Conocí a Agapito Maestre
en 1995. Yo era estudiante de Filosofía y él mi profesor en último año de la
carrera. En esa época, éramos en clase 25 estudiantes ávidos de vida. Mentiría
como bellaco si dijese ávidos de estudiar. En realidad, ya habíamos cumplido
los 20, recién salíamos del cascarón y teníamos ganas de comernos la vida,
buscábamos claves que nos ayudasen a extraer hasta la última gotita de jugo a
nuestras experiencias, a nuestras decisiones todavía incipientes. Llegábamos a
la Facultad de Filosofía y veíamos signos de interrogación pegados en esas
paredes de azulejo azul mustio.
Yo personalmente había
estudiado una carrera técnica, que si bien había desarrollado correctamente mis
habilidades espaciales, creativas y de resolución de problemas, me dejaba frio
como un témpano ante la realidad que parecía ser un ente completamente
diferente. Me enfrentaba a un mundo a millones de kilómetros de distancia para
el que no había recibido las herramientas básicas de la supervivencia.
Desorientado, buscaba clavos ardiendo a los que agarrarme.
Agapito estaba ahí,
encima de la tarima, sentado sobre esa silla decadente en la que ya se había
sentado una buena parte del claustro filosófico del país, incluidos Ortega y
Gasset, María Zambrano y otras joyas, mirando a un grupo de estudiantes entre
los que podía estar algún nuevo Alex de la Iglesia o Adriana Ugarte. Nos miraba
casi con pena como individuos que no sabían nada y aquello nos cortaba la
respiración.
Agapito venía con la
crítica y el no por delante, y a nosotros eso nos resonaba por dentro. En esa
época todavía no sabíamos lo que éramos, pero sí sabíamos lo que no nos
gustaba, que era por cierto casi todo lo que nos rodeaba y lo que no nos
rodeaba. Habíamos heredado un mundo que queríamos cambiar, deseábamos encontrar
los límites y sacar la cabeza a ver qué había al otro lado. Agapito se llevaba
mal con casi cualquier ser con piernas que se moviese a un kilómetro a la
redonda, y eso a nosotros nos resonaba y nos unía de forma mágica.
Casi ninguno de nosotros
nos perdíamos casi ninguna de sus clases. Sus lecciones eran una suerte de
verborrea donde se mezclaban temas sin fin, donde las frases no encontraban sus
finales y donde las ideas se quedaban en vilo, como él mismo predicaba. Eso nos
enganchaba más que la droga dura. Era muy diferente de las películas y la
literatura tradicional donde todo tiene que tener un fin y una moraleja barata
para no defraudar al miedoso e ignorante lector.
Algunos intentaron
pacientemente clasificar aquellas palabras, aquellas frases, aquellas ideas.
Había quien le tachaba de reaccionario, aunque debían aceptar que solo era la
mitad del tiempo. Otros de conservador o de liberal o de postmoderno o de
neocomunista o de… La verdad es que Agapito nos lo parecía todo junto. Algunas
veces una detrás de otra, y otras veces al mismo tiempo. No estaba mal! Mi
opinión es que en sus frases estaba contenida la política, la sociedad, la
economía, la historia, la vida entera, eran el poder. Sus frases eran siempre
completas, redondas, eran capaces de entrar directamente en el cuerpo del de
enfrente y agarrar sus entrañas más instaladas y profundas para darles la
vuelta y descolocarlas de forma irreversible.
Y suenan bien. Es verso y
prosa juntos. Es prosa como forma natural del lenguaje, oralidad nativa, y es
verso porque está sujeto a un ritmo. Es una sinfonía asonante y consonante con
las fibras internas de la historia de la humanidad. En sus frases riman los
argumentos, las emociones y la intuición todo en un revoltijo que solo tiene
sentido si uno abre todas sus puertas a la vez. Lo hace con una maestría que no
he conocido después.
Sus clases se quedaron
como un virus instalado que se ha ido abriendo poco a poco a modo de
dosificador a través de los años. Han ido acompañando al propio desarrollo de
la vida de muchos de sus estudiantes. No aprendimos nada y lo aprendimos todo.
Esa aparente verborrea tenía más sentido de lo que esperábamos.

No hay comentarios:
Publicar un comentario