En términos tradicionales, la sexualidad es una cuestión
biológica externa y no está sujeta a elección, así nacemos, así hacemos. La
sexualidad se ejerce, requiere exploración, nos mueve hacia la búsqueda del
placer.
Me está cambiando la sexualidad y creo que tiene que ver con
desde dónde la practico. Tiene mucho que ver con la relación que yo tengo con
mi propio cuerpo, pero sobre todo con quién soy. ¿Soy yo mi cuerpo? ¿Me
identifico con mi cuerpo? ¿Mi identidad está fundamentada en lo que mi biología
es capaz de hacer?
Tiene que ver con mis creencias. ¿Qué es lo que yo considero
valioso? ¿Tener razón? ¿Competir en el juego culpa-ataque? ¿Siento atracción
por la culpa? ¿El poder? ¿Las posesiones? La sexualidad tiene una parte que es
una expresión de estas creencias.
Crecer y desarrollarse viene muchas veces asociado a irse
del cuerpo para llegar al espíritu, y nos parece erróneamente que
desarrollarnos significa obtener paz a cambio de sacrificar el placer que el
cuerpo nos proporciona.
Crecer es más, es encontrarnos con nuestro propio ser, una
vez retirados los velos que lo esconden, y que tienen que ver con los miedos,
las creencias y esa intelequia que llamamos ego. Y hacerlo a través del cuerpo
y del placer, convirtiéndolos en un medio.
Crecer es el viaje del héroe que recorre Indiana Jones. Se arrodilla
ante las fuerzas superiores de la naturaleza. Esto le da fuerzas para cruzar un
puente, o cualquier otro reto. Solo al final del camino, puede tomar la copa de
la vida, que no es de oro, sino la de un carpintero, la copa de su ser. Se ha
encontrado a sí mismo.
Desde el realismo subjetivo, yo soy quien conoce el mundo,
el cual, no tiene entidad real fuera de mí, sino que es uno para cada persona.
Lo existente es una creación, un reflejo, una manifestación, de algo no
material, real, no físico, ni químico ni biológico: es el caso de las ideas en
Platón en el Mito de la Caverna, la Idea Absoluta en Hegel, el mundo de
voluntad y la representación de Schopenhauer o la subjetividad de los
individuos en el constructivismo.
Tampoco el cuerpo existe, es una simple proyección de
nuestra mente, y por tanto no es capaz de producirnos placer. El placer está en
nuestra mente, no viene de nuestro cuerpo. El cuerpo es un medio que abraza y
besa, pero todo está en la mente, no en el cuerpo.
No se trata de sacrificar la esperanza de recibir placer del
cuerpo. Por el contrario, el placer del cuerpo es una sombra de la plenitud del
ser, me transporta a lo eterno, fluyo a través de todo lo demás.
Yo deseo eso, encontrar la paz a través de lo eterno que hay
en mí. No quiero el dolor de la culpa. Elijo la sexualidad diferente con la
relación apropiada, para poder compartirlo, para que nos ayude en nuestro
camino hacia lo eterno.
Juntos podemos superar cualquier obstáculo, nos encontramos
ya dentro del portal. Podemos pasar todas las barreras, porque nos hemos unido
a lo ilimitado. Es el fin de la culpa.
Yo soy un vagabundo en busca de paz. Quiero paz y serenidad.
Y la he buscado donde ahora veo que no había. Existe una sexualidad basada en
la escasez. Me falta algo, tengo miedo a que me falte, y lo lleno de
sexualidad. Ahora veo lo que he experimentado, que identificarme con mi cuerpo
es una invitación al dolor, aunque haya placer, ambos se confunden.
El Ego dice que el placer corporal es felicidad, pero
también susurra: Es la muerte. Proporciona sensaciones que empiezan y se
acaban, que alegran pero que también pueden frustrar, son incompletas a veces.
Ocurre para satisfacer una pulsión física. Satisfacer algo
que va a morir, que llamamos placer. Es una ilusión de placer que es dolor. Lo
que anhelamos es sentir la plenitud, que no es carente, que no necesita algo
que le estimule. Algo que es la misma fuente ya.
Desde un punto de vista Advaita Vedanta, el Ego te incita a
que proyectes tus resentimientos, intentando expulsarlos de ti, para que te
puedas liberarte a ti mismo. Para convencerte de que esto es posible, le ordena
al cuerpo que busque dolor en el ataque contra otro. Lo llama placer y te lo
trae en bandeja de oro como liberación del sufrimiento.
Y así se usa parte de la sexualidad. Desde el Ego, se ve al
cuerpo como un objeto. Un objeto que me satisface. ¿Cómo? Tratando de
liberarnos de la culpa. Sucumbir a la atracción de la culpabilidad es la manera
de escaparse del dolor. Ojalá funcionase, pero el dolor no desaparece. Identificarse
con el cuerpo supone que en algún momento se va a producir una traición en
alguna forma.
Hay una desconexión, una desunión, que hace se convierta en
un ataque, en algo doloroso, que puede derivar en una sexualidad muy
desconectada. Estoy dándole valor a ese placer físico que creo me va a liberar,
pero desde ese lugar es un ataque, estoy separado del otro.
Cuando la sexualidad es desde la disposición del sistema de
pensamiento Ego, hay un cansancio y unas ganas de dormir. Ese descanso no es
paz.
Necesitamos reprogramar el valor que le hemos dado al cuerpo
y a la sexualidad. La única forma de romper este círculo vicioso es soltar. Ahí
está la armonía celeste. Es una experiencia distinta. Una relación es soltar
las experiencias para abrirse a nuevas experiencias. Lo que te dolía te deja de
doler, eso es perdonar.
¿Por qué razón es el cuerpo tan importante? Llego a la
conclusión de que es un simple medio de comunicación. Transmite las sensaciones
que yo deseo, como cualquier otro medio de comunicación, solo transmite los
mensajes que se le da.
Como a Miguel Strogoff, quien portaba un mensaje del zar en
el que se advertía de la invasión tártara, los contenidos de los mensajes le
son completamente indiferentes, su función es tomar un papel aquí y dejarlo en
otro lugar en un determinado momento.
El acto íntimo puede ser un acto de comunicación, donde no
es la sensación física lo que es altar, porque la mente no está interesada en
identificarse con eso. Es identificarme con la unión.
Desde la comunicación, ocurre la vida. No es cansancio, es
vida. No dan ganas de dormir, sino el reconocimiento que el universo solo se regula
mediante las leyes universales y no las mundanas. Es un acto de comunión en el
que el cuerpo va perdiendo importancia, hasta desvanecerse.
Reconozco que tal solo con mirarte ya estamos en ese lugar
de unión, no necesitamos el cuerpo. Es un reconocimiento de nuestro ser, plenitud
y felicidad.
Cuando te veo desde lo más profundo del corazón, pasando por
alto las formas, aparece otra experiencia, ahí es diferente. El Maestro
interior, reinterpreta, conduce a la inocencia, a casa.
Nos dice el Tao que un hermano es todos los hermanos. Cuando
dos personas se unen en esa relación santa, todo el universo está ahí.
Los impulsos físicos sexuales son impulsos milagrosos
distorsionados. Cada vez que se dispara la libido, es un anhelo de unión, de amar,
de fusión, de ser, pero que se distorsiona en la expresión física. Ahí vemos la
inocencia y podemos reconducirla.
Cada vez que lo siento, siento que necesito algo, necesidad,
deseo, necesidad, porque soy carente. Pero yo no soy un ser carente. Eso no
puede ser verdad, soy un ser pleno, respiro, ¿qué hay aquí? Hay paz. Para
investigar cada uno.
Si siento pulsión sexual y no puedo, mi mente no está
entrenada ahí, y tengo un desahogo físico, es fundamental que no me sienta
culpable por ello. No es nada malo, se va a redirigir mi mente, sin dar
importancia a los momentos intermedios. Es como tomarse un café.
Crecer es soltar el especialismo, que todo sea lo mismo,
soltarse. Desapegarse.
Amar supone trascender la separación entre seres a través de
la sexualidad. Tu no amas al otro, tú eres el otro. Como dice Ramana Maharshi,
un jivanmukta, un hombre liberado, hindú, del siglo XIX, no hay otro. Estar
iluminado es escuchar al maestro interior, la voz que te dicta, el espíritu
santo. Liberarme es ver al otro como parte de mí mismo.
Es el éxtasis, que va mucho más allá del orgasmo, es el
momento de disolución en el otro. En India, se llama el samadhi, la integración
total, la unión de sujeto y objeto. Ahí,
cesa la fluctuación de la mente y experimento el flujo único de mi conciencia,
doy sin expectativas, me doy totalmente al ser, sin miedo a pérdidas, porque
todo está en mí.
Solo existe encuentro y presencia constante en cada momento.
No tengo que buscar porque no soy un ser carente, no necesito que nadie me
complete. No necesito mi media naranja porque tú eres yo y yo soy tú.
El orgasmo biológico lleva escrita su propia muerte, explota
todo el sistema energético para morir al hacerlo. Pero su salvación también
está escrita, y consiste en revertir toda su fuerza en la unión con la energía
vital y disparar un estado ampliado de conciencia.
Consiste en mantener sostenidamente la energía preorgásmica,
como si durante un instante infinito estuviéramos a punto de tener un climax.
Esto une no solo en el cuerpo físico, sino también en la mente y las emociones,
es la unión de las almas en coherencia con el amor universal.
Lo que empieza en una mirada clara, una sonrisa luminosa, el
contacto cálido, la caricia amable y el beso sutil, continúa manteniendo el
placer, como avivar el fuego sin quemarse.
La energía sexual se llama Kundalini, y el orgasmo tiene por
objeto llegar a un estado energético acumulativo que es necesario para
despertar el libre flujo por todos los centros de energía del organismo, los
chakras.
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