Te lo dedico a ti, que eres mi musa, mi libertad, mi Ubuntu.
Hoy no sé si hacer una cosa o hacer otra. ¿Llevo el paraguas o salgo de casa sin él? En mi creencia,
hay una diferenciación, un conflicto, la necesidad de decidir, son cosas
separadas y no pueden coexistir a la vez. Me siento libre para elegir, pero
frustrado por no ser capaz de elegir. ¿Por qué siento este conflicto de
libertad? ¿Por qué me siento limitado? ¿Por qué disfruto del sentimiento de la
libertad?
Se cuenta que un antropólogo propuso un juego a niños de una
tribu africana. Colocó una cesta llena de frutas junto a un árbol y propuso a
los niños que el primero que llegara a la cesta, ganaría toda la fruta. Dio la
señal para que corrieran y todos y cada uno de los niños se tomaron de las
manos para correr unidos, y después disfrutar el premio.
Cuando el antropólogo sugirió que uno de ellos podría haber
sido el único ganador de la fruta, le respondieron: ¡Ubuntu! ¿Cómo uno de
nosotros podría estar contento cuando los demás están tristes?
Ubuntu es más que solidaridad con el mundo, es sentirse
parte del mundo, desaparece la idea de "los demás".
Ubuntu no es incompatible con ser libre. No es cierto que si
pienso Ubuntu tenga que dejar mi libertad individual. No es irrebatible que no
pueda ser parte de mi valiosa comunidad y a la vez libre. No tengo que
abandonar a mi grupo para poder yo expresarme libremente. Los prejuicios y los
juicios de los demás no están necesariamente en conflicto con mis propias
decisiones de crecimiento. ¡Qué bonito es tener una familia o comunidad donde es
posible desarrollarse en libertad! ¡Qué bonito es desarrollarse en libertad y
contribuir con ello al desarrollo de la familia o comunidad!
Decía Spinoza que la libertad es llegar a la consciencia de
mi destino, entendido como la realidad, lo que no es posible cambiar, aceptarlo
y disfrutarlo. Saber lo que en las estrellas está escrito para mí y subirme a
su tren. No consiste en poder hacer lo que yo quiera, sino en querer siempre lo
yo hago.
Esto rompe la idea de que yo puedo ser libre, hacer lo que
me da la gana, y tomar decisiones racionalmente. No puedo hacer lo que quiera
en el momento que quiera. Imploro por mi libre albedrío. Yo querría ser libre,
pero no existe la posibilidad.
Y cada día un poco menos. Dos siglos después, Darwin nos
quitó otra parte de ese libre albedrío, escribió que el hombre no es un ser
especial, cualitativamente diferente de los animales. Y si no soy especial, soy
solo el fruto de nuestro instinto y nuestra naturaleza.
Otro siglo después, Freud nos quitó otra parte más del libre
albedrío. En su experiencia como psiquiatra, observó que mucha de nuestra
decisión viene del inconsciente, que de alguna forma nos determina, y no viene
de nuestras preferencias o nuestros gustos.
¿Somos libres? ¿O un simple producto de nuestra herencia
genética, experiencia y educación, además de nuestra sombra del inconsciente? ¿No
será que, cada vez que decidimos, lo hacemos porque hemos heredado un ADN, o
porque tuvimos un trauma en el pasado, o porque nos educaron a comportarnos así
o al revés? En este caso, no es mi entorno social y cultural el que me constriñe
y anula mi libertad, sino que es muy difícil reinventarme a mí mismo porque
desde dentro se me impide, es mi interior el que me pone bloqueos en el camino.
Libertad es una palabra muy bonita, es una palabra talismán,
vacía de contenido real, y muy manida cultural y políticamente. Sin embargo,
una de las patas críticas de la existencia humana, no puedo vivir sin ella. Hay
que dotarla de contenido desde la vida personal de cada uno, solo así sirve
para ofrecer la motivación necesaria para levantarse por las mañanas de la cama.
Desde la neurología, sabemos que tenemos una zona del
cerebro que llamamos córtex prefrontal, donde tiene lugar la actividad de la
mente consciente. Ese córtex prefrontal tiene a la conciencia por un mérito
propio, nos la ganamos, la construimos a propósito, es nuestra creación. Eso
parece, pero no es así, la consciencia es en realidad solo un medio auxiliar.
La conducta la controla el sistema límbico, otra geografía del cerebro. Según
la ciencia, tomamos las decisiones en el diencéfalo, esa zona geográfica donde moran
las emociones, el enfado, el miedo, el asco, la alegría y la tristeza. Y también
la confianza, el interés, la culpa, el orgullo, la complacencia y otras.
Todo esto yo lo resumo así: la libertad sí existe, pero eso
no significa hacer lo que yo quiera y tomar decisiones sin limitación alguna,
sin fronteras. La libertad es algo que yo puedo sentir, un mensaje que recibo
desde mi estómago, un idioma, una forma de existir.
La libertad es liberación. Creo que existen todas esas
constricciones de la experiencia y la educación, y de verdad son piedras en el
camino, que, sin embargo, con la debida metodología, es posible eliminar esas
lápidas, desvanecerlas de nuestras vidas. Crecer como personas significa
pacientemente ir apartando todos esos obstáculos, hasta conquistar la libertad.
Me fascina ir detectando y apartando piedras dentro de mí, y
sentir la cantidad de límites que, sin querer y sin saber, le he impuesto a mi
percepción. Es impresionante toda la belleza que puedo ver cuando desaparece la
niebla y puedo sentir los rayos del Sol en mi piel.
El primer paso hacia la libertad, según esta metodología,
comprende separar nuestras creencias falsas de las verdaderas, etiquetar cada
creencia en dos tipos. Yo creo que no soy suficiente. Yo creo que me puedo
quedar solo. Yo creo que una persona me está atacando. Yo creo que fui
abandonado emocionalmente por mis padres. Yo creo que en el trabajo está la
salvación. Yo creo que comprar me da la felicidad y poseer tal objeto me libera
de mi escasez respecto de algo. Las creencias falsas son piedras en mi camino. Ahí,
la mente, de forma natural, repudiará las falsas, que dejarán de existir, se
desvanecerán como si nada hubiera existido nunca.
También son piedras mis propios juicios. ¿Cómo evitar hacer
juicios? Yo no me siento libre, mis juicios me aprisionan. Soy el carcelero que
está más aprisionado que su preso, pues tiene que cuidar de él para que no
escape. Si dejase de hacer juicios, dejaría de condenar a los demás y al mundo,
liberaría a mi preso y me liberaría yo.
Me siento aprisionado por mis culpas, he oído muchas veces
que soy culpable del sufrimiento de otras personas. Esas culpas me inducen
miedo al abandono, siento que voy a dejar de ser aceptado y ser parte de una
comunidad. Necesito limpiarme de ellas.
Así, juez y culpable, no puedo evitar sentirme más seguro
repitiendo en el futuro lo que ya me ha pasado en el pasado. Virgencita,
virgencita, que me quede como estoy. Más vale pasado en mano que cientos de presentes
volando. Siento aprisionamiento. ¿Dónde está mi libre albedrío? Me siento como
un toro al que empujan por un estrecho pasillo hacia su muerte, lenta, pero sin
remisión.
Menos mal que hay más que esto. Yo, lo más seductor que he
experimentado es el existencialismo de Sartre, él veía la más pura libertad.
Para él, la vida es un proyecto, con principio, fin, objetivos y desarrollo.
Igual que un artista proyecta su obra de arte, yo puedo esculpir mi vida con mi
cincel.
Sartre presupone que el hombre puede controlar sus
instintos, costumbres, deseos, ideas y las reacciones que le fueron inculcadas
en su infancia. Solo necesita mucho método y algo de fuerza de voluntad, y
puede construirse a sí mismo. La libertad es autodeterminación, y la
autodeterminación es buena.
La autodeterminación o autorrealización es la capacidad de
esculpirme a mí mismo. Es un bien tan importante que para la mayoría de las
personas una felicidad determinada por otros no resulta una idea seductora.
Cada cual debe crear y trabajar su propia felicidad. Si es regalada, pierde su
valor. ¿Qué importancia tiene ganar si uno no puede perder?
Sartre hablaba de la libertad de las probabilidades. Es
probable que podamos tener vidas diferentes, paralelas a las que ahora tenemos.
Existe una salida a través de la claraboya. Existe el libre albedrío y la
libertad. Yo creo que verlo así es posible, es sublime, aún sin negar la limitación
por parte de nuestra herencia genética, experiencia y educación. Así, la
libertad no es un sueño, una intelequia, una frustración, que no nos hace
felices, sino que es eliminar el miedo y comenzar a volar.
Querer algo diferente puede ser oponerme a las leyes de la
realidad, a lo que es real y es así porque sí. Esto viola mi libertad. Prefiero
conducirme firmemente por la senda de la
libertad, aprendiendo cómo descartar o mirar más allá de todo lo que me
impediría seguir adelante, y haciéndolo de la mano de mi Maestro Interior.
No es fácil diferenciar aprisionamiento y libertad. La
realidad nunca me va a fallar, porque es lo que es. La realidad no puede concebirse sin mí porque no es su
voluntad estar sin mí. Mis sueños y mis falsas ilusiones sí acaban en
frustración y sufrimiento. Forzar a que las cosas sean de otra manera es solo
frustración, como el bambú cuando cambia de forma en el viento y vuelve a su
forma cuando cesa el viento.
¿Qué es la libertad? Es sentir paz y dicha al reconocer lo
que la realidad dispone para mí. Si experimento miedo y dolor, es que estoy
tratando de cambiar lo que no puede ser de otra forma.
Esto puede sonar muy tétrico, a Edad Media, pero tiene
excepciones. Hay un aspecto que tiene forma de realidad eternamente inmutable, que
sí tiene carácter de realidad inviolable, y que intentar cambiar no genera sino
sufrimiento. ¿Dónde está mi capacidad de cambiar? Puedo cambiar ese pequeño “nitty
gritty” que compone la vida mundana del día a día, puedo hacerlo porque en
definitiva no está más que en mi mente.
Las leyes me gobiernan porque gobiernan todo. No puedo
excluirme, si bien puedo obedecer. Por ejemplo, no puedo mantener la ilusión de
estar solo si estoy acompañado. En algún momento me daré cuenta de que el
Universo es uno y único, y “estar solo” no tiene sentido. La Verdad manda, y
mejor reconocerla y aceptarla.
La libertad necesita ser ejercida sin sacrificio ni
sumisión, pero con la alegría de espíritu. Cuando me sacrifico por otra persona
o meta, muchas veces lo hago de forma que genero un reproche y acabo esperando
algo de vuelta. No puedo esperar nada a cambio, debe ser la generosidad pura. Si
no es libre y con alegría, es mejor no hacerlo.
La libertad está en mí, pero sobre todo en los demás. Es a
través de los demás que yo encuentro mi propia libertad, entendido de la
siguiente forma. Crecer significa discriminar nuestras creencias, separar las
falso de las verdaderas, es decir, la culpabilidad de la inocencia. Entonces, si
en un caso, yo no veo inocencia en otro ser humano, es porque veo su pasado, no
le veo a él, pues en el instante todos somos puramente inocentes. Es decir, le
condeno, y al tiempo le estoy diciendo: "Yo que soy culpable, elijo seguir
siéndolo".
Así, niego su libertad, y al hacer eso, he negado el testigo
de la mía. Con igual facilidad podría haberlo liberado de su pasado y haber
eliminado de su mente la nube de culpa que lo encadena a él. En su libertad
habría encontrado la mía. El “te perdono” me genera a mí mi libertad. Creer en mí
es tener confianza en el otro.
El segundo paso en el camino de la libertad es la liberación
del pasado, igual que el primer paso comprende separar nuestras creencias falsas
de las verdaderas. En el pasado hay culpa, y en el presente hay inocencia. La liberación
del pasado, y por tanto, la ausencia de culpa es invulnerabilidad.
Es inevitable relacionar libertad y culpa como las dos asas
del mismo concepto. Sobre todo en una sociedad como la nuestra donde la culpa
está omnipresente y es socialmente bueno promover y generar culpa. Curiosamente,
en oriente también está impregnada su cultura de culpabilidad, pero sus
religiones tienen por objeto minimizarla, desvanecerla de las personas.
Mi liberación de la creencia de que algo puede hacerme daño,
demuestra que los demás son inocentes, ellos no pueden hacer nada que me haga
daño, y al no dejarles pensar que pueden, les enseño que la salvación, que he
aceptado para mí mismo, es también suya. No hay nada que perdonar.
La libertad refulge cuando, libre de pasado, vivo el
presente. En el instante santo me veo resplandeciendo con el fulgor de la
libertad. Es decir, no necesita mucho tiempo el camino hacia la libertad, meramente
un instante. Un momento sin pensamientos de pasado ni de futuro, en plena
atención a lo que los sentidos me están diciendo ahora. Sin miedo.
El tercer paso da lugar al himno de la libertad que se
escucha en todas partes. En la libertad, tengo la sensación de ser transportado
más allá de mí mismo. He escapado realmente de toda limitación. Es una súbita
pérdida de la conciencia corporal, y una experiencia de unión con otra cosa en
la que mi mente se expande para abarcarla.
Esa otra cosa pasa a formar parte de mí al unirme a ella. Y
tanto yo como ella nos completamos. Lo que realmente sucede es que he
renunciado a la ilusión de una conciencia limitada. El amor, que
instantáneamente reemplaza a ese miedo, se extiende. La paz es no cuestionar la
realidad, sino simplemente aceptarla.
En estos instantes en que me libero de toda restricción
física, experimento mucho de lo que sucede en el instante santo: un
levantamiento de las barreras del tiempo y del espacio, una súbita experiencia
de paz y alegría. Mas por encima de todo, pierdo toda conciencia del cuerpo y
dejo de dudar acerca de si todo esto es posible o no.
En este lugar de refugio puedo ser yo mismo en paz, simplemente mediante una serena fusión.
Quiero sentir esta libertad,
me sobra mucho corazón.
Quiero sentir el viento paseando por la montaña.
Quiero disfrutar la luz de un día frío de invierno.
Quiero ver levantar las nubes bajas de la mañana de brumas.
Quiero mirar la tierra para no codiciar nada, no envidiar nada.
Quiero ver caballos en libertad con las crines al vuelo,
esos caballos son mis hermanos.
Quiero ver pasar humeante un tropel de potros salvajes.
Quiero observar águilas de esplendidos plumajes,
trayendo de las cumbres magníficas visiones,
con el sereno vuelo de las inspiraciones.
Quiero oler la fragancia de la resina del pino de Peguerinos.
Quiero abrazar a esos árboles casi centenarios.
Quiero escuchar mis pisadas sobre el suelo.
Quiero sentirme el orfebre del instante
al Sol que nunca juzga los motivos terrenales.
Quiero ver en la noche lo infinito que me queda por aprender.
Y quiero hacerlo de tu mano, amor,
vigilando tu sonrisa,
buscando a ciegas tus contornos,
soñando fundirme en tu piel deshabitada.
Solo quien te ha besado sabe que es inmortal.
¿Quién es el ser humano más libre de la tierra?
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