Descubrí la lupa de Sherlock
Holmes.
No pudo ocurrir antes de que
empezase a ser incapaz de ver mi teléfono móvil. Para leerlo, comenzaba
necesito la luz de la mañana o la lupa de Sherlock. Podría haber puesto los
caracteres de tamaño más grande pero eso me obligaba a hacer scroll constante y
perderme en el movimiento horizontal. La lupa de Sherlock me daba otra vez acceso
a mi whatsapp y a mi sistema de mensajería intertextual que me conectaba con el
mundo, el presente, el pasado y el futuro.
Además, mi lupa portátil resonaba
a filmes y fotografías de los antiguos taxis tirados por caballos -como los que
Holmes tomaba cuando debía salir corriendo de su domicilio en el 221B de Baker
Street- o vistas del Támesis envuelto en la neblina provocada por la
contaminación industrial.
A través de este vidrio de
lectura, los objetos de mi alrededor se convertían en tamaño descomunal. Tal
visión pantagruélica me parecía voraz, glotona, casi excéntrica, como los ogros
bonachones Gargantúa y Pantagruel.
Y es que François Rabelais, su
autor, era médico y sacerdote, y comenzó a escribir libros con la sana intención
de divertir y entretener a sus pacientes. Su éxito vino con polémica por su
lenguaje y sus expresiones vulgares. Rabelais es conocido hoy como ateo y
hereje por no respetar los buenos modales. Así me parece el mundo con mi lupa,
que rebosa por los lados.
Empecé a ver detalles que antes
no veía.
Por ejemplo, hace unos años que
decidí trabajar de forma flexible y dejar un trabajo de 9 a 6pm con salario
fijo a fin de mes. En esa decisión sabía que mis hijos, mis padres y mi pareja
necesitaban más de mi tiempo. No quería perderme llevar a mis hijos al colegio
por la mañana ni quería perderme las enfermedades de mi madre y de mi padre, y
no me importaba perder las oportunidades de mi carrera profesional ni la
capacidad de invertir en una vivienda y coche mejores.
En salidas a cenar fuera, a veces llenas de tensión, mi mujer me hacía preguntas raras que simbolizaban su sensación de no conocerme, de una distancia progresivamente creada en la que las personas no convergían cada día un poquito más, sino lo contrario.
Después de una jornada estresante
de 10 horas no era fácil llegar a casa y entender y resolver los problemas con
la mente abierta y llena de paciencia. Por el contrario, muchas veces había
explosiones de violencia y verbalizaciones no siempre oportunas y alguno
difíciles de olvidar.
Injustamente algunas iban a los
niños, quienes en el fondo pedían atención, pero en la superficie se
comportaban de forma molesta y desagradable. En lugar de sentarme en el suelo
con ellos y escuchar sus caóticos sentimientos todavía en formación, a veces
intentaba exponer lo que yo creía que debía de ser en forma de monólogo
unidireccional.
La última década me ha permitido
poner mi atención a todo esto y compatibilizarlo en el tiempo con mis labores
profesionales. Cuando ha habido que salir a cenar y llegar tarde, yo he ido más
tarde a trabajar. Cuando ha habido que acompasarse a las vacaciones escolares,
yo he movido las fechas para que se alineasen.
Había relámpagos maravillosos de
unión cuando bajábamos a la vez cuestas en monopatín, cuando paseábamos en
bicicleta, cuando parábamos la bicicleta a ver pasar el tren y tomar un
bocadillo, y cuando esperábamos en un aeropuerto antes de hacer un desconocido
viaje.
No siempre se trata de cantidad
de tiempo sino de la calidad del tiempo. El tiempo de calidad tiene que ver con
pasar tiempo que haga sentir estar juntos, unidos en el sentido y en el
destino. Es aquél que ayuda a aumentar la confianza, la complicidad y las ganas
de seguir estando juntos. Trae riqueza al contacto, aunque se trate de un
pequeño instante.
Se trata de conexión y de
encuentro. Mi obsesión era generar encuentro cada día y sentir que se creaba un
mundo nuevo en ese encuentro. Era bonito cuando aparecía una nueva existencia y
de ésta salía ganas de adaptarse y cambiar. Quizás era la transformación lo que
de verdad merecía la pena, y no solo el estrechamiento de lazos infinitos y
eternos.
Cuando leíamos un cuento por la
noche con Mateo y Manuel, yo sabía que ellos no lo recordarían conscientemente
en el futuro, pero habría en algún rincón de su alma el recuerdo difuso de un
instante de calidad con su padre. Vivíamos una situación de peligro del
protagonista, o una emoción suya con el mundo, o una sensación de tener una
mascota a través de la literatura. A menudo me preguntaba si en sus mentes
había de verdad una diferencia entre el mundo de la literatura y el de fuera.
Los anglosajones dicen “happy
wife, happy life”. Carl G. Jung escribía que el encuentro entre dos personas es
como el contacto de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción, ambas se
transforman. La pareja es el punto de unión con todos los demás, todos los
encuentros pasan por y para ella. De todos los encuentros, es el esencial. Es
el encuentro más intenso, la pareja siempre colabora con una palabra, una frase
un gesto o un silencio. Con la pareja, yo me encuentro porque necesito
encontrarme, necesito los dones de cada interacción.
Esa persona que es la pareja
tenga la clasificación que tenga, es quien sin duda va a estar ahí en los
buenos y en los malos momentos, en la salud y en la enfermedad y hasta el final
de los días. Los amigos vienen y se van, incluso los hijos deben en algún
momento echar a volar, los padres desgraciadamente se hacen mayores, pero la
pareja permanece todo lo que es posible permanecer en la vida temporal.
Además, no tiene mucho sentido
salir a cazar un jabalí y llegar a casa a comérselo uno solo; tiene sentido
llegar a casa y compartir la caza con la familia y los seres queridos. Dar a
los demás hace fuerte, mientras que recibir hace siervo y débil.
Yo a este necesario compartir
quiero agregarle siempre una sonrisa, reírse mucho, hacer bromas sobre lo
cotidiano y mucho sentido del humor.
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