Me daba cuenta de que cuando voy de viaje siempre llevo una cantidad exagerada de comida, y también de que como antes de salir por la mañana a trabajar, por si acaso tuviese hambre a lo largo del día. En realidad, esto no es racional, no pasa nada por estar 8 o 10 horas sin ingerir alimento.
Es un miedo a la escasez, a no
permitir la menor probabilidad de que nada falte bajo ninguna circunstancia,
una falta de confianza hacia mí mismo, hacia los demás, que siempre alguien nos
daría comida, hacia el mundo, que siempre dispondrá de un mecanismo
compensador, y hacia Dios, Dios proveerá.
¿Cómo quitar el miedo? ¿Generando
confianza? Ayer tuve una buena experiencia, ayuné durante 48 horas y me di
cuenta de que no pasa nada, de que no tuve hambre, de que no desarrollé ninguna
enfermedad y de que no sufrí. De hecho, tuve una sensación de liviandad y de
agilidad desacostumbrada. Tenía enormes cantidades de energía para moverme sin
esfuerzo. Subí a la Maliciosa a 2200 metros de altura y al volver, salí a dar
una vuelta en bici de una hora.
Tiene algo de sensación de domar
el cuerpo, nosotros somos los amos y no él. Todas las religiones históricamente
animan a sus fieles a ayunar, no solo para balancear el poder del alma y del
cuerpo, sino también porque el miedo al hambre es un miedo a la muerte
encubierto, es lo que nos mantiene estancados en la negatividad.
Otra sensación que he tenido del
ayuno es la de dignidad. Son solo 48 horas, no quiero ni imaginarme lo que
sería ayunar 40 días en el desierto. Me da la impresión de que ese miedo al
hambre y a la escasez es una potente arma de manipulación y esclavitud. Si mi
dignidad como ser humano para mí fuera más importante que el hambre del cuerpo
físico, la esclavitud sería imposible. Por eso ayunar es libertad, es perder el
miedo al hambre y de paso a la muerte.
Y el miedo al hambre se pierde
pasando hambre, ayunando. El miedo al hambre se pierde también comprendiéndolo.
El ayuno no es solo no comer, sino también la práctica interior de ser
consciente del hambre y del rol que el hambre tiene en nuestra dignidad. Me
pregunto por qué el comer se considera uno de los mayores placeres a nivel
físico y por qué ese placer de estar lleno de comida se asocia con el placer de
estar lleno de positividad, amor, felicidad, paz, alegría etc.
Estar delgados no es un truco de
la publicidad ni un engaño social, es algo trascendental, es la fuerza que nos
lleva a ayunar y a concienciarnos de la relación con nuestro cuerpo. No es un
tema estético de belleza sino uno ontológico sobre el sentido de la vida.
Ayunar desarrolla la autoestima
porque a través de la voluntad se expresa “Tú no vas a ser más que yo, tú no
vas a poder someterme”. No se trata de comer más o menos sano, vegano o
vegetariano, se trata de enfrentarse al miedo al hambre, a la escasez y a la
muerte para buscar nuestra libertad.
Además, es una experiencia
fisiológica. Ayunar es apelar al hambre. Al hambre de verdad. Siento que nunca
he conocido el hambre. Me refiero a esa sensación que es capaz de salvarte la
vida, que te impele a buscar comida para sobrevivir.
El hambre es la necesidad de
alimento, y yo nunca he tenido necesidad de alimento. Sin necesidad de alimento
no hay hambre y no deberíamos comer. No se debe confundir el hambre con otras
sensaciones habituales que nos llevan a comer.
Yo pensaba que el hambre se
sentía en la parte alta del estómago, en forma de contracciones, un dolor, una
punzada en la parte baja del pecho, el epigastrio. Algo que puede llegar a
provocar dolores de cabeza, falta de vigor vital, debilidad o quemazón.
Ahora sé que eso es apetito, una
sensación de búsqueda de comida, cualquier cosa, rápida, sin importar la
cualidad solo la cantidad. Esa sensación de quemazón y de debilidad en realidad
es el efecto de echar de menos el café, el té, las especias y la comida sin
hambre. Viene por un estado congestionado de irritación del estómago, una
indigestión.
No es lo mismo el hambre que el
apetito. El hecho de que la comida inmediata suavice el dolor viene de la
congestión, es decir, que la membrana mucosa del estómago está congestionada.
Incluso ingiriendo varias comidas copiosas al día, no desaparece la sensación
de apetito. Comer palía temporalmente el dolor nervioso y gástrico, pero es un
comer que no supone la capacidad de digerir y asimilar lo ingerido. El apetito
es la sensación morbosa que representa la irritación gástrica, la neurosis, la
úlcera gástrica, la indigestión, la inflamación gástrica, la reacción ante la
retirada de la estimulación continua, pero no hambre. El dolor de estómago
durante el ayuno viene de la inflamación crónica de la membrana del estómago.
Es una especie de alcoholismo de
comida. Yo a veces comía varias veces al día y nunca se quitaba la sensación de
apetito, la comida era un paliativo a la adicción.
Cuando aparece ese dolor en el
estómago, no deberíamos comer sino ayunar hasta hacerlo desaparecer. Es verdad
que comer palía temporalmente ese dolor, pero no por hambre. No hay que
confundir la falta de nutrientes con la ausencia de los estímulos habituales en
el estómago. Es un síndrome de abstinencia de la droga de comer continuamente
sin hambre.
El gluten también causa síndrome
de abstinencia. Aunque es una proteína problemática, es muy adictiva. Una razón
es que produce exorfinas A5, B4 y B5 que son opiáceos naturales, muy
estimulantes. Quitar radicalmente el gluten de la dieta conlleva ansiedad,
distensión, molestia estomacal, irritabilidad, dolor articular, niebla
cerebral, diarrea, cansancio o pérdida de peso. Quitarme el gluten de mi dieta
hace 8 años fue como recuperarme de una adicción, eso sí, con energía,
vitalidad, deshinchado y con mejor humor.
Lo que el hambre de verdad
provoca es sensación de alerta y bienestar. La sensación de hambre no es una
patología ni un síntoma ni una adicción. Representa la necesidad de nutrientes.
La persona con hambre de verdad no busca cantidad sino cualidad, busca un zumo
de frutas y sabe cuándo parar porque no necesita más. A través del ayuno, una
vez vacías las reservas de energía del cuerpo, emana la sensación verdadera de
hambre. No se siente en el estómago, sino en la boca y en la garganta.
Es una sensación desconocida que
probablemente no había sentido desde la infancia. El gusto y el apetito lo
tenemos pervertido por la sobrealimentación en la infancia. Probablemente se
inició la primera vez que mi madre o la enfermera, con buena voluntad, me
obligaron a comer cuando yo no estaba preparado todavía. El proceso siguió así
hasta que décadas más tarde empezó a ser problemático y cualquier llamada de la
naturaleza del cuerpo empezó a interpretarse como signo de hambre.
Por eso tenemos miedo al hambre,
porque creemos que el hambre es un demonio. Pero como el sueño, el cansancio o
la sed, es un protector del cuerpo.
Ayunar ayuda a descubrir que el
hambre es algo placentero, casi una sensación exquisita que merece la pena
experimentar. El flujo de saliva genera agua en la boca. Se siente en la boca,
la garganta y la nariz, íntimamente asociada al gusto y al olor. De mucha sensibilidad. Sin dolor ni
sufrimiento. Genera un deseo consciente y distinto para la comida. Es una
sensación de confort.




