Hegel lo llamaba el tonante ruido del día,
y el ensordecedor griterío de la imaginación.
En el mismo día me han pasado dos cosas,
por la mañana estaba tomando café y un hombre se ha caido
sobre mí,
exactamente sobre mí,
y ahí se ha quedado confuso y desvanecido durante media
hora,
hasta que los servicios médicos le han recogido,
su corazón era muy débil, en cualquier momento habría tenido
que reanimarle.
Más tarde, una mujer desorientada incapaz de sacar su coche
de una posición cruzada,
podría haber yo rescatado el prejuicio de mujer sin
habilidades de conducción,
me metí en el coche y se lo enfoqué rumbo a la carretera,
estaba en el camino al hospital y muy nerviosa,
al final tremendamente agradecida y efusiva.
Los seres humanos creamos los escenarios en el mundo que
necesitamos para sanar,
yo probablemente necesitaba que Carlos o Verónica me dijeran
que me necesitaban,
yo sirvo para algo, que soy útil.
¿Por qué a mí me ocurren estas situaciones?
Confío en el mundo porque está regido por un poder que está
en él, pero que no es de él,
comprendo que los cambios que se producen en esta vida son
siempre beneficiosos,
acontecimientos, encuentros y circunstancias son
persistentemente provechosos,
aprendo a desaprender, porque mucho de lo que antes valoraba,
ahora lo veo como obstrucción de mi capacidad para lidiar
con las nuevas
situaciones que se me presentan,
aprendo a dejar de lado todo juicio.
Por eso soy honesto y congruente,
poco de lo que digo, hago y pienso está en oposición.
No juzgo, juzgar es ser deshonesto, es asumir un papel que
no me corresponde,
juzgar implica haber perdido la confianza en los demás,
sin juicio, todos los hombres somos iguales.
El daño es el resultado de juzgar, yo soy manso.
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