¿Soy mente o soy cuerpo?
Mi cuerpo me sirve, me puedo mover, tener aventuras, interaccionar
con los demás.
A veces, me gusta simplemente sentir un cuerpo en forma, bello,
como fin en sí mismo.
Cuando el cuerpo deja de funcionar, lo llamamos muerte y se
acaba todo.
O tal vez no, tal vez el cuerpo es solamente el contenedor
de algo etéreo que llamamos alma,
y que cuando deja de funcionar simplemente libera su
contenido,
hasta que encuentra otro contenedor para seguir viviendo
aventuras.
A veces enferma, es decir, deja de funcionar parcialmente y
debe ser reparado,
igual que la aspiradora de casa,
entonces vamos al médico, nos hace una evaluación y receta
una pastilla o cirugía,
suponiendo que, metiendo el tenedor y el cuchillo, algo se
puedo cortar, quitar o pegar,
para que siga funcionando.
También hay enfermedades psicosomáticas,
que por más cuchillo que se meta, no hay dónde ni cómo
meterlo,
porque su causa no se encuentra en la materia sino en la
vida incorpórea que contiene.
En la psique o en el pensamiento, que es donde la medicina
pierde el norte,
y les deja de funcionar el GPS como si hubieran entrado en
el triángulo de las Bermudas.
El efecto placebo funciona cuando simplemente pensamos y nos
curamos,
con la fuerza de la mente.
Nos tomamos una pastilla de tiza pensando que es un fármaco
complejo y caro,
y nos curamos, como por arte de magia, porque lo dicta
placebo.
La prueba de la existencia del placebo demuestra en sí misma
que la mente gobierna al cuerpo,
y no al revés, que las enfermedades son relacionadas con la
necesidad de sanación mental.
A veces me hago daño, no cuido mi cuerpo, tomo decisiones
que suponen su destrucción,
podría fumar y alquitranar mis pulmones, podría saltar desde
un quinto,
podría consumir alcohol e inhibir mi capacidad de ver la
realidad,
podría sondear drogas y crear percepciones alteradas, a
veces sin vuelta atrás.
Otras veces exagero con el deporte, llevo mi cuerpo al
límite,
obligándole a generar sustancias pseudo-droga de origen
físico, adrenalina...
busco el frío, el esfuerzo, la presión,
así también estoy poniendo estrés sobre mi cuerpo generando
dolor.
¿No será que el auténtico objetivo de mi vida es la sanación
de mi alma?
¿No será mi cuerpo una proyección o reflejo que me permita
ver los errores en mi existencia?
La enfermedad puede ser una estrella fugaz que me conduzca
hacia elementos a sanar,
y hacia una vida más en paz.
Como, me alimento, y creo que lo hago para incorporar a mi
cuerpo aminoácidos,
hidratos de carbono, proteínas, grasas,
y otros elementos que necesita para continuar la vida,
lo hago como acto de miedo, no vaya a ser que muera
deshidratado y de inanición,
pero también puedo comer como un acto de amor, como para
crecer,
para alimentar mi voluntad de búsqueda trascendental.
Desarrollarme significa cambiar la relación que he creado
con mi acción de comer,
revisar las creencias básicas asociadas
y aproximarme a la comida con una actividad de pensamiento
diferente.
¿En qué pienso mientras como?
¿Qué pensamientos rondan mi cabeza?
¿Qué emociones vibran en ese momento?
¿Estoy absorbiendo información de mis sentidos, o por el
contrario estoy rescatando imágenes del pasado e imaginando futuros
conflictivos?
Creo conciencia sobre este hecho y no me gusta lo que observo.
Intento parar el ciclo de pensamiento,
drenar la cadena de ataque y defensa que se sucede sin solución
de continuidad.
Observo la velocidad con la que se mueve la partida de
ping-pong,
y cómo cambian constantemente los jugadores,
es un juego de tengo razón- soy atacado – proyecto – me defiendo
– ataco.
Presto atención a mi respiración: mis pulmones se vacían y
se llenan,
si quiero disminuir la energía mental, enfoco mi atención en
el vaciar de los pulmones,
si deseo aumentar la energía, los lleno.
Lo hago sin forzar, sin modificar lo que está pasando de
forma natural,
solo soy un observador en la distancia,
observo que me cuesta dejar entrar oxígeno,
siento los músculos contracturados apretando la capacidad
torácica,
pongo el énfasis en relajar los pulmones,
con la esperanza de que se disuelva el bloqueo y se llenen
solos.
Noto que mi espalda está curvada y que no permite espacio
físico,
cambio la postura,
pero sin forzar los músculos,
tratando de que mi propia espalda encuentre el equilibrio
físico sano sin apretar,
con relajación, con relajación apropiada, ni poca ni
demasiada,
mis pensamientos empiezan a desvanecerse.
Noto que mis sentidos envían hordas de información a través
del gusto,
el oído, la vista, el tacto, el olfato,
me centro en ellos y me gusta lo que experimento,
a través del gusto, puedo diferenciar y separar distintos
sabores,
pero no trato de hacer eso,
por el contrario, trato de saborear la unidad, la
integración de todas las papilas gustativas de mi lengua.
Huelo donde antes no olían los alimentos,
veo colores y formas como cuadros en un museo de arte
moderno,
elijo con esmero de dónde tomo la siguiente cucharada,
voy haciendo formas dinámicas en lo que queda en el plato,
no quito ojo a cómo va apareciendo el dibujo de la base del
plato,
los colores se mezclan y van cambiando,
si me atrevo, utilizo mis dedos y descubro la textura de los
alimentos,
ahora ásperos, suaves, duros, blandos, crujientes, lisos y grumosos,
la manzana deja de ser blanda y la tostada deja de ser húmeda.
Tengo una mala experiencia haciendo esfuerzos,
comer bien y hacer deporte pueden ser hechos con mi fuerza
de voluntad,
incluso pueden ser esfuerzos gigantescos, superhumanos a
veces,
al final, el hecho es que los esfuerzos son solo temporales,
imposible de mantenerlos permanentemente,
solo por un corto periodo de tiempo he podido cambiar mis
comportamientos,
soy capaz de cambiar mi pensamiento consciente, pero no el
inconsciente.
Reprogramar permanentemente de forma positiva mi pensamiento
consciente e inconsciente
sucede solo al nivel de la sanación holística hacia la
libertad.
El cuerpo es el efecto, no la causa.
Cuidar el cuerpo significa actuar sobre la causa, y esta no
es material,
la causa es la mente,
y simplemente es miedo,
y el miedo se expresa mediante urgencias inconscientes,
con excesos o hábitos insanos, y con resistencias al
ejercicio apropiado.
En esencia, necesito eliminar mis propios miedos para poder
sanar mi cuerpo,
así podré alinearme con el Flow del universo,
mis células recordarán su comportamiento natural.
Mi cuerpo incorpora una inteligencia natural para regularse
y crecer,
lo que es es, y hay una fuerza que empuja hacia lo que es.
Se puede decir que el comportamiento compulsivo destructivo
es de alguna forma un olvido,
una enajenación de esa sabiduría de la realidad.
La adicción es una fuerza inconsciente que lleva a un
comportamiento autodestructivo crónico,
sobre lo que la consciencia tiene poco poder de control.
En la adicción, no puedo parar.
Una cierta locura toma el control arruinando el momento,
disolviendo la felicidad,
y dejando en su lugar la desesperación.
El resultado del comportamiento es miseria,
que no ayuda nada a enfrentar la siguiente situación con
motivación.
No puedo controlar, salvo dejándome en las manos de una
fuerza superior
en ese momento, elevo mi mano derecha abierta
y espero que sea acogida por alguna estrella fugaz.
Así se hace la perfección.
Contra la adicción,
entender la conexión entre la mente y el cuerpo,
conocer la fisiología del deporte,
los detalles del metabolismo,
es expresamente inútil.
Freud dice que la inteligencia se pone al servicio de la neurosis,
en esos momentos de autodestrucción, he llegado a pensar:
voy a tomar unas galletas para darme amor mí mismo,
para reconfortarme, para alimentarme emocionalmente,
así de loca es la adicción, y no tiene nada que ver con lo
racional.
La salida es apelar a una fuerza superior que me ayuda a
liberarme del falso hambre,
que se lleva mi sufrimiento, que secuestra mi yo compulsivo,
que desencadena mi corazón y que me enseña quién soy.
En este viaje interior, dejo de entender el comer como comfort
y fuerza,
deja de valerme para tranquilizarme ni relajarme,
ha sido una gran mentira,
ni me alimenta ni me sostiene emocionalmente, estoy
corrigiendo esta creencia.
Entre los pensamientos que aparecen silenciosos mientras
como,
están algunos ladrillos en mi mochila: vergüenza, juicio,
arrogancia, inferioridad…
metafóricamente son pesos que primero se añaden a mi
conciencia,
para después formar grasa material.
El peso de mi mente es el peso de mis sombras emocionales,
nutridas por sentimientos sin procesar, negatividades o
actitudes miedosas.
Una tristeza que no sale, es una tristeza que se queda
atrapada en mi mente,
para después hacerlo en mi cuerpo en forma de volumen.
No puedo asimilar la experiencia y dejarla ir, es un tema de
procesar desperdicios.
Me dejo llevar de la mano,
creo un lugar sagrado para la alimentación, un altar donde
celebrar,
con objetos que recuerdan el objetivo último, un libro, una
foto, una flor…
pido que la neurosis, la patología, la compulsión y el miedo
dejen de tener poder en mi corazón, mi cuerpo y mi hogar.
Tengo un mantel, una servilleta y una cubertería atractiva,
vaso y velas, quemo incienso,
cierro los ojos y veo que mi cuerpo se llena de luz, se
vierte un elixir dorado y me dejo respirar.
Igual que en las antiguas tradiciones, tengo un aceite
especial, me lo extiendo,
desde los dedos de los pies, doy a mi cuerpo antes de
recibir,
pongo atención en cada curva sin prisa, aceptando,
afirmando, perdonando,
lo hago en una estancia limpia y ordenada, y bella.
La esfera luminosa está en mi pecho, es mi ser,
no es delgado ni obeso, fuerte ni débil, no tiene colores ni
es bello, simplemente es.
Me rindo a lo Divino, ya no tengo que comer para calmar el monstruo
de mi ansiedad.
Mi cuerpo no está separado de mi mente,
es una simple reflexión de ella,
cambio mi mente y cambian mis células,
no hay ningún pensamiento neutro,
si pienso negativo, me enfermo,
si pienso amor, se hace el milagro.
Consagro mi cuerpo para un propósito superior, el amor, solo
como en servicio del amor.
Hoy mi cuerpo y mi mente sirven a un objetivo superior,
mi cuerpo es un templo que conduce al amor,
no es un fin en sí mismo, es solo un medio hacia un amor
superior.
Como la vestimenta, no es lo que yo soy, pero es un
delicioso templo.
Voy a la cocina y me hablan dos voces a la vez, la del miedo
y la del amor,
la primera pide procesados,
la segunda un desayuno sano que me permita ejecutar la
misión que me ha sido encomendada,
la comunión amorosa con la vida misma.
Me levanto y doy las gracias por estar vivo y sin dolor,
doy las gracias por mi familia, amigos y mi mundo,
doy los buenos días,
hago un zumo de naranja para todos,
sonrío y doy abrazos, con palabras bonitas,
les empodero para el día,
abro la ventana y permito que se ventile el aire y entre la
luz,
leo algo inspiracional, medito y conscientemente acepto mi
día,
me muevo, paseo, bailo y hago yoga.
Durante la cena, preparo para que todos estén alrededor de
la mesa,
cada uno debe sentir la paz de entrar en el hogar,
mis hijos saben que alguien les espera para escucharles,
el estimulo frenético del mundo se congela, la mesa está
bonita y tiene velas y flores.
El final del día es la relajación, un paseo observando las
estrellas,
las cosas ya no tiranizan, sino dan la libertad.
Mi cuerpo es un instrumento de paz hacia los demás.
El amor es muy diferente del miedo:
otro día más, que se hagan su desayuno, no me importa lo que
hacen,
no me importa cómo me veo, quiero comer, no debo nada a
nadie,
no tengo tiempo de meditar, no tengo energía para pasear al sol,
odio, nada me motiva,
me doy a la compulsión de mi inconsciente.
Que vea el miedo que me aprieta y el amor que me libera,
Enséñame a vivir en el amor,
y que una nueva forma de alimentarme venga de forma natural.

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