¿Qué es mi vida? Un instante, agradezco que la vida sea un instante.
Tenía que ver para creer, dejar una casa en la que ha vivido
medio siglo,
ha trabajado en cada rincón para crear un espacio íntimo y
agradable,
y lo deja ir, al espacio y a todas las posesiones allí
albergadas.
No es de las que, a los 91 años, han acumulado miedos y se
hunden en situaciones sin cerrar;
no vive en la queja constante ni en la crítica ubicua.
Es de las que han puesto amor en cada día de su existencia; vive
en la gratitud constante.
Mi tía ha conseguido entender el desapego, y deja ir por lo
que luchó durante casi un siglo.
Entiende que viajar ligero es una oportunidad que le permite
degustar,
aun no pudiendo físicamente salir de 4 paredes, degusta cada
segundo de su vida.
Entre dolores corporales, ve que no se va a llevar nada
material a ningún sitio,
ser siervo de pertenencias no es buena idea, por eso, decide
dejar ir.
Sabe buscar la calma clara y segura, la que viene de
visualizar,
esos recuerdos son percepciones falsas que la mantienen en un
yugo,
no son más que una nube pasajera en un cielo eternamente
despejado.
Probablemente ya ni puede recordar dónde compró cada uno de
esos pequeñitos jarrones,
ni con qué vana pretensión lo hizo.
¡Hay tantas cosas que tenemos que esperar a los 91 años para
interiorizar!
Lo que es un poco más difícil es dejar ir el resentimiento a
las personas,
poder perdonar todos esos ataques que percibimos recibir
durante décadas,
y que se van acumulando hasta colapsar la vida,
no permitiendo descubrir la alegría antes de que la muerte
se ponga en nuestro camino.
Me empeño a ratos en ser especial,
y lo hago a través de compararme sutilmente con lo demás,
sin embargo, en el amor no hay ninguna comparación.
Busco diferencias en los demás y elementos que escasean en
ellos, los encuentro,
pese a que eso me ciega,
no veo que aquel a quién hago de menos es en realidad mi
salvador.
No es sino a la proyección de mis debilidades a la que hago
de menos.
Para ser especial pago el precio de la paz.
¿Cómo puedo bajar de mi omnipotencia y compartir mi poder?
¿Quién puede liberarme de las cadenas?
No soy especial, pero al intentar serlo, vivo en el ruido
que esconde la voz de mi silencio,
me pierdo la Verdad con mayúsculas.
El especialismo en el que creo no es más que un ensueño, me
olvidaba de que somos Uno.
Necesito aprender el arte de ensoñar,
aprender que todo el mundo que ensueño como especial,
y todos los artefactos que ensueño para defenderlo,
se pueden desvanecer en un abrir y cerrar de ojos.
Aprender que pago un coste por ser especial, mi paz y mi tranquilidad,
aprender que, por el contrario, creo pagar un coste por la Verdad:
dejar de ver lo que nunca fue, dejar de escuchar lo que no creó
ningún sonido.
Tengo que esperar a los 91 años para entender que no hay que
dejar nada para recibir el amor.
Empero, a esta altura del camino, ya no hay vuelta atrás, ya
hay esperanza y honestidad,
ya sé que el amor es Uno y no puede ser dividido.
Universo, te amo, y a tu hijo también,
tu hijo tampoco es especial, ambos participamos del mismo
Universo,
yo soy él, él es yo, él soy yo,
no existe el compromiso ni el chollo con él,
no somos especiales, somos Uno.
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