lunes, 13 de diciembre de 2021

Ubuntu y la libertad

Te lo dedico a ti, que eres mi musa, mi libertad, mi Ubuntu.

Hoy no sé si hacer una cosa o hacer otra. ¿Llevo el paraguas o salgo de casa sin él? En mi creencia, hay una diferenciación, un conflicto, la necesidad de decidir, son cosas separadas y no pueden coexistir a la vez. Me siento libre para elegir, pero frustrado por no ser capaz de elegir. ¿Por qué siento este conflicto de libertad? ¿Por qué me siento limitado? ¿Por qué disfruto del sentimiento de la libertad?

Ubuntu es una de las bases éticas de la cultura sudafricana. Se refiere a la definición de grupo, de colaboración, de la lealtad y de la manera de relacionarse. Surge del dicho popular «Umuntu, nigumuntu, nagumuntu» que en zulú significa «una persona es una persona a causa de los demás».

Se cuenta que un antropólogo propuso un juego a niños de una tribu africana. Colocó una cesta llena de frutas junto a un árbol y propuso a los niños que el primero que llegara a la cesta, ganaría toda la fruta. Dio la señal para que corrieran y todos y cada uno de los niños se tomaron de las manos para correr unidos, y después disfrutar el premio.

Cuando el antropólogo sugirió que uno de ellos podría haber sido el único ganador de la fruta, le respondieron: ¡Ubuntu! ¿Cómo uno de nosotros podría estar contento cuando los demás están tristes?

Ubuntu es más que solidaridad con el mundo, es sentirse parte del mundo, desaparece la idea de "los demás". 

Ubuntu no es incompatible con ser libre. No es cierto que si pienso Ubuntu tenga que dejar mi libertad individual. No es irrebatible que no pueda ser parte de mi valiosa comunidad y a la vez libre. No tengo que abandonar a mi grupo para poder yo expresarme libremente. Los prejuicios y los juicios de los demás no están necesariamente en conflicto con mis propias decisiones de crecimiento. ¡Qué bonito es tener una familia o comunidad donde es posible desarrollarse en libertad! ¡Qué bonito es desarrollarse en libertad y contribuir con ello al desarrollo de la familia o comunidad!

Decía Spinoza que la libertad es llegar a la consciencia de mi destino, entendido como la realidad, lo que no es posible cambiar, aceptarlo y disfrutarlo. Saber lo que en las estrellas está escrito para mí y subirme a su tren. No consiste en poder hacer lo que yo quiera, sino en querer siempre lo yo hago.

Esto rompe la idea de que yo puedo ser libre, hacer lo que me da la gana, y tomar decisiones racionalmente. No puedo hacer lo que quiera en el momento que quiera. Imploro por mi libre albedrío. Yo querría ser libre, pero no existe la posibilidad.

Y cada día un poco menos. Dos siglos después, Darwin nos quitó otra parte de ese libre albedrío, escribió que el hombre no es un ser especial, cualitativamente diferente de los animales. Y si no soy especial, soy solo el fruto de nuestro instinto y nuestra naturaleza.

Otro siglo después, Freud nos quitó otra parte más del libre albedrío. En su experiencia como psiquiatra, observó que mucha de nuestra decisión viene del inconsciente, que de alguna forma nos determina, y no viene de nuestras preferencias o nuestros gustos.

¿Somos libres? ¿O un simple producto de nuestra herencia genética, experiencia y educación, además de nuestra sombra del inconsciente? ¿No será que, cada vez que decidimos, lo hacemos porque hemos heredado un ADN, o porque tuvimos un trauma en el pasado, o porque nos educaron a comportarnos así o al revés? En este caso, no es mi entorno social y cultural el que me constriñe y anula mi libertad, sino que es muy difícil reinventarme a mí mismo porque desde dentro se me impide, es mi interior el que me pone bloqueos en el camino.

Libertad es una palabra muy bonita, es una palabra talismán, vacía de contenido real, y muy manida cultural y políticamente. Sin embargo, una de las patas críticas de la existencia humana, no puedo vivir sin ella. Hay que dotarla de contenido desde la vida personal de cada uno, solo así sirve para ofrecer la motivación necesaria para levantarse por las mañanas de la cama.

Desde la neurología, sabemos que tenemos una zona del cerebro que llamamos córtex prefrontal, donde tiene lugar la actividad de la mente consciente. Ese córtex prefrontal tiene a la conciencia por un mérito propio, nos la ganamos, la construimos a propósito, es nuestra creación. Eso parece, pero no es así, la consciencia es en realidad solo un medio auxiliar. La conducta la controla el sistema límbico, otra geografía del cerebro. Según la ciencia, tomamos las decisiones en el diencéfalo, esa zona geográfica donde moran las emociones, el enfado, el miedo, el asco, la alegría y la tristeza. Y también la confianza, el interés, la culpa, el orgullo, la complacencia y otras.

Todo esto yo lo resumo así: la libertad sí existe, pero eso no significa hacer lo que yo quiera y tomar decisiones sin limitación alguna, sin fronteras. La libertad es algo que yo puedo sentir, un mensaje que recibo desde mi estómago, un idioma, una forma de existir.

La libertad es liberación. Creo que existen todas esas constricciones de la experiencia y la educación, y de verdad son piedras en el camino, que, sin embargo, con la debida metodología, es posible eliminar esas lápidas, desvanecerlas de nuestras vidas. Crecer como personas significa pacientemente ir apartando todos esos obstáculos, hasta conquistar la libertad.

Me fascina ir detectando y apartando piedras dentro de mí, y sentir la cantidad de límites que, sin querer y sin saber, le he impuesto a mi percepción. Es impresionante toda la belleza que puedo ver cuando desaparece la niebla y puedo sentir los rayos del Sol en mi piel.

El primer paso hacia la libertad, según esta metodología, comprende separar nuestras creencias falsas de las verdaderas, etiquetar cada creencia en dos tipos. Yo creo que no soy suficiente. Yo creo que me puedo quedar solo. Yo creo que una persona me está atacando. Yo creo que fui abandonado emocionalmente por mis padres. Yo creo que en el trabajo está la salvación. Yo creo que comprar me da la felicidad y poseer tal objeto me libera de mi escasez respecto de algo. Las creencias falsas son piedras en mi camino. Ahí, la mente, de forma natural, repudiará las falsas, que dejarán de existir, se desvanecerán como si nada hubiera existido nunca.

También son piedras mis propios juicios. ¿Cómo evitar hacer juicios? Yo no me siento libre, mis juicios me aprisionan. Soy el carcelero que está más aprisionado que su preso, pues tiene que cuidar de él para que no escape. Si dejase de hacer juicios, dejaría de condenar a los demás y al mundo, liberaría a mi preso y me liberaría yo.

Me siento aprisionado por mis culpas, he oído muchas veces que soy culpable del sufrimiento de otras personas. Esas culpas me inducen miedo al abandono, siento que voy a dejar de ser aceptado y ser parte de una comunidad. Necesito limpiarme de ellas.

Así, juez y culpable, no puedo evitar sentirme más seguro repitiendo en el futuro lo que ya me ha pasado en el pasado. Virgencita, virgencita, que me quede como estoy. Más vale pasado en mano que cientos de presentes volando. Siento aprisionamiento. ¿Dónde está mi libre albedrío? Me siento como un toro al que empujan por un estrecho pasillo hacia su muerte, lenta, pero sin remisión.

Menos mal que hay más que esto. Yo, lo más seductor que he experimentado es el existencialismo de Sartre, él veía la más pura libertad. Para él, la vida es un proyecto, con principio, fin, objetivos y desarrollo. Igual que un artista proyecta su obra de arte, yo puedo esculpir mi vida con mi cincel.

Sartre presupone que el hombre puede controlar sus instintos, costumbres, deseos, ideas y las reacciones que le fueron inculcadas en su infancia. Solo necesita mucho método y algo de fuerza de voluntad, y puede construirse a sí mismo. La libertad es autodeterminación, y la autodeterminación es buena.

La autodeterminación o autorrealización es la capacidad de esculpirme a mí mismo. Es un bien tan importante que para la mayoría de las personas una felicidad determinada por otros no resulta una idea seductora. Cada cual debe crear y trabajar su propia felicidad. Si es regalada, pierde su valor. ¿Qué importancia tiene ganar si uno no puede perder?

Sartre hablaba de la libertad de las probabilidades. Es probable que podamos tener vidas diferentes, paralelas a las que ahora tenemos. Existe una salida a través de la claraboya. Existe el libre albedrío y la libertad. Yo creo que verlo así es posible, es sublime, aún sin negar la limitación por parte de nuestra herencia genética, experiencia y educación. Así, la libertad no es un sueño, una intelequia, una frustración, que no nos hace felices, sino que es eliminar el miedo y comenzar a volar.

Querer algo diferente puede ser oponerme a las leyes de la realidad, a lo que es real y es así porque sí. Esto viola mi libertad. Prefiero conducirme firmemente por la senda de la libertad, aprendiendo cómo descartar o mirar más allá de todo lo que me impediría seguir adelante, y haciéndolo de la mano de mi Maestro Interior.

No es fácil diferenciar aprisionamiento y libertad. La realidad nunca me va a fallar, porque es lo que es. La realidad no puede concebirse sin mí porque no es su voluntad estar sin mí. Mis sueños y mis falsas ilusiones sí acaban en frustración y sufrimiento. Forzar a que las cosas sean de otra manera es solo frustración, como el bambú cuando cambia de forma en el viento y vuelve a su forma cuando cesa el viento.

¿Qué es la libertad? Es sentir paz y dicha al reconocer lo que la realidad dispone para mí. Si experimento miedo y dolor, es que estoy tratando de cambiar lo que no puede ser de otra forma.

Esto puede sonar muy tétrico, a Edad Media, pero tiene excepciones. Hay un aspecto que tiene forma de realidad eternamente inmutable, que sí tiene carácter de realidad inviolable, y que intentar cambiar no genera sino sufrimiento. ¿Dónde está mi capacidad de cambiar? Puedo cambiar ese pequeño “nitty gritty” que compone la vida mundana del día a día, puedo hacerlo porque en definitiva no está más que en mi mente.

Las leyes me gobiernan porque gobiernan todo. No puedo excluirme, si bien puedo obedecer. Por ejemplo, no puedo mantener la ilusión de estar solo si estoy acompañado. En algún momento me daré cuenta de que el Universo es uno y único, y “estar solo” no tiene sentido. La Verdad manda, y mejor reconocerla y aceptarla.

La libertad necesita ser ejercida sin sacrificio ni sumisión, pero con la alegría de espíritu. Cuando me sacrifico por otra persona o meta, muchas veces lo hago de forma que genero un reproche y acabo esperando algo de vuelta. No puedo esperar nada a cambio, debe ser la generosidad pura. Si no es libre y con alegría, es mejor no hacerlo.

La libertad está en mí, pero sobre todo en los demás. Es a través de los demás que yo encuentro mi propia libertad, entendido de la siguiente forma. Crecer significa discriminar nuestras creencias, separar las falso de las verdaderas, es decir, la culpabilidad de la inocencia. Entonces, si en un caso, yo no veo inocencia en otro ser humano, es porque veo su pasado, no le veo a él, pues en el instante todos somos puramente inocentes. Es decir, le condeno, y al tiempo le estoy diciendo: "Yo que soy culpable, elijo seguir siéndolo".

Así, niego su libertad, y al hacer eso, he negado el testigo de la mía. Con igual facilidad podría haberlo liberado de su pasado y haber eliminado de su mente la nube de culpa que lo encadena a él. En su libertad habría encontrado la mía. El “te perdono” me genera a mí mi libertad. Creer en mí es tener confianza en el otro.

El segundo paso en el camino de la libertad es la liberación del pasado, igual que el primer paso comprende separar nuestras creencias falsas de las verdaderas. En el pasado hay culpa, y en el presente hay inocencia. La liberación del pasado, y por tanto, la ausencia de culpa es invulnerabilidad.

Es inevitable relacionar libertad y culpa como las dos asas del mismo concepto. Sobre todo en una sociedad como la nuestra donde la culpa está omnipresente y es socialmente bueno promover y generar culpa. Curiosamente, en oriente también está impregnada su cultura de culpabilidad, pero sus religiones tienen por objeto minimizarla, desvanecerla de las personas.

Mi liberación de la creencia de que algo puede hacerme daño, demuestra que los demás son inocentes, ellos no pueden hacer nada que me haga daño, y al no dejarles pensar que pueden, les enseño que la salvación, que he aceptado para mí mismo, es también suya. No hay nada que perdonar.

La libertad refulge cuando, libre de pasado, vivo el presente. En el instante santo me veo resplandeciendo con el fulgor de la libertad. Es decir, no necesita mucho tiempo el camino hacia la libertad, meramente un instante. Un momento sin pensamientos de pasado ni de futuro, en plena atención a lo que los sentidos me están diciendo ahora. Sin miedo.

El tercer paso da lugar al himno de la libertad que se escucha en todas partes. En la libertad, tengo la sensación de ser transportado más allá de mí mismo. He escapado realmente de toda limitación. Es una súbita pérdida de la conciencia corporal, y una experiencia de unión con otra cosa en la que mi mente se expande para abarcarla.

Esa otra cosa pasa a formar parte de mí al unirme a ella. Y tanto yo como ella nos completamos. Lo que realmente sucede es que he renunciado a la ilusión de una conciencia limitada. El amor, que instantáneamente reemplaza a ese miedo, se extiende. La paz es no cuestionar la realidad, sino simplemente aceptarla.

En estos instantes en que me libero de toda restricción física, experimento mucho de lo que sucede en el instante santo: un levantamiento de las barreras del tiempo y del espacio, una súbita experiencia de paz y alegría. Mas por encima de todo, pierdo toda conciencia del cuerpo y dejo de dudar acerca de si todo esto es posible o no.

En este lugar de refugio puedo ser yo mismo en paz, simplemente mediante una serena fusión.

Quiero sentir esta libertad,

me sobra mucho corazón.

Quiero sentir el viento paseando por la montaña.

Quiero disfrutar la luz de un día frío de invierno.

Quiero ver levantar las nubes bajas de la mañana de brumas.

Quiero mirar la tierra para no codiciar nada, no envidiar nada.

Quiero ver caballos en libertad con las crines al vuelo,

esos caballos son mis hermanos.

Quiero ver pasar humeante un tropel de potros salvajes.

Quiero observar águilas de esplendidos plumajes,

trayendo de las cumbres magníficas visiones,

con el sereno vuelo de las inspiraciones.

Quiero oler la fragancia de la resina del pino de Peguerinos.

Quiero abrazar a esos árboles casi centenarios.

Quiero escuchar mis pisadas sobre el suelo.

Quiero sentirme el orfebre del instante

al Sol que nunca juzga los motivos terrenales.

Quiero ver en la noche lo infinito que me queda por aprender.

Y quiero hacerlo de tu mano, amor,

vigilando tu sonrisa,

buscando a ciegas tus contornos,

soñando fundirme en tu piel deshabitada.

Solo quien te ha besado sabe que es inmortal.

¿Quién es el ser humano más libre de la tierra?

No hay comentarios:

Publicar un comentario