jueves, 5 de mayo de 2022

Capítulo 16. Suspender el juicio

 



No me gusta hacer juicios,

juzgar a los demás significa dar un significado a sus acciones, sus valores o sus emociones,

veo una dualidad, lo que realmente es,

y lo que a mí me gustaría que fuese, o lo que creo que debería ser,

y esos dos niveles no concuerdan.

Es terriblemente agotador juzgar constantemente a los demás,

porque no tiene ningún efecto positivo en nadie,

pero sí un efecto drenador de energía en mi ser.

Para ser una actividad tan negativa es curioso que sea tan popular, ¿Por qué lo hago?

Cuando juzgo a alguien, tiendo a sustituir a la persona por el juicio generado,

ya no veo con mis sentidos, guardo en mi memoria,

un juicio negativo que una vez he creado, conlleva que posteriormente bloqueo mis sentidos,

y dejo de percibir la realidad,

la sustituyo por mi mente y el juicio allí almacenado en el pasado.

Según Vipassana, y la teoría del conocimiento, mis fuentes del conocimiento son seis,

los cinco sentidos por un lado y la memoria por el otro lado.

La meditación y las técnicas de mindfulness y concentración plena me enseñan

a utilizar los sentidos y poner en duda lo que me llega a través de la mente y los pensamientos,

me enseña a licuarme y deshacer esa esencia que creo que soy y que no me hace ningún bien.

Incluso el papá Francisco pide a los cristianos que suspendan el juicio,

“No juzguen y no serán juzgados”, según se lee en el Evangelio (Lc 6, 36-38),

“¡Cuántas veces el tema de nuestras conversaciones es juzgar a los demás!”,

“Pero, a ti, ¿quién te ha hecho juez?”, “el único juez es el Señor”,

juzgar es lo contrario de la misericordia y la humildad.

Según Helen Schucman, el hombre no se crea a sí mismo,

pero tiende a olvidarse de ello cuando se vuelve egocéntrico,

siente el miedo a través del Juicio Final, creyendo que juzgar es un atributo de Dios.

Mas el Juicio Final no se trata de que vayamos a ser juzgados,

sino que es un recurso de aprendizaje que los humanos tenemos,

en nuestro camino de expiación a través de nuestra vida en nuestro mundo,

el Juicio Final es la última curación,

no un reparto de castigos, por mucho que pienses que los castigos son merecidos.

Schucman ve una séptima fuente de conocimiento,

la mente en su capacidad por reconocer la Verdad,

ese Uno de Plotino o Demiurgo que es sí o sí y siempre,

la mente puede conocer a Dios cuando no se ve bloqueada,

por el Ego y la percepción errada de la mente.

El demiurgo (en griego: Δημιουργός, Dēmiurgós), en la filosofía gnóstica,

es la entidad que, sin ser necesariamente creadora, es impulsora del universo,

en la filosofía idealista de Platón y en la mística de los neoplatónicos

es considerado un dios creador del mundo y autor del universo.

Cuando la Biblia dice “No juzguéis y no seréis juzgados”

quiere decir que si juzgo la realidad de otros no podré evitar juzgar la mía propia,

es la decisión de juzgar en lugar de conocer, en el sentido pleno de la Verdad,

es lo que me hace alejar de la paz.

Los juicios siempre entrañan rechazo,

raramente ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan,

no me creo los juicios constructivos.

Lo que percibo y rechazo, o lo que juzgo y determino imperfecto permanece en mi mente.

Una de las ilusiones de las que adolezco

es la creencia de que los juicios que emito no tienen ningún efecto,

pero sí, estoy dotando de significado a lo que no lo tiene,

genero energía y poder donde no la hay.

No existe tal cosa como el pensamiento privado, todos somos uno como hijos de Dios,

cualquiera de mis pensamientos tiene un impacto contundente en las personas a mi alrededor.

Juzgar implica que abrigo la creencia de que la realidad está a mi disposición,

para que pueda seleccionar de ella lo que mejor me parezca, y solo lo que me parezca.

Es un tremendo alivio y una profunda paz estar con mis hermanos o conmigo mismo,

sin emitir juicios de ninguna clase,

reconociendo lo que simplemente soy y lo que mis hermanos simplemente son,

juzgar deja de tener sentido.

Que no abrigue ningún juicio,

ni sea consciente de ningún pensamiento, bueno o malo, con respecto a nadie,

ahora no lo conozco, pero soy libre de conocerlo, de conocerlo bajo una nueva luz,

ahora él renace para mí, y yo para él, sin el pasado que le condenó a morir, y a mí junto con él,

ahora él es tan libre para vivir como lo soy yo,

una vieja lección que se había aprendido ha desaparecido,

dejando sitio donde la verdad puede renacer.

Tengo la creencia tóxica de que es imprescindible juzgar, no,

no tengo que juzgar para organizar mi vida y no tengo que hacerlo para organizarme a mí mismo,

cuando me siento cansado es porque me he juzgado a mí mismo como capaz de estar cansado,

cuando me río de alguien es porque he juzgado a esa persona como alguien que no vale suficiente,

cuando me río de mí mismo me río de los demás, no puedo tolerar la idea de ser menos que ellos.

Todo esto hace que me sienta cansado.

La tentación es muy grande de juzgar cualquier situación

y determinar mi reacción a través de los juicios que yo he hecho de la misma,

sin embargo, los juicios siempre me aprisionan,

porque fragmentan la realidad con mis inestables necesidades de deseo,

y los deseos no son hechos, sino el intento de ejercer mi voluntad.

Juzgo solo en el pasado, pues mis experiencias pasadas son sus cimientos,

me es imposible juzgar sin el pasado, pues sin él no entiendo nada,

sin entender no intentaría juzgar,

me da miedo lo caótica que sería la realidad.

No solo es que mis juicios estén vinculados al pasado,

sino que tampoco recuerdo lo que ocurrió,

ahora el único dictamen posible es si al ego le gusta lo que pasó o no,

si es aceptable para él o si clama por venganza.

La ausencia de un criterio establecido de antemano que determine el resultado final,

hace que sea dudoso el que se pueda entender y que sea imposible evaluarlo.

Hay valores que solo son juicios mentales, y por eso relativos,

son ilusiones que perduran mientras les sigo atribuyendo valor.

La única manera de desvanecer las ilusiones es retirando de ellas su valor,

al hacerlo dejan de tener vida para mí, las he expulsado de mi mente. 

Tengo miedo de haber percibido y haberme negado a aceptarlo,

aparece en pesadillas,

o disfrazado bajo apariencias agradables en sueños felices,

solo puedo llevarlo a mi conciencia al aceptarlo,

cuando ya no lo entienda como peligroso.

¿Te has cuestionado alguna vez cómo es realmente el mundo

y qué aspecto tendría se contemplase con ojos felices?

Según la ley del espejo, y asumiendo que yo veo el mundo desde mí,

el mundo que veo no es sino un juicio con respecto a mí mismo,

mis propios juicios me imponen una sentencia, la justifican y hacen que sea real,

yo mismo he emitido un juicio contra mí mismo,

y mientras siga creyendo que esa imagen es algo externo a mí, me tiene a su merced,

me veo obligado a adaptarte a ese mundo,

ese mundo despiadado,

yo fui quien lo construyó inclemente,

hasta que lo corrija.

Reprogramar mis pensamientos me lleva a comenzar de nuevo,

mis sueños de juicios dan paso a los de perdón,

me libero del dolor y del miedo,

deshago el amargo sueño de juicios para siempre,

anulo el juicio que había emitido sobre el mundo,

suspendo mi juicio,

y decido la felicidad en cada instante.

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario