Estamos viviendo una miríada de cambios profundos en la
sociedad en la que vivimos. Uno de los más visuales es entender el siglo XX
como un siglo de extrovertidos para extrovertidos, y el siglo XXI un siglo de
introvertidos para introvertidos.
Yo estoy viviendo cambios profundos en mi vida. Uno de los
más visuales es el cambio de extrovertido a más introvertido. Donde mi foco
antes estaba en el exterior, creyendo sin dudar la existencia fehaciente de un
mundo fuere de mí, ahora, por la pandemia o por la madurez, el foco empieza a
mudar al mundo interior.
Ahí, la importancia básica es mi maestro interior, la
experiencia dentro de uno mismo, sobre la creencia básica de que el mundo exterior
es solo un conjunto de partículas y ondas electromagnéticas, y la realidad la
construye la percepción del ser viviente.
Mis emociones parecen venir de fuera, sin embargo, son
creadas por la percepción de la mente, en base a experiencias anteriores,
proyecciones futuras, creencias sociales, valores educativos… De esta forma,
toda emoción es una quimera, una invención, una construcción de la mente
racional.
Por ejemplo, ayer mi mente decidió construir un ataque. Yo
podía ver claro que una persona externa a mí me estaba atacando, y mi reacción
era una incomoda posición de necesidad de defenderme, de devolver el ataque, de
alejarme de esa persona, de bloqueo hacia su acción.
Mi posición de defensa era dolorosa. ¿Por qué esa persona
sin razón aparente querría hacerme sentir molesto? ¿De dónde venía toda esa
injusticia? ¿Por qué yo debía reatacar para mantener mi dignidad, mi Ego y mi
autoestima?
Desde la perspectiva de un mundo interior, todo esto es muy
diferente. Lo único evidente en esa situación es que yo estaba experimentando
una emoción desagradable de ser atacado. No es fuera, es siempre de dentro,
como decía mi amigo Héctor.
Era yo que estaba construyendo en mi mente el ataque, a
pesar de percibirlo que venía desde fuera. Seguramente, yo construía ese ataque
porque mi niño interior herido percibió alguna vez ataque durante el embarazo o
la infancia, y mis neuronas quedaron así entrelazadas de forma que ya siempre
repito esa sensación de ser atacado, cuando ya no existe ese ataque.
Los mastines españoles son perros grandes, cariñosos, leales
a su dueño, de mirada amable y comportamiento juguetón. Sin embargo, la
práctica en los pueblos es pegarles de pequeños, maltratarles y racionarles
comida y agua. Estos perros maltratados mutan su comportamiento en bestias agresivas.
Son capaces de percibir atacantes y reaccionar muy violentamente, destrozando
cualquier víctima. Son muy peligrosos, hoy ilegal la práctica.
A través de mi niño interior maltratado, el tigre que llevo
dentro me ataca cada cierto tiempo, y yo vivo una parte de mi existencia defendiéndome
de mi tigre. Y agrediéndole de vuelta. Es agotador vivir en esa lucha incesante,
en un círculo vicioso de culpa, víctima, percepción de ataque, defensa, ataque,
culpa…
De pronto, tengo un momento en el que me siento culpable, y
ello me parece insostenible, así que decido inconscientemente victimizarme y
proyectar la carga sobre otra persona que esté cerca. No hay mejor defensa que
un buen ataque. Y así, refuerzo la sensación de culpa, y convierto el momento
en una rueda sin fin.
Sin embargo, desde mi maestro interior, se que nadie me ha
atacado, y que solo en el convencimiento profundo de que el ataque que percibo
ahora nunca existió, soy capaz de perdonar al prójimo. Perdonar en el sentido
más básico de la palabra, significando convencido de que no ha existido ataque
real.
Perdonando ese comportamiento y esa persona, se produce el
milagro de hacer desaparecer el ataque. Es una experiencia intensa, en la que
es posible pasar de un claro ataque a olvidar completamente la emoción. En un
momento de ecuanimidad, dejo de reaccionar negativamente ante algo externo, una
vez disuadido de que está solo en mis sueños, en mi imaginación.
Ayer percibí un ataque muy doloroso, al que pude quebrar la
reacción emocional en mi mente. En relación causa efecto, ataque lleva a
reacción emocional, y ésta es una casi ley, muy importante de romper.
Una vez reducido el enemigo, el ataque, apareció otra
persona con armas contra mí. Según iba reduciendo, los enemigos iban creciendo.
De uno en uno, como puestos en fila.
Como en una película de Bruce Lee, no tenía brazos ni
piernas suficientes como para bloquear los sucesivos ataques recibidos. La sensación
era más parecida a una película de ciencia ficción, incluso de miedo.
Muchas horas después, la tormenta fue convirtiéndose en
cielo azul y paz. Después de la tormenta siempre escampa. La sensación era de
dicha, felicidad y paz. El viaje a través de la sombra veía ya luz al final del
túnel.
La paz resultante se llamaba indefensión. Ya no necesita
defenderme de nada, porque ya no había nada que me estuviese atacando. Mi tigre
se había echado a dormir agotado.
En mi paz, todas las personas a las que había conseguido
perdonar, se me imaginaban hermosos. Nada podía yo valorar tanto ni tener en
tanta estima. No había comparación con la pesadilla anterior. Los gigantes
volvían a ser molinos, y esta vez soleados y bellos. Mi corazón cantaba de
alegría. El mundo real era resplandeciente, puro y nuevo.
La cocina había quedado hecha un caos después de cocinar,
pero el detergente y el proceso la habían retornado resplandeciente y bien
oliente. La belleza brota conforme contemplo el mundo con los ojos del perdón.
Las quimeras que había tergiversado mi percepción habían quedado, por lo menos
temporalmente, eliminadas. Ya no me sentía anclado al pasado.
Perdonar no es otra cosa que recordar únicamente los
pensamientos amorosos que di en el pasado, y aquellos que se me dieron a mí.
Todo lo demás debe olvidarse. Al final, me llevaré solo eso, el karma, mis
pensamientos amorosos y el impacto de mis acciones.
Traigo tenebrosas figuras de mi pasado. Las traigo y las
oigo. Si las conservo es porque así lo elijo, no puedo entender de dónde
llegaron ni cuál es su propósito, solo sé que representa el mal que creo que se
me infligió. Las traigo solo para poder devolver mal por mal, con la esperanza
de pensar que otro es culpable sin que ello me afecte a mí. Esas tenebrosas
figuras hablan de venganza.
Es malvado, porque todo lo que me recuerda resentimientos
pasados me atrae, y me parece que es amor. Por eso esas relaciones así formadas
son más corporales que espirituales, porque en realidad, la relación no se
entabla con la persona que parece, sino con otra que en el pasado generó los
percibidos maltratos.
Esa relación no se forja con otra persona, sino precisamente
para excluirla, pues la relación es con unos sueños inexistentes. En la unión
con esas fantasías se goza de una dicha ininterrumpida. El perdón deja
solamente los pensamientos amorosos, y con ello, transforma el pasado en
presente.
En mi indefensión radica mi seguridad. En mi indefensión soy
fuerte, y descubro lo que mis defensas ocultan. El propósito de todas mis
defensas es impedir que reciba el regalo que para mí hay hoy.
Las Artes Marciales me han enseñado que la indefensión nunca
puede ser atacada, porque reconoce una fuerza tan inmensa, que ante ella el
ataque es absurdo, un juego tonto de un niño cansado, cuando tiene tanto sueño
que ya ni se acuerda de lo que quiere.
Mahatma Gandhi, el fundador del movimiento de la no
violencia decía “Existen muchas causas por las cuales estoy dispuesto a morir,
pero ninguna por la cual esté dispuesto a matar”, y en esa frase se basa toda
su filosofía.
Más allá de los sueños, reconozco que no necesito defensas,
soy inexpugnable, el ataque no tiene sentido alguno. La indefensión me protege.
En mi luz soy invulnerable.
A veces pienso que mostrarme indefenso es como estar en el
hogar de mi infancia. En mi hay un niño interior que anda buscando la casa de
su padre, sabiéndose un extraño fuera de ella. En ella, no se juzga, no se
ataca y solo se ama incondicionalmente, sin tener que hacer méritos, solo por haber
nacido en ella. Tan solo pide unos segundos de respiro, un intervalo en el que
pueda volver a respirar el aire de la casa.
Ese niño necesita mi protección. Su vocecilla es una llamada
de auxilio ahogada en los estridentes sonidos y destemplados ruidos del mundo.
Yo no le voy a fallar. Ese niño es mi indefensión, mi
fortaleza. El confía en mí.
Él es un niño pequeño, y yo he podido aprender de él cuán
fuerte es aquel que viene sin defensas, ofreciendo amor a sus enemigos. Acepto
su indefensión a cambio de todas las armas bélicas que mi mente ha construido. Voy
a volver a casa con él y gozar de paz por un rato.
Nos vamos a sentar a la mesa y voy a ponerle un plato a él simbólicamente.

