martes, 22 de septiembre de 2020

Miedo líquido digital


Hoy he estado en una reunión de planificación de negocio en el 2021, y he salido muy inspirado, estoy escribiendo sobre el miedo líquido que estamos viviendo en Madrid.

Nos sentimos devorados por Saturno, Cronos, por el tiempo. Goya fue capaz de pintar la escena con brutalidad, en fondo negro, con movimiento, con inercias corporales, con expresión. Cronos se come a su hijos, los hombres, nosotros.

Los tiempos de COVID19 vuelven a ser tiempos de miedos. Como decía Zygmunt Bauman (*), no hay más sano alivio que cuando, después del desasosiego conseguimos ver y tocar el peligro real. Acaba la incertidumbre terrible y obstinada que nos envenenaba y no nos dejaba dormir. Entendemos cómo podemos repelerla, si saldremos indemnes del ataque, o, por lo menos, conocemos la pérdida y dolor que tenemos que aceptar. El miedo que estamos experimentando es temible porque es difuso, es incertidumbre y es ignorancia.

Los animales también sienten miedo, pero hay otro miedo estrictamente humano, el que describía Lagrange como reciclado social y culturalmente (**). Es el miedo secundario como sedimento de una experiencia pasada, tus antepasados tuvieron miedo y te lo han transmitido inconscientemente, una especie de miedo vicario. Crea una sensación de inseguridad en un mundo lleno de peligros y vulnerabilidad. Una parte importante del miedo atávico, es que aprendimos cuando eramos reptiles y que se ha quedado ahí una vez que ya no hay el peligro, a todo lo que sentimos viene de otros momentos de nuestra historia humana.

Hoy vivimos en parte un miedo a la amenaza a nuestro cuerpo, al sufrimiento en nuestro cuerpo, al de nuestros seres queridos y nuestras posesiones, pero sobre todo un miedo a la fiabilidad del orden social (zona de comfort), el empleo, las normas, las instituciones… También otro de naturaleza diferente, el de la degradación y exclusión social por la pérdida de nuestra posición en la jerarquía social y pérdida de nuestra identidad.

Vivimos un momento de alertas globales, virus, inseguridad, cambio climático, crisis económica… y un largo etcétera, el precio del petróleo, las armas nucleares... Todas parten de la base de que mañana no puede ser, no debe ser y no será como es hoy. 

Silenciosamente todos hemos aprendido a vivir con ese miedo líquido. Hemos aprendido que solo se muere temporalmente, que la moda ya pasada reaparece como “retro”, que del mal de las vacas locas no desapareció la humanidad, que del SARS y del MERS ya no nos acordamos, que los alimentos transgénicos no causaban discapacidad, que los miedos vienen y van, son efímeros. Hemos aprendido a no tener miedo al miedo. Parece que quedamos marcados por el hecho de que la crisis informática del 2000 llegó de la mano de quien tenía la solución por un módico precio.

Nos meten miedo y nos hemos inmunizado.

Inmanuel Kant proponía dominar el miedo y controlar las amenazas racionalmente. Hoy, casi al contrario, hemos incorporado el miedo a nuestra vida de forma permanente. Estamos viviendo y reviviendo Apocalypse Now, el corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, la “descivilización”, la naturaleza hobbesiana de guerra todos contra todos. Como en el Titanic, lo que nos da miedo es la falta de botes salvavidas, de plan de salvamento, el horror que se produjo en las bodegas del trasatlántico.

¿Cuál es el rol de los medios de comunicación? Nos recuerdan cada minuto que nuestros miedos no son en absoluto imaginarios. Los medios de comunicación son los representantes visibles y palpables de una realidad imposible de conocer y acariciar sin su apoyo.

Sentimos terror a la muerte, el miedo primario a la muerte es el arquetipo de todos los miedos. La muerte es lo único irremediable e irrevocable, se caracteriza porque cualquier otra variable deja de tener sentido ante la muerte, nuestros sueños, nuestros proyectos y nuestras acciones. Los otros miedos son solo pequeños mieditos a pequeñas muertes.

Sin embargo, tendemos a deconstruirla, a banalizarla. Sigmund Freud decía que enfatizamos su causalidad fortuita, como accidente, enfermedad, infección, edad… Necesitamos controlarla. ¿La muerte siempre tiene una causa o es un accidente? Nos empeñamos en reducir la muerte de una necesidad a una casualidad. En una autopsia, por ejemplo, solamente es posible una causa si es evitable, en caso contrario, hablamos de ineptitud profesional. Nos olvidamos de la muerte por causas naturales, de la muerte por “mortalidad”, lo que en filosofía llamaríamos el mito de la contingencia de la muerte.

¿La idea de la muerte y el miedo que genera están íntimamente relacionados con los desastres naturales y la muerte fisiológica médica?

El COVID19 es una amenaza real del mundo real, un desastre natural científicamente probado. Y no es selectivo, ataca a los culpables y a los inocentes, a los ricos y a los pobres con la misma ecuanimidad. Es por tanto muy diferente de otros desastres naturales, que acaban teniendo impacto negativo en unos y no en otros, por cierto, así fortaleciendo la idea de que ser pobre es peligroso. E inspirando miedo al fracaso, a la pobreza y a la exclusión social.

Hablando del mundo digital, es posible que la tecnología sea la salvación. Quizás Internet nos libere de tener que acercarnos menos de dos metros, de realizar transacciones burocráticas y de tener que negociar cara a cara. John von Neumann, ya en 1948, introdujo la idea del mundo digital con capacidad de inteligencia. Decía que un día la tecnología se comportaría como los desastres naturales y nos hallaríamos así de indefensos ante nuestra creación. Se podría convertir en una fuerza inhumana con mecanismos ciegos y sin intención, pero destinada a liberar a los hombres de la carga de la libertad y la autonomía. Denominaba  fetichismo tecnológico a la posición naif de buscar el cambio pero asumiendo que en realidad nada va a cambiar, salvo elementos superficiales como el abaratamiento de la música digital.

Tendría razón Hannah Arendt cuando describía al humano como criatura terrestre con ínfulas de trascendencia cósmica. Por eso tenemos miedo a lo que no podemos controlar. Por eso me imagino existen los SUV, esos vehículos todoterreno que dan a entender que la metrópoli es una selva que hay que asediar y de la que hay que escapar. Esto nos llevaría a reflexionar sobre el éxito de los usos comerciales y políticos del miedo.

Como dice mi madre, yo puedo reflexionar gracias a que estoy todavía vivo. Es sabia, tiene razón: Solamente la muerte de alguien cercano y querido nos puede exponer a una experiencia filosófica privilegiada, nos puede enseñar lo definitivo e irrevocable de la propia muerte.

(*) Liquid Fear, 2006, Polity Press, Cambridge, RU

(**) Hugues Lagrange, La civilité a l´epreuve. Crime et sentiment dínsecurité, PUF, 1996


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