jueves, 5 de mayo de 2022

Capítulo 17. Perdonar, dejar ir

 



Tengo la bañera llena de agua, atascada, tengo que quitar el tapón para que se vacíe,

aprendo a perdonar, o lo que es lo mismo, a dejar ir lo que necesito que se vaya,

hoy quiero compartir mi experiencia brillante frente al perdón,

yo lo uso como mantra de forma repetitiva hasta que va calando, lo voy interiorizando,

lo utilizo para sanar situaciones que tenía categorizadas como heridas,

es fascinante sentir que también se abren otras situaciones de mi pasado,

que ya tenía sanadas e, incluso, me sentía orgulloso de haberlas sanado tan eficazmente.

Mi corazón me conduce a padres, antiguos jefes e incluso viejos amigos,

a todos los que mi recuerdo ha traído les he aplicado la Ley del amor con hermosos resultados.

Asumo sin dudas que el secreto está en sacar la pólvora emocional que tengo dentro,

y sus implicaciones, lo que la crea constantemente,

y que detona ante cualquier chispita.

En el pasado, yo he creído que perdonaba,

era capaz de decir “perdóname” cuando algo no había ido de la forma más fluida,

perdonar era para mí la intención de que algo torcido dejase de estarlo,

una intención de asegurar que los malos momentos quedaban en su cajita,

para no ser reabiertos jamás.

Ese procedimiento había acumulado dosis de pólvora en mi inconsciente,

que me hacía reaccionar emocionalmente antes pequeños detalles sin aparente importancia,

sé que no era fácil a veces estar a mi lado,

porque ni siquiera yo entendía esos exabruptos,

que por cierto la mayoría de las veces se ofrecían en forma de tristeza o de simple molestia,

alguna vez anómala también en forma de ira.

Un día, en un viaje, tuve que parar en un bosque a darme un paseo solo,

y dejar que el malestar se fuera pasando antes de volver al coche y seguir camino,

me sentía fatal por la persona que compartía viaje conmigo,

puede que ese día, en algún momento, me diera cuenta de que algo debía ser diferente.

Me di cuenta de que el perdón no está en los demás,

no podía depender de que los demás me perdonasen,

el verdadero perdón estaba en mí: había que cambiar el “perdóname” por el “te perdono”.

El auténtico perdón no puede consistir en cerrar al vacío los problemas,

como si de tarros de mermelada se tratase,

pues con el tiempo la mermelada se convierte en pólvora,

y aumenta el riesgo de explosión.

El perdón genuino, en mi caso, incorpora la visión, la idea clara indudable,

de que la ofensa no existió, nunca en realidad existió,

¿Por qué no existió? Porque nadie tuvo ninguna culpa,

no es que los demás, la otredad como la llamaba Ricardo Rorty, no exista,

parece que otras personas, instituciones y hasta el clima me ataca constantemente,

me obligan a una realidad que es diferente de lo que creo que debe ser.

No trato de dejar de ver el ataque real,

me pregunto si de verdad la persona, la institución o el clima tienen la culpa,

incluso si tienen la intención explícita de ofender y molestar,

¿tienen la culpa?

¿Son ellos libres y deciden realmente comportarse como se comportan?

¿O por el contrario son consecuencias de las heridas de su niño interior,

de su inconsciente freudiano, de su genética darwinista?

¿En el caso de las instituciones, no serán una conclusión del diseño de procesos humanos?

¿En el caso del clima, hay una intención en llover para molestar?

Si no hubiera culpa, no habría ofensa, y por tanto el perdón se caería por su propio peso,

el perdón genuino es entender conscientemente que no hay ofensa, que no hay culpa.

Ahora utilizo el mantra “Te perdono” para amigos, compañeros, conocidos,

relaciones, aliados, padres, hijos, familia y para quien me cruzo por la calle,

tengo la sensación de que desaparecen las nubes negras sobre mí y puedo ver que hay sol detrás,

tengo la impresión de que ha llegado la luz,

tengo la emoción de que hay paz y tranquilidad.

Llego a la conclusión de que el perdón es una componente importante de la felicidad,

y que el perdón es un gesto vacío a menos que conlleve cambio de creencias,

sin corrección de creencias, lo que hace básicamente es juzgar,

y juzgar me pone siempre en una posición de frustración y sufrimiento.

El perdón no posee elementos de juicio en absoluto,

la frase “perdónalos porque no saben lo que hacen”

no evalúa en modo alguno lo que las personas en cuestión estén haciendo,

es, como mucho, una dosis de empatía en la que relativizo la percepción

de que el otro es algo separado,

y tal vez las otras personas no son tan entidades separadas como parecen,

somos todos uno, como decían los Beatles.

Ya no veo el error analíticamente para luego pasarlo por alto,

ahora veo que no es posible pasar por alto algo que yo he hecho realidad,

que creo firmemente que existió, existe y existirá,

al verlo claramente, lo doto de realidad y no lo puedo pasar por alto,

necesito primero cambiar mi creencia.

¿Es posible aceptar que somos víctimas de un ataque real, que existe sí o sí,

podemos aceptarlo y perdonar?

Solamente yo puedo dejar ir si creo firmemente

que aquellos pensamientos de ataque habían sido solo ilusiones irreales.

El perdón amoroso es perfecto.

Además, hay otro elemento fundamental,

a veces me altero y pierdo mi paz,

y es porque el otro está tratando de resolver sus problemas valiéndose de sus fantasías,

el perdón puede restituir la verdad que ambos habíamos estado negando.

A mí me ha pasado que he creado una fantasía y me he convertido en prisionero de ella,

puedo recordar muchos casos,

solo a veces es posible ver con mayúsculas,

y ese es el mundo real de la belleza,

el pasado deja de estar en contra del presente.

Helen Schucman va más lejos, llega a un pensamiento más radical,

al decir que los demás están ahí porque tienen que estar,

y porque vienen a traer oportunidades de sanarnos,

tanto si nos insultan como si nos alaban,

llegan a nuestras vidas para sacarnos de nuestra zona de comfort,

y permitir enfrentarnos a nuestras heridas desde perspectivas distintas.

Ahí nunca de forma natural hubiéramos buscado,

la otra persona aparece en mi plano para que yo pueda lavar una herida,

para que yo pueda ver,

su ataque me hace buscar la felicidad donde yo no la veo,

no le puedo juzgar negativamente,

porque en realidad le tengo que agradecer, es mi salvador.

A mí me gusta mucho la idea de que el perdón solo hace deshacer lo que no es verdad,

y así despeja las sombras del mundo y lo conduce sano y salvo, dentro de su dulzura,

al mundo luminoso de la percepción diáfana.

El perdón positivo me libera, me permite crear sin limitaciones, sentir mi abundancia sin miedo,

dejo ir.

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