Mi vida sigue siendo un viaje, con un comienzo y un ir construyendo instante a instante situaciones acumulativas. Nunca tejiendo sin hilo, de forma que cada acción tiene una influencia en la siguiente. A veces, como en el juego del parchís, la ficha vuelve a la casilla de salida. Otras veces, como en el juego de la oca, he caído en la cárcel. No todo va hacia delante, sino a veces se estanca y otras va hacia atrás.
No me gusta mirarlo en el tiempo ni en el espacio, son
constructos que sirven en circunstancias, pero no para entender el viaje de la
vida. La vida no es lineal, lo que ha pasado antes no es la causa siempre de lo
que viene después, y lo que ocurre en un lugar es la consecuencia de lo que
ocurre en otro. Una mariposa aletea aquí, y un muro se derriba allá.
Ponerlo en palabras es un reto, porque, aunque veo una conexión
lógica, hay muchos de los episodios que pertenecen más al terreno de los milagros,
donde el tiempo, el espacio y la lógica hacen aguas, aunque no por eso pierden su
significado.
El antropólogo Joseph Campbell, después de analizar mitos del mundo, describe que todo viaje tiene una estructura común (*). Empieza por recibirse la llamada (algo en mí me dice que el camino va por allí) y sentir la resistencia (eso no es para mí, mejor me quedo en mi zona de comfort) hasta comprometerse.
Lleva a la iniciación, cruzando el límite de la no vuelta atrás, y a la búsqueda de guardianes, de aliados, de compañeros. El clímax implica encarar y
transformar a los demonios (esos monstruitos que se ponen en el camino), desarrollar el ser interior, desplegar nuevos
recursos y herramientas, para transformarse en mariposa y, finalmente, volver a casa con el regalo para compartirlo.
En mi caso hubo una llamada, tuve la suerte de ser expuesto
a ciertas experiencias que necesitaban una fuerza o vitalidad vital única. Además, como dice Eckart Tolle, la función del alma es despertar, que no he venido a este
mundo a dormir. También se dice que, a una cierta edad, si puedes, sé, y si no,
sigue actuando hasta que agonices de cansancio y aburrimiento.
Mi vida puede verse como una sucesión de crisis, visiones, y
retos de supervivencia, que precisamente han desembocado en crecimiento, y lo
siguen haciendo. Después de una pérdida, emana una fuerza vital que llama a la
recuperación. Tras una herida, algo quiere ser sanado.
Todo esto me viene con inspiración, con alegría y con pasión,
como cuando escucho a Beethoven y me inspira a entender sucesivas piezas
estéticas de la vida. Tener un hijo recién nacido en mis brazos me ha llevado a
querer irrevocablemente implantar mi poder arquetípico en la vida.
La llamada me viene siempre con esa mezcla orgásmica
explosiva, de sufrimiento y alegría entreverados, al contrario de los sueños
del ego para conseguir bienes o personas, utilizar y manipular, sueños que me
vienen con vacío y tristeza. El alma solo quiere despertar, sanar, conectar y
crear. Transcender, ser algo humildemente superior a ser normal.
Muchas veces me ha sonado a demasiado esfuerzo, a no saber, a
falta de sentir que estaba preparado, y me he resistido a escuchar los signos
de la vida. Familia, educación y sociedad han ayudado mucho a mi falta de
capacidad de aceptación del reto. Bajo la insignia de la prudencia, la lógica,
la gestión del riesgo, las expectativas y lo racional, se me ha transmitido que
irrealizable y yo he visto prudente aceptarlo. Los demás lo han visto
egocéntrico y yo me he creído mi falta de humildad.
Menos mal que la obstinación, como decía Hermann Hesse, la
creatividad y la ayuda del cuerpo somatizando, han trabajado a mi favor. Mi
cuerpo es sabio, y equivocarme de camino me ha hecho expresarme con un virus,
un hueso fracturado, o el asma. Este es un buen ejemplo, porque he podido verlo
como un hándicap, y también con agradecimiento, entre otros objetivos, me
concedió evitar mi vida militar. No fue mi elección, la vida eligió y mi cuerpo
lo canalizó posible.
Cruzar la barrera me ha abierto la puerta de nuevos
derroteros, desconocidos, inciertos, impredecibles y sombríos. Al otro lado de
la puerta, no hay zona de comfort, ahí es más difícil y doloroso.
Tener un hijo marca un punto de no retorno, es una decisión
de por vida. Y en lo demás ocurre algo muy parecido, tomar la decisión
significa quemar las naves y eliminar la posibilidad del retorno. Solamente
queda una dirección y un sentido para la marcha, y es hacia delante.
Al otro lado de la puerta, las herramientas desarrolladas
anteriormente, dejan de servir. Formas de reaccionar, modos de resolución de
problemas, respuestas verbales, movimientos corporales, etc… se vuelven
disfuncionales. La mente consciente se convierte en un saco de patatas inútil,
y hay que cimentar nuevos recursos, rescatarlos del desván de la sombra y el
inconsciente de la mente, y aceptar que vienen fuertes y funcionales, pero
nunca sin parálisis, confusión y tembleque.
Recuerdo esconderme en la esquina de un sótano y llorar ante
la imposibilidad de entender y poder reaccionar adecuadamente a la situación
absurda pero real que la vida me presentaba. Estaba erigiendo nuevos recursos
en mi vida, pero lo experimentaba con parálisis, confusión y tembleque.
Me es importante no hacer este camino solo, y rodearme de personas
que me recuerdan quién soy y para qué estoy aquí. Estas personas tienen experiencia
en los recursos que yo voy a necesitar, y me recuerdan que el viaje es posible,
que no hay límites ni miedos. Son amigos, pero también profesores, superiores y
mentores, y en algunos casos, gurús que me han enseñado herramientas básicas
como la meditación, o personajes históricos como Mahatma Gandi.
Me he encontrado con muchos bloqueos, y nunca ha sido mi
intención dominar ni destruir, sino como mi maestro Hector me enseñó, redirigir
la energía procedente de ellos con sutileza hasta cambiar la dirección de su
fuerza. Eso siempre ha implicado una transformación relacional, utilizando cada
pequeña acción para transformarme a mí mismo y al mundo.
No es posible hacer esto sin conciencia, sin saber quién soy
en cada momento, quién soy en esencia, pero, sobre todo, qué no soy ni nunca
podría ser. Dejar que el vacío se apodere de mi mente para que pueda hablar mi
intuición.
El orgasmo interesante de esta historia no es el final, por
el contrario, son esos pequeños tenues y aparentemente etéreos momentos en los
que han aparecido los bloqueos y se han lanzado transformaciones sustanciales.
Los bloqueos son externos reales, pero también internos y no
por eso menos reales. Tienen forma de energía o fenómeno, pero obligatoriamente
tienen algo en común, me dan miedo, me intimidan, y me producen ira,
frustración, culpa, vergüenza, tristeza o sufrimiento, o todo a la vez.
Lo que hace difícil de resolver el problema es que el
bloqueo es un espejo de mí mismo, y, aún con apariencia de crisis financiera,
relación tóxica con un jefe, accidente de tráfico o enfermedad corporal, me
enseña mi propia sombra, todos esos terroristas internos con los que convivo
con dificultad, mis padres, mi exmujer o mi sensación de abandono.
Como siempre hay transformación, ha sido muy importante
poder compartirla como profesor. He encontrado esa vocación o esa necesidad de
transmitir a los demás mi viaje, y la oportunidad de aprender de los demás, más
que de mí mismo.
Esta es la dinámica de mi vida. Me gusta vivir, salir,
viajar, experimentar, exponerme, equivocarme, tener algunos éxitos y muchos
fracasos, a la vez que todas esas experiencias ganadas necesitan digerirse en
mí, y no tengo mejor digestión que compartirlas con los demás. Se dice que al
cielo se entra en pareja, no solo.
Exijo compartirlo con todos. Primero con mi familia, aunque
paradójicamente éste es el reto más delicado, porque nadie es líder en su propia
tierra. Luego, con mis amigos y personas que confían en mí en los momentos espinosos
de sus vidas, y a las que dedico tiempo y devoción a acompañar en su camino. “Nunca
el juglar de la tierra tañe bien a fiesta”
“Nadie es profeta en su tierra” es un refrán de origen
bíblico que implica la urgencia de abandonar el propio hogar y mi tierra para
alcanzar algo. No soy excepción en haber intentado, dentro de mi propio
entorno, aconsejar en función del bien común, y no he sido valorado por mi
comunidad, no he alcanzado a reunir los medios para ser escuchado ni entendido.
De esta suerte, he emprendido camino fuera de mi lugar de
origen, como según el evangelio de San Lucas, Jesús de Nazaret viajó 40 días en
el desierto, para después regresar y anunciar el cumplimiento de las
escrituras. Quienes bien le conocían, lo tomaron como una herejía y lo llevaron
afuera para tirarlo al despeñadero. Él escapó de entre la multitud enardecida,
y a partir de ahí, salió a predicar y sanar enfermos a Cafarnaúm, donde, allí
lejos, sí fue escuchado y respetado.
También comparto mi experiencia en mis clases como profesor,
donde, aunque tradicionalmente se pide un ámbito de comunicación
unidireccional, en realidad es más que bidireccional, yo les transmito y ellos
reciben, pero no se puede dar sin recibir, ellos me dan por lo menos tanto como
reciben, y yo aprendo, como mínimo tanto como enseño.
Existe una Verdad con mayúscula, pero la vida es un camino,
y esta Verdad toma diferentes formas a lo largo de la vereda. Lo que es verdad
en un periodo, deja de serlo en otro. Por esto, enseñar no puede ser
unidireccional, es escuchar activamente y percibir en qué momento de su vereda
está cada persona en cada momento, para compartir la Verdad absoluta, pero en
la forma de la verdad del momento.
Por ejemplo, en un acompañamiento de pareja, es cierto que
tener conflictos con otra persona es una oportunidad de sanación, que se aprende
mucho de uno mismo, que cada uno de esos conflictos son oportunidades de sacar
de la sombra lo que uno proyecta, hacerlo consciente y empujarlo por el camino
de la sanación.
Esto es Verdad, pero deja de ser verdad en otro momento del
camino. Puede suceder que deje de haber conflicto, que la unión de pareja ya
esté basada en el propósito conjunto de encontrar la Verdad, y que ya haya un
caminar con el paso acompasado. Allí, el conflicto ya no es una oportunidad porque
ya no tiene lugar.
El viaje supone aceptar que todos tenemos una historia que
merece la pena ser vivida, y esto se da cuando además de una historia hay un
proyecto, un propósito, un sentido, una aventura. Y no es un proyecto mío, sino
un proyecto que la vida tiene para mí, y que ilumina un itinerario, un camino
de crecimiento.
Como decía Teresa de Avila en “Las Moradas”, el camino tiene
periodos de sequedad, un sentirse perdido que aparece en los inicios, pero
también más tarde y en todo momento. La sensación es de no saber, no tener
motivación a pesar de haber vivido momentos de efervescencia y de mucho
enamoramiento.
En el camino hay sequedad, y es importante no perderse,
pedir ayuda y dejarse ayudar. Vivir de las rentas, de un gusto del pasado no es
suficiente para continuar. Caminar con los demás es un signo de madurez. Como
el otoño y el invierno, que parecen oscuridad preparan para la primavera
posterior luminosa.
El mayor obstáculo es la inconstancia. Sin aliciente fuerte,
no es fácil perseverar. Sin fruto muy inmediato, es difícil encontrar la
motivación para seguir. Volver a empezar y no rendirse es cuestión de vocación,
eso explica la idea de que vivir me capta, me hace sentir bien, me hace
respirar hondo. Sobre todo, a mí, caminar, conversar y meditar me ayudan a
manejar estas infidelidades.
(*) The hero´s journey: A voyage of self
discovery, by Stephen Gilligan and Robert Dilts.
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