domingo, 23 de enero de 2022

Capitulo 3. Integración de la vida familiar y el trabajo

 

Descubrí la lupa de Sherlock Holmes.

No pudo ocurrir antes de que empezase a ser incapaz de ver mi teléfono móvil. Para leerlo, comenzaba necesito la luz de la mañana o la lupa de Sherlock. Podría haber puesto los caracteres de tamaño más grande pero eso me obligaba a hacer scroll constante y perderme en el movimiento horizontal. La lupa de Sherlock me daba otra vez acceso a mi whatsapp y a mi sistema de mensajería intertextual que me conectaba con el mundo, el presente, el pasado y el futuro.

Además, mi lupa portátil resonaba a filmes y fotografías de los antiguos taxis tirados por caballos -como los que Holmes tomaba cuando debía salir corriendo de su domicilio en el 221B de Baker Street- o vistas del Támesis envuelto en la neblina provocada por la contaminación industrial.

A través de este vidrio de lectura, los objetos de mi alrededor se convertían en tamaño descomunal. Tal visión pantagruélica me parecía voraz, glotona, casi excéntrica, como los ogros bonachones Gargantúa y Pantagruel.

Y es que François Rabelais, su autor, era médico y sacerdote, y comenzó a escribir libros con la sana intención de divertir y entretener a sus pacientes. Su éxito vino con polémica por su lenguaje y sus expresiones vulgares. Rabelais es conocido hoy como ateo y hereje por no respetar los buenos modales. Así me parece el mundo con mi lupa, que rebosa por los lados.

Empecé a ver detalles que antes no veía.

Por ejemplo, hace unos años que decidí trabajar de forma flexible y dejar un trabajo de 9 a 6pm con salario fijo a fin de mes. En esa decisión sabía que mis hijos, mis padres y mi pareja necesitaban más de mi tiempo. No quería perderme llevar a mis hijos al colegio por la mañana ni quería perderme las enfermedades de mi madre y de mi padre, y no me importaba perder las oportunidades de mi carrera profesional ni la capacidad de invertir en una vivienda y coche mejores.

En salidas a cenar fuera, a veces llenas de tensión, mi mujer me hacía preguntas raras que simbolizaban su sensación de no conocerme, de una distancia progresivamente creada en la que las personas no convergían cada día un poquito más, sino lo contrario.

Después de una jornada estresante de 10 horas no era fácil llegar a casa y entender y resolver los problemas con la mente abierta y llena de paciencia. Por el contrario, muchas veces había explosiones de violencia y verbalizaciones no siempre oportunas y alguno difíciles de olvidar.

Injustamente algunas iban a los niños, quienes en el fondo pedían atención, pero en la superficie se comportaban de forma molesta y desagradable. En lugar de sentarme en el suelo con ellos y escuchar sus caóticos sentimientos todavía en formación, a veces intentaba exponer lo que yo creía que debía de ser en forma de monólogo unidireccional.

La última década me ha permitido poner mi atención a todo esto y compatibilizarlo en el tiempo con mis labores profesionales. Cuando ha habido que salir a cenar y llegar tarde, yo he ido más tarde a trabajar. Cuando ha habido que acompasarse a las vacaciones escolares, yo he movido las fechas para que se alineasen.

Había relámpagos maravillosos de unión cuando bajábamos a la vez cuestas en monopatín, cuando paseábamos en bicicleta, cuando parábamos la bicicleta a ver pasar el tren y tomar un bocadillo, y cuando esperábamos en un aeropuerto antes de hacer un desconocido viaje.

No siempre se trata de cantidad de tiempo sino de la calidad del tiempo. El tiempo de calidad tiene que ver con pasar tiempo que haga sentir estar juntos, unidos en el sentido y en el destino. Es aquél que ayuda a aumentar la confianza, la complicidad y las ganas de seguir estando juntos. Trae riqueza al contacto, aunque se trate de un pequeño instante.

Se trata de conexión y de encuentro. Mi obsesión era generar encuentro cada día y sentir que se creaba un mundo nuevo en ese encuentro. Era bonito cuando aparecía una nueva existencia y de ésta salía ganas de adaptarse y cambiar. Quizás era la transformación lo que de verdad merecía la pena, y no solo el estrechamiento de lazos infinitos y eternos.

Cuando leíamos un cuento por la noche con Mateo y Manuel, yo sabía que ellos no lo recordarían conscientemente en el futuro, pero habría en algún rincón de su alma el recuerdo difuso de un instante de calidad con su padre. Vivíamos una situación de peligro del protagonista, o una emoción suya con el mundo, o una sensación de tener una mascota a través de la literatura. A menudo me preguntaba si en sus mentes había de verdad una diferencia entre el mundo de la literatura y el de fuera.

Los anglosajones dicen “happy wife, happy life”. Carl G. Jung escribía que el encuentro entre dos personas es como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se transforman. La pareja es el punto de unión con todos los demás, todos los encuentros pasan por y para ella. De todos los encuentros, es el esencial. Es el encuentro más intenso, la pareja siempre colabora con una palabra, una frase un gesto o un silencio. Con la pareja, yo me encuentro porque necesito encontrarme, necesito los dones de cada interacción.

Esa persona que es la pareja tenga la clasificación que tenga, es quien sin duda va a estar ahí en los buenos y en los malos momentos, en la salud y en la enfermedad y hasta el final de los días. Los amigos vienen y se van, incluso los hijos deben en algún momento echar a volar, los padres desgraciadamente se hacen mayores, pero la pareja permanece todo lo que es posible permanecer en la vida temporal.

Además, no tiene mucho sentido salir a cazar un jabalí y llegar a casa a comérselo uno solo; tiene sentido llegar a casa y compartir la caza con la familia y los seres queridos. Dar a los demás hace fuerte, mientras que recibir hace siervo y débil.

Yo a este necesario compartir quiero agregarle siempre una sonrisa, reírse mucho, hacer bromas sobre lo cotidiano y mucho sentido del humor.

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