La pandemia, como un accidente o la pérdida de un ser
querido,
me está forzando a enfrentarme a los elementos más profundos
de mi vida,
me está enseñando la parte en sombra de mi vida,
insistiendo en que me encuentre a mí mismo,
me está forzando a que revise la historia que me ha sido
contada desde que nací,
y a que acepte y descubra qué es y qué no tiene de verdad,
dudar de esa historia es lo más valiente a lo que un ser
humano puede enfrentarse,
es el amanecer, la aurora de la libertad.
Gelassenheit en alemán, fairness en inglés,
¿Has sentido alguna vez algo emocionalmente pesado?,
¿Te has notado en algún momento reaccionar frente a un
comentario o acción de otra persona?,
¿Has experimentado sufrimiento como respuesta al comportamiento
de otro o de otros?,
¿Hay algo alrededor tuyo que juzgas como negativo y te
molesta?,
¿Te has descubierto reaccionando corporalmente como
consecuencia de algo?,
¿Has sido consciente de que reaccionar en contra del mundo
es molesto?,
¿Te ha hecho sufrir?,
¿Conoces el desasosiego?
Kierkegaard lo llamaba angustia y lo describía como un temor
muy poco definido,
parecido a estar al borde de un edificio o en lo alto de un
precipicio o acantilado al mar,
en forma de vértigo, yo siento miedo a caer, pero también un
aterrorizante impulso a saltar al vacío,
angustia o mareo de libertad, sentido como encogimiento de
la base del estómago.
En esas situaciones, ¿has buscado desesperadamente paz y
harmonía?,
¿Has querido convertir esa agitación, irritación, sufrimiento…
en felicidad?,
¿Has perseguido un tipo de vida que te sea satisfactorio?
La capacidad para lidiar con esas emociones que expresa mi
cuerpo se llama ecuanimidad,
algunas personas se cierran, se hacen insensibles, ignoran
sus emociones,
pero eso no es ecuanimidad.
Otras personas se dejan invadir frecuentemente por
emociones,
unas veces negativas y otras positivas,
eso tampoco es ecuanimidad.
Cuando estas personas toman decisiones,
lo hacen siguiendo esa molestia, ese sufrimiento y no desde
el bien común,
deciden parcialmente, sin ecuanimidad.
Un día paseaba plácidamente por el parque de Buddha Monthon,
al este de Bangkok,
allí se respiraba algo que inspiraba a paz y tranquilidad,
siguió con unas sesiones de mantras y un retiro de
Vipassana,
que significa Conocimiento,
ese tipo de conocimiento directo que uno tiene cuando
experimenta la vida directamente,
sin libros ni maestros ni influencias,
se parecía mucho a la experiencia cristiana que vivimos
Eduardo y yo
en el Monasterio de Santa María de Oseira en Galicia,
o en el Valle de Qadisha con el Padre Dario Escobar,
el último eremita que con 81 años todavía vivía en la
soledad
de una cueva horadada en la pared de piedra.
Según Goenka (*), el Dharma, la ley de la naturaleza de
Siddartha Gotama,
es un eficaz camino desde el sufrimiento al nirvana, la paz
y tranquilidad,
en el Nirvana, ya no hay nada que te hace reaccionar, ya
nada te provoca ese desasosiego,
porque así lo sientes, pura introspección, auto-observación,
no porque nadie te lo ha dicho, ni siquiera porque te lo ha
dicho tu inteligencia.
El camino necesita sentir la relación con el cuerpo y con la
mente,
entreno el cuerpo para que se mueva o vaya de un sitio a
otro,
la parte del cuerpo es fácil, aunque sé que una parte del
cuerpo me es desconocida,
el movimiento del corazón o el metabolismo del hígado…
Por el contrario, la mente es más difícil de entrenar,
es una potente herramienta de conocimiento,
pero más parecida a un caballo sin domar, que vagabundea sin
control.
Ese conocer ocurre en cuatro movimientos,
la conciencia, la percepción, la sensación y la reacción, el
sankhara.
La conciencia registra la ocurrencia de un fenómeno,
la percepción la clasifica y caracteriza,
la sensación reconoce los sentidos,
y al final, la mente reacciona, le gusta o le disgusta, le
parece bien o le parece mal,
me hace querer continuar si es agradable o parar la
experiencia si es desagradable,
esa tensión de la mente es lo que genera mi sufrimiento.
Muchas religiones y filosofías asumen que existe un yo, una
identidad,
que era, es y será invariable, permanente,
mas ese yo, esa identidad, va cambiando, no es igual en el
pasado que en el presente,
aparece y se desvanece tomando formas diferentes.
Como decía Bruce Lee, es un flujo de agua que nunca se para
en su curso hacia el mar,
la metáfora es parecida a la de Jorge Manrique en sus coplas
por la muerte de su padre,
Heráclito de Efeso pasó a la historia por entender que la
verdadera esencia de la vida,
es el cambio, el flujo, el fuego…
La vida es entonces imperfecta e incompleta,
no obstante, según Buddha, nunca es aleatoria,
sino que hay una relación causa efecto detrás de cada
fenómeno,
el karma es esa ley fundamental y universal de la existencia,
la reacción de la mente es la causa del sufrimiento humano,
por tanto, eliminando reaccionar, puede desaparecer el
desasosiego.
Vivo en situación de apego,
hay un deseo agradable y una aversión negativa, ambos son
tanhá,
son como la sed, constituyen un hábito mental de
insaciablemente querer lo que no es,
según lo consumo, genero la necesidad de más,
es una adicción, es la fuente del desasosiego.
Hay otro apego más fuerte todavía, el apego al ego y a lo
mío,
me asocio con él como si fuera eterno.
Hay un apego bueno y un apego a evitar,
los padres nos apegamos a nuestros hijos y los hijos a sus
padres,
es necesario para la supervivencia de quien todavía no puede
sostenerse solo por sí mismo.
Desapegarme no tiene por qué significar indiferencia,
puede seguir habiendo responsabilidad, pero sin reacción
emocional,
si mi hijo adolescente no es como yo esperaba que fuese, no
reaccionar con dolor,
una mente equilibrada buscaría otra forma de educar,
es la “indiferencia sagrada”, ni inacción ni reacción,
solo acción positiva de una mente equilibrada y un sujeto
ecuánime.
El apego aparece por mis reacciones mentales de atracción y
repulsión,
ante las sensaciones que recibo,
la reacción ocurre por ignorancia, porque no sé que estoy
reaccionando,
porque no me doy cuenta de la naturaleza impermanente de la
existencia,
por eso reacciono ciegamente,
por eso las reacciones se intensifican y vivo en el hábito
mental de reaccionar continuamente,
el sanhkara.
Se produce una cadena de causa y efecto,
sensaciones que generan reacciones y reacciones que generan
otras reacciones,
de forma que sufro continuamente.
El karma es esa ley de causa y efecto que gobierna la vida,
este círculo vicioso solo es posible romperlo creando
conciencia,
sobre la verdadera naturaleza de la realidad,
y experimentando el yo,
eliminando la ignorancia como causa, desaparece la reacción,
y por tanto el capricho y la aversión, y por tanto el ego.
Solo así puede darse la reencarnación, el samsara.
No es que una misma identidad, un mismo ego se reencarne en
sucesivos cuerpos,
es justo lo contrario, de la leche sale la mantequilla, pero
cuando es leche no es mantequilla,
ahora, solo la leche es real, no lo es la mantequilla,
de igual forma, las vidas pasadas y futuras no son reales,
solo existe el presente, aquí y en este cuerpo,
solo si dejo de reaccionar, experimento la paz y la
tranquilidad.
La voluntad de justicia o el miedo al dolor son correctos,
siempre y cuando no me genere un desequilibrio mental, una
tensión,
de forma equilibrada, a través del amor, es posible
conseguir muchas cosas,
da los mejores resultados.
Querer objetos materiales que me hagan la vida más fácil no
es malo,
solo lo es si hay obsesión, porque entonces duele.
No conseguirlo no me debe llevar a la reacción sino a la
sonrisa,
conseguirlo me debe ayudar a disfrutar, pero siempre sin
generar apego.
Planificar el futuro es bueno, pero siempre que no genere
apego, reacción y dolor,
la clave es aprender a dejar que la naturaleza obre como
mejor decida,
sin antojo por nada, sin antojo por la liberación.
El nirvana final supone la desaparición del antojo de deseo,
la aversión y la ignorancia,
y, por tanto, de la miseria y el sufrimiento.
Necesito un método claro y conciso que marque el camino
hacia la liberación del sufrimiento,
una práctica precisa que seguir, ya probada exitosa por
muchos otros en el pasado.
La práctica, el dharma, empieza primero por el sila, la
práctica moral,
comportarse sin hacer daño a nada ni a nadie,
es necesario porque me evita toda agitación y me lleva a la
calma,
necesaria para vivir el cielo y no el infierno cada día.
La práctica continúa con el samadhi, la práctica de la
concentración, el bhavana,
la meditación para el desarrollo mental.
La meditación tiene dos objetivos,
primero la tranquilidad y calma (samatha-bhavana):
la práctica del pensamiento “apropiado” no requiere la
ausencia de pensamiento,
pero sí la conciencia sostenida sobre en qué estoy pensando
en cada momento,
junto con la conciencia de la respiración, hace que el deseo
y la aversión se calmen; y
segundo la sabiduría e insight (vipassana-bhavana):
la comprensión “apropiada” no necesita pensar sobre la
Verdad,
pero sí ver las cosas tal como son, más allá de cómo parecen
ser.
Hay que penetrar para experimentar la realidad última,
está bien escuchar la sabiduría de los demás,
muchas veces la tengo internalizada en forma de ideologías,
creencias o religiones,
lo hago con gusto porque prometen futuros deliciosos,
paraísos y cielos,
pero es sabiduría prestada, no es propia.
Está bien también entender intelectualmente la Verdad,
lo que entiendo como racional, beneficioso y práctico me
satisface intelectualmente,
y lo considero Verdad, pero no es sabiduría propia.
La sabiduría solo emana de mi propia experiencia, de lo que
vivo, de lo que me cambia la vida,
aunque sepa que el fuego quema, es necesario haberme quemado
yo mismo,
solo así rompo el condicionamiento de mi pensamiento,
es decir, el hecho de que el pensamiento venga de una
reacción inconsciente,
a una sensación desconocida.
La experiencia de los demás me debe inspirar y dar pautas,
pero el trabajo final es solo mío,
la experiencia de la realidad real, directa y viva está solo
en mí.
Vipassana es una forma de ver, una observación de la
realidad dentro de mí mismo,
se construye mediante la atención plena en las sensaciones
que percibo en mi cuerpo,
esta observación me enseña el funcionamiento de mi cuerpo y
de mi mente.
El conocimiento entra en mi cuerpo a través de las cinco
puertas de los cinco sentidos,
también a través de la sexta puerta, la mente,
pensamientos, ideas, imaginaciones, emociones, memorias,
esperanzas y miedos
entran por la puerta para producir sensaciones.
En la vida común, solo soy conscientes de las sensaciones
más fuertes,
pero la meditación me entrena para concienciarme de cada
pequeña sensación,
por eso trabajo de forma sistemática enfocar la atención en
cada parte del cuerpo,
una tras otra, prestando atención a cada una por igual.
Meditar empieza por prestar atención a mi respiración,
poco a poco la respiración pasa de ser pesada e irregular a
ser ligera, fina y sutil,
al mismo tiempo, las sensaciones son intensas,
desagradables,
incluso rescatando experiencias malas ya olvidadas, haciéndolas
de nuevo conscientes,
poco a poco, con esfuerzo sostenido, pero sin tensión, la
mente reconquista su tranquilidad y foco.
Las sensaciones intensas se disuelven en otras más sutiles y
uniformes,
para finalmente convertirse en meras vibraciones apareciendo
y desapareciendo muy rápidamente.
La realidad la percibo como estrictamente cambiante e
impermanente, anicca,
mi naturaleza es efímera, un flujo constante,
el yo y el mío dejan de tener sentido,
al difuminarse el yo y el ego parece que el sufrimiento se
calma.
La ecuanimidad es observar sin reaccionar con una mente
equilibrada,
¿Qué pasaría si en la postura me duele un tobillo?
Sentir el dolor, odiar el dolor me lleva a sentir mayor
dolor,
verlo desde fuera, como un médico ve a su paciente, me hace
entenderlo de forma diferente,
consigo que el dolor no se haga dueño de mí,
no me hace sufrir porque no me apego a él.
El camino hacia la liberación de Siddharta Gotama es de
conciencia y ecuanimidad,
es el verdadero conocimiento, que viene de observar la
realidad como es,
así dejo de reaccionar por cualquiera de las sensaciones que
entran,
por las puertas de la sensibilidad.
Solo me queda ir vaciando poco a poco ese almacén de
reacciones pasadas,
de condicionamientos, para que también dejen de crear
sufrimiento.
(*) The Art
of Living. S.N.Goenka, Pariyatti, 1987




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