jueves, 11 de noviembre de 2021

La indefensión

Estamos viviendo una miríada de cambios profundos en la sociedad en la que vivimos. Uno de los más visuales es entender el siglo XX como un siglo de extrovertidos para extrovertidos, y el siglo XXI un siglo de introvertidos para introvertidos.

Yo estoy viviendo cambios profundos en mi vida. Uno de los más visuales es el cambio de extrovertido a más introvertido. Donde mi foco antes estaba en el exterior, creyendo sin dudar la existencia fehaciente de un mundo fuere de mí, ahora, por la pandemia o por la madurez, el foco empieza a mudar al mundo interior.

Ahí, la importancia básica es mi maestro interior, la experiencia dentro de uno mismo, sobre la creencia básica de que el mundo exterior es solo un conjunto de partículas y ondas electromagnéticas, y la realidad la construye la percepción del ser viviente. 

Esa percepción procesa los impulsos recibidos y los convierte en formas y emociones. Si yo veo algo, soy yo quien construyo la emoción de alegría, y ese algo sin la emoción que yo le pongo es nada.

Mis emociones parecen venir de fuera, sin embargo, son creadas por la percepción de la mente, en base a experiencias anteriores, proyecciones futuras, creencias sociales, valores educativos… De esta forma, toda emoción es una quimera, una invención, una construcción de la mente racional.

Por ejemplo, ayer mi mente decidió construir un ataque. Yo podía ver claro que una persona externa a mí me estaba atacando, y mi reacción era una incomoda posición de necesidad de defenderme, de devolver el ataque, de alejarme de esa persona, de bloqueo hacia su acción.

Mi posición de defensa era dolorosa. ¿Por qué esa persona sin razón aparente querría hacerme sentir molesto? ¿De dónde venía toda esa injusticia? ¿Por qué yo debía reatacar para mantener mi dignidad, mi Ego y mi autoestima?

Desde la perspectiva de un mundo interior, todo esto es muy diferente. Lo único evidente en esa situación es que yo estaba experimentando una emoción desagradable de ser atacado. No es fuera, es siempre de dentro, como decía mi amigo Héctor.

Era yo que estaba construyendo en mi mente el ataque, a pesar de percibirlo que venía desde fuera. Seguramente, yo construía ese ataque porque mi niño interior herido percibió alguna vez ataque durante el embarazo o la infancia, y mis neuronas quedaron así entrelazadas de forma que ya siempre repito esa sensación de ser atacado, cuando ya no existe ese ataque.

Los mastines españoles son perros grandes, cariñosos, leales a su dueño, de mirada amable y comportamiento juguetón. Sin embargo, la práctica en los pueblos es pegarles de pequeños, maltratarles y racionarles comida y agua. Estos perros maltratados mutan su comportamiento en bestias agresivas. Son capaces de percibir atacantes y reaccionar muy violentamente, destrozando cualquier víctima. Son muy peligrosos, hoy ilegal la práctica.

A través de mi niño interior maltratado, el tigre que llevo dentro me ataca cada cierto tiempo, y yo vivo una parte de mi existencia defendiéndome de mi tigre. Y agrediéndole de vuelta. Es agotador vivir en esa lucha incesante, en un círculo vicioso de culpa, víctima, percepción de ataque, defensa, ataque, culpa…

De pronto, tengo un momento en el que me siento culpable, y ello me parece insostenible, así que decido inconscientemente victimizarme y proyectar la carga sobre otra persona que esté cerca. No hay mejor defensa que un buen ataque. Y así, refuerzo la sensación de culpa, y convierto el momento en una rueda sin fin.

Sin embargo, desde mi maestro interior, se que nadie me ha atacado, y que solo en el convencimiento profundo de que el ataque que percibo ahora nunca existió, soy capaz de perdonar al prójimo. Perdonar en el sentido más básico de la palabra, significando convencido de que no ha existido ataque real.

Perdonando ese comportamiento y esa persona, se produce el milagro de hacer desaparecer el ataque. Es una experiencia intensa, en la que es posible pasar de un claro ataque a olvidar completamente la emoción. En un momento de ecuanimidad, dejo de reaccionar negativamente ante algo externo, una vez disuadido de que está solo en mis sueños, en mi imaginación.

Ayer percibí un ataque muy doloroso, al que pude quebrar la reacción emocional en mi mente. En relación causa efecto, ataque lleva a reacción emocional, y ésta es una casi ley, muy importante de romper.

Una vez reducido el enemigo, el ataque, apareció otra persona con armas contra mí. Según iba reduciendo, los enemigos iban creciendo. De uno en uno, como puestos en fila.

Como en una película de Bruce Lee, no tenía brazos ni piernas suficientes como para bloquear los sucesivos ataques recibidos. La sensación era más parecida a una película de ciencia ficción, incluso de miedo.

Muchas horas después, la tormenta fue convirtiéndose en cielo azul y paz. Después de la tormenta siempre escampa. La sensación era de dicha, felicidad y paz. El viaje a través de la sombra veía ya luz al final del túnel.

La paz resultante se llamaba indefensión. Ya no necesita defenderme de nada, porque ya no había nada que me estuviese atacando. Mi tigre se había echado a dormir agotado.

En mi paz, todas las personas a las que había conseguido perdonar, se me imaginaban hermosos. Nada podía yo valorar tanto ni tener en tanta estima. No había comparación con la pesadilla anterior. Los gigantes volvían a ser molinos, y esta vez soleados y bellos. Mi corazón cantaba de alegría. El mundo real era resplandeciente, puro y nuevo.

La cocina había quedado hecha un caos después de cocinar, pero el detergente y el proceso la habían retornado resplandeciente y bien oliente. La belleza brota conforme contemplo el mundo con los ojos del perdón. Las quimeras que había tergiversado mi percepción habían quedado, por lo menos temporalmente, eliminadas. Ya no me sentía anclado al pasado.

Perdonar no es otra cosa que recordar únicamente los pensamientos amorosos que di en el pasado, y aquellos que se me dieron a mí. Todo lo demás debe olvidarse. Al final, me llevaré solo eso, el karma, mis pensamientos amorosos y el impacto de mis acciones.

Traigo tenebrosas figuras de mi pasado. Las traigo y las oigo. Si las conservo es porque así lo elijo, no puedo entender de dónde llegaron ni cuál es su propósito, solo sé que representa el mal que creo que se me infligió. Las traigo solo para poder devolver mal por mal, con la esperanza de pensar que otro es culpable sin que ello me afecte a mí. Esas tenebrosas figuras hablan de venganza.

Es malvado, porque todo lo que me recuerda resentimientos pasados me atrae, y me parece que es amor. Por eso esas relaciones así formadas son más corporales que espirituales, porque en realidad, la relación no se entabla con la persona que parece, sino con otra que en el pasado generó los percibidos maltratos.

Esa relación no se forja con otra persona, sino precisamente para excluirla, pues la relación es con unos sueños inexistentes. En la unión con esas fantasías se goza de una dicha ininterrumpida. El perdón deja solamente los pensamientos amorosos, y con ello, transforma el pasado en presente.

En mi indefensión radica mi seguridad. En mi indefensión soy fuerte, y descubro lo que mis defensas ocultan. El propósito de todas mis defensas es impedir que reciba el regalo que para mí hay hoy.

Las Artes Marciales me han enseñado que la indefensión nunca puede ser atacada, porque reconoce una fuerza tan inmensa, que ante ella el ataque es absurdo, un juego tonto de un niño cansado, cuando tiene tanto sueño que ya ni se acuerda de lo que quiere.

Mahatma Gandhi, el fundador del movimiento de la no violencia decía “Existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir, pero ninguna por la cual esté dispuesto a matar”, y en esa frase se basa toda su filosofía.

Más allá de los sueños, reconozco que no necesito defensas, soy inexpugnable, el ataque no tiene sentido alguno. La indefensión me protege. En mi luz soy invulnerable.

A veces pienso que mostrarme indefenso es como estar en el hogar de mi infancia. En mi hay un niño interior que anda buscando la casa de su padre, sabiéndose un extraño fuera de ella. En ella, no se juzga, no se ataca y solo se ama incondicionalmente, sin tener que hacer méritos, solo por haber nacido en ella. Tan solo pide unos segundos de respiro, un intervalo en el que pueda volver a respirar el aire de la casa.

Ese niño necesita mi protección. Su vocecilla es una llamada de auxilio ahogada en los estridentes sonidos y destemplados ruidos del mundo.

Yo no le voy a fallar. Ese niño es mi indefensión, mi fortaleza. El confía en mí.

Él es un niño pequeño, y yo he podido aprender de él cuán fuerte es aquel que viene sin defensas, ofreciendo amor a sus enemigos. Acepto su indefensión a cambio de todas las armas bélicas que mi mente ha construido. Voy a volver a casa con él y gozar de paz por un rato.

Nos vamos a sentar a la mesa y voy a ponerle un plato a él simbólicamente.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Somos uno

 

Hay veces que las distancias desaparecen y me siento uno con la naturaleza, con otra persona o incluso con la humanidad entera. ¿Qué tipo de sentimiento es ese?

En lugar de reconocer que mi yo acaba donde acaba mi piel, parece que se extiende y lo hace hasta el infinito. Así, lo que es bueno para mí y lo que es bueno para mi no-yo es lo mismo.

No existe separación, todos formamos parte de una misma Entidad. Desde los presocráticos griegos sabemos que todo empezó en un momento que no había espacio ni tiempo, un punto en el que no había diferencias, todo era lo mismo, todos estábamos allí juntitos. El Big Bang hizo que ese punto se expandiera y apareció el mundo, cada vez extendiéndose más en el espacio.

Desde entonces la vida ocurre a forma de dialéctica, dos fuerzas opuestas que encuentran su equilibrio. Por un lado, la expansión del Universo y creación del mundo. Por otro lado, la vuelta a casa, al encuentro en la Unidad. Así, nuestra mente tiene dos capacidades, una que ve la diferencia, la racionalidad, y otra que ve la unidad, la intuición.

Por eso, cuando alguien sufre, sufrimos todos. No es el concepto de empatía, a través del cual yo puedo ponerme en los zapatos de otra persona y sentir como él. Es otro concepto más extremo, por el cual yo soy la otra persona, la otra persona es yo, y todos pertenecemos a una misma única unidad.

De forma parecida, cuando yo tengo pensamientos, los tiene el otro. Y cuando el otro tiene un pensamiento, lo tenemos todos. No es posible hablar del pensamiento privado, sino que solo hay un pensamiento del que participamos todos.

Cuando alguien está en paz y es feliz, esa felicidad también repercute sobre la gran familia. Cuando alguien es amado, también los beneficios repercuten potencialmente en todos nosotros. Maltrata al prójimo y te estarás maltratando a ti mismo; ama al prójimo y te estarás amando a ti mismo.

Como dice la sabiduría popular, “haz bien y no mires a quien”, “los humanos y los árboles somos hijos de la misma tierra”, “no hagas a los demás aquello que no quieras que te hagan a ti” o “trata al otro como tú quieres ser tratado”.

En Filosofía, hablamos de Panteísmo como símbolo de una Gran Madre en cuyo seno están contenidas todas las cosas, de la que todas las cosas emanan y hacia la que retornan, en un ciclo eterno. Esto es también el Tao chino.

La idea de emanar es de Aristóteles. El proceso de emanar de las cosas produce la separación, lo que se denomina Dualidad del mundo. En esta cultura, la especie humana queda completamente aislada de su matriz. Inventa un mundo “objetivo” y material, que está fuera y es independiente del ser humano. Friedrich Nietzsche lo describe como “¿Qué hicimos al desatar esta Tierra de su Sol?

En esta Dualidad, hay diferenciación, la palabra “naturaleza” significa “todo lo que el ser humano no es”, ““todo lo que no ha sido creado por la mano del hombre”.

Todo esto es una quimera, una pretensión, pero no es posible. Werner Heisenberg en 1925 afirmaba la imposibilidad de cualquier observador de medir una partícula sin modificarla en el proceso de observación. Así la mecánica cuántica rompe esa idea de mundo objetivo posible. Ya no es obvio que exista una mesa enfrente de mi y con independencia de mí. El dualismo muere cuando Erwin Schrödinger, fundador de la mecánica cuántica, enuncia: "El sujeto y el objeto son uno solo.”

Desde el Romanticismo alemán, Fichte a Schelling, no se sostiene una dualidad, sino un proceso participativo, esencialmente interdependiente, entre el hombre y lo externo a él. La realidad no está separada, no es autónoma.

La forma no existe en sí misma, sino solo como información. Un sistema, tanto un ser humano como un átomo, está constituidos por una cantidad de información integrada. A mayor información, mayor complejidad del sistema y mayor conciencia de éste. Rupert Sheldrake lo llama campos mórficos.

Volvemos al Ser del filósofo presocrático Parménides. En su visión no-dual, el Ser es aquello que es, y no puede ser de otra forma. El Ser es la vida, una, eterna, siempre presente, que está más allá de las formas de vida que están sujetas al nacimiento y a la muerte.

Plotino lo llama Uno. Es indescriptible, la unidad, lo más grande, hasta tal punto que a veces le denomina Dios, único, infinito. Es principio y última realidad, la Unidad que funda la existencia de todas las cosas. Es ilimitado, perfecto y no tiende a acabarse, por lo tanto, es una sola realidad.

Según (Eckhart Tolle, El poder del ahora, 1997), el Ser está embebido en cada persona o cosa. Sólo se le puede conocer cuando la mente se acalla, cuando estás presente, completa e intensamente en el Ahora. Trata de sentir lo que significa ser. No estamos en el universo, somos universo.

La unión es una percepción sublime. Intuir esta unión es la liberación de la oscuridad. Entrar en comunión viene asociado a entender la dicha y la paz. La Unión es la reconciliación después de la separación. Da miedo, pero es la única liberación. Es el amor.

miércoles, 3 de noviembre de 2021

La Pareja

Dicen los psicólogos que las relaciones de pareja sanas se apoyan en el respeto, en valorar al otro y respetar sus sentimientos, opiniones, amigos, actividades e intereses. La pareja establece de común acuerdo entre dos personas, basada en el interés y el afecto, y en cuidarse mutuamente.

Durante muchos años, creo que he tenido medias parejas. Con respeto, interés, afecto y cuidado mutuo. Me llenaban en ciertos o muchos aspectos, he vivido mucho, he aprendido mucho, he sonreído a la vida, pero no dejaban de estar impregnadas de ansiedad, desesperación, culpa y ataques.

Los ataques y la culpa van unidos. Lo que yo he vivido es “me siento culpable, te ataco a ti para traspasarte la culpa”. Ha sido por ambas partes, y de forma bastante inconsciente. En cosas nimias y en las grandes cosas. Este juego yo lo he visto en el lenguaje, con una violencia que nunca es física ni fácil de detectar, muchas veces coloreado con toques de humor, y disfrazado de confianza con solera por el tiempo común vivido y el desarrollo de costumbres comunes y fáciles.

En perspectiva, llego a una muy importante conclusión, veo que el ataque siempre ha ido hacia mi libertad, mi invulnerabilidad y mi capacidad de ver más allá. No solo molestaba que me gustase dormir con el aire fresco, renovado y frío, sino que lo que de verdad era atacado era aquello que me hacía erguir mi espalda, caminar sin mirar hacia atrás y decidir sin dudar.

En esos tipos de relaciones, es muy difícil liberarse y crecer. Pero es común normalizar esas formas de amar mezcladas con láminas de resentimiento. Confundimos el amor con los celos, con la sensación de propiedad y con la necesidad de cumplir ciertas necesidades físicas, psicológicas y sociales.

He visto a esa parte de resentimiento hacerse consciente, y parecía que iba a desaparecer en ese camino. Sin embargo, la mayoría de las veces se convertía en culpa, en mal sentimiento, cargo de conciencia, pero sin hacer por corregirlo.

La seguridad es un elemento crítico en una relación. Estas relaciones especiales crean la ilusión de seguridad, pero es doloroso buscar la seguridad allá donde no está.

Al mismo tiempo, otra característica de las medio relaciones es sentir empatía de forma errónea, es decir, sentir empatía no significa que debas unirte al sufrimiento de la otra persona, pues el sufrimiento es precisamente lo que debes negarte a comprender. Así, se justifican comportamientos inadmisibles. El triunfo de la debilidad no es lo que deseas ofrecerle, la verdadera empatía es aquella donde le permites que se valga de tu capacidad para ser fuerte y no débil. No trates de ser Su maestro, tú eres el estudiante, él o ella, el o la Maestro, permite que él o ella te ofrezca Su fortaleza.

Ya no quiero esto. He descubierto que el ingrediente de éxito en una pareja es la indefensión. Una relación es tal en tanto que uno no se defiende. Sin defenderse, esto no deja de impresionarme, se siente invulnerable, y al ser invulnerable tampoco tiene la necesidad de atacar, ni de sentirse culpable, ni de jugar al juego de la competitición ni de tener que convertirse en algo especial para ser digno de ser amado

Ahora creo mucho más en el amor inmutable incondicional y mucho menos en las relaciones que están sujetas a tantos cambios y variaciones. Porque si tanto cambian, es que están motivadas por los miedos, el miedo a quedarme solo, el miedo a necesitar ser especial a los ojos de la sociedad, el miedo a no ser suficiente para los requisitos de la educación… El amor y el miedo no van bien en la misma frase.

Además, no puedes amar sólo a algunas partes de la realidad y al mismo tiempo entender el significado del amor. Esto me gusta, aquello quiero cambiarlo, es la actitud pueril de creer que el mundo debe ser de otra manera, pero como no lo es, me frustro y me salen emociones como la ira, la tristeza o el asco.

La verdadera relación de amor es aquella que se percibe como unión y no como separación. Se siente que se achica hasta desaparecer la distancia hasta el otro yo. Desaparecen los pensamientos privados, para hacerse públicos y compartidos.

En la unidad la comunicación es perfecta. No hay que decir las cosas para que se entiendan, porque si no se entienden de natural, tratar de convencer será el comienzo del siguiente juego ataque-culpa.

Vivir el instante, dejando al lado el pasado y el futuro es amor. En el instante se vive la eternidad, y allí no hay nada especial, no hay otras personas que sean diferentes, no hay nadie ni nada por lo que competir, no existe la quimera artificial de ganadores ni perdedores.

Al aparcar el pasado, allí se quedan también los valores, y sin valores, todas las personas somos iguales y semejantes. Solo entonces se puede empezar a escuchar al corazón.


martes, 2 de noviembre de 2021

Mi Maestro Interior

 

En este ensayo, intento reflejar el camino de mi vida. No hubiera sido posible sin la pauta generosa de mi Maestro Interior, esa energía intangible a quien doy la mano para dejarme guiar y que me lleva sin duda, sin miedo y sin pausa a lo largo de mi camino.

Tengo la certeza de que este camino de crecimiento, lo he conformado yo. Por supuesto que me han orientado lecturas luminosas, que he recibido consejos pertinentes por parte de mis profesores y maestros, y que he admirado el tesón de otros buscadores de sentido a cuyo lado he recorrido muchos trechos. Sin embargo, mi impresión es que he sido yo y solo yo quien ha caminado, guiado por mi intuición, mi Maestro Interior.

Siempre me ha costado un triunfo compartirlo. He experimentado que todo esto es muy difícil de entender en nuestra sociedad occidental, demasiado intelectualizada e invadida por las necesarias explicaciones lógicas.

Solo podemos evitar la generalizada presencia de la racionalidad si despertamos al Maestro Interior que cada uno de nosotros llevamos dentro y le dejamos hablar. Cuando no está tapado, mi Maestro Interior me hace mucho más sabio de lo que creo, y sé bien qué es lo que se espera de mí y qué debo hacer.

Mi Maestro Interior no me dice nada que no sepa ya, solo me recuerda lo que ya se, me pone ante la evidencia real para que sonría. Gracias a él, he descubierto que todo sin excepción es una aventura. Tener un hijo, cultivar una amistad, hacer un viaje… es una aventura. También dar un paseo, leer un cuento o cocinar es una aventura. Cualquier instante, aun el más gris, es una aventura ilimitada. En lo ordinario, también es posible encontrar la aproximación sustancial y milagrosa.  

Lo que siempre he evitado es la rutina. Siempre he buscado la creatividad y la capacidad para vislumbrar y rescatar el descubrimiento. Si no recuerdo el pasado, todo lo que miro es siempre nuevo y diferente. En mi vida, he buscado con obstinación participar de ese cambio continuo que llamamos «existencia», como única promesa sensata de felicidad.

Una vez, tuve la oportunidad de pasar unos años haciendo trabajo de cooperación en campos de refugiados. Sin entrar en contexto, son áreas limitadas donde viven familias durante décadas. Desde un punto de vista occidental, en extrema pobreza, sin agua potable, sin servicio de basuras, sin sistema de alcantarillado, sin permisos para trabajar y muchas veces con sistemas sanitarios y alimenticios insuficientes.

Una tarde de invierno, casi de noche, llegaba yo con muchas ganas a impartir mis clases de inglés a un grupo de niños de diversas edades. No estoy seguro de cuánto aprenderían ellos, pero sí tengo certeza de que yo aprendía mucho más de su idioma local, y por supuesto, de la vida.

Llegué al campo con mi coche BMW nuevo y mi móvil Nokia recién comprado. Allí se quedó el coche aparcado, con el móvil en el salpicadero, y accidentalmente con la puerta abierta. Las dos horas que yo estuve en el centro social con mis alumnos.

Cuando salí, lo que vi no era creíble a mis ojos. Dentro del habitáculo había niños, muchos niños, una increíble cantidad de niños. En ese momento no pensé en la tapicería de cuero blanca, pero si en mi móvil. Seguramente no estaría ya.   

Como occidental, en seguida hice la adecuada planificación económica. Con lo que yo había pagado por el móvil, una familia de refugiados en el campo podría sobrevivir muchos meses, incluso años. Incluidos hijos, padres, abuelos y algún primo. Mi mente me convenció de verlo como una donación, como cooperación, como un acto de caridad ante aquellas pobres personas.

Para ser honesto, me encantaba jugar con aquellos niños. Hablábamos, les subía a mi espalda, corríamos, jugábamos, tanto así que finalmente olvidé el móvil y la preocupación racional alrededor del desafortunado malentendido.

Más tarde, después de jugar y compartir un zumo con una de las familias dentro de su hogar, ocurrió algo que cambiaría para siempre mi sistema de comprensión de la vida. Se aproximó un niño a mí y puso en mi mano el antes ansiado móvil. Me dijo que su abuela nunca había visto uno y había ido a enseñárselo. Se me cayó toda mi educación a mis pies.

Me arrepentí de todos mis pensamientos dementes, y comprendí en una fracción de segundo que todos los seres humanos somos iguales, que es una oportunidad de crecimiento sentir que cualquiera se acerca a mí, y que tendría confianza en las guías de mi Maestro Interior.

Soy un avezado explorador de mi conciencia, y percibí con deleite todos esos cambios.  Pero no basta percibir, hay que observar lo que sucede dentro. He aprendido que cuanto más observo, más acepto. La observación y la contemplación son motores de cambio. Dos décadas más tarde, tomo nota de ellos para así compartir la transformación de mi biografía.

martes, 26 de octubre de 2021

Mi intuición

 

Tengo algunas actividades en el día a día que sigo haciendo, pero por las que siento un rechazo. Siento una falta de coherencia entre lo que hago y quién soy en el mundo, y lo que algo de mí parece decirme. Me pregunto a qué se refiere esa coherencia interna que está tan asociada a estar contento, incluso feliz.

¿Qué dice tu corazón? En tanto que seres humanos, tenemos una habilidad interior, aunque a veces despreciada, para conocer, entender y percibir de manera clara e inmediata, que no precisa de la intervención de la razón. Podemos tomar decisiones sin necesidad de analizar ventajas ni inconvenientes, comparar posibilidades y evaluar el impacto. El corazón habla. No estoy paranoico.

Por ejemplo, hablamos de la intuición femenina o de alguien que juega y gana en bolsa por intuición. Es escuchar esa voz interna que te guía y te dice lo que vas a hacer.

Mi corazón no se calla ni debajo del agua. Vivir con mi intuición, me hace vivir puro y rápido. Popularmente lo entendemos como “presentimiento”, “corazonada” o “voz interna”. Se diferencia de la razón que usa la lógica y el análisis, y que necesita tiempo para ver una decisión final.

En las artes marciales, y en los deportes en general, la intuición es fundamental, solo aparcando la capacidad de análisis y dando el protagonismo a la intuición, es posible actuar suficientemente rápido y con coherencia. Lo contrario los convierte en deportes de sillón.

La intuición se caracteriza por dar respuestas rápidas y automáticas, porque usa el contenido del inconsciente para evaluar y reaccionar frente a un estímulo o situación, sin esperar la reacción racional o consciente. Me permite conocer de inmediato algún aspecto de la realidad que me rodea.

Se me manifiesta a través del cuerpo, con emociones o sentimientos, mucho antes de que yo pueda describir lo que sucede en palabras.

El tipo de pensamiento que predomina en una persona con intuición es el pensamiento lateral, es creativo y flexible. En la mayoría de los casos no puedo comprender ni explicar de dónde surgen los conocimientos.

Su característica más bella es que, gracias a la neuroplasticidad cerebral, es posible su aprendizaje a través de técnicas como la meditación. En ese proceso de aprendizaje, el objetivo es identificar esa capacidad y empezar a creer en ella.

Como seres humanos sabemos y conocemos, y la intuición es una capacidad más para el conocimiento, que equilibramos con otros tipos de conocimientos como el conocimiento sensitivo, el que proviene de los cinco sentidos, y el racional, la capacidad de lógica y análisis.

Pero la pregunta es de dónde viene la intuición. ¿Es una pura asociación de experiencias pasadas del individuo? ¿Actúa en base a creencias y valores? ¿Es una entidad de fuera de este mundo que nos habla? ¿Es como aprender a escuchar a tu sangre?

Históricamente, la intuición es anterior a la racionalidad en el hombre. Todavía no éramos capaces de relacionar dos ideas diferentes y ya escuchábamos esa voz que nos dotaba de sentido al mundo.

Platón y Aristóteles aceptan tanto el pensar intuitivo (nous o noesis) como el pensar discursivo o dianoia (lógico racional). Platón destaca el nous como superior y a la dianoia le adjudica un lugar secundario que sirve de ayuda para alcanzar al primero. Aristóteles, por primera vez, recomienda considerar el equilibrio entre ambos.

Más tarde ha sido objeto de estudio de los filósofos del racionalismo, empirismo y criticismo, en el siglo XVIII. En la actualidad es estudiada por la psicología y la neurología.

Descartes entendía que comprendemos el mundo a través de nuestra capacidad deductiva, es decir, primero establecemos axiomas y segundo, construimos una demostración encadenando axiomas. Sin embargo, los axiomas solo llegan a conocerse de un modo puramente intuitivo, sin demostración posible. La intuición, según Descartes, unida al método deductivo, sirve de criterio universal para establecer la plena evidencia. Sin intuición no hay conocimiento posible.

En Spinoza, la intuición intelectual denota un conocimiento superior, racional, de la Naturaleza, conocimiento limpio no obscurecido por las pasiones. El concepto de intuición es a veces mistificado a causa de que la intuición significa un conocimiento súbito, instantáneo de los fenómenos de la naturaleza, el hallazgo inesperado de la solución para un determinado problema.

La intuición ocupa un destacado lugar en la filosofía de Spinoza, quien la consideraba como el “tercer grado” del conocimiento, el más fidedigno e importante, que aprehende la esencia de las cosas.

Además de esa intuición intelectual, hay otra intuición emotiva. Es la que trata de captar el valor del objeto, o sea lo que vale, si es bueno o malo, bello o feo, sublime. La intuición emotiva la desarrollaron Plotino, San Agustín y después Santo Tomás; posteriormente Hume y Fichte, uno de los más grandes representantes del método de la intuición volitiva.

Kant utiliza la palabra intuición en tres sentidos: intuición intelectual, intuición empírica e intuición pura. La intuición intelectual es aquella que permite conocer directamente ciertas realidades fuera de la experiencia sensible. Este tipo de intuición intelectual es rechazada por Kant, porque considera que la intuición aceptable es aquella que surge ante un objeto dado cuando afecta al espíritu. Para Kant, sólo la sensibilidad produce intuición.

La intuición empírica es la que se relaciona con un objeto a través de las sensaciones o fenómenos, es decir, nuestros sentidos. No es completa porque los sentidos nos pueden engañar. A veces, vemos una cuchara dentro de un vaso de agua como quebrada, cuando en realidad es una sola pieza.

La intuición es pura cuando no pertenece a una sensación y cuando es “a priori”, o sea una forma pura de la sensibilidad, sin objeto.

Hacia 1840, el materialismo dialéctico ofrece otra aproximación diferente, detrás de la intuición está la experiencia, los hechos, los conocimientos adquiridos anteriormente que, acumulándose imperceptiblemente, en un determinado grado presentan “súbitamente” la solución de cualquier problema. Abarcar intuitivamente la esencia de los fenómenos, hallar la solución de cualquier problema, sólo es posible gracias a una gran experiencia en el pasado y a profundos conocimientos. El materialismo dialéctico refuta, pues, la intuición tratada como una forma especial, divina, innata del conocimiento.

En la tradición alemana idealista, es una facultad especial de meditación interna, un estado de inspiración en el que el hombre puede, según ellos, conocer la verdad sin la actividad lógica de la conciencia. La intuición interpretada de esta manera tiene el carácter de una facultad mística, del conocimiento irracional (Schelling o Hartman).

Los idealistas entienden una facultad de contemplación espiritual, un estado de revelación que permitiría al hombre conocer la verdad sin intervención de la actividad racional, lógica, de la conciencia. Así interpretada, la intuición se reduce a una facultad mística, misteriosa, de conocimiento irracional.

Ya en el siglo XX, el francés Henri Bergson lo describe como: “La simpatía intelectual mediante la que el ser se transporta al interior del objeto para coincidir en lo que tiene de único y, en consecuencia, de inexpresable”. Para Bergson, es el modo de conocimiento que capta la realidad verdadera, la interioridad, la duración, la continuidad, lo que se mueve y hace.

La intuición es el método fundamental de la filosofía moderna. Solo se puede filosofar mediante la intuición, aprendiendo de esa voz interna que nos habla sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Como método, ha sido desarrollado por los filósofos idealistas como Fichte, Schelling, Hegel y Schopenhauer.

En la fenomenología de Husserl, a la razón le resulta imposible captar el sentido de la vida, vivida desde la perspectiva humana, desde la duración, y recurre a la vivencia directa de la misma, a la intuición, entendida como posibilidad del espíritu humano de acceder al corazón mismo de las cosas.

Husserl se refiere a la «intuición eidética» como conocimiento directo de la esencia, que no se apoya en los hechos; al contrario, el conocimiento de éstos requiere el previo de la esencia, pasando de aquéllos a éstas por medio de la «reducción fenomenológica o eidética».

El psiquiatra Karl Jaspers caracteriza la intuición. En la actitud intuitiva se ve, se aprehende, se vivencia el sentimiento gozoso de la plenitud y de lo sin-límite.

Entregándose, se contempla, esperando, se aprehende, el ver es vivenciado como vivencia “creativa” del crecer. “Resulta claro que la voluntad, la finalidad, el consciente trazado de metas, entorpece y estrecha, que el ser-dado es una habilidad y don de la propia naturaleza, mucho más que el mérito del trazado de metas de la voluntad, disciplina y principios, a no ser del principio de entregarse por de pronto sin cuestionamiento, cuando el instinto dice que algo debe ser intuitivamente puesto de manifiesto” (PdW, p. 64-65) (Psychologie der Weltanschauungen (PdW), München, Piper, 1985.)

La actitud intuitiva no es un veloz mirar hacia algo, sino un sumergirse. No es corroborado nuevamente con una mirada lo que ya sabíamos, sino que nos apropiamos de algo nuevo, pleno (PdW, p. 65).

La instantaneidad y la inmediatez suponen la pareja de la intuición. Lo que intuimos es precisamente de una vez. Solemos tener la intuición de que sabemos en un instante algo determinado, como al decir que de una vez “se nos aclaró la película”, que “captamos que este lugar no es para nosotros”.

En el caso de la fotografía se capta de un solo golpe el instante en el que se retrata todo un conjunto complejo de cosas, tal vez el rostro de una niña afgana en un campo de refugiados en Afganistán, bajo las consecuencias de la desolación, como es la foto de la niña Sharbat Gula, realizada por Steve Curry en 1984.

Lo que descubrimos mediante la intuición es, en general, algo nuevo, y por eso no subsumible de inmediato bajo categorías racionales conocidas. La intuición es inmediata e instantánea, esto hay que entenderlo al modo de un sumergirse en el objeto, perpetuando el instante.

El espacio tiene relevancia ontológica, como lo dice Heidegger en Ser y tiempo. La racionalidad como actitud mantiene al objeto en una lejanía, en cambio la actitud intuitiva lo “desaleja”, manteniéndolo en una cercanía. Casi lo incorpora al sujeto que lo conoce. Esa cercanía se percibe como ausencia de espacio y tiempo.

Lo que intuimos es incomunicable. Cualquier tipo de explicaciones no hacen sino rodearlo. A la actitud intuitiva la caracteriza a su vez una receptividad, ya que en ella estamos a la espera y entregados a que algo se nos revele.

La intuición permite aprehender cosas, fenómenos, situaciones y asuntos muy complejos de una vez, de un solo golpe, como si un rayo de luz nos atravesara. Esa captación de lo esencial, propia de la intuición, requiere de una pasividad, de un estar entregado a que algo se me revele, pero agreguemos, una entrega tal sin esperar algo en concreto, ya que entonces se daría el peligro de que con nuestra expectativa e ilusión construyéramos algo que supuestamente se nos está revelando.

Visto de esta forma, de lo que se trata, más que de una receptividad, es lisa y llanamente de una pasividad, ya que es ella la que mejor expresa una detención de la actividad, por sobre todo racional, y agreguemos también, emocional, del sujeto, lo cual permite que lo otro, el fenómeno, se le revele en lo esencial a la intuición.

La intuición, en alemán ‘Anschauung’, es la capacidad de ver unidad que tiene la mente humana. Mientras que la lógica racional nos lleva a dividir y separar, la intuición parece borrar el tiempo para verlo unido.

¿Quién, así descrita, no querría vivir siempre instalado en la intuición? ¿Quién se conformaría con la versión reducida que ofrece la mente racional? Y es que el corazón intuitivo y la mente racional ven dos mundos radicalmente diferentes, incoherentes, difícilmente reconciliables.

La racionalidad ve un mundo de limitaciones atrapado en el espacio y en el tiempo, en el que el miedo reina y la acción viene motivada por el miedo a la escasez. Todo es invadido por la duda. Es un devenir donde todo cambia todo el tiempo y nada tiene esencia más allá de la continua transformación. Esto nos hace sufrir.

Muy diferente, la intuición nos presenta una visión estable, eterna, nos muestra el instante y la comunicación profunda. Claridad y concisión. La intuición solo ve unidad donde la racionalidad ve separación. Es la luz frente a la oscuridad.

La intuición se nos muestra como una Voluntad con mayúsculas más allá de nuestro cuerpo y nuestra comprensión, que nos habla, que nos dicta, que nos lleva de la mano por la vida. Y lo hace de forma amorosa.

Es una voz que habla si aprendemos a escucharla. Hemos descubierto que alrededor del corazón y aparato digestivo tenemos un número de neuronas mayor de lo que pensábamos, tal vez venga de ese cerebro alternativo esa voz.

La intuición nos ofrece una Visión con mayúsculas y un Conocimiento, que metafóricamente entendemos como luz.  En ella veo una luz envolver el mundo con amor, y al miedo borrarse de todos los semblantes conforme los corazones se alzan y reclaman la luz como suya.

La intuición nos es dada a priori, pero ahora es el momento de reclamarla. Es el momento de despertar y empezar a creer en ella. Cuando lo siento en mi interior, florezco como un capullo que estaba esperando el sol. El momento es ahora.

La intuición es mi timón, la alarma que me pone en alerta, cuando los días me atrapan en los quehaceres y mi atención se pierde en lo finito. ¡Cuántas cosas detectamos cuando nos mantenemos despiertos!

Esa corazonada inerte latente... razón invisible… contiene verdad guardada. Es una idea brillante, constante, que la mente golpea. Esboza verdades. Es fuerza, pureza y franqueza. Nadie ni nada llega a nuestra puerta por casualidad, leo tus ojos y veo amor y eternidad.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Relacionarme con los demás – la proyección y el espejo

 

Hoy es luna llena y en la tradición del Tao significa la Verdad absoluta. Es paz, serenidad y fortaleza, también la unidad.

La unidad con mayor fortaleza es la unión con los padres. Y con los míos hay una profunda relación de amor, ellos estaban ahí para traerme a este mundo, crearme ese andamio “scafolding” que significa alimentación y cobijo, vivieron mi adolescencia y observaron cómo desplegaba las alas para volar a la vida, bendiciéndome.

Crecer es dejar de culpar a tus padres y de sentirte víctima. Independientemente de si ellos lo hacen bien o lo hacen mal, sin juzgar, sin ser ni reo ni juez, voy a centrarme en mi y en lo que yo percibo. Voy a hacer como si ellos no existieran y solo existiera mi mente.

Necesito saber si, inconscientemente soy yo quien les está echando la culpa y si soy yo quien está generando la violencia hacia ellos, aunque percibo que son ellos, que ellos me culpan violentamente de sus miserias.

Hoy pongo en duda mi percepción, pues sé que engaña, sé que mis experiencias siempre vienen determinadas por mi forma de ver y entender la vida, por mis creencias y las creencias de mi sistema familiar.

Mi mente me dice que ellos se han sacrificado por mí y por tanto, en su frustración, me atacan y me exigen. Pero quizás, soy yo que les estoy atacando al sentirme que me sacrifico por ellos. Tal vez soy yo quien está generando la relación tóxica, a pesar de que lo percibo por su parte. ¿Yo me sacrifico por ellos?  ¿Qué parte de mi se ha sacrificado en mi niñez y adolescencia, y se sigue sacrificando y qué parte es mi esencia? ¿Por qué yo no conecto en pensamientos y sentimiento con ellos? ¿Les puedo perdonar?

Mi niño interior vivió a menudo el conflicto de querer algo, pero necesitar comportarse de forma diferente, y esa era una vivencia dolorosa. La educación es necesaria porque vivimos en sociedad y los comportamientos deben ser modulados hacia zonas de convivencia posibles. Sin embargo, en la mente poco formada de un niño, es percibida con dolor y desagrado.

Hasta hoy, tengo la percepción de una relación especial con mis padres, basada en la culpabilidad. Comunicarme con ellos me produce una sensación inequívoca de culpa. Soy consciente de que nada debo, nada he hecho mal intencionadamente ni nada racional apoya el hecho de que yo no sea suficiente. Pero me siento culpable.

Cuando ellos me envían la culpa, así como si fuera un regalo, yo, primero, asumo mi cuota de responsabilidad. Y evalúo mi error, lo acepto y aprendo de él. Trato de afrontar la situación con objetividad, entender que todo forma parte del aprendizaje, comprender la complejidad de las circunstancias y en algunos casos incluso pedir disculpas si es necesario. Así como corregir mi negligencia e imprudencia en mis acciones.

Con mucha dosis de empatía hacia los ellos y a cómo pueden sentirse como consecuencia de mis actos. Pero me siento culpable cuando nos comunicamos y creo que ellos intentan a través de mi culpabilidad mantener la relación conmigo para que yo no me pueda ir.

Siento que me culpan de su propio sufrimiento, de mi escasa capacidad para educar a mis propios hijos, de mi equivocada comprensión sobre lo que es la vida, de las decisiones erróneas que tomo, y de un conjunto de cosas de las que no soy consciente pero que voy poco a poco dándome cuenta.

Tengo la sensación interna permanente con ellos de haber hecho algo malo, de ser mala persona, de hacer daño a los demás, de haber infringido alguna ley, principio ético o norma, tanto en situaciones reales como imaginarias,​ produciendo un malestar continuado.

De acuerdo con la Terapia Gestalt, detrás de la culpa hay resentimiento y detrás de éste, se esconde una exigencia. El remordimiento es un sentimiento que nos puede acompañar durante mucho tiempo y hacernos mucho daño a nivel mental y psicológico.

En mis relaciones sentimentales del pasado también me ha ocurrido. En estas relaciones, he sentido ira y violencia contra mí. “Ahora dejo de hablarte”. “Ahora te grito”. “Ahora te amenazo”. “Ahora te pongo una demanda judicial”. “Y es por tu culpa”.

Nulla poena sine culpa, "no hay pena sin culpa". La culpa, en el Derecho Penal, se refiere a la acción delictiva que se comete sin el debido cuidado para evitar el daño, sin intencionalidad por parte del sujeto activo.  Por el contrario, el dolo supone actuar de manera deliberada e intencionada para cometer un delito. Yo soy inocente.

No es sano sentirme juzgado ni que yo juzgue a nadie, cada uno está en su búsqueda de su camino de liberación y piensa y obra en esa dirección. Todos estamos en ese camino y caminamos unidos de la mano. Suspender el juicio, abstenerse de juzgar, es la verdadera prueba de amor hacia ellos.

Me pongo en el lado de la víctima ante ellos. Siento que ellos tienen conmigo una relación que se deriva del ego y la culpa, no basada en el amor incondicional, laxa por definición. Como padres, yo he esperado generosidad muchas veces, pero he visualizado interés y manipulación.

Si lo siento es probablemente porque lo estoy proyectando y eso es lo que yo estoy haciendo con ellos. Es como un espejo. Pasa a veces que vemos con claridad algo en los demás y nos damos cuenta de que en realidad está en nuestro interior, nos es imposible digerirlo y decidimos escupirlo fuera sobre otras personas.

¿Estoy yo intentando obtener algo y mantengo al dador aferrado mediante la culpa? ¿Creo que la separación, la ira y la violencia gana amigos? ¿Creo que puedo conservarlos haciéndoles sentir culpables? ¿Me debería percatar ya de que es lo que estoy haciendo?

Cuando sea capaz de crear consciencia sobre el mecanismo, esta extraña relación se convertirá en una atracción enfermiza y que atrae poco. Lo que antes era real y sólido, ahora deja de ser interesante y pide abandonar, al no ser ya valioso. Es una monstruosidad y no le corresponde estar en mi mente sana.

Antes mi violencia parecía protegerme, creaba distancia y separación, ahora se hace la luz. He tenido últimamente un episodio de extremada violencia contra mí, con gritos, amenazas y denuncias judiciales. He llorado y me ha provocado un ataque de ansiedad. En ese momento de sanación he roto la cadena que me unía a la culpa. Dejo de pensar que la violencia viene de su parte y dejo de culpabilizarlos. Dejo yo de proyectar mi culpa, dejo yo de ser culpable para ser inocente.

Aprendo lo que significa el sacrificio. Si me sacrifico a mí mismo me engrandezco, considero que así me purifico. Este es probablemente la creencia básica más dañina que yo he tenido. Lo es porque, a manera de colateral, me ha generado resentimiento en el proceso, a veces incluso un amargo rencor. Lo veo en mi al haber creído sacrificar mi vida por los demás.  

Al sacrificarme y sentir resentimiento, aparece una necesidad de ataque, eso sí, mezclado y edulcorado con expresiones de amor. Mas, hacer sentir culpable a otro es un ataque directo, aunque no parezca serlo. “Te he dado los mejores años de mi vida”, “te he dado las decisiones más importantes de mi vida”, las he oído en mi familia, pero también podrían ser palabras mías.

Me siento culpable y culpabilizador. Al sentirme culpable, espero ser atacado, y habiendo pedido eso, me siento atraído por el ataque. El ataque constante se hace vicio. Aparecen las relaciones tóxicas.

En tales relaciones enfermas, la atracción de lo que no deseo parece ser mucho mayor que la atracción de lo que sí deseo. Cada uno piensa que ha sacrificado algo por el otro y lo odia por ello. En lugar de estar enamorado, estoy enamorado del sacrificio que yo hago.

Este es el juego: Por este sacrificio que me impongo a mí mismo, exijo que el otro me acepte la culpa y se sacrifique a sí mismo también, cerrando así el círculo.

“Te perdono” rompe este círculo vicioso, pero para ello hay que tener confianza en que perdonar no rompe la relación. Perdonar no rompe. O sí la rompe, pero probablemente para después poder reconstruir una relación de amor de verdad. Tal vez hay que perder el miedo a romper.

Es necesario romper la creencia de que la culpa mantiene a todas sus relaciones intactas, continuamente atacando y negando el perdón. Una relación no está intacta solo porque lo cuerpos estén juntos, pensamiento y sentimiento importan.

Para el Ego, mientras el cuerpo esté ahí para recibir su sacrificio, él es feliz. Para él, la mente es algo privado, y el cuerpo es lo único que se puede compartir. Todo aquello que hace que el otro se sienta culpable y que le impida irse debido a la culpa es "bueno", lo que lo libera de la culpa es "malo", pues dejaría de creer en la cercanía de los cuerpos y se marcharía.

La unión se basa en el sacrificio y el sufrimiento. Me casé con violencia y miedo a la soledad. Probablemente, creía que mitigaba mi culpa proyectándola en la otra. Quizás, atacaba y hería con temas sin importancia, de forma inconsciente, y exigía el sacrificio de ella. Tal vez, la violencia y la ira se convirtieron en el mecanismo de proyectar mi culpa sobre la otra. Y al formarse la unión en el Altar, creí que tenía el derecho, la furia fue mucho mayor.

Estar con un cuerpo no es estar en comunicación.  Era una locura creer que yo iba a ser abandonado si me comunicaba verdaderamente. Me encontraba a salvo en la culpa y en peligro cuando me comunicaba. Pensaba que la soledad se superaba mediante la culpa, y que la comunicación honesta y auténtica era causa suficiente para la soledad.

Quiero crecer de la condenación y la culpa a la comunicación y el perdón. Y vivir el instante, porque en el aquí y ahora la culpa no es atractiva. Al haber comunicación no hay soledad. He dejado de decir “lo siento” y “perdóname”, para decir “te perdono”. La culpa es como un saco de ladrillos: solo hay que descargarlo.

Ya sé lo que es, he experimentado un instante indescriptible. Un instante eterno. Ha sido indescriptible porque así lo hemos deseado dos personas, nosotros, y la grandeza nos lo ha regalado. Ha sido como si se obrase a través de nosotros.

Podemos vivir un instante indescriptible para siempre, empezando desde ahora hasta la eternidad. Que cada momento sea de recibir y dar perfecta comunicación. Que en cada momento nuestra mente sea receptiva, tanto para recibir como para dar. Nuestras mentes están en comunicación, sin tratar de cambiar nada, sino simplemente aceptando todo.

Me ha gustado mucho que entre nosotros no ha habido pensamientos privados. Hemos renunciado a ellos. No hemos tenido pensamientos que no hayamos compartido, y los que yo he tenido no me los he reservado exclusivamente para mí. No sería posible compartir solo la mitad y quedarme con pensamientos que no deseo compartir. Así es la comunicación completa.

A veces hemos tenido pensamientos de culpa molestos, no pasa nada por tenerlos, pero lo bonito es que no hemos deseado conservarlos privados. Eso es inocente. 

No quiero ocultarte nada. Me encanta cuando me preguntas qué estoy pensando, me ayuda a dejar de proteger pensamientos que podría negarme a compartir sin darme cuenta. Es mejor dejar que la pureza de nuestra relación los desvanezca con su fulgor. Deseo que no seamos rehén de nada ni de nadie.

Hemos empezado un largo viaje juntos tú y yo. Hoy a mí me toca trabajar una mochila de culpabilidad que mi padre ha decido tirarme. ¡Qué regalo! Me ha llamado esta mañana para recordarme lo mal padre que soy dejando a Manuel solo en casa. Yo soy inocente, no hago más que cuidar bien de mis hijos. Con todo respeto le devuelvo su mochila y yo la dejo ir. “Te perdono, papá”. Si soy auténtico y puro en mi ser: “Gracias por tratar de hacerme sentir culpable, papá, porque nunca más cambiaré de rumbo para intentar complacerte.”. Crecer es dejar de culpar a los padres.

Un amor con límites es solo una ilusión innecesaria, el amor incondicional no tiene límites.

Tú me ayudas mucho a ser auténtico y puro en mi ser. Muchas gracias.


viernes, 15 de octubre de 2021

Aquí y ahora


Cuanto más difícil es el mundo, más fuerte siento la necesidad de liberarme y abrir la puerta del ahora, concentrar mi foco mental en mi aquí y ahora.

Decían en China que ellos no tienen psicólogos, y lo justifican diciendo que no tienen depresión. Cuando yo pregunté qué entienden como depresión me contestaron algo muy interesante, que exceso de pasado. No parecen sufrir ese pensamiento constante y vicioso que te hace revivir las malas experiencias del pasado una y otra vez, en forma de tortura sin solución.

Asimismo, tampoco tienen ansiedad ni estrés, entendido como exceso de futuro. Tampoco parecen tener ese miedo constante a la incertidumbre, al riesgo, al qué pasará.

Solo existe el aquí y el ahora. En todas las filosofías orientales y muchas occidentales se pone el énfasis fundamental en poner foco en el aquí y ahora, sin permitir a la mente divagar hacia otros pensamientos ilusorios imaginados del pasado y el futuro.

Conquistar el ahora tiene muchos beneficios, como la ausencia de miedo, … y como dicen en China, la curación de la depresión, la ansiedad y el estrés.

Algunos teólogos dicen que quizás el ahora sea un sinónimo de Dios.

Eckart Tolle, en el Poder del Ahora, lo expresa como una oda a los sentidos. Entiende que la forma de estar en el ahora supone poner foco mental en uno o varios de los sentidos, la vista, el oído, el tacto, … para percibir la realidad.

Por el contrario, si utilizamos la memoria para percibir, estamos leyendo lo que la memoria dice sobre el pasado y no vemos la realidad de aquí y ahora. Leer el pasado implica una proyección al futuro; en él no podemos hacer nada, es solo fuente de ansiedad.

Todo lo que se proyecta al futuro se ve como incertidumbre y como impotencia, no hay nada que hacer, no se puede cambiar, no es posible diseñar el futuro. De ahí la sensación de dolor y sufrimiento permanente.

Además, viene asociado con el miedo. No poder hacer nada da miedo, al vernos sujetos pasivos de la vida. De forma parecida a como ocurre con el pasado; vivir excesivamente en el pasado nos hace sentir la impotencia de cambiarlo. Lo revivimos, pero no podemos modificarlo. Y eso es miedo y depresión.

Es solamente en el ahora donde, una vez instalados, podemos reaccionar, lanzar nuestros automatismos corporales, ver, sentir e incluso actuar para cambiar las cosas y hacer que el mundo sea diferente.

El poder del ahora es el poder de la felicidad. La atención plena y el mindfulness son técnicas que tienen este objetivo. Una de las técnicas es la respiración. Concentrarse en la respiración implica empezar a mirar hacia dentro y dejar de mirar en la memoria, evadiendo el pasado y el futuro.

Por eso la respiración trae ese estado de meditación que incluso los científicos son capaces de medir como un cambio de constantes vitales. La expresión electromagnética del cuerpo cambia en estado de meditación. La meditación genera y cambia el estado de ánimo. La meditación es el ahora.

Otras técnicas Vipassana incluyen, por ejemplo, concienciarse de las distintas partes del cuerpo. Hacerse consciente de lo que está pasando en el cuerpo. Se potencian los sentidos y se da valor y realidad a los mensajes que recibimos de nuestros sentidos, ignorando aquellas capacidades mentales que nos están apuntando hacia el pasado y el futuro.

A un sabio le preguntaron: “¿qué puede hacer un sabio como tú que no pueda hacer cualquier otra persona?” Y el anciano le contestó: “Cuando yo como, solo como. Cuando duermo, solo duermo. Y cuando hablo contigo, solo hablo contigo. Eso es todo.”

Parece que eso también puedo hacerlo yo, pero no es obvio. Cuando duermo, pienso en lo malo del día o en lo que espera la mañana siguiente. Cuando como, estoy pensando qué hacer más tarde. Y cuando hablo, pienso qué respuestas daré en lugar de escuchar. Para ser sabio, el secreto está en vivir cada momento del presente, ser consciente de lo que vives y así poder disfrutar de cada minuto de la vida.

Esto no se entiende con la mente racional sino más bien con la intuición última que los humanos tenemos en tanto que humanos. En general, mi mente está absorbida con pensamientos del pasado. En realidad, nadie ve nada; lo único que ve son sus propios pensamientos proyectados afuera. Por eso, la mente no puede captar el ahora.

El único pensamiento completamente verdadero que se puede tener acerca del pasado es que no está aquí ni ahora. Pensar acerca del pasado, por lo tanto, es pensar en ilusiones inventadas.

Según Helen Schucman, el poder del ahora es sanar el pasado y liberar el futuro, permitir que el presente se acepte tal como es. El único tiempo que queda es el ahora. Aquí y ahora es donde el mundo queda liberado, pues al dejar que el pasado quede cancelado y al liberar el futuro de los viejos temores, se encuentra escape.

“¿Quién se defendería a sí mismo a menos que se creyera atacado? Las defensas son insensatas, otorgan absoluta realidad al pasado, que son solo ilusiones sin existencia actual, y luego intentan lidiar con ellas como si fuesen reales.”

Vivir el ahora requiere reconocer que vivimos defendiéndonos de ataques imaginados, como Quijote cuando ve monstruos en los molinos de viento.

Esto es lo que hago cuando trato de planificar el futuro, reactivar el pasado y organizar el presente de acuerdo con mis deseos. Actúo basándome en la creencia de que tengo que protegerme de lo que está ocurriendo porque ello encierra una amenaza para mí. Nadie andaría por el mundo cargando con una pesada armadura si no fuese porque el terror le encoge el corazón.

Sin embargo, la confianza es la única defensa que nos promete un futuro tranquilo, sin ningún vestigio de sufrimiento y lleno de un júbilo que es cada vez mayor, a medida que esta vida se vuelve un instante bello. Solo la confianza puede dirigir el futuro. El eterno presente.

¿Por qué me empeño en no atender mi aquí y ahora?

Me cuesta estar en el ahora, para mí, la gran dificultad para vivir el ahora es la culpabilidad. Actúa de forma que trae el pasado al presente, y así asegura la continuidad haciendo que el futuro sea igual que el pasado.

Dicho de otra manera, la culpa, la noción de pagar por el pasado en el futuro hace que el pasado se vuelva el factor determinante del futuro. Ahí no hay hueco para el ahora, que se queda tan sólo una breve transición hacia el futuro. La culpa me lleva a interpretar el presente en función del pasado y a llevar el pasado hasta el futuro. Un futuro sin valor.

En esta forma de vivir sin ahora, donde el ahora no significa nada, éste persiste en recordar viejas heridas y reaccionar ante ellas como una vez lo hizo. Siento un rechazo fuerte a liberarme del pasado y un intento de proteger la imagen propia reaccionando como si el pasado todavía estuviese aquí y fuera muy valioso.

El pasado me dicta mis reacciones hacia aquellos con los que me encuentro, tomando como punto de referencia el pasado, empañando así la realidad actual. A veces incluso reacciono ante algunas personas como si se tratase de una persona diferente, y esto sin duda impide conocerlas tal como son.

¿Y qué es lo peor? Que me niego a mí mismo el mensaje de liberación que cada persona me ofrece en el ahora. Porque yo creo que las personas y las situaciones llegan para traer un regalo, la oportunidad de sanar algo, en tanto que esas personas, pero también sobre otras del pasado. Cuando algo me duele o me molesta en una situación, hay dos formas de enfrentarlo, una es con ira, enfado y queja. Otra es preguntarme cuál es la causa de ese dolor y qué hay de trauma en ello, y por fin cómo es posible sacar al consciente algo que estaba en el inconsciente.

Esa sombra que sale al consciente es algo valioso que hay que sanar. Es el niño interior hablando. Y no es real, sé que no puede ejercer dominio sobre mí ahora. Esas ilusiones, delirios, espejismos y quimeras me incitan a atacar ahora como represalia por un pasado que no existe. Y no existe porque fue formado por un niño pequeño en el miedo y con su cerebro sin formar, o en una situación sin conciencia ni análisis, y en una circunstancia muy diferente del ahora.

Si no veo esto y decido atacar, es una decisión que una vez más acarreará dolor en el futuro. Es crucial aprender que todo el dolor del pasado es una ilusión, una ofuscación, una alucinación, me he construido esa novela por un engaño, es ficción, un espectro irreal.

Aprendo a dudar. En Descartes adquiere un carácter metodológico, al conferir a la verdad sólo un valor provisional, en tanto no se alcance alguna verdad de la que no se pueda dudar. Me obligo a ver la incertidumbre ante la verdad o falsedad de un enunciado sobre mi pasado. Los escépticos griegos consideraban la duda como la condición suficiente para suspender el juicio.

Hago un elogio a la duda. Dudar es sospechar de cómo interpreté los recuerdos del pasado, para darle una oportunidad a la verdad, tener el coraje de la verdad. Esa es la duda filosófica.

En la duda y la sospecha, dejo de conservar mis pesadillas y puedo despertar y darme cuenta de que pertenecen al pasado.

El propósito del tiempo es que éste finalmente se haga innecesario. La función del tiempo es temporal, ya que el ahora es lo que más se aproxima a la eternidad en este mundo. En la realidad del "ahora", sin pasado ni futuro, es donde se puede empezar a apreciar lo que es la eternidad, así lo pensé cuando enseñaba Cálculo Infinitesimal para Ingenieros.

¿Qué hago? La sanación no se puede llevar a cabo en el pasado, tiene que llevarse a cabo en el ahora para así liberar el futuro. Tengo que encontrar mi ahora.

Percibir verdaderamente es ser consciente de toda la realidad a través de la conciencia de la propia realidad. Pero para que esto tenga lugar no se debe ver ninguna ficción. Esto quiere decir percibir a los otros solamente como se ven ahora.

Pongo muchos esfuerzos y mucha meditación en repasar lo que veo en el ahora, y reconocer si recuerdo el pasado cuando contemplo o percibo la realidad que está aquí ahora.

Consideramos "natural" utilizar las experiencias pasadas como punto de referencia desde las que juzgar el ahora. La Estadística nos permite cuantificar el pasado y pretender predecir el futuro, pero todo esto, con todo el respeto, no me sirve a mi para disfrutar de mi ahora. Cuando observo a la culpa cumplir su función de ocultar la realidad, siento necesario renacer abandonando el pasado y contemplar el ahora sin condenar.

Dudar el pasado puede llevar a comenzar a ver al otro libre de su pasado y percibirlo como que ha renacido. Y puesto que compartimos pasado, compartimos también esa liberación. Eso es dejar los juicios y la condenación.

En el ahora no hay juicio, se encierra lo único que es verdad eternamente. En el ahora se encuentran todas las cosas que son eternas, las cuales son una. El ahora te muestra a tus hermanos bajo una luz que te uniría a ellos.

 

Los límites y los milagros

Vivo en un mundo de límites. Esto no se puede, aquello no es posible. Me lo prohíben las leyes de la física, las leyes de los abogados, o las normas y costumbres que nos han transmitido en la educación y en la familia.

La libertad es solo tal en tanto que no colisiona con la libertad del prójimo, es una libertad limitada. Tiendo a amputarme trozos de mí para no dañar al prójimo y tengo cicatrices en el cuerpo.

Vegeto en un mundo donde lo que está aquí está separado de lo que está allí, y lo que sucede en el pasado está ordenado en una línea secuencial que va desde el pasado al futuro. Lo que ocurre en un momento no ocurre en otro, y yo no puedo ejercer ningún efecto en lo que ocurrió en el pasado o en el futuro. Estoy limitado en la cuadrícula del espacio y del tiempo.

Me aprisionan también las leyes del volumen y de la masa, no pueden ser transgredidas. Si una viga de hierro cae sobre una caja de vidrio no podemos dudar del resultado esperado.

También estoy limitado por la relación causa y efecto que reina en el lenguaje y la realidad. Según ella, existen consecuencias y no hay resultado sin esfuerzo y dedicación previa. Así, solo hay sacrificio y es imposible el amor incondicional, ese que nos merecemos sí o sí, por ser humanos, y no porque tengamos que hacer méritos para recibirlo.

De forma parecida me limita la idea de opuesto, por la que hay elementos excluyentes imposibles de coexistir que nos llevan a entender nuestro mundo así. No entiendo la luz si no es un opuesto a la oscuridad, ni la limpieza sin la suciedad.

Si yo gano, tú pierdes. Si tú ganas, yo pierdo. ¿No habría un hueco para la cooperación y la colaboración, de forma que, si nosotros ganamos, nosotros ganamos?

En su vertiente social, el límite es la herramienta reina. Necesitamos convivir sin conflicto. La necesaria convergencia hace que se expulse todo outlier. Toda persona diferente, con necesidades, capacidades o visiones diversas ha de encuadrarse en límites prediseñados o ser medicada como disfuncional.

Sin embargo, mi intuición me dice que esto tiene ranuras por las que se cuela una realidad diferente, en la que no existen los límites y en la que la libertad no tiene excepciones. Veo sus manifestaciones. Hay testigos que me hablan de ello. Siento que es de verdad, como si hubiera un testigo que me certificase que de verdad existe. Siento mariposas en el estómago.

Veo que mi pensamiento tiene una implicación. El hecho de que yo piense algo, trae de pronto la consecuencia de que algo en el mundo cambia. No tiene sentido en ese mundo de limitaciones, pero no puedo negar el fenómeno.

Yo percibo momentos en los que los problemas crecen y la situación se llena de limitaciones hasta ser imposible la salida. Esto genera una sensación de agobio y ansiedad, de dar vueltas siempre sobre el mismo eje y volver continuamente al mismo punto. Esta es la razón por la que lo juegos de Escape son tan populares. Sin embargo, hay una salida, que siempre está en un cambio de percepción, en otra realidad diferente, en un nivel separado. Al crear esa realidad diferente se produce el milagro de la solución.

Dar es lo mismo que recibir. Esto no tiene sentido en un mundo en el que un vaso se cae siempre hacia abajo y nunca hacia arriba, pero doy y recibo en un mismo acto.

Hoy me intereso por esos resquicios por los que se salen los milagros, se rompen las leyes y desaparece el espacio y el tiempo. Esos momentos son a la vez instante y eternidad, y lo más fascinante es que en ellos no cabe el miedo. O de otra forma, el milagro es la liberación de los miedos.

Escalar una pared, conducir moto o vivir un momento sensual son claros ejemplos donde no existe el miedo, no existen los límites. Esto le puede sonar muy contraintuitivo a quien cree en el peligro, pero la prueba es que existen los escaladores. También lo es un momento de luz mental cuando estoy esperando a que el semáforo se ponga en verde. En ese momento de esbozada sonrisa no hay espacio ni tiempo y también hay percepción verdadera.

Al pensar en esa realidad alternativa, sonrío.

Curiosamente, no existe tal cosa como medio milagro, ni tampoco uno más difícil que otro. O se dan o no se dan, blanco o negro. O estoy en el mundo de los límites o fuera de él.

Casi siempre proceden del amor. Siento esa fuerza que une todo, ese todo que es uno, la naturaleza, ver al prójimo como mi hermano, ver a mi hermano como alguien intentando sanar igual que yo lo hago, es amor, y todo lo que ahí sucede es un milagro.

Cuando sucede un milagro, siento que no he sido yo el que ha ejecutado, sino más bien, algo se ha canalizado a través de mí, las musas me han inspirado, a la griega usanza, alguien actúa a través de mí. Es decir, para hacer milagros, hay primero que elegir dejarse guiar. Suelto, confío y me dejo llevar de su mano.

Todavía quedan atisbos de resentimientos que me limitan, pero el milagro me permite ver a la otra persona libre de su pasado, y así percibir que ha renacido. Sus errores se encuentran en el pasado, y al percibirlo sin ellos lo libero. Y puesto que su pasado es también el mío, comparto esa liberación.

Yo puedo hacer milagros, pero entendidos de una forma natural, correctiva, sanadora y universal. Que sean correctivos significa que son capaces de identificar el error, las creencias falsas que llevan a comportamientos dementes y absurdos. Ahí veo la esencia. Al corregir las creencias falsas, es posible sanar comportamientos, actitudes y personalidades. El milagro es el remedio y la curación el resultado.

No hay nada que no se pueda lograr cuando desaparece el miedo. Necesito concienciarme de que hay un miedo asociado, y que exponerme prematuramente a un milagro podría precipitarme al pánico. En algún lugar escondido, tengo la creencia de que los milagros son algo temible.

Se puede decir que, para obrar un milagro, es:

  • primero necesario salirse del miedo,
  • segundo, dejarse actuar por la musa inspiradora,
  • tercero, romper las creencias falsas, y
  • finalmente olvidarse del espacio y el tiempo, concentrándose en el ahora presente. 

Romper las creencias falsas significa que mi tarea como obrador de milagros es negar la negación de la verdad. Solo así, puedo empezar a pensar con la mente milagrosa y a sanar la percepción errónea.

El Ego sigue poniéndose en el camino. He construido mucho con mucha dedicación y sacrificio que veo se desvanece como si nunca hubiera existido. Duele, me siento apegado a ello, a la vez que siento que me estoy agarrando a una plantita sin raíces, que jamás me podrá sostener como un árbol con metros de raíz.

El vehículo de los milagros es el mantra del perdón, porque los que han sido perdonados lo tienen todo. El mantra “te perdono” hecho rutina lleva a suspender el juicio y a entrar en mentalidad milagrosa. No es extraño que el mantra se practique repitiendo y repitiendo hasta 108 veces, e incluso en Nepal dejándolo escrito y hecho ondear con banderas. El mantra me lleva a percibir al otro como en la misma necesidad de sanación que yo, en el mismo camino hacia la luz, y así concibo que no haya nada que perdonar.

No puedo obrar milagros sin creer en ellos. Y sin tener la confianza en que pueden cambiar no solo las creencias sino las acciones y el mundo. Un milagro es capaz de curar una mente dividida. Donde antes había una mente en la que yo soy yo y tú eres tú, y sufro por ello, aparece una mente que se conecta.

Necesito los milagros en mi vida porque tengo necesidades. Yo puedo emitir cualquier petición de ayuda y que un milagro responda. Si no responde es porque la necesidad no era real sino adquirida, pero si responde es porque la necesidad era verdad.

No hay situación a la que los milagros no sean aplicables, y al aplicarlos a todas las situaciones el mundo real es mío. En esta percepción, acepto que la sanación es posible, completa y radiante. El milagro enseña que he optado por la inocencia, la libertad y la dicha.

Y más cuando es compartido con mi hermano. El instante milagroso dura una eternidad. Compartido, un instante es liberación que ofrezco y que recibo. 

¿Debemos educar solamente en límites o también en milagros?

jueves, 23 de septiembre de 2021

Nos vemos, Héctor

 


Hola Héctor, te has ido hace dos días y ya te echo de menos. Gracias Ana María, tu compañera inseparable. Hace 25 años que nos conocemos, tú dabas tu clase de Tai Chi en la calle Floridablanca y yo pasaba ese sábado por la calle y os vi. Me uní a la clase que tú practicabas en silencio, hablamos después y llegamos a un acuerdo, yo aprendía Tai Chi de ti y tú montaña conmigo.

Ese pacto de caballeros mano a mano nos llevó a empezar a subir a la montaña y practicar en la cima, y el pacto siempre se ha mantenido vivo, tácito pero presente. Respirar en la Cruz de Abantos, las Machotas o en el Pico del Fraile ya nunca ha sido lo mismo.

Tu energía sigue fuerte, aunque tu cuerpo ya no esté. Te siento, te escucho, te entiendo, me llena igual la conversación. Han dejado huella nuestras conversaciones sobre el Tao, sobre la vida y sobre la Sanación. Te formaste en la Escuela Transpersonal de José María Doria, pero tu poder sanador ya lo traías de nacimiento. Eres todo amor, siempre con esa sonrisa expresiva y esa autenticidad profunda.

Me sigues hablando sobre el Ego y la arrogancia. Cada vez que alguien me contacta, me llama o incluso me ataca, te recuerdo diciendo que es una oportunidad que me da la vida para enfrentarme a algo y para sanar y crecer. La vida me trae esos regalos desde la mañana a la noche para que yo juegue.

Contigo aprendo que soy arrogante cuando desprecio un regalo y cuando decido poner mi tiempo y mi dedicación en otra persona o actividad, además porque acaba en frustración y vacío. Aprendo a visualizar lo que el destino tiene para mí, y a seguirlo a ciegas. Así nunca hay soledad, sino un mundo de hermanos y encuentros.

En el Tai Chi desarrollas la energía interna y se desvanece el Ego. Tienes que dejar de ser tú para poder ser. Si lo piensas con tu mente, es demasiado lento, ya es demasiado tarde. Permite que tus brazos, tu cuerpo y tu energía se muevan solos. Deja que el Universo haga su Voluntad.

Héctor, te comparto mi sensación de que me falta un apoyo. Tu energía está, pero sigo necesitando la conversación con voz y cuerpo. Tu energía me dice: “Manuel, recuerda que…”. Tú me aconsejas dejarme sentir, permitirme sentir la pérdida y el dolor y lo que venga. Y darle espacio a que aparezca lo real, que es toda la amistad que yo siento por ti.

Hemos jugado, hemos disfrutado y nos queda todavía un camino eterno, sin final. Como tú dices, “Be water, my friend!”.

La culpa

La culpa es una nube que no deja ver el sol. Solo en la liberación de la culpa, sin nube, aparece obvio y visible el sol y la verdad. Así finalmente hay una mente libre que no puede sufrir. Sufrimiento/culpa/liberación son las tres patas de la silla que sujetan la vida.

Para mí la culpa es la inductora de los miedos a las represalias y al abandono. Es más, sin culpa solo queda dicha, sin crueldad solo queda amor, sin dolor solo queda paz.

La pregunta es, si yo debo sentir culpa por haber tomado decisiones equivocadas. ¿O malintencionadas? ¿O ignorantes? Yo creo que los seres humanos somos impecables, y que es una blasfemia percibirnos como culpables.

Dice Helen Schucman que sólo tú puedes privarte a ti mismo de algo. Y yo entiendo que significa dejar de echar la culpa a algo que está fuera. Y evitar la tendencia de albergar a la culpa dentro, que tampoco es así. La culpa debe ser des-hecha, no recolocada en otra parte.

Además, si no te sintieses culpable no podrías atacar, pues la condenación es la raíz del ataque. Condenar es hacer un juicio sobre alguien que es indigno de amor y merecedor de castigo. Sin embargo, la paz y la culpabilidad son conceptos antitéticos.

El sentimiento de culpa es crucial, aunque la mayoría de las veces está soterrado en el fondo del inconsciente y no aparece.

Yo tengo ese sentimiento de culpa con mi madre. A ella la considero una persona sabia, con consciencia y experiencia, con amor. Interesantemente a mí me habla en clave, como si fuera el Buda de hace siglos hablando desde la puesta de sol. Me hace bien recibir su sabiduría, pero algunas veces por el contrario lo único que veo es una máscara.

Su máscara dice: “No nos dejemos adentrar en donde deberíamos adentrarnos y sanar lo que está esperando ser sanado”. “No hablemos de lo que tenemos que hablar”. “Mantengámonos en una distancia yo desde mi pedestal de gurú sabelotodo”. Un día me dijo una frase: “Parece que tú todavía no has creado consciencia sobre el daño que me has hecho durante muchos años, y el impacto tan negativo que eso tiene en mí”. “No veo ninguna señal de que hayas reflexionado y seas consciente de tantas faltas de consideración y respeto que se sucedieron durante tiempo y sus graves consecuencias para mí.  Tengo la sensación de que el alto grado de violencia emocional de tu entorno te ha hecho considerar que la ira y la agresividad, aparte de otros, en la convivencia son “normales”. Yo solo le contesté: “Mamá, somos uno con Dios. Y damos gracias. Vivamos en paz.”

Esto podía haberme enterrado en una capa de culpa por mucho tiempo. Pero sin embargo no ha sido así, por el contrario, es un regalo que la vida me ha hecho. El universo me ha traído la oportunidad de iluminar una zona antes oscura de mí. Me ha obsequiado con un trabajo de niño interior, en forma de meditación, ha abierto algunas puertas de mi inconsciente que estaban cerradas; puertas que yo no había descubierto y me ha permitido sentir.

Y en ese sentir, se sana. Ahí la veo como una persona, somos todos uno, ni inferior ni superior, hace lo que puede, sobrevive como puede, busca su salvación como puede. En ese proceso se perdona sinceramente.

Es interesante que ella tiene que decir esa frase para que yo me ponga y nota que ahí hay algo, que me lleve a meditar, para que yo busque, para que yo me haga consciente y tenga conversaciones interesantes conmigo mismo cuando tenía 5 años.

La vida me regala estas oportunidades, donde al principio parece que el día empieza mal, pero que, sin embargo, es al contrario, empieza el día bien. Empieza el día con un juguete nuevo.

Veo la igualdad en ella, independientemente de lo que su personaje esté manifestando, y me trae la conexión que entre ella y yo hay, ese cordón umbilical que nunca se ha cortado del todo. No hay inferioridad ni superioridad. Simplemente no me creo la frase, sino que trabajo yo mismo en mi meditación. Una de esas conversaciones conmigo mismo con 5 años ha sido especialmente bonita.

Eran las 5 de la mañana y yo estaba sin dormir, dándole vueltas no estaba claro a qué, pero sin poder dormir. Claramente había algo por lo que no me dormía. Se me ocurrió hacer algo. Me coloqué en un lado de la cama, en el lado en que yo habitualmente habito, y tenía 5 años. Ahí se canalizaba perfectamente mi niño de 5 años con sus cosas, con su madre, su entorno, hablando en alto en medio de la noche. Me cambié al otro lado de la cama, y le hablé como adulto. Fue una conversación con varios cambios.

Tenía que ver con la culpa: “siéntete culpable, latígate, conciénciate de tus faltas, mereces tu castigo”. Soy culpable, he hecho las cosas mal. Sin embargo, no podía aceptarlo, yo había hecho bien, lo que había podido, soy invulnerable. Había una sensación muy fuerte de dolor, pero también de no, yo no soy culpable, no, yo no he hecho nada malo a ti, si sufres lo haces por ti, pero no porque yo haya hecho nada erróneo. Sentí muy fuerte el no aceptar su mensaje.

Me daba cuenta de que, en otras ocasiones, en otras conversaciones con mi madre, yo me hago humilde y adopto mi culpa. No es pose, sino que de verdad lo siento. Digo falsamente humilde porque esa no es verdadera humildad. Con ello, ella se apacigua, se calma y deja de atacar. Pero esta vez, sentí algo profundo de no, ya no voy a volver a hacerlo.

No tenía sentido decírselo a ella. No siento que sea la conversación que quiero tener con ella sino conmigo mismo. Me doy cuenta de que por mucho que quiera separarme de mis padres, de todo el mundo, pero sobre todo de mis padres, son los dos entes más difíciles de separación posible. Esto es así, desgraciadamente y afortunadamente, es así. Estamos conectados sí o sí. Es fundamental estar a bien, hacer las paces, quitar los conflictos y las diferencias.

A veces, he sido humilde y he hecho lo que ella quería, y con eso la he hecho feliz. Pero no, así no le hago ningún favor, ni a mí ni a ella. Esa falsa humildad la hace a ella pequeña. Crea inferioridad. Es denigrarla.

Para sanar la culpa, es necesario que mi madre canalice frases como “me haces sufrir”, incluyendo una serie larga de detalles que son pruebas fehacientes para ella. Al final, está muy escondido, pero hay una parte de mí que siente esa culpa, y una parte que siente que, si yo lo hiciera de forma diferente, sería más fácil para ella.

Ahí aparece el testigo de mi hermana que aconseja hacerlo de otra manera. Al ser yo mismo, auténtico, causo revoltijo a mi alrededor, pero bienvenido ese revoltijo porque es un detonante de crecimiento. Estamos todos ayudándonos a crecer, son grandes maestros.

Por eso la conversación con ella no hace falta. Ella es solo la canalización del hecho. Pero se trata de mí, de mi mente. Soy inocente. Y puedo ser yo, llego a mi autenticidad. A ella le llegará por la vía indirecta. Ella solo percibe que el mensaje no es contestado, percibe el vacío. Contestar no sería más que enredarnos en el conflicto mundano y generar más separación. Ella no percibirá, y si no lo percibe es que no querrá ver, no estará en su momento de hacerse consciente. Todo empieza por el trabajo en mí mismo.

Aprendo a tener cuidado con este pensamiento que aparece en mí mismo: “tú me haces infeliz, tú con tu crianza me generaste traumas, tú cuando me hablas así me haces sufrir”, echando la culpa a que lo de fuera nos da y nos quita. Otras personas no nos pueden dar ni quitar, no pueden ponernos en diferente estado de ánimo.

Perdonar funciona. Hay un perdón intransitivo, que significa que mi madre no ha hecho lo que yo creo que ha hecho. Yo lo he percibido erróneamente. El sufrimiento es mío y no es causado por nada exterior. Pero también hace falta un te perdono con un cómo detrás. Y el cómo concreto con mi madre es “te perdono porque somos iguales, buscando nuestra salvación, ambos hijos del Universo y hermanos, somos lo mismo. Eso es razón para perdonar, no porque ella haya hecho o no. No hay que hacer para, no tenemos que hacer méritos. Te perdono porque somo uno. Siento que yo no recibo ni doy perdón como consecuencia de una acción. ¿Cómo te perdono? Sintiendo nuestra conexión, ella no puede hacerme sufrir a mí, entonces no hay nada que perdonar. Se deshace aquello que perdonar.

Así se deshacen cosas. Sabiéndome inocente puedo dormir mucho mejor que sintiéndome culpable.

Y a la larga me quedan buenas moralejas. Quizás exagero si digo que el pasado no existe, que solo existe el aquí y el ahora. El pasado solo existe porque existe culpa. La culpabilidad determina que serás castigado en el futuro por lo que hiciste algo malo en el pasado. La culpabilidad, pues, es una forma de conservar el pasado y el futuro en tu mente. Esto tiene una consecuencia durísima, siempre que revivo el pasado, no es necesariamente porque fue bonito, sino porque allí se produjo una culpa. Al sanar la culpa, se olvida el pasado.

Cuando siento culpa y su fuente reside en el pasado, es que no estoy mirando en mi interior, el pasado no está en mi interior, y no tiene sentido en el ahora. La culpa del pasado es solo una invención mía de mi mente, que está llamada a desvanecerse y olvidar.

También que la culpa puede ser desvanecida porque es solo una locura sin sentido. La culpa me resulta intolerable, soy inocente, y por ello, invulnerable.

Además, que proyecto para deshacerme de la culpa. Culpabilizo a los demás. No puedo soportar la culpa en mí, y la veo en otras personas. Es decir, que los que considero culpables, se convierten en los testigos de mi propia culpabilidad, y es en mi donde únicamente la puedo ver, pues está ahí hasta que sea des-hecha. La culpabilidad se encuentra siempre en mi mente, la cual se ha condenado a sí misma. Seguir proyectando culpabilidad no permite su desvanecimiento.

A un hombre le culpabilizaron de que había ejecutado mal la matrícula universitaria de su hija y, ¿Cómo respondió? Diciendo que la culpa era suya por haberse ido de viaje. A otro hombre se le cayó un vaso cuando movió sin querer el codo, ¿cómo respondió? Echando la culpa a otra persona de que había dejado el vaso demasiado cerca del borde. Eso es proyectar la culpa. Podemos proyectar, pero solo es tapar la fuerza de maldad que existe en nosotros.

Pecado y castigo. Creer que alguien ha cometido un pecado contra mí, significa creer que yo mismo me ataría en ese mismo pecado. Creer en el castigo significa que estaría proyectando la responsabilidad de la culpa sobre otro, y ello refuerza la idea de que está justificado culpar.

Proyectar es solo esconder, porque la culpa también es intransitiva, siento culpa punto, como si hubiera un surtido de ideales a los que he fallado. Unos “tengo que” que no he satisfecho. Simplemente no puedo identificar su fuente.

Aprendo que ese “secreto por el que te sientes culpable” no es nada, y si lo sacas a la luz, la Luz lo desvanece. La nube y sus miedos se desvanecen, es la vuelta a casa.