Hoy es luna llena y en la tradición del Tao significa la
Verdad absoluta. Es paz, serenidad y fortaleza, también la unidad.
La unidad con mayor fortaleza es la unión con los padres. Y
con los míos hay una profunda relación de amor, ellos estaban ahí para traerme
a este mundo, crearme ese andamio “scafolding” que significa alimentación y
cobijo, vivieron mi adolescencia y observaron cómo desplegaba las alas para
volar a la vida, bendiciéndome.
Crecer es dejar de culpar a tus padres y de sentirte
víctima. Independientemente de si ellos lo hacen bien o lo hacen mal, sin
juzgar, sin ser ni reo ni juez, voy a centrarme en mi y en lo que yo percibo.
Voy a hacer como si ellos no existieran y solo existiera mi mente.
Necesito saber si, inconscientemente soy yo quien les está
echando la culpa y si soy yo quien está generando la violencia hacia ellos,
aunque percibo que son ellos, que ellos me culpan violentamente de sus miserias.
Hoy pongo en duda mi percepción, pues sé que engaña, sé que
mis experiencias siempre vienen determinadas por mi forma de ver y entender la
vida, por mis creencias y las creencias de mi sistema familiar.
Mi mente me dice que ellos se han sacrificado por mí y por
tanto, en su frustración, me atacan y me exigen. Pero quizás, soy yo que les
estoy atacando al sentirme que me sacrifico por ellos. Tal vez soy yo quien
está generando la relación tóxica, a pesar de que lo percibo por su parte. ¿Yo
me sacrifico por ellos? ¿Qué parte de mi
se ha sacrificado en mi niñez y adolescencia, y se sigue sacrificando y qué
parte es mi esencia? ¿Por qué yo no conecto en pensamientos y sentimiento con
ellos? ¿Les puedo perdonar?
Mi niño interior vivió a menudo el conflicto de querer algo,
pero necesitar comportarse de forma diferente, y esa era una vivencia dolorosa.
La educación es necesaria porque vivimos en sociedad y los comportamientos
deben ser modulados hacia zonas de convivencia posibles. Sin embargo, en la
mente poco formada de un niño, es percibida con dolor y desagrado.
Hasta hoy, tengo la percepción de una relación especial con mis
padres, basada en la culpabilidad. Comunicarme con ellos me produce una
sensación inequívoca de culpa. Soy consciente de que nada debo, nada he hecho
mal intencionadamente ni nada racional apoya el hecho de que yo no sea
suficiente. Pero me siento culpable.
Cuando ellos me envían la culpa, así como si fuera un
regalo, yo, primero, asumo mi cuota de responsabilidad. Y evalúo mi error, lo acepto
y aprendo de él. Trato de afrontar la situación con objetividad, entender que
todo forma parte del aprendizaje, comprender la complejidad de las
circunstancias y en algunos casos incluso pedir disculpas si es necesario. Así
como corregir mi negligencia e imprudencia en mis acciones.
Con mucha dosis de empatía hacia los ellos y a cómo pueden
sentirse como consecuencia de mis actos. Pero me siento culpable cuando nos
comunicamos y creo que ellos intentan a través de mi culpabilidad mantener la
relación conmigo para que yo no me pueda ir.
Siento que me culpan de su propio sufrimiento, de mi escasa
capacidad para educar a mis propios hijos, de mi equivocada comprensión sobre
lo que es la vida, de las decisiones erróneas que tomo, y de un conjunto de
cosas de las que no soy consciente pero que voy poco a poco dándome cuenta.
Tengo la sensación interna permanente con ellos de haber
hecho algo malo, de ser mala persona, de hacer daño a los demás, de haber
infringido alguna ley, principio ético o norma, tanto en situaciones reales
como imaginarias, produciendo un malestar continuado.
De acuerdo con la Terapia Gestalt, detrás de la culpa hay
resentimiento y detrás de éste, se esconde una exigencia. El remordimiento es
un sentimiento que nos puede acompañar durante mucho tiempo y hacernos mucho
daño a nivel mental y psicológico.
En mis relaciones sentimentales del pasado también me ha
ocurrido. En estas relaciones, he sentido ira y violencia contra mí. “Ahora
dejo de hablarte”. “Ahora te grito”. “Ahora te amenazo”. “Ahora te pongo una
demanda judicial”. “Y es por tu culpa”.
Nulla poena sine culpa, "no hay pena sin culpa". La
culpa, en el Derecho Penal, se refiere a la acción delictiva que se comete sin
el debido cuidado para evitar el daño, sin intencionalidad por parte del sujeto
activo. Por el contrario, el dolo supone
actuar de manera deliberada e intencionada para cometer un delito. Yo soy
inocente.
No es sano sentirme juzgado ni que yo juzgue a nadie, cada
uno está en su búsqueda de su camino de liberación y piensa y obra en esa
dirección. Todos estamos en ese camino y caminamos unidos de la mano. Suspender
el juicio, abstenerse de juzgar, es la verdadera prueba de amor hacia ellos.
Me pongo en el lado de la víctima ante ellos. Siento que
ellos tienen conmigo una relación que se deriva del ego y la culpa, no basada
en el amor incondicional, laxa por definición. Como padres, yo he esperado
generosidad muchas veces, pero he visualizado interés y manipulación.
Si lo siento es probablemente porque lo estoy proyectando y
eso es lo que yo estoy haciendo con ellos. Es como un espejo. Pasa a veces que
vemos con claridad algo en los demás y nos damos cuenta de que en realidad está
en nuestro interior, nos es imposible digerirlo y decidimos escupirlo fuera
sobre otras personas.
¿Estoy yo intentando obtener algo y mantengo al dador
aferrado mediante la culpa? ¿Creo que la separación, la ira y la violencia gana
amigos? ¿Creo que puedo conservarlos haciéndoles sentir culpables? ¿Me debería
percatar ya de que es lo que estoy haciendo?
Cuando sea capaz de crear consciencia sobre el mecanismo,
esta extraña relación se convertirá en una atracción enfermiza y que atrae
poco. Lo que antes era real y sólido, ahora deja de ser interesante y pide
abandonar, al no ser ya valioso. Es una monstruosidad y no le corresponde estar
en mi mente sana.
Antes mi violencia parecía protegerme, creaba distancia y
separación, ahora se hace la luz. He tenido últimamente un episodio de
extremada violencia contra mí, con gritos, amenazas y denuncias judiciales. He
llorado y me ha provocado un ataque de ansiedad. En ese momento de sanación he
roto la cadena que me unía a la culpa. Dejo de pensar que la violencia viene de
su parte y dejo de culpabilizarlos. Dejo yo de proyectar mi culpa, dejo yo de
ser culpable para ser inocente.
Aprendo lo que significa el sacrificio. Si me sacrifico a mí
mismo me engrandezco, considero que así me purifico. Este es probablemente la
creencia básica más dañina que yo he tenido. Lo es porque, a manera de
colateral, me ha generado resentimiento en el proceso, a veces incluso un
amargo rencor. Lo veo en mi al haber creído sacrificar mi vida por los demás.
Al sacrificarme y sentir resentimiento, aparece una
necesidad de ataque, eso sí, mezclado y edulcorado con expresiones de amor. Mas, hacer sentir culpable a otro es un ataque
directo, aunque no parezca serlo. “Te he dado los mejores años de mi vida”, “te
he dado las decisiones más importantes de mi vida”, las he oído en mi familia,
pero también podrían ser palabras mías.
Me siento culpable y
culpabilizador. Al sentirme culpable, espero ser atacado, y habiendo pedido
eso, me siento atraído por el ataque. El ataque constante se hace vicio. Aparecen
las relaciones tóxicas.
En tales relaciones enfermas,
la atracción de lo que no deseo parece ser mucho mayor que la atracción de lo
que sí deseo. Cada uno piensa que ha sacrificado algo por el otro y lo odia por
ello. En lugar de estar enamorado, estoy enamorado del sacrificio que yo hago.
Este es el juego: Por
este sacrificio que me impongo a mí mismo, exijo que el otro me acepte la culpa
y se sacrifique a sí mismo también, cerrando así el círculo.
“Te perdono” rompe
este círculo vicioso, pero para ello hay que tener confianza en que perdonar no
rompe la relación. Perdonar no rompe. O sí la rompe, pero probablemente para
después poder reconstruir una relación de amor de verdad. Tal vez hay que
perder el miedo a romper.
Es necesario romper la
creencia de que la culpa mantiene a todas sus relaciones intactas,
continuamente atacando y negando el perdón. Una relación no está intacta solo
porque lo cuerpos estén juntos, pensamiento y sentimiento importan.
Para el Ego, mientras
el cuerpo esté ahí para recibir su sacrificio, él es feliz. Para él, la mente
es algo privado, y el cuerpo es lo único que se puede compartir. Todo aquello
que hace que el otro se sienta culpable y que le impida irse debido a la culpa
es "bueno", lo que lo libera de la culpa es "malo", pues
dejaría de creer en la cercanía de los cuerpos y se marcharía.
La unión se basa en el
sacrificio y el sufrimiento. Me casé con violencia y miedo a la soledad. Probablemente,
creía que mitigaba mi culpa proyectándola en la otra. Quizás, atacaba y hería
con temas sin importancia, de forma inconsciente, y exigía el sacrificio de
ella. Tal vez, la violencia y la ira se convirtieron en el mecanismo de
proyectar mi culpa sobre la otra. Y al formarse la unión en el Altar, creí que
tenía el derecho, la furia fue mucho mayor.
Estar con un cuerpo no
es estar en comunicación. Era una locura
creer que yo iba a ser abandonado si me comunicaba verdaderamente. Me encontraba
a salvo en la culpa y en peligro cuando me comunicaba. Pensaba que la soledad
se superaba mediante la culpa, y que la comunicación honesta y auténtica era causa
suficiente para la soledad.
Quiero crecer de la
condenación y la culpa a la comunicación y el perdón. Y vivir el instante,
porque en el aquí y ahora la culpa no es atractiva. Al haber comunicación no
hay soledad. He dejado de decir “lo siento” y “perdóname”, para decir “te
perdono”. La culpa es como un saco de ladrillos: solo hay que descargarlo.
Ya sé lo que es, he experimentado un instante
indescriptible. Un instante eterno. Ha sido indescriptible porque así lo hemos
deseado dos personas, nosotros, y la grandeza nos lo ha regalado. Ha sido como
si se obrase a través de nosotros.
Podemos vivir un instante indescriptible para siempre, empezando desde ahora hasta la
eternidad. Que cada momento sea de recibir y dar perfecta comunicación. Que en
cada momento nuestra mente sea receptiva, tanto para recibir como para dar.
Nuestras mentes están en comunicación, sin tratar de cambiar nada, sino
simplemente aceptando todo.
Me ha gustado mucho
que entre nosotros no ha habido pensamientos privados. Hemos renunciado a
ellos. No hemos tenido pensamientos que no hayamos compartido, y los que yo he
tenido no me los he reservado exclusivamente para mí. No sería posible
compartir solo la mitad y quedarme con pensamientos que no deseo compartir. Así
es la comunicación completa.
A veces hemos tenido
pensamientos de culpa molestos, no pasa nada por tenerlos, pero lo bonito es
que no hemos deseado conservarlos privados. Eso es inocente.
No quiero ocultarte
nada. Me encanta cuando me preguntas qué estoy pensando, me ayuda a dejar de
proteger pensamientos que podría negarme a compartir sin darme cuenta. Es mejor
dejar que la pureza de nuestra relación los desvanezca con su fulgor. Deseo que
no seamos rehén de nada ni de nadie.
Hemos empezado un
largo viaje juntos tú y yo. Hoy a mí me toca trabajar una mochila de
culpabilidad que mi padre ha decido tirarme. ¡Qué regalo! Me ha llamado esta
mañana para recordarme lo mal padre que soy dejando a Manuel solo en casa. Yo
soy inocente, no hago más que cuidar bien de mis hijos. Con todo respeto le
devuelvo su mochila y yo la dejo ir. “Te perdono, papá”. Si soy auténtico y
puro en mi ser: “Gracias por tratar de hacerme sentir culpable, papá, porque
nunca más cambiaré de rumbo para intentar complacerte.”. Crecer es dejar de
culpar a los padres.
Un amor con límites es
solo una ilusión innecesaria, el amor incondicional no tiene límites.
Tú me ayudas
mucho a ser auténtico y puro en mi ser. Muchas gracias.
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