lunes, 9 de mayo de 2022

Capítulo 36. La culpa es una bola azul

 



Hoy he pasado un día muy bonito con personas muy bonitas,

todo paz y harmonía,

y, sin embargo, algo duele en la zona del tuétano,

es un dolor que se muestra en forma de crisis de ansiedad,

que me lleva a comer sin tener hambre.

Cuando lo analizo en detenimiento, se llama "culpa",

me siento culpable por ser feliz,

por no hacer propiamente el duelo de personas que se van,

es decir, me siento culpable por no sufrir,

me siento culpable por sentir paz y dicha.

Antes la culpa no existía, todo estaba bien,

pero ahora empiezo a hacerme sensible a ella, la visualizo,

no es mía, es herencia de una sociedad en la que vivo y que promueve el sentimiento de culpa,

el miedo asociado y la necesidad de expiarlo,

en esta cultura, la Expiación me lleva a flagelarme la espalda durante las fiestas de semana santa,

y a entonar un credo de “por mi culpa, por mi gran culpa”.

Visualizo una red de personas interconectadas,

cada una tiene su momento de felicidad,

pero en seguida recibe una bola azul de una conexión personal cercana,

esa bola con luz azul está muy caliente y quema,

por eso, el momento de felicidad se convierte en dolor y sufrimiento.

Tanto duele, que la persona siente profundamente la necesidad

de lanzar la pelota a otra persona que esté en su red,

lo hace rápida e inconscientemente para no sentir arder sus manos,

sin dedicar tiempo a pensar y decidir conscientemente, en modo de pura supervivencia.

Lanzando la pelota azul al próximo,

parece que momentáneamente desaparece la quemadura y el dolor, ojalá,

sin embargo, no se ha desprendido de ella, la pelota sigue estando en sus manos.

Las películas japonesas representan esto muy bien,

pintan con precisión los ataques lanzando bolas de energía.



En psicoanálisis, hablamos de proyección,

proyectar la culpa propia hacia los demás parece que me va a vaciar de culpa,

pero no lo hace, no me libera,

solo me libera la meditación,

observar cómo queman las manos, mirar con amor a esa bola azul,

como si fuera un regalo de los Reyes Magos en enero,

y dejar que se diluya, que se desvanezca poco a poco.

Los grilletes solamente se sueltan,

soy la libertad,

cuando me hago consciente de que la bola no existía, era una pura construcción mía,

había yo mismo construido algo, había creído que era real, y sufría por ello,

¡Qué juego más absurdo!

Calderón de la Barca decía que la vida es sueño, y los sueños, sueños son,

sueño con la pelota, sueño que me quemo, solo queda despertar de ese sueño,

y mirar las manos limpias, con llagas, sin el obstáculo, la bola azul.

Sueña el rey que es rey, y vive

con este engaño mandando,

disponiendo y gobernando;

y este aplauso, que recibe

prestado, en el viento escribe,

y en cenizas le convierte

la muerte, ¡desdicha fuerte!

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza;

sueña el que a medrar empieza,

sueña el que afana y pretende,

sueña el que agravia y ofende,

y en el mundo, en conclusión,

todos sueñan lo que son,

aunque ninguno lo entiende.

Yo sueño que estoy aquí

destas prisiones cargado,

y soñé que en otro estado

más lisonjero me vi.

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,

una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño:

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.

Ahora que he aprendido, veo un juego interminable de pelotas en movimiento,

y personas que no se dan cuenta de ello,

se lo digo, les apoyo en el proceso de comenzar a visualidad las bolas azules.

Soy inocente.

El camino hacia la paz está lleno de obstáculos, y, de éstos, el más difícil es la culpa,

su apariencia impenetrable, su ser de piedra, es una quimera,

parece una montaña que se puede escalar para desde la altura ver mejor el sol,

pero no es capaz ni siquiera de sostener una pluma,

cuando trato de tocarla, desaparece, trato de asirla y mis manos están vacías.

Es una nube que parece un mundo entero, una cuidad, un lago, una pradera,

con pruebas sensibles de realidad, pero todo es imaginación,

cuando miro con detalle, lo que parecía amoroso se vuelve grotesco.

Yo lo construyo, y al ser mi construcción, me siento orgulloso y me creo que existe,

protejo mi culpa porque es mi bebé,

sufrir por no hacer el duelo puede parecer una prueba de amor,

¡qué orgulloso estoy de sufrir por amor!

voy a latigarme un poco más.

La nube de la culpa no es sólida ni impenetrable,

hay un momento en que se desvanece y hay sol detrás,

la culpa se encuentra con el perdón,

esa brillantez que veo es lo real

soy inocente,

ya no está el pensamiento ni el dolor.

Al final de este viaje está la pradera soleada, con vida animal inocente,

una vaca pariendo al sol, a su ritmo, en soledad,

un toro montando una vaca, una casa de piedra entre pinos y sin cobertura …

el instante eterno, el hogar, la paz.



No hay comentarios:

Publicar un comentario