no, así no le hago ningún favor, ni a mí ni a ella. Esa falsa humildad la hace a ella pequeña. Crea inferioridad. Es denigrarla.

Para sanar la culpa, es necesario que mi madre canalice frases como “me haces sufrir”, incluyendo una serie larga de detalles que son pruebas fehacientes para ella. Al final, está muy escondido, pero hay una parte de mí que siente esa culpa, y una parte que siente que, si yo lo hiciera de forma diferente, sería más fácil para ella.

Ahí aparece el testigo de mi hermana que aconseja hacerlo de otra manera. Al ser yo mismo, auténtico, causo revoltijo a mi alrededor, pero bienvenido ese revoltijo porque es un detonante de crecimiento. Estamos todos ayudándonos a crecer, son grandes maestros.

Por eso la conversación con ella no hace falta. Ella es solo la canalización del hecho. Pero se trata de mí, de mi mente. Soy inocente. Y puedo ser yo, llego a mi autenticidad. A ella le llegará por la vía indirecta. Ella solo percibe que el mensaje no es contestado, percibe el vacío. Contestar no sería más que enredarnos en el conflicto mundano y generar más separación. Ella no percibirá, y si no lo percibe es que no querrá ver, no estará en su momento de hacerse consciente. Todo empieza por el trabajo en mí mismo.

Aprendo a tener cuidado con este pensamiento que aparece en mí mismo: “tú me haces infeliz, tú con tu crianza me generaste traumas, tú cuando me hablas así me haces sufrir”, echando la culpa a que lo de fuera nos da y nos quita. Otras personas no nos pueden dar ni quitar, no pueden ponernos en diferente estado de ánimo.

Perdonar funciona. Hay un perdón intransitivo, que significa que mi madre no ha hecho lo que yo creo que ha hecho. Yo lo he percibido erróneamente. El sufrimiento es mío y no es causado por nada exterior. Pero también hace falta un te perdono con un cómo detrás. Y el cómo concreto con mi madre es “te perdono porque somos iguales, buscando nuestra salvación, ambos hijos del Universo y hermanos, somos lo mismo. Eso es razón para perdonar, no porque ella haya hecho o no. No hay que hacer para, no tenemos que hacer méritos. Te perdono porque somo uno. Siento que yo no recibo ni doy perdón como consecuencia de una acción. ¿Cómo te perdono? Sintiendo nuestra conexión, ella no puede hacerme sufrir a mí, entonces no hay nada que perdonar. Se deshace aquello que perdonar.

Así se deshacen cosas. Sabiéndome inocente puedo dormir mucho mejor que sintiéndome culpable.

Y a la larga me quedan buenas moralejas. Quizás exagero si digo que el pasado no existe, que solo existe el aquí y el ahora. El pasado solo existe porque existe culpa. La culpabilidad determina que serás castigado en el futuro por lo que hiciste algo malo en el pasado. La culpabilidad, pues, es una forma de conservar el pasado y el futuro en tu mente. Esto tiene una consecuencia durísima, siempre que revivo el pasado, no es necesariamente porque fue bonito, sino porque allí se produjo una culpa. Al sanar la culpa, se olvida el pasado.

Cuando siento culpa y su fuente reside en el pasado, es que no estoy mirando en mi interior, el pasado no está en mi interior, y no tiene sentido en el ahora. La culpa del pasado es solo una invención mía de mi mente, que está llamada a desvanecerse y olvidar.

También que la culpa puede ser desvanecida porque es solo una locura sin sentido. La culpa me resulta intolerable, soy inocente, y por ello, invulnerable.

Además, que proyecto para deshacerme de la culpa. Culpabilizo a los demás. No puedo soportar la culpa en mí, y la veo en otras personas. Es decir, que los que considero culpables, se convierten en los testigos de mi propia culpabilidad, y es en mi donde únicamente la puedo ver, pues está ahí hasta que sea des-hecha. La culpabilidad se encuentra siempre en mi mente, la cual se ha condenado a sí misma. Seguir proyectando culpabilidad no permite su desvanecimiento.

A un hombre le culpabilizaron de que había ejecutado mal la matrícula universitaria de su hija y, ¿Cómo respondió? Diciendo que la culpa era suya por haberse ido de viaje. A otro hombre se le cayó un vaso cuando movió sin querer el codo, ¿cómo respondió? Echando la culpa a otra persona de que había dejado el vaso demasiado cerca del borde. Eso es proyectar la culpa. Podemos proyectar, pero solo es tapar la fuerza de maldad que existe en nosotros.

Pecado y castigo. Creer que alguien ha cometido un pecado contra mí, significa creer que yo mismo me ataría en ese mismo pecado. Creer en el castigo significa que estaría proyectando la responsabilidad de la culpa sobre otro, y ello refuerza la idea de que está justificado culpar.

Proyectar es solo esconder, porque la culpa también es intransitiva, siento culpa punto, como si hubiera un surtido de ideales a los que he fallado. Unos “tengo que” que no he satisfecho. Simplemente no puedo identificar su fuente.

Aprendo que ese “secreto por el que te sientes culpable” no es nada, y si lo sacas a la luz, la Luz lo desvanece. La nube y sus miedos se desvanecen, es la vuelta a casa.


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