Mi primera experiencia
de ayuno fue durante el mes de Ramadan en Líbano. No lo hice por motivos
religiosos sino con objeto de integrarme socialmente, para mimetizarme con el
entorno. Donde fueres, haz lo que vieres. Yo entendía el ayuno musulmán como un
deber espiritual con Dios, una especie de sacrificio de no comer ni beber
durante un periodo de tiempo para probar el amor y la lealtad hacia él, un
sufrimiento en definitiva.
Lo que me
encontré fue que el ayuno es mucho más que quitarse uno mismo algo, sino hacer
espacio para otra cosa. Me pareció muy interesante que el primer día fui invitado
a celebrar con una familia conocida. El Ramadán consiste en no beber, comer ni
practicar sexo desde la salida del sol a la puesta de sol durante 28 días
consecutivos. En la puesta de sol, ocurre una gran celebración, normalmente con
la familia extendida, tradicionalmente asan un cordero y se celebra emotivamente
el fin del día.
Muchas veces he oído criticar que no tiene sentido ayunar si
luego se compensa comiendo con opulencia. Ante mi sorpresa no fue así, después
de un largo día de ayuno, el cuerpo, la mente y el alma están alineados,
equilibrados, en orden, y no hay demasiadas ganas de comer con glotonería. Se
come, se disfruta y se unen las familias pero no con gula.
La segunda experiencia
fue en una isla de Tailandia, con arena blanca y mar verde lleno de gambas
nadando. Era un programa de ayuno, de “détox cleansing”, de unos días, con una
preparación de dieta tres días antes y tres días después. En aquel entorno
paradisiaco, era patente que física y mentalmente todo aquello me estaba
haciendo mucho bien. Recuerdo haber dado una vuelta a la isla nadando, quizás
tres horas en el mar, con energía, sin cansarme. Recuerdo mi mente lúcida y
pacífica.
El ayuno ha sido
una práctica religiosa y científica desde hace muchos siglos. Su fundamento es la
acumulación de reservas de combustible en forma de lípidos en el tejido adiposo
para cubrir las necesidades energéticas del organismo.
Los beneficios
del ayuno desde un punto de vista científico se explican mediante dos procesos
metabólicos del cuerpo, la autofagia (“autophagy”), el proceso de limpieza
celular, y la lipolisis (“lipolysis”), el proceso de quemado de grasas.
La práctica del
ayuno tiene que ver con buscar los beneficios de la ketosis nutricional, que es
un estado metabólico natural y saludable en el que el cuerpo utiliza grasa y
ketones como su fuente primaria de energía. Esto interrumpe el cuerpo como
máquina de consumir azúcares y lo convierte en una máquina de quemar grasa.
Esto tiene
efectos neurológicos que benefician el cerebro y ayudan al cuerpo a estar más
joven. En situaciones de baja disponibilidad calórica, los mamíferos tienden a
reducir el tamaño de los órganos, con dos excepciones, el cerebro y los
testículos. La función reproductiva debe preservarse para propagar la especie,
pero las funciones cognitivas también deben ser preservadas. De hecho, el
hambre hace experimentar claridad mental, que se traduce en foco, energía y
productividad. Los sentidos están superalerta y afilados como una aguja. El
cuerpo físicamente ágil.
Incluso el
lenguaje lo revela, cuando decimos que estamos hambrientos de atención,
queremos decir que estamos alertas y listos para la acción. Medidas científicas
demuestran que el ayuno no disminuye el foco de atención, ni la atención
sostenida, ni el tiempo de reacción ni la memoria, ni el sueño ni el estado de
ánimo. Justo lo contrario que produce una cena de Navidad que incluye tres
platos, vino y una buena dosis de azúcares, donde el único reto que es capaz de
llevar a cabo la mente es sentarse en el sofá.
Aparentemente, se
segrega una proteína, BDNF, brain derived neurotrophic factor, que favorece el
desarrollo de las neuronas y es responsable de la memoria a largo plazo. Por
eso es posible que tenga beneficios frente al Alzheimer, Parkinson o
Huntington. Se puede medir un aumento de la actividad eléctrica y sináptica del
cerebro.
También es un
potente antiinflamatorio y mejora la producción de hormonas, aumentando la sensibilidad a la insulina en sangre.
También disminuye la leptina en el cuerpo, sustancia que tiene por objeto
reducir el apetito, sin embargo los individuos obesos muestran resistencia a la
leptina y aunque posean elevados niveles de leptina en su organismo fallan al
momento de controlar y modular su peso.
La autofagia (“autofaghy”)
fue acuñada por Christian de Duve, Premio Nobel. Las células están programadas
para suicidarse cuando llegan a una cierta edad, asegurando así la buena salud.
Cuando una célula debe ser reemplazada, aparece el proceso de autofagia, es
decir, la célula se come a sí misma en momentos de disminución calórica. El
proceso de renovación solamente empieza cuando las partes celulares han sido
limpiadas, así el cuerpo se renueva.
Así es como
funciona. Las tres fuentes de energía del cuerpo humano son los nutrientes ingeridos directamente, el glicógeno, que es la primera forma que tiene el cuerpo de acumular energía, es el combustible de los esfuerzos intensos, almacenado en los músculos y en el hígado; tiene que haber disponibilidad de oxígeno para que el glicógeno se pueda convertir en energía, y finalmente la grasa.
Con tan solo 3 gramos del aminoácido leucina,
el proceso de autofagia se suspende. El cuerpo tiene unos sensores de
disponibilidad de nutrientes, el rapamycin (mTOR). Este sensor no detecta la
disponibilidad de energía acumulada en el cuerpo, ni el glicógeno del hígado ni la grasa corporal, solo detecta la entrada
de nutrientes a corto plazo.
Cuando consumimos
carbohidratos o proteínas, se segrega insulina y se activa el mTOR,
suspendiendo la autofagia. Cuando no consumimos, las células más antiguas son
eliminadas y los restos de aminoácidos se envían al hígado donde se crea
glucosa en la gluconeogénesis.
La producción de hormonas
se da según los ritmos circadianos, es decir, con ciclos de 24 horas.
Aparentemente, el hambre tiene también un ritmo circadiano, poco por la mañana,
más a lo largo del día. La hormona del hambre se llama Ghrelin y tiene un pico
máximo a las 8pm, según nuestra genética. Curiosamente, en ayunos prolongados,
el Ghrelin deja de producirse después del segundo día. La dieta Mediterránea es
la más apropiada, donde la mayor comida del día es entre las 12 y las 3pm, con
una cena suave.
Los económicos
del ayuno son los siguientes. En un ayuno de 14 días se pierden 300 gramos
diarios de peso. Cada día se consume alrededor de 2000 calorías, es decir, que un
kilo de grasa contiene unas 7000 calorías.
A nivel
espiritual, es una limpieza del alma. Moisés y Jesús ayunaron durante 40 días y
tuvieron la visión. Si nuestros cuerpos son el templo de Dios, eliminando las
toxinas, permitimos la detoxificación del espíritu. El ayuno crea la atmosfera
perfecta para transformar las circunstancias de limitaciones, caos o miedos en
abundancia y paz. No suele funcionar para situaciones de ego o recompensas
terrenales, pero no hay duda de que las recompensas psíquicas y terapéuticas
vienen.
Es una práctica de
autoconocimiento muy alineada con situaciones de luto, búsqueda de un sentido
de propósito y dirección, lucha con una importante decisión vital, tratamiento
de adicción o crisis o un tratamiento holístico saludable.
De Hildegard von
Bingen hemos heredado la práctica. Es una monja benedictina nacida en 1098 que
aboga por la moderación como filosofía. Para ella, el ayuno es una forma de
mantener equilibrio y moderación delante de la abundancia y nuestras
debilidades naturales por los excesos. Para ella, es una decisión consciente de
limpiar el cuerpo de las toxinas que comemos, respiramos y aplicamos a nuestra
piel, no solo eso, un desarrollo de la conciencia de nuestras relaciones con
nuestro entorno, nuestro cuerpo y nuestra alma.
Es también intencional, es bueno escribir su propósito y objetivos. Por eso el ayuno
es una práctica de conciencia, que debe permitir mucho descanso y relajación,
incluir lectura, meditación, mayor tiempo de dormir, paz, soledad y tiempo en
la naturaleza.




