domingo, 17 de mayo de 2020

Confias?




Esta tarde he subido a la montaña a ver la puesta de sol desde la cima. Es un momento de gran claridad con la vista en el infinito a 360 grados. Me disponía a tomar algo de comer mientras disfrutaba del momento cuando algo pasó fuera de lo esperado, algo especial; desde lejos vi como un zorro se acercaba poco a poco a mí hasta sentarse a mi lado. Al principio, yo le debía parecer un ser extraño y peligroso pero con el tiempo fue tomando confianza.

Un rato más tarde ya ni siquiera me miraba, más bien miraba hacia donde yo miraba. El zorro tenía la confianza de que nada le podía pasar conmigo. Además, algo bueno debía sentir con mi cercanía, pues si no, no había razón para quedarse y  no irse, comida que compartir no tenía, más allá de una crema de verduras seguramente no de su gusto. Yo me daba cuenta de que ambos emanábamos una energía de paz y satisfacción que nos hacía estar a gusto juntos.

Me ha pasado otras veces los últimos años tener el placer de compartir tiempo con animales salvajes. Los jabalíes, por ejemplo, necesitan más respeto, pueden pesar hasta 300 kilos, pero solo atacan si se sienten acorralados o para proteger a sus crías. Salvo en esos momentos, es un animal social que se reúne en grupos liderados por una hembra. En general es bastante escurridizo y no es fácil acercarse. 

Cuando confía, es capaz de estar buscando su comida tranquilamente e ignorar a un humano cercano.
Se oyen historias de personas que conviven incluso con los leones. Son las fieras más salvajes de la selva, y no dudarían en cazar a un humano y llevarlo de cena a su manada. Sin embargo, es posible pensar en que un humano pueda llegar a ser parte de la manada, incluso uno de los miembros más respetados, una vez ganada la confianza.

Con suficiente confianza, aunque los leones saben que el humano es diferente y menos fuerte, pueden llegar a respetar. Cuando son jóvenes y no agresivos es más fácil, después hay que aplicar mucho tiempo y compromiso, mucha magia que consiste en respeto y amor, entender su comportamiento y personalidad y adaptarse a ellos. Todo sin látigos ni intimidación para domar a las fieras.

La confianza es una creencia, y por tanto mucho más estable y dentro  de nosotros, muy difícil de cambiar. Muchas veces ni siquiera la evidencia ni la razón son suficientes para cambiar una creencia. Atacar las creencias de una persona hace que se sienta amenazada, emoción que hace que aumente la desconfianza y que se resista. Las creencias son difícilmente negociables porque tienen que ver con los modelos del propio yo y la identidad personal. Esto es la confianza, algo inconsciente, difícil de cambiar pero que está influyendo nuestro comportamiento en el día a día.   

Se dice que la confianza se pierde en un minuto pero se gana durante años. Mi vida está llena de momentos en los que alguien me tendió la mano y encontré grandes dosis de lealtad; les debo mi mayor apreciación y gratitud. También llena de momentos en los que fui traicionado por quien yo esperaba estuviera ahí pero no estaba, situaciones terribles.

Me han educado y me han preparado para lidiar con situaciones de traición por parte de personas lejanas, para ello tengo multitud de herramientas, pero soy tremendamente vulnerable a la traición sufrida en el seno de mí mismo, de mi pequeño círculo de identidad. El sentimiento más triste lo he tenido cuando me he dado cuenta de que una traición me llevaba a sentir no poder volver a confiar en nadie. De alguna forma, la traición es la suma de todas las traiciones sufridas a lo largo de la vida que estaban medio escondidas medio inconscientes.

La confianza es una moneda con dos caras. Una es la condición de confiable que tienen los demás. La otra es la habilidad de confiar en ellas, que se gana de las experiencias de relacionarme de forma segura en el pasado. La capacidad de confiar viene de la seguridad que he encontrado en los que me han acompañado durante mi vida, empezando por mis padres. Mi capacidad es una mezcla, unos sí y otros no, incluso mis padres son confiables, pero alguna vez me han traicionado.

Lo contrario de la confianza no es la desconfianza, sino la desesperación. Se produce en el momento en el que nos rendimos y dejamos de creer que nada ni nadie vuelva a ser confiable.
Mi mayor necesidad es la confianza, y ha sido mi primer miedo. Hoy es el riesgo más sutil que tomo cada día, cada minuto. Por eso los grandes retos de mi vida tienen que ver con recibir la lealtad de los demás con gratitud, y manejar los momentos de traición con dolor y sin represalias ni venganzas.

La experiencia ayuda mucho a saber quién y qué son confiables y dignos de confianza. Esta decisión es intuitiva y no muy racional. Incluso yo mismo a veces no soy confiable, pero sin duda tengo el compromiso hecho y estoy abierto a reparar las situaciones en las que no lo consigo.

He aprendido que para no sentirme devastado cuando soy traicionado, la mejor manera es firmar un compromiso fuerte de hacerme digno de confianza. De alguna forma, es dejar a un lado el sentimiento de víctima para en su lugar instalar fuertemente mi propio compromiso de confiabilidad hacia los demás.

Por ejemplo, en la piscina yo no puedo dejar mi llave a cualquier persona mientras nado, pero es seguro que cualquiera de ellos podría dejarme su llave y la recibiría en igualdad de condiciones.

Es una buena terapia revisar las situaciones de un tipo y otro en el pasado, es decir, ¿en qué personas he confiado? ¿Han sido confiables? ¿Me han hecho promesas y las han mantenido? ¿He tenido expectativas fuera del acuerdo explícito con la persona? ¿En momentos de traición, esa persona quería admitirlo, repararlo y recuperar la confianza? ¿Yo seguía confiando incluso cuando era obvio que no llegaba la confiabilidad? ¿Hay patrones repetitivos? ¿Alguna vez he experimentado un dolor que no me dejaba seguir viviendo? ¿Yo actuaba confiablemente independientemente de cómo fui tratado? ¿He mostrado gratitud con quien ha confiado en mí?

La confianza tiene que ver con el riesgo, la fidelidad y la lealtad. Cada día yo tomo el riesgo  de confiar en algo o en alguien. A veces me encuentro fidelidad y lealtad y otras traición. Una prudencia extrema en la toma de decisiones implica tener baja capacidad de confianza, en otras personas o en el mundo.

¿Qué es la confianza? Conocemos la confianza porque hemos experimentado la desconfianza, igual que el pez no tiene el concepto de agua hasta que está fuera del agua y no puede respirar. Entendemos la desconfianza cuando nos falta algo que hemos asumido como dado (“ taken for granted”).

Está basada en nuestra percepción y en nuestras expectativas. Puede darse en una situación normal pero no mantenerse cuando la situación se pone complicada. Además no podemos hacer mucho, está en manos de los otros. Como cualquier cosa que no está bajo nuestro control, es una fuente de ansiedad y complejidad. Igual que los perros aprenden a confiar en sus dueños cuando se dan cuenta de que pueden mantener el control, nosotros asumimos que alguien es confiable cuando es previsible y está bajo control.

En definitiva, es el sentimiento de certidumbre de que algo o alguien no va a cometer fallos y es predecible. Confiamos en los demás cuando podemos contar con su fidelidad imaginable y repetidamente, lo que seguramente ocurrirá también en el futuro. La confianza ocurre en el presente, pero conecta la experiencia pasada con la probabilidad de futuro.

Viene del verbo confiar. No es un hecho, sino un proceso entre personas que va evolucionando y cambiando en el tiempo, normalmente lentamente.

La confianza se refiere a un sentimiento interno de que no va a haber daño después de libremente ser nosotros mismos en sentimiento, palabra y escritura.

La seguridad en un sentimiento interno de que alguien va a estar ahí para nosotros. Por ejemplo, confiamos en el gobierno cuando creemos que va a estar ahí para protegernos de todo daño, garantizando nuestra libertad y manteniendo nuestra calidad de vida. Confiamos en otros cuando nos sentimos seguros y a salvo en su presencia.

Pasar tiempo solo con personas con las que nos sentimos a salvo aumenta nuestro IQ de confianza. La experiencia nos ayuda a diferenciar entre un artista de la estafa y una persona recta. Cuando nos sentimos inseguros con alguien y seguimos pasando tiempo con la persona, estamos dañando nuestra capacidad de detectar falta de confiabilidad en los que nos vayamos a encontrar en el futuro.

A veces conocemos una persona y, a primera vista, nuestra intuición nos dice que es confiable.  No tenemos evidencia más que el lenguaje corporal y sus maneras. En ese caso, la confianza es un evento social, algo que sucede entre dos personas, un espejo entre confianza y confiabilidad.

Eso progresa en el tiempo, confiar en alguien supone que ya no tenemos que protegernos en su presencia. Tenemos la creencia de que no nos va a hacer daño, por lo menos no a propósito. Creemos en sus buenas intenciones, aunque según las circunstancias, podría ocurrir lo que no queremos. Si esto sucede, es la vida. Pero el daño también es algo que algunas personas deciden explícitamente causar.

Según la relación con esa persona evoluciona, nuestra motivación para desear que el otro sea confiable ya no es protegernos de sentir el dolor de la traición o la pérdida. Nosotros hemos generado autoconfianza en tanto que nos creemos capaces de manejar el dolor, sabemos que podemos sobrevivir a esa eventualidad. Nuestra motivación de querer una relación de confianza mutua en el cultivo de lazos íntimos entre ambos.

Ser adulto no significa “nadie me va a hacer daño”, sino “confío en mí mismo independientemente de lo que tú hagas”. Eso no nos quita que la traición nos confunda ni nos duela.

Sin embargo “por favor no me hagas daño” desarrolla el papel de víctima. Es normal que las personas rompan sus promesas, cambien de opinión respecto a nuestras expectativas y adquieran otras preferencias. La respuesta adulta es “Estoy preparado para lidiar con mi decepción si llega a ocurrir, con suerte nunca”. Esas experiencias no pueden hacernos víctima, son simplemente los altos y bajos normales de la vida.

En realidad, creo que así entendidas las cosas, es más probable que los demás quieran quedarse conmigo, porque no sienten la carga, consciente o inconsciente, de mis proyecciones, juicios, derechos o expectativas no realistas. 

Las proyecciones son pensamientos, creencias o motivaciones que imaginamos en el de enfrente. Esto ocurre porque se dicen cosas subjetivamente que no necesariamente implican contratos. Por ejemplo, imaginamos que en un “te quiero” está implícito el “nunca voy a dejarte”.  Es solo nuestra proyección y no está explícita en ningún contrato. Con los años se va generando confianza, “si después de todos estos años todavía sigues aquí, tu te quiero implicaba no te voy a dejar, y por tanto asumo que va a seguir siendo así”. Sigue siendo una expectativa no un contrato.

El origen de la palabra confianza es el latín fiducia. En una relación fiduciaria, el “trustee” es una persona confiable que actúa honestamente para otra persona. El objetivo es confiar, pero más importante es saber en quién confiar y cuándo.

En este mundo hay corrupción y personas que no siempre tienen las mejores intenciones. Se dan varias personalidades, varios arquetipos. Un rol que se da es el de encantador de serpientes, se presenta como confiable y más tarde trata de sacar partido, es el arquetipo embaucador. Otro arquetipo es el de víctima, a veces ingenua, otras veces motivada por el sufrimiento o por la creencia de que hay algún tipo de beneficio. La relación entre dos personas de estos arquetipos es exactamente lo contrario a una relación sana de confianza.

Desde pequeños aprendemos de nuestros padres, que cuidan de nosotros, que el mundo y los demás tienen todo lo que necesitamos. Construimos una capacidad para confiar que es muy resiliente. Cuando somos traicionados, aprendemos de la experiencia, y la vida sigue. Si no aprendemos confianza de nuestros padres, nos volvemos cínicos y pesimistas en la vida. Nuestra confiabilidad depende de nuestros padres, no tanto de nuestra genética.

A nivel neuroquímico tenemos una hormona que nos calma y reduce el stress, la oxitocina del hipotálamo. Si nuestros padres no cuidaron de nosotros, la oxitocina no se desarrolla y será posteriormente difícil confiar en otras personas. La oxitocina se dispara cuando nos acercamos, acariciamos, tocamos o en el orgasmo. Menos stress significa más seguridad, confort, … los elementos de la confianza.

A nivel físico, el cortex orbitofrontal alberga la capacidad de manejar emociones. Se desarrolla en el contacto con nuestros padres en la infancia. Es importante que tiene que ver con nuestra experiencia subjetiva, no con medidas objetivas de cuánto se nos cuidó. El tocarse es central, sin el tacto no es posible saber si nos podemos fiar. Muchos de nosotros estamos hambrientos de tocar, sin embargo nos da miedo. A veces se tarda mucho tiempo en aprender a dar un abrazo o poner el brazo sobre un hombro, lo asimilamos y nos desinhibimos.

Cuando nuestros padres no paran de controlarnos, criticarnos o menospreciarnos, nos están indicando que no confían en nosotros y esto hace difícil la autoconfianza. Nos dan las necesidades básicas pero no las más profundas. Maslow describe las necesidades básicas del ser humano; empieza por la comida, techo, seguridad y pertenencia, pero está también la autorealización, más intangible pero no por eso menos necesidad. Esto significa darnos tiempo, espacio y recursos para llegar a ser lo que somos en lo profundo. Reconocer nuestros dones, llevar a cabo y cumplir nuestra llamada, ser amados por ser nosotros, desarrollar relaciones que respeten todo esto.

Surge la confianza cuando están presentes cinco elementos: atención, aceptación, apreciación, afección y permitir. El quinto elemento es permitir, necesario para que experimentemos nuestra vida sin restricciones, que vivamos nuestra vida según nuestras emociones, autoexpresión y decisiones. Primero, debemos poder comunicar nuestros sentimientos sin ser ridiculizados. Segundo, debemos poder vivir según nuestras necesidades, valores y deseos. Tercero, debemos ser protegidos cualquier decisión que tomemos.

En la vida adulta, sigue habiendo una diferencia entre ambas necesidades de Maslow. Son dos motivaciones diferentes para estar en una relación, podemos buscar una relación que nos de seguridad, o podemos buscar el objetivo humano, una relación de intimidad. Henry David Thoreau dijo “Vendré a ti, amigo mío, cuando ya no te necesite. Entonces tú encontrarás un palacio, no un asilo de ancianos”.

Si no tuvimos una parte de nuestra relación emocional con nuestros padres, de adultos iremos a buscarla. No buscaremos una relación, buscaremos un padre o una madre, y solamente una pareja con problemas de infancia podrá aceptar ese rol. En esa relación no habrá Eros en la cama. El miedo a desarrollar una relación viene de ahí, de la falta de confianza que llevará antes o después a una traición.

Las relaciones de verdad son posibles y necesarias. Yo no necesito alguien que me rescate o que actúe por mí, sino alguien que esté a mi lado, presente, que se involucre en lo que nos esté sucediendo. Confío en esa persona presente pero sin juzgarme. Mis propias limitaciones personales pueden compensarse con los de otra persona.

Mis sentimientos necesitan un espejo y una comprensión. Mi valentía se potencia con el apoyo de quien respeto. Quiero ser el espejo y la comprensión que la otra persona necesita. Quiero ser el apoyo a la valentía de la otra persona. Tú no me castigas, yo no te castigo, me quiero rendir al miedo de la traición.

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