Ya no veo el
móvil. Para leerlo necesito la luz de la mañana o la lupa de Sherlock. Podría
poner los caracteres de tamaño más grande pero eso me obligaría a hacer scroll
constante y perderme en el movimiento horizontal. La lupa de Sherlock me da
otra vez acceso a mi whatsapp y a mi sistema de mensajería intertextual que me
conecta con el mundo, el presente, el pasado y el futuro.
Además mi lupa portátil
resuena a filmes y fotografías de los antiguos taxis tirados por caballos -como
los que Holmes toma cuando debe salir corriendo de su domicilio en el 221B de
Baker Street- o vistas del Támesis envuelto en la neblina provocada por la
contaminación industrial.

A través de este
vidrio de lectura, los objetos de mi alrededor se convierten en tamaño
descomunal. Tal visión pantagruélica me parece voraz, glotona, casi excéntrica,
como los ogros bonachones Gargantúa y Pantagruel. Y es que François Rabelais,
su autor, era médico y sacerdote, y comenzó a escribir libros con la sana
intención de divertir y entretener a sus pacientes. Su éxito vino con polémica por
su lenguaje y sus expresiones vulgares. Rabelais es conocido como ateo y hereje
por no respetar los buenos modales. Así me parece el mundo con mi lupa, que
rebosa por los lados.
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