Según Pitágoras, ¿Por qué está el hombre en la tierra? Para contemplar el cielo. Muchas veces yo estoy en la tierra para buscar amor, riqueza, poder, crecimiento económico o dejar una huella en el tiempo, más tengo momentos lúcidos en los que me sé en la tierra para contemplar el cielo.
La vida me vuelve a recordar la diferencia entre las
ilusiones y la verdad. En mi día a día había algo que yo creía que era esencial
y permanente, una pequeña ventanita al aquí y ahora, a la eternidad. Y era toda
una alucinación, un constructo artificial basado en lo que yo quería ver, más
no estaba ahí. Era un bastión del ego que se desquebraja como castillo de
cartón piedra.
El mundo que veo, en realidad, es como yo lo quiero ver. Es
la proyección que mi mente hace de mis deseos y pensamientos. Es importante entenderlo
desde este punto de vista, porque es el testimonio de mi estado mental. Cuando
veo un desastre, en realidad veo culpa en mi y condenación. Cuando veo esperanza,
veo mi camino hacia la salvación.
Por otro lado, si el mundo que veo no me gusta, no tiene
sentido cambiarlo, tiene sentido cambiar mi propia percepción. Una vez
interiorizado este argumento, tengo claro que yo solo puedo portar mis propias
mochilas, y no las de los demás. Mi mochila es analizar lo que veo, identificar
las emociones positivas y negativas, para digerirlas con ecuanimidad. Todas las
demás mochilas no son mías, como mucho yo intento acompañar y dar palabras de
aliento a los que, a mi alrededor, portar mochilas con mucho peso, pero no son
mis problemas, son los de los demás.
Voy de ilusión a desilusión, y de desilusión a ilusión, en
ciclo continuo, y parece que necesito a cada una de ellas para escaparme de la angustia que la otra origina. Pero me
estoy fijando un poco más, y son lo mismo, tanto ilusión como desilusión tienen
en común que ambas contribuyen con el
mismo sinfín de sufrimiento.
Lo opuesto a las ilusiones no es la desilusión sino la verdad.
Entiendo la felicidad como el momento con menos sufrimiento del bucle continuo,
más todo lo que parece felicidad y no es duradero, es realmente miedo, en este
caso miedo a la escasez, a estar solo, a no ser suficiente. No es felicidad.
La salud psíquica, según Freud, consiste en ser capaz de
amar y trabajar, si tienes esa salud psíquica ya estás a salvo del infortunio
neurótico, el que viene de tu interior, solamente expuesto a la desdicha
ordinaria, la que te viene del exterior.
Un ente es el samsara y otro es el nirvana. Solo hay dos entes,
yo y lo que es solo una ilusión de mí. Por un lado, está mi ser vacío, y por
otro puedo estar imaginándome participando en una bacanal con once mil
vírgenes. Esta dualidad es una idea un poco absurda, como si los pensamientos
pudiesen abandonar la mente del pensador, ser diferentes y oponerse. Si así
fuera, los pensamientos no serían
extensiones de la mente, sino sus enemigos.
Cuando me doy cuenta
de esto, nada que haya yo inventado puede tener poder alguno sobre mí. Una frustración
en la bacanal con las once mil vírgenes no puede significar frustración una vez
que despierto y dejo de imaginar. Por extensión, nada que tenga que ver con el
mundo externo que veo puede influirme, solamente lo interior, lo estrictamente
real y permanente de mi ser.
No dejo que el pasado,
que ya ha dejado de existir, me interfiera. Cuando viajo, trato de aligerar mi
equipaje arrancando las páginas de los libros a medida que los voy leyendo.
Cuando me pregunto si existe algo permanente en medio de
tanto efímero, mi intuición me dicta que algo reluce desde el círculo radiante
e infinito que se extiende eternamente, y es el aquí y ahora eterno. Ese algo descansa
sereno en el tiempo, más está más allá de él. Es el ser inmortal y está en la
tierra. ¡Qué grande es el poder que en él reside!
Si voy a describir el ser que reluce, debe ser una Voluntad
que está por encima del tiempo, que hace que el mundo sea lo que ella disponga.
El destino y la libertad juntos.
En caso de que nada de lo que yo imagine tenga consistencia
ni poder sobre mí, es necesario asumir que sí lo tiene el Ser, lo que entrena mi
mente a pasar por alto todos los objetivos triviales e insensatos, y a recordar
que el Ser es mi objetivo. Dejaría los juegos y baratijas que el mundo me
regala para dejar paso a la paz y la felicidad.
Intuyo la noción de un poder más transcendente que la mente
mortal, que puede lo que yo no puedo. No me creo sus nombres ni tampoco
doctrinas o dogmas, pero sí el principio espiritual, y también que esta
creencia me ayuda a sanar del bucle ilusión-desilusión.
Dado que hay problemas que yo solo no puedo solucionar, porque
no puedo pararlo ni tengo control sobre ello, y necesitan solución, una más
grande de lo que yo soy, busco una cura milagrosa, y creo que es posible. Si
hubiera podido yo solo, ya lo habría hecho. El hecho de creer que el milagro es
posible ya es como asfaltar el camino a que ocurra y pueda experimentarlo.
Lo acepto, no puedo yo solo, es una compulsión como la de comer de forma excesiva. He luchado, pero ahora es el momento de rendirme, consentir, como dice Ionesco. No puedo negar que tengo la impresión de que simplemente rendirme es una locura, me quedaría completamente fuera de control. El mantra es “Yo no puedo, pero lo Divino puede”. Consiento, cedo, desisto a la Realidad Ultima.
Para que emane lo Divino, necesito desasirme, aunque tiendo
a aferrarme a todo, trato de retener el mundo entero en mis manos. Te lo ordeno,
suelta las llanuras, suelta las montañas, como si todo fuera polvo.
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Marianne Williamson, HAY HOUSE, INC., 2010
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