Estos días estoy viviendo una experiencia exasperante,
más allá de molesta, indigna y desilusionante, una traición
máxima,
donde lo que yo más sólido podía considerar,
aquello que hundía mis raíces en la tierra más compacta,
se ha desvanecido en un segundo ha dejado de ser duro para
ser etéreo,
ya no es presente, se ha ido al pasado, que deja de existir.
Fue real en su instante eterno, pero ahora es una ilusión,
una gran mentira, un magnífico engaño,
prometía grandes premios que nunca llegaron para quedarse,
sino que ascendieron al cielo cual nube blanca,
cada pequeña mentira iba construyendo una burbuja gigantesca,
que ahora ha explotado sin dejar rastro más allá de una gota
desconcertada,
era la luna llena que nos hacía sentir uno, ahora es cuarto
menguante.
Hay dolor y sufrimiento,
donde había unidad ahora hay una separación artificial,
social y de decisión,
incomunicación e incompatibilidad,
no quedan fuerzas centrípetas, solo las centrífugas,
el alejamiento trae falta y ausencia, es un malestar físico
casi real,
a mi pequeño tigre le duele el cuerpo, y no encuentra su
compota de manzana.
El sufrimiento bien entendido sirve básicamente para sufrir,
y es una llamada al siguiente nivel de batalla,
tal vez es verdad que el ser humano no ha llegado aquí para
dormir, sino para encontrarse y crecer.
Este crescendo tiene forma de viaje, y comienza cuando nazco,
incluso antes,
hay un momento en el que soy uno,
vivo en un paraíso donde todo es bienestar, soy bebé en el
seno materno,
no carezco de nada, no tengo necesidades de ninguna clase.
Astutamente, por unas razones u otras, en un relámpago
descubrí la separación,
me dí cuenta de que yo estaba separado de lo que no era yo,
Octavio Paz lo llama la otredad y lo define como la escisión
primordial,
un sentimiento de confusión al perder la unidad del ser
humano.
Si yo me identifico con mi cuerpo y no con el resto, me
separo,
me percibo aislado y desvalido, empiezo a tener miedo.
A partir de ahí, continúo dividiendo,
y mi yo se convierte en la separación de mente y cuerpo,
empieza a hacer calor y frío, día y noche, risa y llanto,
cóncavo y convexo, …
todo es un conflicto entre opuestos.
Para la separación construyo dos variables esenciales, el
espacio y el tiempo,
y categorizo sin cesar entre aquí y allí, grande y pequeño,
antes y después,
introduzco las nociones de grados, aspectos e intervalos.
Después de millones de categorizaciones, definiciones,
vallas y fronteras,
llego a la existencia en el mundo, al Samsara, tal como
colectivamente lo conocemos,
donde hay vasos de cristal y hormigón caliente,
como hombre me encuentra perdido, pasmado, fascinado,
aturdido y acomplejado,
dividido entre el amor y el aborrecimiento de su universo de
opuestos,
tengo miedo, angustia y dolor.
Y empiezo a integrar,
el camino de la expiación comienza cuando cambio de sentido,
empiezo a romper las diferencias,
y en algún momento regreso al nirvana donde aparece la
conciencia de ser,
la unidad otra vez, y ya no hay más separación,
conquisto la paz y la serenidad.
Madurar significa derribar todas las vallas y los muros,
que con tanta devoción he levantado,
cuantas más separaciones, más vallas y más fronteras,
más pequeño es el yo y más grande es lo demás,
por eso, empezar a romper la separación es percibido como ir
creciendo el yo,
conquistando terreno, y por tanto como un canto a la
libertad.
Eros contra Tánatos,
podría haber habido amor incondicional y confianza,
pero se unió a la escena el ego,
a veces, el camino de la sabiduría avanza y recibo puntos,
otras veces retrocedo, como en el parchís mi ficha es comida
y regreso a la casilla de salida,
como en un rito de iniciación, voy transcendiendo y
evolucionando de nivel en nivel,
empezando por el nivel cero, que llamo cobre.
El nivel cobre es la construcción del ego,
voy creando el mundo tal como lo conozco,
cuando quiero saber qué es una flor, la corto, la separo de
la naturaleza,
creo separación entre la flor y la no flor,
en el nivel cobre, la conciencia de unidad no es más que una
aberración,
un estado alterado de conciencia, un algo que necesita
corrección.
El cuerpo no es otra cosa que mi propiedad como mente,
puede deteriorarse y desintegrarse, es tercamente
impermanente,
y por tanto sucio y traicionero,
yo busco lo inmutable y fijo,
construyo mi ego, una imagen de mí mismo, pero incierta,
llena de aspectos infantiles, emocionales, racionales e
irracionales.
Hay un desván de deseos e impulsos en el ego que son
extraños, amenazadores y prohibidos,
yo decido esconderlos,
es el Dios Baco romano, del deseo, del vino, del
resentimiento y de la noche,
se convierte en una zona enemiga, que niego, fuera de mí,
separada,
es mi sombra.
El nivel plata empieza cuando yo me hago consciente de mi
insatisfacción ante la vida,
la farsa social me pesa y empiezo a tener conciencia de
realidades más profundas,
en esta fase me hago amigo de mi sombra,
levanto la tapa del recipiente donde llevo mis secretos,
y observo todos aquellos deseos y proyecciones escondidas.
Permito mi depresión, ansiedad, abandono, vergüenza… y las estimulo,
el no puedo se convierte en quiero, desaparecen los tengo
que.
El nivel oro ve nacer al centauro,
como
describe Ken Wilber en “No Boundary: Eastern and Western Approaches to Personal
Growth”
(La conciencia sin fronteras), 1979,
mitad hombre mitad caballo, que representa la ruptura de la
frontera mente cuerpo.
El jinete no monta su caballo, sino que es uno con su
caballo,
no es una mente que controla su cuerpo, sino una unidad
psicosomática.
Recuperar el cuerpo significa que yo no soy solo mi
movimiento voluntario,
ahora muevo el brazo,
pero también lato el corazón y crezco el pelo,
la enfermedad deja de poder existir.
Descubro que quiero deshacer mi Ego,
quiero fluir con la vida, identificar las señales que se me
ofrecen,
intuir mi destino y seguir lo que está escrito para mí,
pero mi Ego se empeña en hacerlo diferente,
en nadar contra corriente y en no creer en la confianza del
amor.
Mi Ego cree que sin él no hay salvación posible,
es agotador vivir desde el Ego, en un mar de duda y miedo.
El cuarto nivel, platino, supone adentrarme en mundos,
que no cumplen las coordenadas habituales,
están más allá de su alcance.
Jung, por ejemplo, encontró imágenes primordiales o
arquetipos,
es decir, estructuras mentales que son comunes a todos los
individuos y culturas,
esa realidad es transpersonal,
la conciencia se eleva sobre la mente, las emociones y el
cuerpo,
dejo de identificarme con ellos para llegar a ser una
especia de testigo transpersonal.
En el platino, mis deseos, síndromes de abandono y
resentimientos,
empiezan a relativizarse, ya no son cuestión de vida o
muerte,
porque en mí hay un ser más insondable y primordial,
a quien no afecta la sinusoide de cambios impertinentes,
la insoportable levedad del ser,
trasciendo mi dolor, emociones y miedos.
Toda sensación de separación desaparece,
la separación ya solo puede entenderse como un error de
percepción, no existía,
era solo una forma equivocada que me llevaba a entenderme
como ser carente y necesitado,
subsano la separación y restituyo la plenitud de la mente,
vuelvo a ser invulnerable al miedo,
tengo en mí la insuperable defensa eficaz contra todo
pensamiento de separación.
El nivel diamante derrumba finalmente las fronteras restantes,
la ola del mar se convierte en acuosidad,
en la conciencia de unidad, no hay espacio ni tiempo, todo
es intemporal,
no hay testigo sino una simple luz.
Lo que parecía nivel diamante lleno de unidad y ausencia de
tiempo,
era una ilusión óptica que al desenchufar desaparece,
era una simulación muy creíble en un superordenador gigante
con resolución muy detallada,
super renderizada calidad premium,
que se vuelve negra después de un cortocircuito en la red de
energía,
era Matrix,
no había exhalado todavía la edad del cobre.
Dicen que el amor romántico es el último bastión del ego,
y que solo su desapego es la última batalla antes de poder
trepar la escalera del centauro,
ta veo crecer mis cuatro pezuñas con cascos sanos.
¡Galopa, caballo de pólvora!








