Hoy he estado en una reunión de planificación de negocio en el 2021, y he salido muy inspirado, estoy escribiendo sobre el miedo líquido que estamos viviendo en Madrid.
Nos sentimos devorados por Saturno, Cronos, por el tiempo. Goya fue capaz de pintar la escena con brutalidad, en fondo negro, con movimiento, con inercias corporales, con expresión. Cronos se come a su hijos, los hombres, nosotros.
Los tiempos de
COVID19 vuelven a ser tiempos de miedos. Como decía Zygmunt Bauman (*), no hay
más sano alivio que cuando, después del desasosiego conseguimos ver y tocar el
peligro real. Acaba la incertidumbre terrible y obstinada que nos envenenaba y no nos dejaba dormir. Entendemos
cómo podemos repelerla, si saldremos indemnes del ataque, o, por lo menos,
conocemos la pérdida y dolor que tenemos que aceptar. El miedo que estamos
experimentando es temible porque es difuso, es incertidumbre y es ignorancia.
Los animales
también sienten miedo, pero hay otro miedo estrictamente humano, el que
describía Lagrange como reciclado social y culturalmente (**). Es el miedo
secundario como sedimento de una experiencia pasada, tus antepasados tuvieron miedo y te lo han transmitido inconscientemente, una especie de miedo
vicario. Crea una sensación de inseguridad en un mundo lleno de peligros y
vulnerabilidad. Una parte importante del miedo atávico, es que aprendimos cuando eramos reptiles y que se ha quedado ahí una vez que ya no hay el peligro, a todo lo que sentimos
viene de otros momentos de nuestra historia humana.
Hoy vivimos en parte un miedo a la amenaza a nuestro cuerpo, al sufrimiento en nuestro cuerpo, al de nuestros seres queridos y nuestras posesiones, pero sobre todo un miedo a la fiabilidad del orden social (zona de comfort), el empleo, las normas, las instituciones… También otro de naturaleza diferente, el de la degradación y exclusión social por la pérdida de nuestra posición en la jerarquía social y pérdida de nuestra identidad.
Vivimos un
momento de alertas globales, virus, inseguridad, cambio climático, crisis
económica… y un largo etcétera, el precio del petróleo, las armas nucleares...
Todas parten de la base de que mañana no puede ser, no debe ser y no será como
es hoy.
Silenciosamente
todos hemos aprendido a vivir con ese miedo líquido. Hemos aprendido que solo
se muere temporalmente, que la moda ya pasada reaparece como “retro”, que del
mal de las vacas locas no desapareció la humanidad, que del SARS y del MERS ya
no nos acordamos, que los alimentos transgénicos no causaban discapacidad, que
los miedos vienen y van, son efímeros. Hemos aprendido a no tener miedo al miedo. Parece que quedamos marcados por el
hecho de que la crisis informática del 2000 llegó de la mano de quien tenía la
solución por un módico precio.
Nos meten miedo y nos hemos inmunizado.
Inmanuel Kant
proponía dominar el miedo y controlar las amenazas racionalmente. Hoy, casi al
contrario, hemos incorporado el miedo a nuestra vida de forma permanente. Estamos
viviendo y reviviendo Apocalypse Now, el corazón de las tinieblas de Joseph
Conrad, la “descivilización”, la naturaleza hobbesiana de guerra todos contra
todos. Como en el Titanic, lo que nos da miedo es la falta de botes salvavidas,
de plan de salvamento, el horror que se produjo en las bodegas del
trasatlántico.
¿Cuál es el rol
de los medios de comunicación? Nos recuerdan cada minuto que nuestros miedos no
son en absoluto imaginarios. Los medios de comunicación son los representantes visibles y palpables de una
realidad imposible de conocer y acariciar sin su apoyo.
Sentimos terror a
la muerte, el miedo primario a la muerte es el arquetipo de todos los miedos. La
muerte es lo único irremediable e irrevocable, se caracteriza porque cualquier
otra variable deja de tener sentido ante la muerte, nuestros sueños, nuestros
proyectos y nuestras acciones. Los otros miedos son solo pequeños mieditos a pequeñas muertes.
Sin embargo,
tendemos a deconstruirla, a banalizarla. Sigmund Freud decía que enfatizamos su
causalidad fortuita, como accidente, enfermedad, infección, edad… Necesitamos controlarla. ¿La muerte siempre tiene una causa o es un accidente? Nos empeñamos
en reducir la muerte de una necesidad a una casualidad. En una autopsia, por
ejemplo, solamente es posible una causa si es evitable, en caso contrario,
hablamos de ineptitud profesional. Nos olvidamos de la muerte por causas
naturales, de la muerte por “mortalidad”, lo que en filosofía llamaríamos el
mito de la contingencia de la muerte.
¿La idea de la
muerte y el miedo que genera están íntimamente relacionados con los desastres
naturales y la muerte fisiológica médica?
El COVID19 es una
amenaza real del mundo real, un desastre natural científicamente probado. Y no
es selectivo, ataca a los culpables y a los inocentes, a los ricos y a los
pobres con la misma ecuanimidad. Es por tanto muy diferente de otros desastres
naturales, que acaban teniendo impacto negativo en unos y no en otros, por
cierto, así fortaleciendo la idea de que ser pobre es peligroso. E inspirando
miedo al fracaso, a la pobreza y a la exclusión social.
Hablando del mundo
digital, es posible que la tecnología sea la salvación. Quizás Internet nos
libere de tener que acercarnos menos de dos metros, de realizar transacciones
burocráticas y de tener que negociar cara a cara. John von Neumann, ya en 1948,
introdujo la idea del mundo digital con capacidad de inteligencia. Decía que un
día la tecnología se comportaría como los desastres naturales y nos hallaríamos
así de indefensos ante nuestra creación. Se podría convertir en una fuerza
inhumana con mecanismos ciegos y sin intención, pero destinada a liberar a los
hombres de la carga de la libertad y la autonomía. Denominaba fetichismo tecnológico a la posición naif de buscar
el cambio pero asumiendo que en realidad nada va a cambiar, salvo elementos
superficiales como el abaratamiento de la música digital.
Tendría razón
Hannah Arendt cuando describía al humano como criatura terrestre con ínfulas de
trascendencia cósmica. Por eso tenemos miedo a lo que no podemos controlar. Por
eso me imagino existen los SUV, esos vehículos todoterreno que dan a entender
que la metrópoli es una selva que hay que asediar y de la que hay que escapar. Esto
nos llevaría a reflexionar sobre el éxito de los usos comerciales y políticos
del miedo.
Como dice mi
madre, yo puedo reflexionar gracias a que estoy todavía vivo. Es sabia, tiene
razón: Solamente la muerte de alguien cercano y querido nos puede exponer a una
experiencia filosófica privilegiada, nos puede enseñar lo definitivo e
irrevocable de la propia muerte.
(*) Liquid Fear, 2006, Polity Press, Cambridge, RU
(**) Hugues Lagrange,
La civilité a l´epreuve. Crime et sentiment dínsecurité, PUF, 1996

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