martes, 22 de junio de 2021

Suspender el juicio

 


Juzgar a los demás significa dar un significado a sus acciones, sus valores o sus emociones. Eso quiere decir que vemos una dualidad, lo que realmente es y lo que a nosotros nos gustaría que fuese, o lo que creemos que debería ser. Y esos dos niveles no concuerdan.

Es terriblemente agotador juzgar constantemente a los demás, porque no tiene ningún efecto positivo en los demás, pero sí un efecto drenador de energía en nosotros. Para ser una actividad tan negativa es curioso que sea tan popular. ¿Por qué lo hacemos?

Cuando juzgamos a alguien, tendemos a sustituir a la persona por el juicio generado. Un juicio negativo una vez conlleva que posteriormente bloqueamos los sentidos y dejamos de percibir la realidad, la sustituimos por nuestra mente y el juicio allí almacenado en el pasado.

Según Vipassana, y la teoría del conocimiento, hay seis fuentes del conocimiento, los cinco sentidos por un lado y la memoria por el otro lado. La meditación y las técnicas de mindfulness y concentración plena nos enseñan a utilizar los sentidos y poner en duda lo que nos llega a través de la mente y los pensamientos. Nos enseña a licuarnos y deshacer esa esencia que creemos que somos y que no nos hace ningún bien.

Incluso el papá Francisco pide a los cristianos que suspendan el juicio. “No juzguen y no serán juzgados”, según se lee en el Evangelio (Lc 6, 36-38). Dice Francisco: “¡Cuántas veces el tema de nuestras conversaciones es juzgar a los demás!”. “Pero, a ti, ¿quién te ha hecho juez?”, “el único juez es el Señor”. Lo contrario es la misericordia y la humildad.

Según Helen Schucman, el hombre no se crea a sí mismo, pero tiende a olvidarse de ello cuando se vuelve egocéntrico. Pero siente el miedo a través del Juicio Final, creyendo que juzgar es un atributo de Dios

Sin embargo, el Juicio Final no se trata de que vayamos a ser juzgados, sino que es un recurso de aprendizaje que los humanos tenemos en nuestro camino de expiación a través de nuestra vida en nuestro mundo. El Juicio Final es la última curación, en vez de un reparto de castigos, por mucho que pienses que los castigos son merecidos.

Schucman ve siete fuentes de conocimiento. La séptima es la mente en su capacidad por reconocer la Verdad, ese uno de Plotino o Demiurgo que es sí o sí y siempre. La mente puede conocer a Dios cuando no se ve bloqueada por el Ego y la percepción errada de la mente.

El demiurgo (en griego: Δημιουργός, Dēmiurgós), en la filosofía gnóstica, es la entidad que, sin ser necesariamente creadora, es impulsora del universo. En la filosofía idealista de Platón y en la mística de los neoplatónicos es considerado un dios creador del mundo y autor del universo.

Cuando la Biblia dice “No juzguéis y no seréis juzgados” quiere decir que si juzgas la realidad de otros no podrás evitar juzgar la tuya propia. La decisión de juzgar en lugar de conocer, en el sentido pleno de la Verdad, es lo que nos hace perder la paz. Los juicios siempre entrañan rechazo, nunca ponen de relieve solamente los aspectos positivos de lo que juzgan. Lo que se ha percibido y se ha rechazado, o lo que se ha juzgado y se ha determinado que es imperfecto permanece en tu mente.

Una de las ilusiones de las que adoleces es la creencia de que los juicios que emites no tienen ningún efecto. Pero sí, estás dotando de significado a lo que no lo tiene. Estás generando energía y poder donde no la hay. Podemos decir que no existe tal cosa como el pensamiento privado, que todos somos uno como hijos de Dios, y que cualquiera de mis pensamientos tiene un impacto contundente en las personas a mi alrededor.

Juzgar implica que abrigas la creencia de que la realidad está a tu disposición para que puedas seleccionar de ella lo que mejor te parezca.

Pero es un tremendo alivio y una profunda paz estar con tus hermanos o contigo mismo sin emitir juicios de ninguna clase. Reconoces lo que eres y lo que tus hermanos son, y juzgar deja de tener sentido.

No abrigues ningún juicio, ni seas consciente de ningún pensamiento, bueno o malo, que jamás haya cruzao tu mente con respecto a nadie. Ahora no lo conoces, pero eres libre de conocerlo, de conocerlo bajo una nueva luz. Ahora él renace para ti, y tú para él, sin el pasado que lo condenó a morir, y a ti junto con el. Ahora él es tan libre para vivir como lo eres tú porque una viaj alección que se había aprendido ha desaparecido, dejando un sitio donde la verdad puede renacer.

Hay una creencia tóxica de que es imprescindible juzgar. No tienes que juzgar para organizar tu vida y no tienes que hacerlo para organizarte a ti mismo. Cuando te sientes cansado es porque te has juzgado a ti mismo como capaz de estar cansado. Cuando te ríes de alguien es porque has juzgado a esa persona como alguien que no vale nada. Cuando te ríes de ti mismo te ríes de los demás, no puedes tolerar la idea de ser menos que ellos. Todo esto hace que te sientas cansado.

La tentación es muy grande de juzgar cualquier situación y de determinar tu reacción basándote en los juicios que has hecho de la misma. Sin embargo, los juicios siempre aprisionan, porque fragmentan la realidad con las inestables balanzas del deseo, y los deseos no son hechos, sino el ejercer la voluntad. Los juicios se basan siempre en el pasado, pues tus experiencias pasadas constituyen su base. Es imposible juzgar sin el pasado pues sin él no entiendes nada. No intentarías juzgar porque te resultaría obvio que no entiendes el significado de nada. Esto te da miedo porque todo sería caótico.

No solo es que los juicios estén vinculados al pasado, sino que tampoco tienes idea de lo que debió haber ocurrido. Ahora el único dictamen que puede hacerse es si al ego le gusta lo que pasó o no, si es aceptable para él o si clama por venganza. La ausencia de un criterio establecido de antemano que determine el resultado final, hace que sea dudoso el que se pueda entender y que sea imposible evaluarlo.

Los valores son juicios mentales, y por eso relativos. Son ilusiones, que perduran mientras les sigas atribuyendo valor. La única manera de desvanecer las ilusiones es retirando de ellas todo el valor que les has otorgado.  Al hacer eso dejan de tener vida para ti porque las has expulsado de tu mente.  Mientras sigas incluyéndolas en tu mente estarás infundiéndoles vida.

Tienes miedo de aquello que has percibido y te has negado a aceptar. Y lo ves en pesadillas o disfrazado bajo apariencias agradables en lo que parecen ser tus sueños más felices. Nada que te hayas negado a aceptar puede ser llevado a la conciencia. De por sí, no es peligroso pero tú has hecho que a ti te parezca que lo es.

¿Te has cuestionado alguna vez cómo es realmente el mundo y qué aspecto tendría se contemplase con ojos felices? El mundo que ves no es sino un juicio con respecto a ti mismo. Tus juicios te imponen una sentencia, la justifican y hacen que sea real. Ese es el mundo que ves: un juicio contra ti mismo, que tú mismo has emitido. Tú te ves obligado a adaptarte a ese mundo mientras sigas creyendo que esa imagen es algo externo a ti y que te tiene a su merced. Ese mundo es despiadado, y si se encontrase fuera de ti, tendrías ciertamente motivos para estar atemorizado. Pero fuiste tú quien hizo que fuese inclemente, y si ahora esa inclemencia parece volverse contra ti, puede ser corregida.

La reprogramación de estos pensamientos puede llevar a un nuevo comienzo, en el que los sueños de juicios den paso a los de perdón, liberándote así del dolor y del miedo. El amargo sueño de juicios puede ser des-hecho para siempre. El juicio que habías emitido sobre el mundo queda anulado mediante tu decisión de tener un día feliz.

Es curioso que una habilidad tan debilitante goce de tanta popularidad.

 

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