viernes, 7 de enero de 2022

La vida como viaje – la separación de la unidad

Estos días estoy viviendo una experiencia exasperante, más allá de molesta, indigna y desilusionante, una traición máxima, donde lo que yo más sólido podía considerar, aquello que hundía mis raíces en la tierra más compacta, se ha desvanecido en un segundo ha dejado de ser duro para ser etéreo. Ya no es presente, se ha ido al pasado, que deja de existir.

Fue real en su instante eterno, pero ahora es una ilusión, una gran mentira, un magnífico engaño. Prometía grandes premios que nunca llegaron para quedarse, sino que ascendieron al cielo cual nube blanca. Cada pequeña mentira iba construyendo una burbuja gigantesca que ahora ha explotado sin dejar rastro más allá de una gota desconcertada. Era la luna llena que nos hacía sentir uno, ahora es cuarto menguante.

Hay dolor y sufrimiento. Donde había unidad ahora hay una separación artificial, social y de decisión, incomunicación e incompatibilidad. No quedan fuerzas centrípetas, solo las centrífugas. El alejamiento trae falta y ausencia, es un malestar físico casi real. A mi pequeño tigre le duele el cuerpo, y no encuentra su compota de manzana.

El sufrimiento bien entendido sirve básicamente para sufrir, pero también es una llamada al siguiente nivel de batalla. Tal vez es verdad que el ser humano no ha llegado aquí para dormir, sino para encontrarse y crecer.

Este crescendo tiene forma de viaje, y comienza cuando nacemos, incluso antes. Hay un momento en el que somos uno, vivimos en un paraíso donde todo es bienestar, somos bebés en el seno materno. No se carece de nada, no hay necesidades de ninguna clase.

Astutamente, por unas razones u otras, en un relámpago descubrimos la separación. Nos damos cuenta de que nosotros estamos separados de lo que no es nosotros. Octavio Paz lo llama la otredad y lo define como la escisión primordial y un sentimiento de confusión cuando perdemos la unidad del ser humano.

Si yo me identifico con mi cuerpo y no con el resto, me separo, me percibo aislado y desvalido, empiezo a tener miedo.

A partir de ahí, continuamos dividiendo, y nuestro yo se convierte en la separación de mente y cuerpo. Y empieza a hacer calor y frío, día y noche, risa y llanto, cóncavo y convexo, … todo es un conflicto entre opuestos. Para la separación construimos dos variables esenciales, el espacio y el tiempo, y categorizamos sin cesar entre aquí y allí, grande y pequeño, antes y después. Introducimos las nociones de grados, aspectos e intervalos.

Después de millones de categorizaciones, definiciones, vallas y fronteras, llegamos a la existencia en el mundo, al Samsara, tal como colectivamente lo conocemos, donde hay vasos de cristal y hormigón caliente. Allí, el hombre se encuentra perdido, pasmado, fascinado, aturdido y acomplejado, dividido entre el amor y el aborrecimiento de su universo de opuestos. Hay miedo, angustia y dolor.

Y empezamos a integrar. El camino de la expiación comienza cuando cambiamos de sentido, empezamos a romper las diferencias y en algún momento regresamos al nirvana donde aparece la conciencia de ser, la unidad otra vez, y ya no hay más separación. Conquistamos la paz y la serenidad.

Madurar significa derribar todas las vallas y los muros que con tanta devoción hemos levantado. Cuantas más separaciones, más vallas y más fronteras, más pequeño es el yo y más grande es lo demás. Por eso, empezar a romper la separación es percibido como ir creciendo el yo, conquistando terreno, y por tanto como un canto a la libertad.

Eros contra Tánatos. Podría haber habido amor incondicional y confianza, pero se unió a la escena el ego. A veces el camino de la sabiduría avanza y recibo puntos, otras veces retrocedo, como en el parchís mi ficha es comida y regreso a la casilla de salida. Como en un rito de iniciación, voy transcendiendo y evolucionando de nivel en nivel, empezando por el nivel cero, que llamo cobre.

El nivel cobre es la construcción del ego. En ella vamos creando el mundo tal como lo conocemos. Cuando queremos saber qué es una flor, la cortamos, la separamos de la naturaleza, creamos separación entre la flor y la no flor. En esta época, la conciencia de unidad no es más que una aberración, un estado alterado de conciencia, un algo que necesita corrección.

El cuerpo no es otra cosa que mi propiedad como mente. Puede deteriorarse y desintegrarse, es tercamente impermanente, y por tanto sucio y traicionero. El hombre busca lo inmutable y fijo, y construye su ego, una imagen de sí mismo, pero incierta, llena de aspectos infantiles, emocionales, racionales e irracionales.

Hay un desván de deseos e impulsos en el ego que son extraños, amenazadores y prohibidos, y yo decido esconderlos. Es el Dios Baco romano, del deseo, del vino, del resentimiento y de la noche. Se convierte en una zona enemiga, que niego, fuera de mí, separada. Es la sombra.

El nivel plata empieza cuando yo me hago consciente de mi insatisfacción ante la vida, la farsa social me pesa y empiezo a tener conciencia de realidades más profundas.

En esta fase me hago amigo de mi sombra, levanto la tapa del recipiente donde llevo mis secretos, y observo todos aquellos deseos y proyecciones escondidas. Permito mi depresión, ansiedad, abandono, vergüenza… y las estimulo. El no puedo se convierte en quiero, desaparecen los tengo que.

El nivel oro ve nacer al centauro (*), mitad hombre mitad caballo que representa la ruptura de la frontera mente cuerpo. El jinete no monta su caballo, sino que es uno con su caballo, no es una mente que controla su cuerpo, sino una unidad psicosomática.

Recuperar el cuerpo significa que yo no soy solo mi movimiento voluntario, ahora muevo el brazo, pero también lato el corazón y crezco el pelo. La enfermedad deja de poder existir.

Descubro que quiero deshacer mi Ego. Quiero fluir con la vida, identificar las señales que se me ofrecen, intuir mi destino y seguir lo que está escrito para mí, pero mi Ego se empeña en hacerlo diferente, en nadar contra corriente y en no creer en la confianza del amor. Mi Ego cree que sin él no hay salvación posible. Es agotador vivir desde el Ego, en un mar de duda y miedo.

El cuarto nivel, platino, supone adentrarme en mundos que no cumplen las coordenadas habituales, están más allá de su alcance. Jung, por ejemplo, encontró imágenes primordiales o arquetipos, es decir, estructuras mentales que son comunes a todos los individuos y culturas. Esa realidad es transpersonal. La conciencia se eleva sobre la mente, las emociones y el cuerpo, dejo de identificarme con ellos para llegar a ser una especia de testigo transpersonal.

En el platino, mis deseos, síndromes de abandono y resentimientos empiezan a relativizarse, ya no son cuestión de vida o muerte, porque en mí hay un ser más insondable y más primordial, a quien no afecta la sinusoide de cambios impertinentes, la insoportable levedad del ser. Se trasciende el dolor, las emociones y el miedo.

Toda sensación de separación desaparece. La separación ya solo puede entenderse como un error de percepción, no existía, era solo una forma equivocada que me llevaba a entenderme como ser carente y necesitado. Se subsana la separación y restituye la plenitud de la mente. Vuelvo a ser invulnerable al miedo. Tengo en mí la insuperable defensa eficaz contra todo pensamiento de separación.

El nivel diamante derrumba finalmente las fronteras restantes. La ola del mar se convierte en acuosidad. En la conciencia de unidad, no hay espacio ni tiempo, todo es intemporal, no hay testigo sino una simple luz.

Lo que parecía nivel diamante lleno de unidad y ausencia de tiempo, era una ilusión óptica que al desenchufar desaparece. Era una simulación muy creíble en un superordenador gigante con resolución muy detallada, super renderizada calidad premium, que se vuelve negra después de un cortocircuito en la red de energía. Era Matrix. No habíamos exhalado todavía la edad del cobre.

Dicen que el amor romántico es el último bastión del ego, y que solo su desapego es la última batalla antes de poder trepar la escalera del centauro. Ya veo crecer mis cuatro pezuñas con cascos sanos.

¡Galopa, caballo de pólvora!

(*) Ken Wilber, No Boundary: Eastern and Western Approaches to Personal Growth (La conciencia sin fronteras), 1979.


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