Cuando lo analizo en detenimiento, se llama
"culpa". Me siento culpable por ser feliz, por no hacer propiamente
el duelo de personas que se van, es decir, me siento culpable por no sufrir. Me
siento culpable por sentir paz y dicha.
Antes la culpa no existía, todo estaba bien, pero ahora
empiezo a hacerme sensible a ella, la visualizo. No es mía, es herencia de una
sociedad en la que vivo y que promueve el sentimiento de culpa, el miedo
asociado y la necesidad de expiarlo. En esta cultura, la Expiación nos lleva a
flagelarnos la espalda durante las fiestas de semana santa, y a entonar un
credo de “por mi culpa, por mi gran culpa”.
Visualizo una red de personas interconectadas. Cada una
tiene su momento de felicidad, pero en seguida recibe una bola azul de una
conexión personal cercana. Esa bola con luz azul está muy caliente y quema. Por
eso, el momento de felicidad se convierte en dolor y sufrimiento.
Tanto duele que la persona siente profundamente la necesidad
de lanzar la pelota a otra persona que esté en su red. Lo hace rápida e
inconscientemente para no sentir arder sus manos, sin dedicar tiempo a pensar y
decidir conscientemente, en modo de pura supervivencia.
Lanzando la pelota azul al próximo, parece que momentáneamente
desaparece la quemadura y el dolor, ojalá, sin embargo, no se ha desprendido de
ella, la pelota sigue estando en sus manos.
Las películas japonesas representan esto muy bien, pintan con precisión los ataques lanzando bolas de energía.
En psicoanálisis, hablamos de proyección. Proyectar la culpa propia hacia los demás parece que nos va a vaciar de culpa, pero no lo hace. No nos libera.
Solo nos libera la meditación. Observar cómo queman las
manos, mirar con amor a esa bola azul, como si fuera un regalo de los Reyes
Magos en Enero, y dejar que se diluya, que se desvanezca poco a poco.
Los grilletes solamente se sueltan, soy la libertad, cuando
me hago consciente de que la bola no existía, era una pura construcción mía.
Había yo mismo construido algo, había creído que era real, y sufría por ello. ¡Qué
juego más absurdo!
Calderón de la Barca decía que la vida es sueño, y los
sueños, sueños son. Soñamos con la pelota, soñamos que nos quemamos, solo queda
despertar de ese sueño, y mirar las manos limpias, con llagas, sin el
obstáculo, la bola azul.
Sueña el rey que es rey, y
vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento
escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
Sueña el rico en su riqueza,
que más cuidados le ofrece;
sueña el pobre que padece
su miseria y su pobreza;
sueña el que a medrar empieza,
sueña el que afana y pretende,
sueña el que agravia y ofende,
y en el mundo, en conclusión,
todos sueñan lo que son,
aunque ninguno lo entiende.
Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado
más lisonjero me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño:
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.
Ahora que he aprendido, veo un juego interminable de pelotas
en movimiento, y personas que no se dan cuenta de ello. Se lo digo, les apoyo
en el proceso de comenzar a visualidad las bolas azules.
Soy inocente. El camino hacia la paz está lleno de obstáculos,
y, de éstos, el más difícil es la culpa. Su apariencia impenetrable, su ser de
piedra, es una quimera, parece una montaña que se puede escalar para desde la
altura ver mejor el sol, pero no es capaz ni siquiera de sostener una pluma. Cuando
trato de tocarla, desaparece, trato de asirla y mis manos están vacías.
Es una nube que parece un mundo entero, una cuidad, un lago,
una pradera, con pruebas sensibles de realidad, pero todo es imaginación.
Cuando miro con detalle, lo que parecía amoroso se vuelve grotesco.
Yo lo construyo, y al ser mi construcción, me siento
orgulloso y me creo que existe.
La nube de la culpa no es sólida ni impenetrable, hay un
momento en que se desvanece y hay sol detrás. La culpa se encuentra con el
perdón. Esa brillantez que veo es lo real. Soy inocente. Ya no está el
pensamiento ni el dolor.
Al final de este viaje está la pradera soleada, con vida animal inocente, una vaca pariendo al sol, a su ritmo, en soledad, un toro montando una vaca, una casa de piedra entre pinos y sin cobertura … el instante eterno, el hogar, la paz.
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