lunes, 6 de enero de 2020

La lupa de Sherlock


Ya no veo el móvil. Para leerlo necesito la luz de la mañana o la lupa de Sherlock. Podría poner los caracteres de tamaño más grande pero eso me obligaría a hacer scroll constante y perderme en el movimiento horizontal. La lupa de Sherlock me da otra vez acceso a mi whatsapp y a mi sistema de mensajería intertextual que me conecta con el mundo, el presente, el pasado y el futuro.

Además mi lupa portátil resuena a filmes y fotografías de los antiguos taxis tirados por caballos -como los que Holmes toma cuando debe salir corriendo de su domicilio en el 221B de Baker Street- o vistas del Támesis envuelto en la neblina provocada por la contaminación industrial.
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A través de este vidrio de lectura, los objetos de mi alrededor se convierten en tamaño descomunal. Tal visión pantagruélica me parece voraz, glotona, casi excéntrica, como los ogros bonachones Gargantúa y Pantagruel. Y es que François Rabelais, su autor, era médico y sacerdote, y comenzó a escribir libros con la sana intención de divertir y entretener a sus pacientes. Su éxito vino con polémica por su lenguaje y sus expresiones vulgares. Rabelais es conocido como ateo y hereje por no respetar los buenos modales. Así me parece el mundo con mi lupa, que rebosa por los lados.

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