Aprendo a perdonar, dejo ir. Hoy quiero compartir mi experiencia brillante frente al perdón y a su uso como mantra. Lo he estado utilizando para sanar situaciones que yo tenía categorizadas como heridas, pero lo fascinante es que me ha abierto otras situaciones de mi pasado que tenía como sanadas y me sentía orgulloso de ellas.
En concreto, mi corazón me ha conducido a mis padres, a antiguos jefes e incluso viejos amigos. A todos los que mi recuerdo ha traído les he aplicado la pildorita del amor con hermosos resultados.
Ya a este punto asumo sin dudas que el secreto está en sacar la pólvora emocional que tengo dentro y lo que la crea constantemente; y que detona ante cualquier chispita.
Durante tiempo yo he creído que perdonaba. Era capaz de decir “perdóname” cuando algo no había ido de la forma más fluida. Perdonar era para mí la intención de que algo torcido dejase de estarlo, una intención de asegurar que los malos momentos quedaban en una cajita para no ser reabiertos jamás.
Ese procedimiento había acumulado dosis de pólvora en mi inconsciente que me hacía reaccionar emocionalmente antes pequeños detalles sin aparente importancia. Sé que no era fácil a veces estar a mi lado, porque ni siquiera yo entendía esos exabruptos, que por cierto la mayoría de las veces se ofrecían en forma de tristeza o de simple molestia hacia mi entorno. Alguna vez anómala también en forma de ira.
Un día, en un viaje, tuve que parar en un bosque a darme un paseo solo, y dejar que el malestar se fuera pasando antes de volver al coche y seguir camino. Me sentía fatal por la persona que compartía viaje conmigo, pero puede que ese día, en algún momento, me diera cuenta de que algo debía ser diferente.
Me di cuenta de que el perdón no está en los demás, no podía depender de que los demás me perdonasen. El verdadero perdón estaba en mí: había que cambiar el “perdóname” por el “te perdono”.
El auténtico perdón no puede consistir en cerrar al vacío los problemas como si de tarros de mermelada se tratase, pues con el tiempo la mermelada se convierte en pólvora y va aumentando el riesgo de explosión.
El perdón genuino, en mi caso, debe incorporar la visión, la idea clara indudable, de que la ofensa no existió. ¿Por qué no existió? Porque nadie tuvo la culpa. No es que los demás, la otredad como la llamaba Ricardo Rorty, no exista. Es evidente que otras personas, otras instituciones y hasta el clima nos ataca constantemente, nos obligan a una realidad que es diferente de lo que nosotros creemos que debe ser.
No trato de dejar de ver el ataque real, pero sí me pregunto si de verdad la persona, la institución o el clima tienen la culpa. Incluso si tienen la intención explícita de ofender y molestar, ¿tienen la culpa?
¿Son ellos libres y deciden realmente comportarse como se comportan? ¿O por el contrario son consecuencias de las heridas de su niño interior, de su inconsciente freudiano, de su genética darwinista? ¿En el caso de las instituciones, no serán una conclusión del diseño de procesos humanos? ¿En el caso del clima, hay una intención en llover para molestar?
Si no hubiera culpa, no habría ofensa, y por tanto el perdón se caería por su propio peso. El perdón genuino es entender conscientemente que no hay ofensa, que no hay culpa.
Ahora utilizo el mantra “Te perdono” para amigos, compañeros, conocidos, relaciones, aliados, padres, hijos, familia y para quien me cruzo por la calle. Es la sensación de que desaparecen las nubes negras sobre mí y puedo ver que hay sol detrás. Es la impresión de que ha llegado la luz. Es la emoción de que hay paz y tranquilidad.
Llego a la conclusión poco a poco de que el perdón es una componente importante de la felicidad, y que el perdón es un gesto vacío a menos que conlleve cambio de creencias. Sin corrección de creencias, lo que hace básicamente es juzgar, y juzgar nos pone siempre en una posición de frustración y sufrimiento
El perdón no posee elementos de juicio en absoluto. La frase que se utiliza en psicología “perdónalos porque no saben lo que hacen” no evalúa en modo alguno lo que las personas en cuestión lo que las personas en cuestión estén haciendo. Es como mucho, una dosis de empatía en la que relativizo la percepción de que el otro es algo separado, y tal vez las otras personas no son tan entidades separadas como parecen. Somos todos uno, como decían los Beatles.
El plan ha dejado de ser ver el error analíticamente para luego pasarlo por alto. Ahora veo que no es posible pasar por alto algo que yo he hecho realidad, que creo firmemente que existió, existe y existirá. Al verlo claramente, lo doto de realidad y no lo puedo pasar por alto.
¿Es posible aceptar que somos víctimas de un ataque real, que existe sí o sí, podemos aceptarlo y perdonar? Esta pregunta tiene una respuesta complicada, pero algunas veces yo puedo perdonar porque los pensamientos de ataque habían sido solo ilusiones irreales.
El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar, pero el perdón amoroso es perfecto. Si fuera el caso de que cuando me altero y pierdo mi paz es porque el otro está tratando de resolver sus problemas valiéndose de fantasías, entonces solo el perdón puede restituir la verdad que ambos habíamos estado negando.
A mí me ha pasado que he creado una fantasía y me he convertido en prisionero de ella. Puedo recordar muchos casos. Solo a veces es posible ver con mayúsculas, y ese es el mundo real de la belleza. El pasado deja de estar en contra del presente.
Durante tiempo yo he creído que perdonaba. Era capaz de decir “perdóname” cuando algo no había ido de la forma más fluida. Perdonar era para mí la intención de que algo torcido dejase de estarlo, una intención de asegurar que los malos momentos quedaban en una cajita para no ser reabiertos jamás.
Ese procedimiento había acumulado dosis de pólvora en mi inconsciente que me hacía reaccionar emocionalmente antes pequeños detalles sin aparente importancia. Sé que no era fácil a veces estar a mi lado, porque ni siquiera yo entendía esos exabruptos, que por cierto la mayoría de las veces se ofrecían en forma de tristeza o de simple molestia hacia mi entorno. Alguna vez anómala también en forma de ira.
Un día, en un viaje, tuve que parar en un bosque a darme un paseo solo, y dejar que el malestar se fuera pasando antes de volver al coche y seguir camino. Me sentía fatal por la persona que compartía viaje conmigo, pero puede que ese día, en algún momento, me diera cuenta de que algo debía ser diferente.
Me di cuenta de que el perdón no está en los demás, no podía depender de que los demás me perdonasen. El verdadero perdón estaba en mí: había que cambiar el “perdóname” por el “te perdono”.
El auténtico perdón no puede consistir en cerrar al vacío los problemas como si de tarros de mermelada se tratase, pues con el tiempo la mermelada se convierte en pólvora y va aumentando el riesgo de explosión.
El perdón genuino, en mi caso, debe incorporar la visión, la idea clara indudable, de que la ofensa no existió. ¿Por qué no existió? Porque nadie tuvo la culpa. No es que los demás, la otredad como la llamaba Ricardo Rorty, no exista. Es evidente que otras personas, otras instituciones y hasta el clima nos ataca constantemente, nos obligan a una realidad que es diferente de lo que nosotros creemos que debe ser.
No trato de dejar de ver el ataque real, pero sí me pregunto si de verdad la persona, la institución o el clima tienen la culpa. Incluso si tienen la intención explícita de ofender y molestar, ¿tienen la culpa?
¿Son ellos libres y deciden realmente comportarse como se comportan? ¿O por el contrario son consecuencias de las heridas de su niño interior, de su inconsciente freudiano, de su genética darwinista? ¿En el caso de las instituciones, no serán una conclusión del diseño de procesos humanos? ¿En el caso del clima, hay una intención en llover para molestar?
Si no hubiera culpa, no habría ofensa, y por tanto el perdón se caería por su propio peso. El perdón genuino es entender conscientemente que no hay ofensa, que no hay culpa.
Ahora utilizo el mantra “Te perdono” para amigos, compañeros, conocidos, relaciones, aliados, padres, hijos, familia y para quien me cruzo por la calle. Es la sensación de que desaparecen las nubes negras sobre mí y puedo ver que hay sol detrás. Es la impresión de que ha llegado la luz. Es la emoción de que hay paz y tranquilidad.
Llego a la conclusión poco a poco de que el perdón es una componente importante de la felicidad, y que el perdón es un gesto vacío a menos que conlleve cambio de creencias. Sin corrección de creencias, lo que hace básicamente es juzgar, y juzgar nos pone siempre en una posición de frustración y sufrimiento
El perdón no posee elementos de juicio en absoluto. La frase que se utiliza en psicología “perdónalos porque no saben lo que hacen” no evalúa en modo alguno lo que las personas en cuestión lo que las personas en cuestión estén haciendo. Es como mucho, una dosis de empatía en la que relativizo la percepción de que el otro es algo separado, y tal vez las otras personas no son tan entidades separadas como parecen. Somos todos uno, como decían los Beatles.
El plan ha dejado de ser ver el error analíticamente para luego pasarlo por alto. Ahora veo que no es posible pasar por alto algo que yo he hecho realidad, que creo firmemente que existió, existe y existirá. Al verlo claramente, lo doto de realidad y no lo puedo pasar por alto.
¿Es posible aceptar que somos víctimas de un ataque real, que existe sí o sí, podemos aceptarlo y perdonar? Esta pregunta tiene una respuesta complicada, pero algunas veces yo puedo perdonar porque los pensamientos de ataque habían sido solo ilusiones irreales.
El sueño del olvido no es más que nuestra renuencia a recordar, pero el perdón amoroso es perfecto. Si fuera el caso de que cuando me altero y pierdo mi paz es porque el otro está tratando de resolver sus problemas valiéndose de fantasías, entonces solo el perdón puede restituir la verdad que ambos habíamos estado negando.
A mí me ha pasado que he creado una fantasía y me he convertido en prisionero de ella. Puedo recordar muchos casos. Solo a veces es posible ver con mayúsculas, y ese es el mundo real de la belleza. El pasado deja de estar en contra del presente.
Helen Schucman va más lejos, llega a un pensamiento más radical,
al decir que los demás están ahí porque tienen que estar, y porque vienen a
traer oportunidades de sanarnos. Tanto si nos insultan como si nos alaban,
llegan a nuestras vidas para sacarnos de nuestra zona de comfort y permitir
enfrentarnos a nuestras heridas desde perspectivas distintas.
Ahí nunca de forma natural hubiéramos buscado. La otra
persona aparece en mi plano para que yo pueda lavar una herida, para que yo
pueda ver. Su ataque me hace buscar la felicidad donde yo no la veo. No le
puedo juzgar negativamente, porque en realidad le tengo que agradecer, es mi
salvador.
A mí me gusta mucho la idea de que el perdón solo hace deshacer lo que no es verdad, y así despeja las sombras del mundo y lo conduce sano y salvo dentro de su dulzura al mundo luminoso de la percepción diáfana.
El perdón positivo me libera, me permite crear sin limitaciones, sentir mi abundancia sin miedo.
El perdón positivo me libera, me permite crear sin limitaciones, sentir mi abundancia sin miedo.
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