domingo, 23 de enero de 2022

Capítulo 8. Sobre el ayuno

Mi primera experiencia de ayuno fue durante el mes de Ramadán en el Líbano. No lo hice por motivos religiosos sino con objeto de integrarme socialmente, para mimetizarme con el entorno. Donde fueres, haz lo que vieres. Yo entendía el ayuno musulmán como un deber espiritual con Dios, una especie de sacrificio de no comer ni beber durante un periodo de tiempo para probar el amor y la lealtad hacia él, un sufrimiento, en definitiva.

Lo que me encontré fue que el ayuno es mucho más que quitarse uno mismo algo, sino hacer espacio para otra cosa. Me pareció muy interesante que el primer día fui invitado a celebrar con una familia conocida. El Ramadán consiste en no beber, comer ni practicar sexo desde la salida del sol a la puesta de sol durante 28 días consecutivos. En la puesta de sol, ocurre una gran celebración, normalmente con la familia extendida, tradicionalmente asan un cordero y se celebra emotivamente el fin del día.

Muchas veces he oído criticar que no tiene sentido ayunar si luego se compensa comiendo con opulencia. Ante mi sorpresa no fue así, después de un largo día de ayuno, el cuerpo, la mente y el alma están alineados, equilibrados, en orden, y no hay demasiadas ganas de comer con glotonería. Se come, se disfruta y se unen las familias, pero no con gula.

La segunda experiencia fue en una isla de Tailandia, con arena blanca y mar verde lleno de gambas nadando. Era un programa de ayuno, de “détox cleansing”, de unos días, con una preparación de dieta tres días antes y tres días después. En aquel entorno paradisiaco, era patente que física y mentalmente todo aquello me estaba haciendo mucho bien. Recuerdo haber dado una vuelta a la isla nadando, quizás tres horas en el mar, con energía, sin cansarme. Recuerdo mi mente lúcida y pacífica.

El ayuno ha sido una práctica religiosa y científica desde hace muchos siglos. Su fundamento es la acumulación de reservas de combustible en forma de lípidos en el tejido adiposo para cubrir las necesidades energéticas del organismo.

Los beneficios del ayuno desde un punto de vista científico se explican mediante dos procesos metabólicos del cuerpo, la autofagia (“autophagy”), el proceso de limpieza celular, y la lipolisis (“lipolysis”), el proceso de quemado de grasas.

La práctica del ayuno tiene que ver con buscar los beneficios de la ketosis nutricional, que es un estado metabólico natural y saludable en el que el cuerpo utiliza grasa y ketones como su fuente primaria de energía. Esto interrumpe el cuerpo como máquina de consumir azúcares y lo convierte en una máquina de quemar grasa.

Tiene efectos neurológicos que benefician el cerebro y ayudan al cuerpo a estar más joven. En situaciones de baja disponibilidad calórica, los mamíferos tienden a reducir el tamaño de los órganos, con dos excepciones, el cerebro y los testículos. La función reproductiva debe preservarse para propagar la especie, pero las funciones cognitivas también deben ser preservadas. De hecho, el hambre hace experimentar claridad mental, que se traduce en foco, energía y productividad. Los sentidos están superalerta y afilados como una aguja. El cuerpo físicamente ágil.

Incluso el lenguaje lo revela, cuando decimos que estamos hambrientos de acción, queremos decir que estamos alertas y listos para la acción. Medidas científicas demuestran que el ayuno no disminuye el foco de atención, ni la atención sostenida, ni el tiempo de reacción ni la memoria, ni el sueño ni el estado de ánimo. Justo lo contrario que produce una cena de Navidad que incluye tres platos, vino y una buena dosis de azúcares, donde el único reto que es capaz de llevar a cabo la mente es sentarse en el sofá.

Aparentemente, se segrega una proteína, BDNF, brain derived neurotrophic factor, que favorece el desarrollo de las neuronas y es responsable de la memoria a largo plazo. Por eso es posible que tenga beneficios frente al Alzheimer, Parkinson o Huntington. Se puede medir un aumento de la actividad eléctrica y sináptica del cerebro.

También es un potente antiinflamatorio y mejora la producción de hormonas, aumentando la sensibilidad a la insulina en sangre. También disminuye la leptina en el cuerpo, sustancia que tiene por objeto reducir el apetito, sin embargo, los individuos obesos muestran resistencia a la leptina y aunque posean elevados niveles de leptina en su organismo fallan al momento de controlar y modular su peso.

La autofagia (“autofaghy”) fue acuñada por Christian de Duve, Premio Nobel. Las células están programadas para suicidarse cuando llegan a una cierta edad, asegurando así la buena salud general. Cuando una célula debe ser reemplazada, aparece el proceso de autofagia, es decir, la célula se come a sí misma en momentos de disminución calórica. El proceso de renovación solamente empieza cuando las partes celulares han sido limpiadas, así el cuerpo se renueva.

Así es como funciona. Las tres fuentes de energía del cuerpo humano son los nutrientes ingeridos directamente, el glicógeno, que es la primera forma que tiene el cuerpo de acumular energía, es el combustible de los esfuerzos intensos, almacenado en los músculos y en el hígado; tiene que haber disponibilidad de oxígeno para que el glicógeno se pueda convertir en energía, y finalmente la grasa.

Con tan solo 3 gramos del aminoácido leucina, el proceso de autofagia se suspende. El cuerpo tiene unos sensores de disponibilidad de nutrientes, el rapamycin (mTOR). Este sensor no detecta la disponibilidad de energía acumulada en el cuerpo, ni el glicógeno del hígado ni la grasa corporal, solo detecta la entrada de nutrientes a corto plazo.

Cuando consumimos carbohidratos o proteínas, se segrega insulina y se activa el mTOR, suspendiendo la autofagia. Cuando no consumimos, las células más antiguas son eliminadas y los restos de aminoácidos se envían al hígado donde se crea glucosa en la gluconeogénesis.

La producción de hormonas se da según los ritmos circadianos, es decir, con ciclos de 24 horas.

Aparentemente, el hambre tiene también un ritmo circadiano, poco por la mañana, más a lo largo del día. La hormona del hambre se llama Ghrelin y tiene un pico máximo a las 8pm, según nuestra genética. Curiosamente, en ayunos prolongados, el Ghrelin deja de producirse después del segundo día. La dieta Mediterránea es la más apropiada, donde la mayor comida del día es entre las 12 y las 3pm, con una cena suave.

Los económicos del ayuno son los siguientes. En un ayuno de 14 días se pierden 300 gramos diarios de peso. Cada día se consume alrededor de 2000 calorías, es decir, que un kilo de grasa contiene unas 7000 calorías.

A nivel espiritual, es una limpieza del alma. Moisés y Jesús ayunaron durante 40 días y tuvieron la visión. Si nuestros cuerpos son el templo de Dios, eliminando las toxinas, permitimos la detoxificación del espíritu. El ayuno crea la atmosfera perfecta para transformar las circunstancias de limitaciones, caos o miedos en abundancia y paz. No suele funcionar para situaciones de ego o recompensas terrenales, pero no hay duda de que las recompensas psíquicas y terapéuticas vienen.

Es una práctica de autoconocimiento muy alineada con situaciones de luto, búsqueda de un sentido de propósito y dirección, lucha con una importante decisión vital, tratamiento de adicción o crisis o un tratamiento holístico saludable.

De Hildegard von Bingen hemos heredado la práctica. Es una monja benedictina nacida en 1098 que aboga por la moderación como filosofía. Para ella, el ayuno es una forma de mantener equilibrio y moderación delante de la abundancia y nuestras debilidades naturales por los excesos. Para ella, es una decisión consciente de limpiar el cuerpo de las toxinas que comemos, respiramos y aplicamos a nuestra piel, no solo eso, un desarrollo de la conciencia de nuestras relaciones con nuestro entorno, nuestro cuerpo y nuestra alma.

Es también intencional, es bueno escribir su propósito y objetivos. Por eso el ayuno es una práctica de conciencia, que debe permitir mucho descanso y relajación, incluir lectura, meditación, mayor tiempo de dormir, paz, soledad y tiempo en la naturaleza.

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