sábado, 29 de enero de 2022

El Ser, la Realidad Ultima y lo Divino

Según Pitágoras, ¿Por qué está el hombre en la tierra? Para contemplar el cielo. Muchas veces yo estoy en la tierra para buscar amor, riqueza, poder, crecimiento económico o dejar una huella en el tiempo, más tengo momentos lúcidos en los que me sé en la tierra para contemplar el cielo.

La vida me vuelve a recordar la diferencia entre las ilusiones y la verdad. En mi día a día había algo que yo creía que era esencial y permanente, una pequeña ventanita al aquí y ahora, a la eternidad. Y era toda una alucinación, un constructo artificial basado en lo que yo quería ver, más no estaba ahí. Era un bastión del ego que se desquebraja como castillo de cartón piedra.

El mundo que veo, en realidad, es como yo lo quiero ver. Es la proyección que mi mente hace de mis deseos y pensamientos. Es importante entenderlo desde este punto de vista, porque es el testimonio de mi estado mental. Cuando veo un desastre, en realidad veo culpa en mi y condenación. Cuando veo esperanza, veo mi camino hacia la salvación.

Por otro lado, si el mundo que veo no me gusta, no tiene sentido cambiarlo, tiene sentido cambiar mi propia percepción. Una vez interiorizado este argumento, tengo claro que yo solo puedo portar mis propias mochilas, y no las de los demás. Mi mochila es analizar lo que veo, identificar las emociones positivas y negativas, para digerirlas con ecuanimidad. Todas las demás mochilas no son mías, como mucho yo intento acompañar y dar palabras de aliento a los que, a mi alrededor, portar mochilas con mucho peso, pero no son mis problemas, son los de los demás.

Voy de ilusión a desilusión, y de desilusión a ilusión, en ciclo continuo, y parece que necesito a cada una de ellas para escaparme de la angustia que la otra origina. Pero me estoy fijando un poco más, y son lo mismo, tanto ilusión como desilusión tienen en común que ambas contribuyen con el mismo sinfín de sufrimiento.

Lo opuesto a las ilusiones no es la desilusión sino la verdad. Entiendo la felicidad como el momento con menos sufrimiento del bucle continuo, más todo lo que parece felicidad y no es duradero, es realmente miedo, en este caso miedo a la escasez, a estar solo, a no ser suficiente. No es felicidad.

La salud psíquica, según Freud, consiste en ser capaz de amar y trabajar, si tienes esa salud psíquica ya estás a salvo del infortunio neurótico, el que viene de tu interior, solamente expuesto a la desdicha ordinaria, la que te viene del exterior.

Un ente es el samsara y otro es el nirvana. Solo hay dos entes, yo y lo que es solo una ilusión de mí. Por un lado, está mi ser vacío, y por otro puedo estar imaginándome participando en una bacanal con once mil vírgenes. Esta dualidad es una idea un poco absurda, como si los pensamientos pudiesen abandonar la mente del pensador, ser diferentes y oponerse. Si así fuera, los pensamientos no serían extensiones de la mente, sino sus enemigos.

Cuando me doy cuenta de esto, nada que haya yo inventado puede tener poder alguno sobre mí. Una frustración en la bacanal con las once mil vírgenes no puede significar frustración una vez que despierto y dejo de imaginar. Por extensión, nada que tenga que ver con el mundo externo que veo puede influirme, solamente lo interior, lo estrictamente real y permanente de mi ser.

No dejo que el pasado, que ya ha dejado de existir, me interfiera. Cuando viajo, trato de aligerar mi equipaje arrancando las páginas de los libros a medida que los voy leyendo.

Cuando me pregunto si existe algo permanente en medio de tanto efímero, mi intuición me dicta que algo reluce desde el círculo radiante e infinito que se extiende eternamente, y es el aquí y ahora eterno. Ese algo descansa sereno en el tiempo, más está más allá de él. Es el ser inmortal y está en la tierra. ¡Qué grande es el poder que en él reside!

Si voy a describir el ser que reluce, debe ser una Voluntad que está por encima del tiempo, que hace que el mundo sea lo que ella disponga. El destino y la libertad juntos.

En caso de que nada de lo que yo imagine tenga consistencia ni poder sobre mí, es necesario asumir que sí lo tiene el Ser, lo que entrena mi mente a pasar por alto todos los objetivos triviales e insensatos, y a recordar que el Ser es mi objetivo. Dejaría los juegos y baratijas que el mundo me regala para dejar paso a la paz y la felicidad.

Intuyo la noción de un poder más transcendente que la mente mortal, que puede lo que yo no puedo. No me creo sus nombres ni tampoco doctrinas o dogmas, pero sí el principio espiritual, y también que esta creencia me ayuda a sanar del bucle ilusión-desilusión.

Dado que hay problemas que yo solo no puedo solucionar, porque no puedo pararlo ni tengo control sobre ello, y necesitan solución, una más grande de lo que yo soy, busco una cura milagrosa, y creo que es posible. Si hubiera podido yo solo, ya lo habría hecho. El hecho de creer que el milagro es posible ya es como asfaltar el camino a que ocurra y pueda experimentarlo.

Lo acepto, no puedo yo solo, es una compulsión como la de comer de forma excesiva. He luchado, pero ahora es el momento de rendirme, consentir, como dice Ionesco. No puedo negar que tengo la impresión de que simplemente rendirme es una locura, me quedaría completamente fuera de control. El mantra es “Yo no puedo, pero lo Divino puede”. Consiento, cedo, desisto a la Realidad Ultima.

Para que emane lo Divino, necesito desasirme, aunque tiendo a aferrarme a todo, trato de retener el mundo entero en mis manos. Te lo ordeno, suelta las llanuras, suelta las montañas, como si todo fuera polvo.

A course in weight loss: 21 spiritual lessons for surrendering your weight forever / Marianne Williamson, HAY HOUSE, INC., 2010

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