Dicen que las relaciones conscientes son aquellas donde el
conflicto se ausenta,
hay comprensión mutua y huele el ambiente a media naranja.
Desgraciadamente, a mí esto me huele a buenismo y a máscaras
en todas sus vertientes,
huele a que puede haber bien sin mal, a que puede haber blanco
sin negro.
Dicen que una relación es superior cuando dura,
y a mí me suena a autoridad, sumisión, y a miedo,
veo control, celos, evitación y ansiedad.
Mi intuición me dice que preocuparse por una relación,
es como preocuparse por el color de un automóvil cuando
acaba de quemarse el motor y no anda.
¿Cómo puede haber relación si no hay aceptación plena de la
realidad?
¿Cómo puede arreglarse lo de fuera cuando nos olvidamos del
interior?
Preocuparse de que el coche se mueva es indagar y resolver mi
mundo interior,
aprender a ser uno mismo, amistarme con mi cuerpo, comunicar,
gestionar mis emociones y entender el amor, éstos son los
paraqués de la relación.
No se trata de convencerme de que tengo una sombra en el
inconsciente,
ni de juzgarme por dónde estoy en el proceso de sanación,
ni de hacerme creer que estoy roto y necesito reparación,
sino de aceptar lo que es y no puede no ser, e intuir amor y
unidad,
y hacerlo en una visión compartida de la vida como un
proceso sanador,
no solo compartir los momentos de luz y celebrar los
resultados juntos en pareja,
sino trabajar la sombra unidos, meditar de la mano y
prácticas similares.
Una relación es el mejor maestro posible en la parte de mí
que es proyectora,
en esa parte, tengo mi sombra y soy capaz de ignorarla
absolutamente,
aunque la veo aumentada en mi pareja,
y al verla la sano.
En la otra parte, en la que, por el contrario, uso máscaras
porque no soy suficiente,
y tengo que continuamente demostrar aquello que no es,
encuentro la sanación en mi interior,
y la ausencia de pareja me ayuda a obligarme a confrontarme
conmigo mismo.
Dicen que una relación comprometida es magia,
que está compuesta por decisiones conscientes, unas pequeñas
y otras grandes,
que es sentir y dejar de estar dormido como mis tobillos
cuando me siento un rato sobre ellos,
que es elegir comunicarse cuando se rompe un acuerdo tácito
o explícito.
Yo también creo en ello, pero para mí tiene una condición
sine qua non,
aprender a vivir sin Ego, esa capacidad que tenemos de querer
lo que no es y no ha de ser,
hacerme ilusiones donde nada va a ocurrir,
y construirme objetivos que creo dignos pero que no me
acaban de llenar.
Yo siento momentos de absoluta imposibilidad de relación
consciente,
y son los momentos de transigir la combinación
ataque-inocencia,
en ese drama, fundaríamos símbolos de terror en el camino,
e implicaría cargar un arma de la que ninguno de los dos
podríamos escapar,
ninguno de los dos podríamos escapar de la culpa, ni juntos
ni separados,
o nos sacrificamos los dos o ninguno,
o nos liberamos los dos o ninguno.
Acusar es el obstáculo para el amor,
obstruye la autopista de la confianza y la paz.
¿Quién, herido por el otro, podría amarlo y confiar?
Así comienza: yo me siento tratado injustamente, consiento
en sufrir,
siento privación o siento cualquier tipo de necesidad,
por tanto, acuso al otro, le hago pagar la injusticia que
percibo,
sufro y lo hago porque el otro es culpable de haberme
atacado,
soy testigo, me convierto en una prueba viviente de que el
otro ha extraviado su inocencia,
y se daría cuenta con muchísima facilidad si se mirase a sí
mismo,
yo estoy pagando por una injusta venganza y es el otro el
que debería estar pagando.
Espero que la justicia se encargue
de que el otro pague por todas sus injusticias ejecutadas
contra mí,
solo así yo me liberaré.
Veo sus faltas escritas en el Cielo con mi sangre y con mi
muerte,
considero a la muerte como un coste razonable,
si con ello puedo demostrar que ha sido por la culpa del
otro,
sufro y me enfermo, una forma leve de muerte, como reflejo
de la culpabilidad del otro,
en tanto que enfermo, no siento compasión por él e intento
matar por contagio,
por eso amo la culpa.
Me transformo en la imagen representación de su culpa,
perdonar sus transgresiones solo haría añadir otro fardo más
a la culpa ya acumulada.
Sus faltas merecen castigo, mientras que las mías, si vamos
a ser justos, deberían pasarse por alto.
Sin embargo, mientras el otro consienta en sufrir, yo no voy
a sanar,
condenarle no me deja a mí liberarme,
solo en su inocencia puedo yo encontrar la mía.
Estoy satisfecho de que estoy a salvo de todo ataque y veo
la prueba de mi propia inocencia,
ya no voy a ver ni dolor ni reproche,
veo inocencia allí donde antes solo había un mártir testigo
de su culpabilidad,
mis manos se vuelven mansas y todas mis lágrimas se enjuagan
felizmente,
dejo ir,
encuentro la prueba de que nada de lo que su locura le mandó
hacer ocurrió,
ni tuvo efectos de ningún tipo,
no se justifica ninguna forma de reproche.
Me transformo en un testigo de su inocencia y no de su
culpabilidad,
busco la paz y la pura curación en lugar de la muerte,
así el mensaje al otro es “Descúbreme, que gracias a ti existo”.
Corregir los errores es la función que se nos ha dado a
ambos,
no por separado, sino como función compartida,
corregir los errores de ambos,
estamos en manos de la
Mente que está unida
y que opera como una y
única, pues el propósito es indiviso.
Todo queda solucionado en el aquí y ahora,
solo se requiere un instante de mi amor sin traza alguna de
ataque,
en el ahora sano completamente
el ahora brinda mi bendición al mundo,
amo al mundo y no queda nada motivo de miedo,
el aquí y ahora ilumina mis ojos.
Lo que ocurrió en aquel instante en que el amor entró sin
ninguna traza de ataque,
permanecerá conmigo para siempre,
tu curación y mi curación serán uno de sus efectos,
todos los testigos que contemple serán sólo una fracción de
los que realmente existen,
la infinitud no se puede entender contando todas sus partes
separadas.

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